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Nicaragua 1979: La revolución truncada. Parte 1
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A 30 años del triunfo Sandinista. El 19 de Julio de 1979... Y la revolución truncada (Testimonio) 

El 18 de julio de 1979 todo había terminado. Los combates eran esporádicos y Managua que había sido martirizada por bombas, cañonazos y metralla durante días, era una ciudad en escombros. Las consecuencias de la guerra habían sido iguales o peores que el terremoto de 1972.

Miles de cascabillos de balas, cadáveres en patios baldíos  y las paredes destrozadas de casas y edificios y las “pintas” contra el régimen era una visión apocalíptica. El olor a madera quemada, las calles solitarias y el intenso sol de verano hacían más difícil los días.

Los cuarteles del ejercito enemigo  fueron ocupados por el pueblo. La gente armada de machetes, pistolas, escopetas  y algunos fusiles de guerra controlaban retenes y accesos a las zonas liberadas. Guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación nacional (FSLN) portando fusiles garand, M-16. escopetas de todo calibre, FAL y pistolas;  con la bandera roja y negra en sus cuellos se mantenían en las trincheras ante la posibilidad de un ataque aéreo sorpresa.                  

Los soldados de la  Guardia Nacional (GN)  del general Anastasio Anastasio Somoza Debayle, huían en desbandada hacia Costa Rica, Honduras y Guatemala. Los “guardias” -como los llamaba la gente peyorativamente- rezagados se entregaban en los retenes y cuarteles. Altos oficiales y políticos somocistas se asilaban en embajadas. Otros intentaban infiltrarse entre la población vestidos de civil.

El pueblo- “los ciudadanos armados del general Sandino”- había triunfado. El somocismo ya era historia. Y la revolución sandinista se preparaba para tomar el poder del pequeño país Centroamericano; una de las llamadas “repúblicas bananas”.

La derrota de Somoza, era la derrota del “imperialismo Yanqui”. El triunfo sandinista, era la victoria -de un pueblo valiente- sobre la opresión, el totalitarismo, la injusticia, la corrupción.

Los sueños del fundador del Frente Sandinista, Carlos Fonseca Amador se habían concretado. Carlos quedó en la montaña, en la zona Waslala en noviembre de 1976. Antes de su muerte ocurrió la división del FSLN.

¡El pueblo unido jamás será vencido!

El  19 de julio de 1979, sería la nueva referencia para los nicaragüenses. Actualmente se habla de Nicaragua  antes y después de la revolución.

Yo estaba exhausto. Había decidido quedarme en la ciudad martirizada después del “repliegue táctico” hacia Masaya. Tomé la decisión de quedarme en Managua, entre la población. Como buen capitalino me sentía mas seguro en los llamados “barrios orientales” donde había crecido. No había estado de acuerdo con la retirada de los guerrilleros profesionales de las zonas ocupadas, porque fue un enorme riesgo para la población civil y para los planes insurgentes.

Mientras no se ocupara militarmente  la ignominiosa cárcel de “La aviación” símbolo de  muerte y tortura, como fue la cárcel de “La Bastilla” de Paris; existía el peligro de una nueva arremetida del ejército.  

Por  fortuna las negociaciones políticas fueron suficientes y después de la huida de Somoza el 17 de julio, su ejército fue derrumbándose como un castillo de naipes. El efecto dominó  se comprobó en la caída del gobierno provisional que dejó Somoza en manos del doctor Francisco Urcuyo Maliaño quien fue presidente  dos días solamente. Una de las presidencias más efímeras en la historia  de nicaragua.

La falta de sueño era evidente en mi rostro. Las semanas de guerra en Managua habían hecho estragos en mi resistencia  física. No había descansado bien por varios días, con excepción de los  que pasé en la colonial ciudad de Granada -específicamente a la casa de mi amigo y colega poeta Alberto Cuadra Mejia- adonde llevé  a mis hijos para salvarlo de los bombardeos y combates. Granada era una ciudad santuario que nunca atacó el FSLN. Si hubieron combates fueron esporádicos y de baja intensidad.  La ciudad de Granada era un remanso de paz comparado con Estelí, León, Chinandega Matagalpa, donde se combatía día y noche. Algunos “privilegiados” que teníamos información directa desde los jefes de la insurrección sabíamos que Granada era el lugar ideal para proteger a nuestros seres queridos.

Lo único que quería era dormir.

En el llamado “repliegue táctico” hacia Masaya se fueron miles de jóvenes, mujeres, niños y adultos, en un éxodo  impresionante. La  mayoría de los guerrilleros que tenían el mejor armamento  encabezaron el repliegue nocturno. Masaya ubicada a unos 26 kilómetros de Managua era el símbolo de la resistencia. En el primer levantamiento armado de 1978 “la ciudad de las flores” había sido el escenario de la guerra. Los Masayas  entre los que destacan los “indígenas de Monimbó” fueron fieros guerreros como: Lautaro, Caupolican, Guatemoc (Cuauhtemoc), Toro Sentado, Nube roja; que ofrendaron sus vidas por su pueblo y libertad.

Acerca  de éste repliegue hablé con un excepcional y joven guerrillero: Marcos Somarriba, muerto meses después del triunfo sandinista en circunstancias misteriosas. El repliegue comenzó el 27 de junio por la noche. A Marco lo conocí cuando el andaba en los operativos clandestinos. Me tenía mucho respeto y cariño. El fue uno de los jefes de la insurrección de Managua, junto con Moisés Hassan Morales, el periodista William Ramírez (mi ex compañero del noticiero EXTRA), Mónica Baltodano y Walter Ferreti entre otros. De estos valientes revolucionarios solo sobreviven Mónica Baltodano en la oposición al orteguismo junto con Hassan Morales.

Miles ciudadanos se fueron en la retirada pero también miles   decidieron resistir en sus barrios una posible nueva ofensiva  del ejército de Somoza. Había la  posibilidad de una “operación limpieza” pero hubo que correr el riesgo. Los que nos quedamos en Managua creíamos que la única manera de mantener el control de la capital era hostigando con acciones rápidas  al enemigo especialmente por la noche.

Los días después del repliegue fueron de tensión entre la población indefensa. Noches de combates esporádicos, días de masacres perpetrados por la “guardia” contra jóvenes indefensos, y horas de  espera que hacia las noches largas, interminables. Pero lo mas terrible era los bombardeos de los “push and pull” aviones rápidos que aparecían de pronto casi siempre del norte, del lago.

Si la “guardia” hubiera sido más audaz hubiera recuperado el control de los barrios periféricos de la  capital. Los que nos quedamos en Managua estábamos; la mayoría desarmados. Los guerrilleros profesionales  muy mal armados, con pocas municiones y cansados esperaban refuerzos de Masaya. Pero “la guardia”  por falta de liderazgo solamente se dedicó a resguardar   su bastión: “La  cárcel de la aviación” donde había centenares de prisioneros.

Los miembros del ejército se mantenían concentrados en los cuarteles del “Campo de Marte” ubicado a pocas cuadras del Hotel Intercontinental. En el importante complejo militar funcionaba la Academia Militar y el alto mando de los batallones de asalto y combate de la escuela de infantería básica  (EEBI).

El hotel Intercontinental, el mejor de Managua,  había sido respetado por los combatientes. Allí se hospedaban los periodistas. Y personalidades que llegaban para intervenir en las negociaciones del cese al fuego y la creación de un gobierno sin Somoza.

También el Intercontinental estaba en las faldas de “La loma de Tiscapa” sitio de  la fortaleza militar del general Somoza llamado “El búnker”. Edificio blindado que funcionaba como residencia y casa presidencial del dictador. En la loma también estaban  las instalaciones de la oficina de seguridad nacional (OSN) y los cuarteles del batallón blindado. En esa “loma” estaba  la Casa Presidencial (Palacio presidencial) que fue dañada por el terremoto de 1972. El general Augusto C. Sandino salió de esa residencia después de cenar con el presidente Juan Bautista Sacasa,  una noche de febrero de 1934 para ser asesinado por ordenes del general Anastasio Somoza García.

Atacar el búnker de Somoza hubiera sido una locura. El lugar estaba por un lado protegido por las escarpadas laderas de la laguna de Tiscapa y rodeado por instalaciones militares con murallas y trincheras. Desde 1979, las instalaciones de la “La loma de Tiscapa” fue bautizada con el nombre de “EL Chipote” para recordar un cerro famoso de las Segovias que sirvió de refugio del general Sandino.

Los guardias también estaban deteriorados físicamente. Muchos de ellos se mantenían despiertos con drogas para no dormir  y marihuana. Parecían “zombies” en los jeep y camiones recorriendo la ciudad desierta. Los refuerzos que le llegaron a Somoza a última hora de El Salvador y Guatemala no le sirvieron de mucho. Los soldados “mercenarios” no estaban acostumbrados a la “guerra de guerrillas” en ciudades y menos al efecto sicológico de los ataques sorpresas, las bombas molotov y el sonido de las triquitraques.

Quizás, si  Managua se hubiera plateado una guerra de posiciones convencional como en la frontera sur; los mercenarios hubieran sido factor decisivo a favor del dictador. En el pandemónium de la huida de Somoza un buen número de  estos soldados extranjeros  lograron escaparse  hacia sus países. Otros fueron muertos en combate. No tengo la información fidedigna -porque no presencie ninguna-, pero se que algunos de estos soldados extranjeros fueron ejecutados sumariamente.

Las tanquetas abandonadas y la ausencia de los helicópteros tigres  y aviones bombarderos nos confirmó la huida del ejército de Somoza de los barrios periféricos de Managua.

Los barrios con sus calles bloqueadas por barricadas, casas destruidas, edificios incendiados eran los testigos de una guerra que había terminado dejando un pueblo hambriento y enfermo.

En las casas semi-destruidas había gente escondida. Era por la noche. En la oscuridad, que se compartía y se pasaban los mensajes de casa en casa. Por las noches era que el  pueblo se reunía para “cargar las baterías”.

El sol ardiente cayendo inclemente sobre la destrucción; helaba la sangre. Ahora pienso que después de semanas de bombardeos y el ruido de los tanques el silencio era inconcebible.

Había renunciado a ejercer el periodismo desde que se declaró la ofensiva final a comienzos de junio. Yo era parte del pueblo. No era momento para escribir.

El periodismo lo ejercían decenas de colegas extranjeros hospedados en los hoteles de Managua, a escasas cuadras de la “Loma de Tiscapa”.

La guerra de nicaragua era  la “cancha” para competir por las exclusivas para sus cadenas de TV y periódicos. Salvo algunas excepciones, los periodistas habían llegado a Nicaragua para encontrar fama y fortuna. Managua era como Beirut, la franja de Gaza, Mozambique, Angola.

Emilio (corresponsal de guerra): “En el colegio Madre Mazzarello había guardias rendidos. Nos recibió una monja vieja. Estaban allí nerviosos, cabizbajos muy humildes ahora sin decir nada, hundidos en aquella capilla, durmiendo por los pasillos, asustados, semialumbrados por una cruz de bombillos que les ensombrecía  las caras patilludas, secas, desencajadas por la derrota”. (Revista cultural Nicarauac,  Ano II, No. 6 Fernando Pérez Valdez, “Testimonio de corresponsales”. Premio casa  de las Américas 1981.)

Con la caída del sol, me informó un compañero que habría una reunión de suma importancia en un salón del Hotel “Las Mercedes”  ubicado enfrente del aeropuerto Internacional “Las Mercedes”, -ahora aeropuerto “A C Sandino”- ya en poder de escuadras sandinistas. Para llegar al hotel desde el aeropuerto solamente hay que cruzar la llamada carretera norte o Panamericana. Era una reunión clandestina por las circunstancias del momento.

El aeropuerto había sido “tomado” totalmente  y ya no salía ningún vuelo. Ya habían huido del país los oficiales y ministros de Somoza que tuvieron el privilegio de ocupar un asiento en aviones comerciales, de carga, avionetas cesnas y helicópteros. Los Somocistas que se quedaron esperando algún avión  habían sido prisioneros y todo estaba en calma. Fui testigo de la gran huida de militares y políticos que desesperados buscaban con salir del país. Presencie  la desesperada huida del coronel Luis Ocón y su esposa. También intentaban dejar el país gente que no estaba vinculada con Somoza, pero querían irse por miedo a la revolución. En los últimos aviones que salieron de Managua hacia Miami solo pudieron huir los más ágiles y quienes pagaron más por el boleto. Había orden del FSLN de no atacar al aeropuerto.

Llegue al Hotel  “Las Mercedes”, me identifiqué. Un empleado del hotel   me llevó a un salón de conferencias. La mayoría  los convocados nos conocíamos desde la época universitaria. Otros eran miembro de alguna de las tres tendencias sandinistas que empezaban a llegar a la capital  desde Masaya, Estelí, Jinotega, y otros venían de Costa Rica, Cuba, México. Humberto Ortega había dirigido  la guerra de los “Terceristas” desde Costa Rica. No supo lo que  era ver despedazados a jovencitos alcanzados por el proyectil de una tanqueta. Ni conoció los hospitales improvisados del reparto  Bello Horizonte.

En la reunión sin la presencia de los miembros de  la Dirección Nacional del FSLN, el embajador de la república de Panamá reconoció al nuevo estado revolucionario. Siendo este el primer país que oficialmente dio su beneplácito al que sería el gobierno de reconstrucción nacional.

Entre los presentes en esa histórica reunión estaban personajes del llamado “grupo de los 12” miembros del Movimiento Pueblo Unido, (MPU)  miembros del FSLN, Partido Socialista, (PSN) Socialcristianos, Socialdemócratas, Liberal independiente, etc.

Los convocados era políticos que habían apoyado la lucha contra el Somocismo, y que representaban a las organizaciones que deberían integrar el gobierno  o pretendían tener representación política en el estado revolucionario.

Esa noche, se esperaba la llegada de lo que seria la dirigencia política y militar del gobierno.

Una gran mayoría los “negociadores políticos” habían pasado la guerra  en Costa Rica y viajaban hacia Managua. Otros personajes que habían brindado solidaridad y apoyo económico a la lucha,  llegarían en las siguientes horas. Venían volando de México, Panamá y otros de Cuba. Se esperaba esa noche que llegara al hotel el comandante Carlos Núñez Téllez, (Tendencia proletaria) uno de los jefes de la sublevación de Managua. Se suponía que Núñez estaba escondido en Masaya y vendría  a la reunión. Carlos formaba con su hermano René, un binomio perfecto mas cohesionado quizás que el de los hermanos Humberto y Daniel Ortega (Terceristas).

Cuando estaba por comenzar la reunión se  anunció la llegada de tropas del frente norte “Carlos Fonseca” que venían “bajando” de Matagalpa y Jinotega.

Las tropas que llegaron al hotel eran comandadas por Omar Cabezas Lacayo y Elías Noguera. En ese momento ya no tuve ninguna duda de que el triunfo era total y definitivo.

Omar Cabezas era de los compañeros  de la universidad, de la etapa de manifestaciones y protestas estudiantiles del Frente Estudiantil Revolucionario (FER).  Aunque nos conocíamos no éramos muy amigos porque el había desarrollado su actividades estudiantiles en la ciudad de León donde funcionaba la facultad de derecho y yo en el recinto Universitario “Rubén Darío” de Managua donde estaba la escuela de Periodismo. Nos conocíamos porque yo había sido dirigente de la Federación de estudiantes de secundaria (FES) y durante las huelgas de los maestros en 1968 habíamos compartido con los estudiantes de León, ciudad natal de Cabezas.

Omar barbudo, ojeroso y con su uniforme lodoso, con su FAL al hombro, buscaba entre la concurrencia a caras conocidas. Estaba desubicado. Después de años en las montanas frías del norte; seguro que se sentía extraño entre sillones, meseros y el brillante piso del salón. Lo mismo le pasaba a otros guerrilleros que por primera vez llegaban a Managua. Muchos eran campesinos norteños que se habían unido a la lucha revolucionaria.  La mayoría de la tropa del frente norte era integrada por  trabajadores y campesinos que habían apoyado la lucha guerrillera desde la década de los 60s.

Omar me  dio  la noticia de la muerte del jefe  del Frente Norte, el comandante Germán Pomares Ordóñez. Su información fue espontánea, quizás porque sabía que la muerte de Pomares era un golpe contundente al FSLN.

Pomares junto a Henry Ruiz,  Elías Noguera, Cabezas y  Rubén Rivera “El Zorro” habían dirigido el frente Norte.

Rubén Rivera “el zorro” fue uno de los dirigentes más importantes en la guerra en el norte. No lo conocí personalmente pero le tenía admiración por su arrojo y honestidad. Murió hace algunos anos en Estelí pobre, abandonado, sin pena ni gloria. Había caído en el alcoholismo quizás frustrado y defraudado por los comandantes.

Llorando me narró, Omar, la suerte que había corrido  Pomares “El Danto”, a pocas horas del triunfo por el que había dedicado décadas  de lucha frontal contra el Somocismo al lado del fundador del FSLN, Carlos Fonseca Amador caído también en combate.  Pomares  había sido herido en las últimas refriegas en Jinotega y había muerto desangrado. Tuvo una muerte lenta, dolorosa. Lo que en tiempos normales hubiera sido una noticia exclusiva, me pareció un suceso sin sentido.

Esa noche solo en bajo una luna llena lloraría como un niño por los muertos y por la gracia de estar vivo.

Todo estaba concluido. La lucha por el derrocamiento de Somoza y su dictadura había rendido sus frutos. En el camino habían quedado grandes amigos y compañeros. El triunfo había costado 50 mil muertos. Me preocupaba la reconstrucción del país.

Entre los viejos militantes sandinistas que llegaron desde Cuba estaba el periodista Carlos José Guadamuz,  compañero de cárcel por varios años de Daniel Ortega  y otros prisioneros que fueron liberados en diciembre de 1974 en un espectacular operativo en casa de un ministro del gobierno de Anastasio Somoza. El asalto y secuestro de diplomáticos y políticos en la casa de José María Castillo permitió la liberación de Ortega, Guadamuz y otros sandinistas y le dio relevancia internacional a la lucha guerrillera urbana y rural.

El asalto a la casa del doctor José María Castillo “Chema” había sido dirigido por German Pomares y Eduardo Contreras.

A Guadamuz, a quien había visitado una vez en la cárcel “Modelo de Tipitapa”, lo encontré nuevamente en la Habana, en el verano de 1978. Yo había llegado a la Habana  para asistir como  delegado al “Onceno festival mundial de la juventud y los estudiantes” con el lema por la paz y la amistad. En las semanas en Cuba nos hicimos buenos camaradas.

Guadamuz fue mi guía en la Habana y como el había ejercido el periodismo  anos atrás  en Nicaragua, el vínculo profesional nos unió.

En la Habana pude compartir algunos minutos con Gabriel García Márquez. GABO me entregó en esa oportunidad un mensaje que jamás olvido: Después de darme un abrazo escribió  en un pedazo de papel: “Un saludo y un abrazo  al heroico pueblo de Nicaragua”.

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