Todo lo visto y lo vivido
Francisco Marzioni
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Otros textos del autor: Nuevos vuelos - Sobre mentiras y verdades - Terror-ismo: la ideología del asesinato
Marte, el gran ojo rojo, está esperándonos. Sin saber si es un amigo, un enemigo o un primo lejano de la Tierra, los científicos de las dos agencias espaciales más importantes del mundo –NASA y ESA- pusieron manos a la obra para cumplir la profecía de que en el 2025 el hombre pondría un pie en el planeta rojo. Esta fecha no es una declaración arbitraria, sino el límite de un plan trazado por la NASA. hace ya veinticinco años y llevado a cabo paso por paso. La humanidad ha visto y ha vivido muchas cuestiones en torno a Marte y a la investigación espacial, y a principios de siglo XXI algunas cosas han cambiado desde la década del ´50, cuando el fervor por el espacio y los planetas invadía cada rincón de los hogares y las mentes.

Lo visto, desde el principio

El hombre observa a Marte desde que es hombre. Las primeras civilizaciones de la historia lo identificaron con dioses, como a todos los cuerpos celestes (aunque este en particular sea rojo). Los griegos lo hicieron con el dios Ares, los romanos con el dios Marte, ambas divinidades de la guerra y la muerte. No es casual que hayamos otorgado a este planeta una impronta mortal: el rojo que tiñe su superficie es el mismo rojo que matiza la sangre humana, como una gota de sangre en la negrura inmensa del cielo nocturno.

El imaginario humano ha creado desde la literatura varias concepciones sobre nuestro vecino punzó. En la última década del siglo XIX, H G Wells escribe La Guerra de los Mundos, donde nos aterra con la posibilidad de la existencia de malvados marcianos, y remarca en nuestras mentes esa impronta guerrera del rojo sangre que lo identifica. Más de cincuenta años después, Ray Bradbury escribiría una oda a Marte que sería una de las obras más leídas de la historia de la ciencia ficción. Las Crónicas Marcianas nos develan un Marte anciano, cansado y decadente, carente de actividad guerrera y ansias de dominación. Bradbury le otorgó a Marte la atmósfera de los bucólicos campesinos de Alabama del siglo XIX. Visiones diametralmente opuestas las de ambos voceros de nuestras imaginerías, pero con un punto en común: en ambas obras Marte es viejo, decadente, un mundo que se diluye en el mar de la infinita historia cósmica

Lo Vivido, desde los ojos pequeños

Primero fue la Luna. La puerta del espacio, colgada desde que el mundo es mundo sobre nuestras cabezas, la dueña de la marea, fue ansiada con pasión por los astrónomos, los amantes, los comerciantes y los políticos. Kennedy hizo una profecía, y la respuesta fue una huella con marcas horizontales, registrada en la superficie lunar el 20 de Junio de 1969. La fotografía más famosa de la historia recorrió el planeta por espacio y tiempo, y nadie puede verla sin advertir que es un sueño de toda la humanidad cumplido en un gesto, un pequeño paso para un hombre. El Apollo XI, Neil Armstrong, la transmisión televisiva, son parte de aquellas cosas imborrables de las memorias de los pueblos. Luego de este éxito, el resto fueron fracasos y decepciones. A pesar de que módulos y astronautas continuaron investigando la Luna, y los científicos comenzaron a desviar secretamente los telescopios hacia Marte, una serie de fracasos de la NASA –que le costaron el prestigio y el presupuesto- culminó con la explosión del trasbordador Challenger y la muerte del primer tripulante civil que viajaría al espacio. El público comenzó a perder interés por la investigación espacial, y la televisación de un lanzamiento en Cabo Cañaveral era utilizado como castigo por los padres a los niños rebeldes. .

Mientras nos preocupamos por las constantes crisis económicas y de atender  nuestra propia vida cotidiana, apenas nos alcanza el tiempo para seguir los entramados político-sociales del mundo y, además, vivimos una Guerra que amenaza con esclavizarnos a las órdenes del Gran Tirano Norteamérica, poco espacio en nuestra conciencia queda para los increíbles logros de la investigación espacial. ¿Por qué nos puede interesar un robot a control remoto en Marte? ¿A quién afecta que hayan encontrado agua? ¿Acaso quieren vendernos rolitos marcianos? Entre las sospechas de que esta carrera espacial es una jugada política al mejor estilo Guerra Fría y el desinterés general por los asuntos intergalácticos, aunque la investigación espacial tiene el visto bueno del poder y los grandes medios, nosotros, los seres pequeños de ojos pequeños, nos preguntamos: ¿A quién le importa esto?

Lo Visto, ayer y hoy

El amartizaje (una nueva palabra en el vocabulario popular, inaugurada con la llegada de la Pathfinder a Marte en el 2000) del Robot Spirit sorprendió a todos los que abrieron el diario o vieron los noticieros. La sorpresa nos duró poco, hasta que vimos las primeras imágenes de Marte tomadas por el embajador terrestre a control remoto: algo así como cualquier desierto pintado por computadora. ¿Por qué no nos sorprendimos con las fotos y las filmaciones de Marte que nos enviaba el simpático Spirit? Parte de la culpa, sin duda, es del cine. Hace cincuenta años que la cinematografía norteamericana nos bombardea con producciones que tienen por locación estudios que simulan el planeta rojo y, las más recientes, tienen un nivel de verosimilitud que pudimos comprobar al cotejarlas con las imágenes reales. ¿Qué diferencia las fotos del Spirit con los fotogramas de Planeta Rojo o Expedición a Marte? Estéticamente nada: las fotos del planeta rojo nos hacen sospechar que todo es mentira, porque siempre hemos creído las mentiras verdaderas del cine. Del mismo modo que no se filma sangre real porque en la pantalla se ve inverosímil, tampoco se podría filmar una película en Marte, porque no se vería realista. ¿Podemos sospechar entonces que preferimos la simulación a lo real?

Yo contestaría que sí. Las fotos del agua marciana no se distinguen de un muestrario de alfombras, las manchas no dicen nada si el epígrafe del diario no explicara qué estamos viendo. Y pocos sabemos que la presencia de agua en Marte no sólo permite la vida de existencia marciana, sino que permite la supervivencia de vida humana en Marte. Y si usted piensa esto mientras barre la vereda o toma café, difícilmente lo creerá: mientras los gobiernos evitan que se hable de vida extraterrestre, y la televisión y el cine (con los Expedientes Secretos X como cabecilla) nos envían el mensaje de que los extraterrestres son cuestiones de la ciencia ficción o de paranoia, entonces es natural que restemos importancia a todo lo que en estas semanas acontece en el espacio, que ya no es la última frontera

A diferencia de la anterior carrera espacial, la que se dio entre los años ´50 y los ´80 con EE.UU.. y la U.R.S.S. al frente de la competencia, el público en general siente una mezcla de decepción y desinterés que difícilmente se revierta con robots que recorren XXX metros diarios juntando rocas de colores

Lo Visto, lo Vivido , lo Pensado

Sin dudas la investigación espacial es importante. Es producto de las ansias del hombre por responder las preguntas más esenciales, quiénes somos, dónde estamos, qué significa nuestra existencia. En un mundo extremadamente pragmático y golpeado por sus propias miserias, donde millones de personas mueren a causa de la ausencia de los elementos básicos para la supervivencia, el dinero, tiempo y energía invertidos en la investigación espacial es un acto entre romántico y siniestro. El hombre en las estrellas, el ser humano atravesando los límites que su propia constitución le impone es una idea que fascina a cualquiera, pero la utilización de lo aprendido para destruir el nuevo planeta abordando extrayendo recursos desmedidamente, el enriquecimiento de unos pocos a costa de un inocente planeta en decadencia, el manejo político de los triunfos científicos para esconder noticias escalofriantes sobre guerras o crisis económicas, son todas cuestiones que no nos parecen, ni de lejos, simpáticas

Después de todo lo visto y lo vivido, es hora de repensar esas cuestiones que nos preocupan desde siempre, desde la infancia misma del mundo. Nuestra presencia en el universo es ínfima y nuestros intentos de llegar donde nunca hemos llegado se parecen más a un David sin honda ni piedra, agazapado en un rincón oscuro, ante un Goliat intergaláctico y cruel. Cada fallo de un artefacto en el espacio, cada módulo que no funciona, cada software dañado es un retroceso en una lucha que parece imposible, pero que alguna vez hemos logrado también. La llegada a la Luna nos abrió, más que una puerta, una claraboya hacia lo infinito del espacio, y en base a nuestras esperanzas es que algunos hombres pueden trabajar por la humanidad toda, y más que nada por los que vendrán, por el futuro. En este mundo pragmático, donde vivimos el instante como un todo, en pocas ocasiones tenemos la oportunidad de pensar en las grandes hazañas humanas, en las grandes cuestiones que nos preocupan y que salen a la luz en los tiempos de crisis profunda. Acaso el acercamiento a Marte es la oportunidad ideal para aprender sobre un mundo nuevo, más allá de nuestra imaginación, más allá de nosotros mismos. Y pensar, de una vez por todas, en todo lo visto y lo vivido


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