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La larga marcha del imperialismo
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250806 - El capitalismo tuvo desde sus orígenes una peculiar característica, la expansión económica constante, incorporando al núcleo gestor ubicado en Europa, regiones periféricas que han desempeñado distintas funciones según el momento histórico considerado. Como bien lo planteo Marx, en su nacimiento desempeñan un papel esencial la actividad comercial entre ciudades separadas por grandes distancias, como también las regiones descubiertas, conquistadas y colonizadas ubicadas fuera del contexto europeo. Ellas aportaron desde un principio metales preciosos y esclavos para el proceso de acumulación original del capital, dice Marx al respecto: "El descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, la cruzada de exterminio, esclavización y sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros: son hechos que señalan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos representan otros tantos factores fundamentales en el movimiento de la acumulación originaria" (1). Y si bien sobreestimó el papel del capitalismo europeo en cuanto a su posibilidad de generar el desarrollo de las fuerzas productivas en los países del mundo atrasado, no se equivocó al considerar que su reproducción sólo podía estar garantizada por una expansión permanente, consecuencia del sólido vínculo entre los circuitos de la producción y circulación para la valorización del capital. El análisis que realizó se corresponde en realidad con el período de libre competencia, en el que la circulación de mercancías era el factor que predominaba en el mercado internacional: Si bien consideró la concentración del capital como una tendencia inherente a su desarrollo histórico, la vida no le alcanzó (muere en 1883) para estudiar lo que se perfilaba como un nuevo momento de este sistema económico. Fue Vladimir Ilich Ulianov, más conocido como Lenin, quien asumió la responsabilidad intelectual de abordar desde la perspectiva del materialismo histórico y dialéctico la etapa monopólica e imperialista del capitalismo (2).

La etapa imperialista del capitalismo

En principio es necesario aclarar que sobre este tema se produjo una polémica entre diversos teóricos de la época, quizás la más apasionante se vincula con las divergencias presentes en las posturas de Rosa Luxemburgo y
Lenin. La teórica alemana intentó demostrar en "La acumulación del capital" (1913), que el imperialismo es una característica constante del capitalismo, ya que necesita incorporar y dominar regiones precapitalistas del planeta desde sus inicios para favorecer su reproducción ampliada, pero simultáneamente, al penetrar en ellas, destruye las formaciones económicas existentes y genera el desarrollo capitalista de las fuerzas productivas. Lenin, por su parte, sostuvo que el imperialismo es sólo la última etapa de la sociedad burguesa, aquella en la que la libre competencia es reemplazada por el surgimiento de grandes monopolios como consecuencia de la concentración del capital. Cuando se ha arribado a este punto en los países desarrollados, el excedente de capital genera una disminución en su tasa de ganancia resultando imprescindible, por lo tanto, exportarlo hacia regiones en los que la disponibilidad de tierras, las materias primas baratas y la mano de obra o fuerza de trabajo escasamente retribuida favorece la maximización de los beneficios.

Para
Lenin, tanto la constitución de monopolios y del capital financiero (producto de la fusión entre el capital industrial y el bancario concentrados), como la exportación hacia países que garanticen elevar la tasa de ganancia, constituyen características esenciales de esta nueva etapa que se inicia en las últimas décadas del siglo XIX. El mercado de libre competencia es sustituido por otro controlado por grupos monopólicos (en la actualidad preferimos referirnos a oligopolios) que se reparten el mundo, y esto a su vez conduce a un reparto entre las grandes potencias, o lo que es lo mismo, entre los estados que expresan los intereses de los monopolios de cada nación. Este proceso no está exento de conflictos, por lo que Lenín explica la Primera Guerra como un antagonismo entre potencias imperialistas por el control del planeta, para favorecer la realización de los intereses de sus respectivas burguesías. Por lo tanto, mientras Rosa Luxemburgo no establece diferencias claras en las distintas fases históricas del capitalismo, el teórico ruso presenta al imperialismo como una etapa que no puede confundirse con la de libre competencia, por lo que la expansión que la caracteriza debe ser interpretada como la consecuencia de una concentración monopólica del capital. Por lo dicho y contrariando algunas versiones cándidas de la historia, el imperialismo no es producto de una opción política vaciada de contenido ético, sino una consecuencia objetivamente inevitable del comportamiento del capitalismo desarrollado. De lo dicho se infiere que para Lenin las principales características del imperialismo son:

1.La concentración de la producción y el capital genera el surgimiento de monopolios.
2.El capital industrial y el bancario se fusionan dando lugar al surgimiento del capital financiero.
3.La exportación del capital, más que la de mercancías, adquiere gran relevancia
4.Asociaciones monopólicas se reparten el mundo.
5.Las potencias en las que se ha operado la gran concentración del capital dominan el mundo.

Luxemburgo, al igual que Marx, creyó que la penetración del capital de los países desarrollados en las regiones atrasadas, terminaría favoreciendo el desarrollo de sus fuerzas productivas. Lenín, si bien en un principio compartió esta hipótesis, luego fue mucho más cauteloso y no casualmente estableció una diferencia significativa entre países opresores-países oprimidos; e inclusive llegó a formular la teoría del "eslabón más débil" para explicar el inicio de procesos revolucionarios en países que no habían alcanzado la etapa de un capitalismo maduro. Su teoría del imperialismo, entendido como la fase superior del capitalismo, fue la que prevaleció dentro del materialismo histórico y dialéctico convirtiéndose en un aporte fundamental para el desarrollo teórico en los países dominados, tanto es así que la teoría de la dependencia, construida para explicar la realidad económica, social, política y cultural de dichos países, no se puede comprender sino es como continuidad (con aportes propios) del planteo de Lenín. Pero, por otra parte, el análisis de Luxemburgo merece nuestra consideración, ya que más allá de ciertos errores que no pretendemos analizar aquí, contempla la incorporación de regiones atrasadas como una necesidad del capital que estuvo presente desde sus orígenes. Lo que aparentemente ella no logró captar en su dimensión plena, fueron las nuevas formas de penetración que adoptó a partir de su creciente concentración, distintas, por cierto, a la etapa de libre competencia.

Primeros cambios en el imperialismo

Tras la muerte de Lenín se suceden algunos cambios significativos en el contexto internacional. La gran crisis de 1929 genera modificaciones en la relación del estado con el mercado; del comportamiento relativamente prescindente defendida por los teóricos de la libre competencia, se pasa a una nueva etapa en la que la intervención estatal se presenta como la solución para superar el desequilibrio constante entre una producción que crece y un consumo insuficiente (señalado por Marx como un conflicto económico esencial del capitalismo). En el plano político aparecen nuevas expresiones del estado burgués con un claro contenido en algunos casos de autoritarismo expansivo, cuando no terrorista; su avanzada fue el fascismo en Italia y su expresión más brutal el nazismo en Alemania. Son estados de países capitalistas en crisis (en la etapa de predominio del capital financiero) que expresan la urgencia de reprimir el avance de las masas en el plano interno, y la de conquistar nuevos territorios externos para salir del atolladero económico. Naciones que llegaron con retraso al desarrollo capitalista y necesitan un nuevo reparto del mundo, valiéndose para ello de un conjunto de justificaciones ideológicas, como la supuesta superioridad de la "raza aria" esgrimida por los teóricos nazis. Por otro lado, en los países de capitalismo temprano y con posesiones suficientes en la periferia, se dan los primeros pasos hacia la constitución del Estado de Bienestar. Son años en los que, como consecuencia de la crisis económica y la Segunda Guerra, la exportación de mercancías y capitales hacia las regiones atrasadas disminuye considerablemente, siendo ésta la principal causa que favorece el desarrollo de la industria nacional (sustitutiva de importaciones) en países de la periferia como fue el caso de Brasil y Argentina. En ambas naciones por otra parte, un cambio sustancial en la relación de fuerzas existente, permitirá una nueva distribución del ingreso a favor de los trabajadores con la consiguiente consolidación del mercado interno. (3)

El hecho señalado actuará como condicionante de las nuevas inversiones realizadas por las naciones imperialistas en el período posterior a la finalización de la contienda mundial y una vez desplazados del poder los movimientos populares, como los encabezados por Perón en la Argentina y Vargas en Brasil (ejemplos emblemáticos). En América Latina se visualiza con claridad el cambio, así como desde fines del siglo XIX las inversiones se localizaban tanto en la producción de materias primas y alimentos, como en la infraestructura necesaria para su comercialización (ferrocarriles, puertos, etc.), en la segunda mitad de la década del 50 y en la del 60, la industria, con su mercado interno, se convierte en la principal atracción para el capital. Pero este proceso lejos de consolidar el desarrollo de un capitalismo autónomo incipiente acaecido con los movimientos populares, se convirtió en un nuevo obstáculo para el mismo, ya que las inversiones de capital extranjero no lograron compensar las exportaciones de beneficios hacia los países centrales y por lo tanto no facilitaron su reproducción ampliada. Es decir, el capitalismo en América Latina retoma su carácter dependiente, con una exportación neta de capital hacia los países dominantes que financiará su desarrollo en desmedro del nuestro.
 

El imperialismo del siglo XXI

En realidad el imperialismo del siglo XXI comienza a perfilarse hacia el último cuarto del siglo XX, desde entonces la exportación de capitales tuvo una fuerte localización (aunque no excluyente) en el circuito financiero internacional, y siguió actuando como una bomba de succión que ha beneficiado claramente a los países dominantes. Al igual que en la etapa anterior (con predominio de las multinacionales en el sector industrial), el ingreso de capitales en forma de préstamos otorgados a los países dependientes, ha resultado significativamente inferior a los beneficios en concepto de intereses obtenidos por ellos. Si tomamos como ejemplo el análisis que hace Carlos Marichal sobre México, encontramos que este país pagó por una deuda de 100 mil millones de dólares en préstamos, 300 mil millones en servicio y amortización en el período que va de 1982 a 2002 (4), coincidiendo con diversos estudios que demuestran que la periferia financia a los países dominantes. Por otro lado, un mercado internacional cada vez más amplio, como consecuencia de la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética, es dominado por monopolios u oligopolios oriundos de los países centrales (a contrapelo del mito neoliberal de la "interdependencia") que beneficia claramente a éstos a través de un intercambio desigual. Exportaciones básicamente de bienes primarios devaluados (a excepción del petróleo) así como importaciones con alto valor agregado sobrevaluadas, producción agraria de los países centrales protegida por el estado, fuga de capitales (hacia estos países) de los sectores más concentrados de las economías dependientes e intereses crecientes por sus fabulosas deudas, se han convertido en factores esenciales de la dependencia en el siglo XXI, ya que lo producido no alcanza para pagar las deudas contraídas. Por lo tanto, a través de un perverso mecanismo de compensaciones, los acreedores han tenido la posibilidad de acceder al control
irrestricto de los resortes básicos de la economía de dichos países (desregulación económica, privatización de empresas estatales, creciente desnacionalización de la propiedad de millones de hectáreas del territorio de la periferia, operaciones para resguardar a la burguesía financiera violando principios constitucionales, etc.); como así también han logrado influir en la toma de decisiones políticas trascendentales, muchas de las cuales se vinculan con las concesiones obtenidas en el plano económico. Como complemento necesario, el gran desarrollo de la informática y las comunicaciones impulsado desde los centros del poder internacional, permite transmitir instantáneamente los valores, hábitos, ideas y creencias necesarias para garantizar la reproducción de un sistema globalizado que tal como sostiene Hirsh (5) acentúa viejas y nuevas polarizaciones:

1. Entre potencias económicas, ya que EE.UU. tiene una clara supremacía en el plano militar pero no en el económico donde compite con Europa occidental y Japón.
2. Entre estados dominantes y dominados (el tercer mundo).
3. Entre clases y grupos sociales en el seno de cada nación (con la aparición de un "tercer mundo" en el corazón de metrópolis capitalistas como Los Ángeles, París o Londres).

La contradicción principal sigue siendo entre países dominantes y países dominados; en las relaciones entre los dominantes, si bien hay contradicciones en el orden económico, resulta evidente que en el plano militar la superioridad apabullante de EE.UU. lo convierte en el gendarme del capitalismo internacional. Esta contradicción entre países se manifiesta a través de las funciones desempeñadas por distintas clases sociales, ya que en el seno de los dominantes aparecen cumpliendo un papel rector y explotador sus burguesías, mientras que en los dominados habitualmente ese papel lo desempeñan las oligarquías nativas. Éstas, a su vez, tienen una relación de dependencia con las burguesías de los países centrales, pero conforman una alianza de intereses económicos y estratégicas geopolíticas e ideológicas, cuyo adversario es en lo inmediato el campo popular de los países dominados, y a mediano o largo plazo también lo será el campo popular de los países dominantes. Esto se debe a que las zonas del tercer mundo que se desarrollan al interior de los países dominantes, si bien van en aumento y como se puede comprobar a través de los recientes acontecimientos en París resultan cada vez más problemáticas, se potenciarán en el futuro Será así en la medida en que la consolidación de los procesos de liberación nacional y social operados en el mundo dominado, obstruya el grifo que hace fluir permanentemente recursos económicos desde la periferia del sistema hacia el centro, con lo que los enclaves tercermundistas se ampliarán con el aporte de trabajadores empobrecidos y marginados absolutos de origen y ascendencia plenamente primermundista.

Todas estas contradicciones se dan en el seno de un capitalismo globalizado que integra y margina simultáneamente en los distintos países que lo conforman; con predominio de integración (por ahora) en las naciones dominantes y de marginación en las dominadas. Por esta circunstancia el actual mercado internacional, a diferencia de lo que ocurrió entre fines de los 50 y mediados de los 70, no se alimenta de importantes mercados internos en algunas zonas de la periferia, sino de una multitud de mercados reducidos (con muchos expulsados en América Latina, Asia y, como siempre, África) pero multiplicados por todo el mundo; fenómeno que se hizo posible tras el derrumbe del mal llamado "socialismo real", es decir, la negación real del socialismo. Los integrados son las oligarquías nativas y los sectores más favorecidos de las capas medias de esa multitud de países, mientras que en el primer mundo sigue siendo una parte significativa del total de su población. Este fenómeno si bien se venía perfilando desde hace algunas décadas en nuestra América Latina, como quedó expresado en el ya clásico estudio de Osvaldo Sunkel (6), se ha acentuado dramáticamente. Aquellos que el teórico de la dependencia denominaba marginados absolutos, es decir, todos los que quedaban excluidos no sólo de la economía internacional sino también de la nacional (constituida por quiénes producen sólo para el mercado interno), se han multiplicado en los últimos treinta años, llegando a constituir una fracción fundamental de las sociedades latinoamericanas. Este tipo de marginalidad que cuando se consolida en el tiempo va adquiriendo un carácter estructural, es un espacio del que resulta complicado volver, ya que afecta no sólo la capacidad económica de sus integrantes sino también esferas culturales y hasta biológicas. Una de sus manifestaciones más crueles es el avance de la desnutrición infantil, que en principio es una consecuencia directa del capitalismo dependiente, que cuando no mata a nuestros niños genera discapacidades físicas e intelectuales permanentes. Decíamos a mediados de 2003 en el marco teórico de la investigación que realizamos sobre este problema en la provincia de Corrientes:

"Diversos factores han confluido para que este escenario tan poco deseable fuese posible: comportamientos económicos especulativos que obstaculizan el desarrollo de las fuerzas productivas, políticas de estado atadas a la lógica de los países centrales, deuda externa y fuga de capitales, estructura impositiva regresiva, corrupción estructural, y algunos otros que merecen un estudio específico. Más allá de las relaciones causales y dialécticas entre los factores considerados, resulta evidente que se han generado consecuencias devastadoras para nuestro país. Entre todas hay una especialmente preocupante, la desnutrición infantil, tanto por su repercusión en la biografía de cada ser humano, como en la historia social de una nación" (7).

La larga marcha del imperialismo ha conducido a gran parte de la humanidad a una situación de postración, de la que no saldremos con reformas que intenten tapar el sol con una mano. Desde el campo nacional y popular de nuestra América Latina sabemos que sólo un proceso de cambios estructurales nos permitirá revertir el rumbo de la historia, pero por otra parte debemos ser conscientes de los riesgos que supone el infantilismo político que, convengamos, no es exclusividad de la ultra izquierda. La relación real de fuerzas existente, acredita la necesidad de apuntalar aquellos procesos populares imperfectos y a veces débiles que se dan en regiones del mundo dominado como la nuestra. Posturas extremas en cualquier dirección del espectro político de América Latina, sin anclaje en el pueblo (y sin pueblo no hay nación), sólo pueden favorecer divisiones, frustración y mayores derrotas. Los cambios cuantitativos producidos a partir de los procesos electorales que han tenido lugar en distintos países de Latinoamérica en los últimos años, deben servir para potenciar la transformación cualitativa si
las conducciones políticas están a la altura de las circunstancias y las divisiones internas no prevalecen sobre los grandes ejes de encuentro. Los fracasos del campo popular han sido tan significativos en las últimas décadas del siglo XX, que hacer política desde el mero voluntarismo (comportamiento anclado en visiones idealistas de la historia) sólo estimularán la posibilidad de un mayor retroceso. Por eso, cuando el terreno esta embarrado, para seguir avanzando hay que saber regular la marcha (sin detenerla), o de lo contrario exponerse a caer de bruces en el barro.

La Plata (Argentina), noviembre de 2005

Bibliografía citada:

(1) Carlos Marx, "El capital", tomo 1, p. 638,, Fondo de Cultura Económica, México, 1982.

(2) Lenín, "El imperialismo fase superior del capitalismo", Ediciones en Lenguas Extranjeras,
Beijing, 1984.

(3) Franzoia Alberto, "Las teorías sociales en Latinoamérica durante la segunda mitad del siglo XX", editado digitalmente en Reconquista Popular, noviembre de 2004.

(4) Carlos Marichal, "Los países pobres financian a los ricos", La Jornada (México), 23 de marzo de 2002, p. 29.

(5) Joachin Hirch, ¿Qué es la globalización?, Conferencia dictada en el ciclo "Globalización, transformación del estado y democracia", organizado por la Universidad nacional de Córdoba y el Goethe Institut de Córdoba, marzo de 1997.

(6) Osvaldo Sunkel, Capitalismo transnacional y desintegración nacional en América Latina, Ediciones de Nueva Visión, 1971.

(7) Franzoia Alberto, Piovani Verónica, Piovani María de las Nieves y otros, "El mapa de la desnutrición infantil en la provincia de Corrientes", publicado por el Consejo Federal de Inversiones de Argentina en mayo de 2004.
 

© (2006) Alberto J. Franzoia - Todos los derechos reservados - Para reproducir citar la fuente: Rodolfo Walsh

 


 

 

 

 

 

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