|
Tiempo atrás un compañero me envió otro de los
insólitos artículos del filósofo autóctono Alberto Buela, el
mismo que gusta definirse como arkegueta (un eterno comenzante).
Después de leer su contenido debo explicitar plena coincidencia
con la aclaración auto referencial; no cabe ninguna duda de que
Buela está instalado en un lugar del que no logra salir, del que
parece no tener retorno. Da vueltas sobre preconceptos rígidos
que, más allá del paso del tiempo, no le permiten avanzar un
solo paso. ¿Cuál es el tema más recurrente de este pensador
cíclico? El “problema” judío, problema sobre todo para él que es
esencialmente un cruzado contra estos individuos con “cara de
moishe”. Porque si bien nuestro filósofo tiene una cosmovisión
aristotélica-hegeliana, como deja constancia su biógrafa Nora
Pavón, con fuertes influencias de la derecha francesa (Julien
Freund) como agrega quien escribe, no cabe ninguna duda que la
lucha contra el judaísmo constituye un elemento central y
reiterado hasta el cansancio en su discurso.
Si recurrimos a expresiones suyas tan sólo de los dos
últimos años se observa una insistencia por momentos irritante. En el
2006 se quejó en el programa radial El tren, que conducen Hugo Presman y
GerardoYomal, porque el gobierno de Néstor Kirchner enviaba a Bolivia
representantes gubernamentales con cara poco recomendable (se refería al
dirigente piquetero Rudnik). Cuando los entrevistadores le pidieron
mayores precisiones con respecto a qué tipo de cara era esa, el filósofo
se despachó con un planteo surrealista: “¡Y, cara de moishe! ¿A quién va
a convencer? ¿A quién va a convencer? ¿O lo va a convencer a los
bolivianos? Que venga, que venga un tipo con una cara que no es una cara
argentina” (sic).
Cuando se le preguntó cuál es una cara argentina, sin inmutarse
respondió:
“La cara argentina es la cara de Gardel. Para poner un caso" (sic).
Más tarde, durante mayo de 2007, en un texto publicado en
el foro digital Reconquista Popular, para demostrar su “falta de
prejuicios” sobre el tema, curiosamente se dedicó a enumerar los
apellidos judíos presentes en el gobierno de Néstor Kirchner:
“Si hubiera sido mi intención atribuir todos los males de la Argentina a
los judíos hubiera comenzado a hablar del origen judío del apellido
Kirchner o de la pareja judía del ministro Ginés González, de los
secretarios de Estado Nun, Fuks, y miles de funcionarios de alto rango.
Gobernadores, rectores hereditarios de la Universidad de Buenos Aries,
etc., etc.”
Pero, para que no quedaran dudas sobre su particular “filosofía”, los
señala como los principales responsables del imperialismo financiero:
“El imperialismo es uno y "pecunia non olet = el dinero no tiene olor".
Pero, y acá algo que nos separa, los dueños de ese dinero imperialista,
son en su inmensa mayoría judíos. Pero como este juicio es políticamente
incorrecto y no faltará el estulto que diga "también hay banqueros
cristianos" (1 cada 200), es por ello que cualquier enumeración de
judíos poderosos está prohibida o peor, es tachada de antisemita.”
Hace unos meses Buela publicó otro artículo
(1) en el que nos informa sobre la abundancia de
filósofos judíos que se citan entre sí y pretenden copar el panorama
filosófico nacional a partir de un “pensamiento inconsistente”. Ya que
el judío, según él, por su propia condición está inhabilitado para
gestar un pensamiento:
“Porque en el orden filosófico y específicamente metafísico es un
pensamiento absolutamente inconsistente. Porque la inteligencia judía es
un pensamiento residual de Oriente en donde la idea de vacío prima sobre
la de ser…”
En realidad esta nueva cruzada del filósofo de la pampa
húmeda nace como una crítica a la revista Ñ de Clarín. Lo interesante es
que primero aclara que nunca lee ese diario porque siguiendo a su
maestro, el nacionalista José Luís Torres, lo considera “el diario de la
coima”, pero luego pasa a analizar un número de Ñ que llegó
“casualmente” a sus manos:
“Hoy cayó en mis manos la revista de cultura de Clarín “Ñ” en donde,
prácticamente, en cada pagina escribe un “ruso” sea Rabinovich,
Feindemberg, Fiterman, Schvartz, Kolesnicov, Tabarovsky, Manguel, para
terminar en la contratapa con la propaganda de libros de Sergio Chejfec,
Mauricio Rosencof y de la hija de León Dujovne, aquel que en la facultad
de filosofía peroró hasta su jubilación de su correligionario Baruch
Spinoza.”
“A su vez el corazón de la revista está dado por dos artículos de José
Feinmann y León Rozitchner sobre filosofía y filósofos argentinos. Y
¿qué dicen estos dos “paisanos”?. Feinmann, además de hablar de él y de
sus cursos de Página 12, cita a tres de sus correligionarios, Klimovsky,
Güner y el propio Rozitchner. Mientras que León, a boca de jarro, viene
a sostener que salvo él, no hay filósofos en Argentina. Y si cita alguno
que no es “moishe”, es por la táctica del zorro en el monte, que con la
cola borra sus huellas”.
Cuando el filósofo Buela dice “judío” (según sus
reiteradas alusiones al tema) se refiere en confuso análisis a una
extraña creencia religiosa, y en ocasiones también parece hacer
referencia a gente de otra nacionalidad por más que hayan nacido en
nuestra patria. En realidad con Buela nunca se sabe exactamente de qué
está hablando, porque en sucesivos escritos puede modificar el contenido
de los conceptos que usa, e inclusive esa ambigüedad a veces llega a
detectarse en un mismo texto. Es decir, la precisión conceptual que debe
caracterizar a todo discurso científico del siglo XXI en el campo social
e histórico, o en el terreno filosófico, no es uno de sus fuertes. Esto
pude comprobarlo en mi debate primero (y único) con Buela en Reconquista
Popular durante 2004, cuando detecté que pelea por instalar conceptos
que jamás define.
Cuando intenta descalificar a veces sutilmente (si se
levanta inspirado) y otras groseramente (la mayor parte de las veces) a
los judíos, incurre en la misma falta de rigor: nunca se sabe bien
porqué los descalifica en términos filosóficos (o en otras cuestiones),
ya que no alcanza con decir:
“…en el orden filosófico y específicamente metafísico es un pensamiento
absolutamente inconsistente. Porque la inteligencia judía es un
pensamiento residual de Oriente en donde la idea de vacío prima sobre la
de ser”.
Si se examina el contenido de esta frase, que Buela pretende presentar
como explicativa, sólo se puede inferir que sus críticas tienen mucho
más que ver con sus más irracionales fobias que con un discurso
concienzudamente elaborado y con un mínimo de datos disponibles para
validarlo. Y para no dejar dudas agrega:
“El asunto de los filósofos o pseudo filósofos de origen judío aparece a
partir de los años 1960, en el tiempo que aparece también el tema del
Holocausto, y ahí surgen como repollos cientos de “filósofos judíos”.
Comienzan los diarios y revistas especializadas a plagarse con los
nombres de Buber, Arendt, Lévi-Strauss, Levinas, Derrida, Henri-Lévy,
Finkielkraut, Gluckman, Agamben, Lowith y tantísimos otros. En Argentina
para no ser menos tenemos filósofos “paisanos” a rolete. Y así al voleo
nos encontramos con sedicentes “filósofos” como los mencionados Dujovne
y Klimosky, luego vinieron los Barilko, Jalfen, Madanes, Heller, Picoti,
Kovaldoff, Abraham y hoy Feinmann.”
Sobre el tema cabe recordar que Buela no sólo no utiliza la definición
del judaísmo como pueblo-clase (que en lo personal considero la
definición más seria) tal como fue expuesta por Abraham León
(2), sino que además de sus habituales imprecisiones,
parece adherir a la simplificación carente de rigor de identificar judío
con una religión (anticristiana) y/o nacionalidad (antiargentina). Pero
cualquiera de las dos acepciones es definitivamente incorrecta. Ya hemos
expresado en otro artículo que muchos integrantes del pueblo judío no
son religiosos, otros lo son pero se manifiestan simplemente como no
cristianos (o no creyentes en Cristo), y hasta los hay conversos.
Además, como resulta obvio, una gran parte de ellos no nació ni vive en
Israel. Claro que hay judíos que nacidos o residiendo fuera de dicho
país se identifican plenamente con él y con su política expansiva aliada
de EE.UU., pero en ese caso estamos en presencia de sionistas, categoría
que incluye a una fracción del pueblo-clase judío pero no a la totalidad
o mayoría de sus miembros. Por eso los argentinos (como en cualquier
otro país) tenemos muchos amigos, compañeros o conocidos que son judíos
plenamente identificados con nuestra tierra, algunos religiosos y otros
no. ¿Dónde ubica Buela a esa inmensa cantidad de sujetos que son judíos?
Finalmente, si se refiere al judaísmo como sinónimo de raza (cuando hace
referencia a sus caras), también está equivocado, ya que desde sus
orígenes lo que dio es una gran mezcla de grupos étnicos que de ninguna
manera certifican el carácter correcto de la aplicación de dicha
categoría.
Claro que las contradicciones del pensador de la pampa húmeda no
terminan allí. Cuando en julio de 2007 se realizó el Congreso de
Filosofía en San Juan, no perdió la oportunidad para lanzar una dura
crítica que olía, como suele ser habitual en Buela, a un poco disimulado
resentimiento por no haber ocupando un lugar destacado como organizador
o disertante en el mismo. En aquella oportunidad, después de algunas
chicanas, se refirió en definitiva con una buena opinión a Feinmann: “No
concurrió José Pablo Feinmann que es hoy por hoy la voz de la filosofía
argentina, sea por su manifiesto kirchnerismo, por su leído curso
dominguero de filosofía en el diario Página 12, sea por méritos propios,
que los tiene.”
Poco tiempo después (en el artículo sobre “Ñ”) cuando se trata de
descalificar en masa a los filósofos de origen judío no duda en incluir
al mismo que antes había rescatado por sus méritos. ¿En qué quedamos?
En definitiva, una vez más asistimos al espectáculo impresentable de un
filósofo que, como tantas otras veces, se da el lujo de atacar a sus
colegas (3) sin acreditar ningún tipo de méritos
propios como para desembocar en semejante soberbia, pero con el
agravante de que en esta ocasión los colegas son descalificados por sus
orígenes judíos. Más lamentable aún resulta que este pensamiento
primitivo, cargado de fobias, pretenda ser presentado como la quinta
esencia de la nacionalidad argentina, cuando sólo tiene que ver con una
versión reciclada del oscurantismo de grupos nacionalistas de derecha
(fuertemente influenciados por pensadores europeos), que en su reiterado
aislamiento respecto de nuestro pueblo pretenden interpretar o expresar
su supuesta “esencia inmutable” desde una perspectiva elitista y
prejuiciosa. Una vez más este filósofo “patriota” que recorre con
frecuencia espacios alternativos, da una imagen equívoca tanto de la
filosofía como del pensamiento autóctono. Pienso entonces que no le
hacemos ningún favor a la necesaria unidad nacional para enfrentar al
imperialismo y sus aliados internos, estimulando este tipo de discursos
que sólo sirven para fragmentar a nuestro pueblo desde perspectivas
sectarias. De allí que las diferencias filosóficas y teóricas presentes
en los aportes de cada filósofo o cientista social de nuestra América
Latina, deben ser evaluadas a la luz de la utilidad concreta incorporada
a un proyecto y práctica para la liberación nacional y social.
La Plata, noviembre de 2007
(1) Publicado durante 2007 en
www.politicaydesarrollo.com.ar
(2) Abraham León, La Conception Materialiste de la
Question Juive, EDI, Paris, 1980
(3) Con respecto a sus colegas platenses dijo en el
debate que sostuvimos en 2004 con la manifiesta intención de
descalificar mis observaciones: “En una palabra, La Plata no ha dado
nada, en orden al pensamiento, a la especulación intelectual, y si ha
dado algo, tienen o adquirieron en La Plata taras irreductibles.
Ameghino, un mamarracho como científico. Agoglia, que lo juzgue la
izquierda. Pucciarelli, una nada filosófica. Disandro, un orate
filológico. Korn, no era de La Plata.“
|