|
281107 - Conferencia
dictada el 6 de octubre de 2007 en Esquel durante las jornadas
de homenaje al Che Guevara, organizadas por CTA , la
Municipalidad de Esquel y la Casa de la Amistad con Cuba
Disertante: Lic. Alberto J. Franzoia
La historia de la América post-Colón
es la de una inmensa región del continente transformada primero
en colonia de España y Portugal. Desde entonces y hasta nuestros
días, salvo en honrosos y contados períodos en los que se
intentó modificar el rumbo de la historia, nos hemos visto
sistemáticamente inmersos en una realidad que se puede
sintetizar con dos conceptos: dependencia y subdesarrollo. En
realidad la relación entre ambos es dialéctica, ya que la
dependencia ha generado nuestro subdesarrollo crónico, y el
subdesarrollo se ha convertido en una gran debilidad a la hora
de intentar vías para romper con la dependencia gestando el
camino de la liberación nacional.
Esta dependencia ha adquirido distintas formas de manifestarse
según el período considerado. Desde el descubrimiento y
colonización hasta el surgimiento de las repúblicas formalmente
independientes, nos inscribimos en la etapa del capitalismo
comercial, durante la cual abastecimos a Europa de los metales
preciosos y el trabajo esclavo que engrosaron su acumulación
primitiva para el desarrollo de un modo de producción superador
del feudalismo agonizante.
Carlos Marx plantea con claridad la cuestión:
“El descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América,
la cruzada de exterminio, esclavización y sepultamiento en las
minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el
saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente
africano en cazadero de esclavos negros: son hechos que señalan
los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos
idílicos representan otros tantos factores fundamentales en el
movimiento de la acumulación originaria” (1).
Durante el siglo XIX el inicio del derrumbe de esa sociedad
colonial nos llevará a una segunda etapa de la dependencia que
se inscribe en el capitalismo clásico o de libre competencia.
España y Portugal habían sido desplazadas para entonces de su
condición de metrópolis del sistema y su lugar será ocupado por
nuevas potencias, con Inglaterra como principal expresión. Desde
luego ese siglo estuvo plagado de luchas internas por la
hegemonía de proyectos distintos, pero finalmente, y a
diferencia de lo que ocurriría en EE.UU., las clases internas
vinculadas a la producción primaria para la exportación hacia
los centros urbanos industrializados de Europa lograron
imponerse. En Argentina este período se corresponde con el
triunfo del bloque oligárquico liberal y centralista ligado a
Inglaterra sobre el pueblo provinciano vinculado a las fuerzas
federales que expresaban una economía basada en el predominio
del mercado interno.
A partir de fines del siglo XIX comienza la tercera gran etapa
(que admite subdivisiones) definida por
Lenin como imperialista, es decir, cuando el capital
financiero monopólico para maximizar sus beneficios, ante la
caída de la tasa de ganancia dentro de las fronteras de los
países de capitalismo desarrollado, comienza a exportar capital
hacia las regiones de la periferia del sistema. Esta etapa
monopólica del capitalismo que el teórico ruso definió como la
etapa superior y final del capitalismo, más allá de las diversas
subetapas que consideremos (como la actual posmodernidad
globalizante) sólo ha servido para consolidar el subdesarrollo
estructural de nuestros países latinoamericanos. Pocos han sido
los momentos en que transitamos por intentos de liberación para
construir verdaderas patrias, y menos aún dichos intentos han
asumido en plenitud la necesidad de recuperar la Patria Grande
balcanizada por el capitalismo liberal desde el mismo momento en
que nacemos a la vida formalmente independiente. De allí que esa
Patria Grande con la que soñaron los más representativos hombres
de nuestra historia, como Bolívar y San Martín, se vio
transformada en un conjunto impotente de republiquetas
atomizadas.
La dependencia que se fue desarrollando a partir de la
constitución de esos débiles países sólo formalmente
independientes, tuvo dos eslabones fundamentales, por un lado
las burguesías de las naciones de capitalismo maduro y por lo
tanto expansivo, y por otro las oligarquías nativas de América
Latina vinculadas a la producción y comercialización de materias
primas y alimentos. Pero para que estas clases pudieran
constituirse como un bloque histórico era necesario desarrollar
una superestructura acorde con sus intereses. Desde la segunda
mitad del siglo XIX, el desarrollo sistemático de ideas
justificadoras de la condición semicolonial de los países que
producían básicamente para satisfacer las necesidades del
mercado europeo e importaban de allí toda producción
industrializada, adquirió un gran impulso. La filosofía, la
literatura, el periodismo, la justicia, la política y cualquier
manifestación no material, simbólica, construida con
representaciones de cualquier tipo, vino a cumplir una función
legitimizadora de la dependencia. Los agentes de dicha
superestructura son aquellos que Antonio Gramsci ha conceptuado
como intelectuales orgánicos de las clases dominantes. Con una
estructura económica sólida vinculada a las necesidades de las
metrópolis ya imperialistas a partir de fines del siglo XIX, y
una superestructura generadora y difusora de ideas
justificadoras de la misma, quedó constituido el bloque
histórico que, con las modificaciones propias de cada nueva
subetapa, se manifestaría como el bloque
oligárquico-imperialista.
Estas condiciones objetivas actuaron como condicionante y a la
vez impulsoras (a pesar suyo) de intentos por constituir un
bloque alternativo al dominante que se pudiera manifestar como
sujeto social del cambio necesario. Dichos intentos han estado
vinculados en nuestra América Latina con los movimientos
nacionales y populares. Nacionales porque reivindicaron siempre,
con mayor o menor fuerza según el caso analizado, la condición
de movimientos que luchan por el desarrollo de una nación
desafiando los intereses del bloque imperialista. Y populares
por el carácter de las clases y sectores sociales que lo
conforman, todos ellos explotados o marginados por el bloque
oligárquico-imperialista. En Argentina las dos expresiones que
adquirió este sujeto fueron primero el movimiento nacional
pequeño burgués que se expresó a través del
yrigoyenismo, y más tarde el peronismo cuya composición
social tenía una fuerte presencia obrera pero con una conducción
burguesa. Otros movimientos importantes para nuestra
Latinoamérica fueron en el siglo XX el MNR de Bolivia, el
varguismo en Brasil y el movimiento conducido por Lázaro
Cárdenas en México.
Independientemente de los mayores o menores aciertos de todos
ellos a la hora de expresar una política revolucionaria contra
el sistema de dependencia gestado y consolidado por el bloque
oligárquico-imperialista, resulta evidente que ninguno llegó a
modificar las relaciones de producción existentes, en las que
las oligarquías nativas, cuya lógica de acumulación está basada
en la especulación, las vuelve aliadas necesarias de las
burguesías imperialistas del primer mundo. El ingreso del
capital financiero en el sector industrial de América Latina a
partir de mediados de los cincuenta y en los sesenta, debilitó
tanto a nuestra industria nativa, que en sus expresiones más
importantes quedó subordinada a las casa centrales instaladas en
el primer mundo, con predominio de EE.UU. Por otra parte, redujo
aún más la posibilidad de que una burguesía nacional en general
débil y claudicante encabezara un proceso de desarrollo
autocentrado como pretendían las conducciones de los movimientos
nacionales y populares en las décadas del cuarenta y cincuenta.
Esta burguesía, por el contrario, comenzaría a tener vínculos
cada vez más orgánicos con el bloque dominante.
El contexto actual
Nuestra América latina, después de haber atravesado por dos
subetapas del imperialismo (primero como productora de materias
primas y alimentos para Europa y luego como mercado con
desarrollo de las industrias de bienes de consumo que sería
captado por las multinacionales a partir de fines de los
cincuenta) hacia mediados de los años setenta del pasado siglo
ingresó en una tercera subetatpa del imperialismo, aquella que
se conoce como la globalización posmoderna. Pero dicha
globalización lejos de favorecer un desarrollo integral del
planeta como anunciaban sus publicistas o conducirnos al mentado
fin de la historia según Fukuyama, ha representado sólo un nuevo
momento de la expansión imperialista, su etapa más destructiva.
En realidad el imperialismo del siglo XXI comienza a perfilarse
hacia el último cuarto del siglo XX, desde entonces la
exportación de capitales tuvo una fuerte localización (aunque no
excluyente) en el circuito financiero internacional, y siguió
actuando como una bomba de succión que ha beneficiado claramente
a los países dominantes. Al igual que en la etapa anterior (con
predominio de las multinacionales en el sector industrial), el
ingreso de capitales en forma de préstamos otorgados a los
países dependientes, ha resultado significativamente inferior a
los beneficios en concepto de intereses obtenidos por ellos. Si
tomamos como ejemplo el análisis que hace Carlos Marichal sobre
México, encontramos que este país pagó por una deuda de 100 mil
millones de dólares en préstamos, 300 mil millones en servicio y
amortización en el período que va de 1982 a 2002, coincidiendo
con diversos estudios que demuestran que la periferia financia a
los países dominantes. Por otro lado, un mercado internacional
cada vez más amplio, como consecuencia de la caída del Muro de
Berlín y la desintegración de la Unión Soviética, resultó
dominado por monopolios u oligopolios oriundos de los países
centrales (a contrapelo del mito neoliberal de la
“interdependencia”) que beneficia claramente a éstos a través de
un intercambio desigual. Exportaciones básicamente de bienes
primarios que imposibilitan un desarrollo integral e integrado
de las fuerzas productivas internas, así como importaciones
desde los países imperialistas que arrasan con aquellas empresas
locales imposibilitadas de competir ante el capital más
concentrado, producción agraria de los países dominantes
protegida por sus respectivos estados, fuga de capitales (hacia
estos países) de los sectores más concentrados de las economías
dependientes e intereses crecientes por sus fabulosas deudas, se
convirtieron en factores esenciales de la dependencia en el
siglo XXI, ya que lo producido no alcanza para pagar las deudas
contraídas. Por lo tanto, a través de un perverso mecanismo de
compensaciones, los acreedores han tenido la posibilidad de
acceder al control irrestricto de los resortes básicos de la
economía de dichos países (desregulación económica,
privatización de empresas estatales, creciente
desnacionalización de la propiedad de millones de hectáreas del
territorio de la periferia, operaciones para resguardar a la
burguesía financiera violando principios constitucionales,
etc.); como así también han logrado influir en la toma de
decisiones políticas trascendentales, muchas de las cuales se
vinculan con las concesiones obtenidas en el plano económico.
Como complemento necesario, el gran desarrollo de la informática
y las comunicaciones impulsado desde los centros del poder
internacional, permite transmitir instantáneamente los valores,
hábitos, ideas y creencias necesarias para garantizar la
reproducción de un sistema globalizado que tal como sostiene
Hirsh (2) acentúa viejas y nuevas polarizaciones:
. Entre potencias económicas, ya que EE.UU. tiene una clara
supremacía en el plano militar pero no en el económico donde
compite con Europa occidental y Japón.
. Entre estados dominantes y dominados (el tercer mundo).
. Entre clases y grupos sociales en el seno de cada nación (con
la aparición de un “tercer mundo” en el corazón de metrópolis
capitalistas como Los Ángeles, París o Londres).
La contradicción principal se instala entre países dominantes y
países dominados como durante toda la etapa imperialista; en las
relaciones entre los dominantes, si bien hay contradicciones en
el orden económico, resulta evidente que en el plano militar la
superioridad apabullante de EE.UU. lo convierte en el gendarme
del capitalismo internacional. Esta contradicción entre países
se manifiesta a través de las funciones desempeñadas por
distintas clases sociales, ya que en el seno de los dominantes
aparecen cumpliendo un papel rector y explotador sus burguesías,
mientras que en los dominados habitualmente ese papel lo
desempeñan las oligarquías nativas. Éstas, a su vez, tienen una
relación de dependencia con las burguesías de los países
centrales, pero conforman una alianza de intereses económicos y
estratégicas geopolíticas e ideológicas, cuyo adversario es en
lo inmediato el campo popular de los países dominados, y a
mediano o largo plazo también lo será el campo popular de los
países dominantes. Esto se debe a que las zonas del tercer mundo
que se desarrollan al interior de los países dominantes, si bien
van en aumento y como se puede comprobar a través de
acontecimientos como los ocurridos en París durante 2002
resultan cada vez más problemáticas, se potenciarán en el futuro
Será así en la medida en que la consolidación de los procesos de
liberación nacional y social operados en el mundo dominado,
obstruya el grifo que hace fluir permanentemente recursos
económicos desde la periferia del sistema hacia el centro, con
lo que los enclaves tercermundistas se ampliarán con el aporte
de trabajadores empobrecidos y marginados absolutos de origen y
ascendencia plenamente primermundista.
Todas estas contradicciones se dan en el seno de un capitalismo
globalizado que integra y margina simultáneamente en los
distintos países que lo conforman; con predominio de integración
(por ahora) en las naciones dominantes y de marginación en las
dominadas. Por esta circunstancia el actual mercado
internacional, a diferencia de lo que ocurrió entre fines de los
50 y mediados de los 70, no se alimenta de importantes mercados
internos en algunas zonas de la periferia, sino de una multitud
de mercados reducidos (con muchos expulsados en América Latina,
Asia y, como siempre, África) pero multiplicados por todo el
mundo; fenómeno que se hizo posible tras el derrumbe del mal
llamado “socialismo real”, es decir, la negación real del
socialismo. Los integrados son las oligarquías nativas y los
sectores más favorecidos de las capas medias de esa multitud de
países, mientras que en el primer mundo sigue siendo una parte
significativa del total de su población. Este fenómeno si bien
se venía perfilando desde hace algunas décadas en nuestra
América Latina, como quedó expresado en el ya clásico estudio de
Osvaldo Sunkel (3), se ha acentuado dramáticamente. Aquellos que
el teórico de la dependencia denominaba marginados absolutos, es
decir, todos los que quedaban excluidos no sólo de la economía
internacional sino también de la nacional (constituida por
quiénes producen sólo para el mercado interno), se han
multiplicado en los últimos treinta años, llegando a constituir
una fracción fundamental de las sociedades latinoamericanas.
Este tipo de marginalidad que cuando se consolida en el tiempo
va adquiriendo un carácter estructural, es un espacio del que
resulta complicado volver, ya que afecta no sólo la capacidad
económica de sus integrantes sino también esferas culturales y
hasta biológicas. Una de sus manifestaciones más crueles es el
avance de la desnutrición infantil, que en principio es una
consecuencia directa del capitalismo dependiente, que cuando no
mata a nuestros niños genera discapacidades físicas e
intelectuales permanentes. Decíamos en el año 2004 en el marco
teórico de la investigación que realizamos sobre este problema
en la provincia de Corrientes:
“Diversos factores han confluido para que este escenario tan
poco deseable fuese posible: comportamientos económicos
especulativos que obstaculizan el desarrollo de las fuerzas
productivas, políticas de estado atadas a la lógica de los
países centrales, deuda externa y fuga de capitales, estructura
impositiva regresiva, corrupción estructural, y algunos otros
que merecen un estudio específico. Más allá de las relaciones
causales y dialécticas entre los factores considerados, resulta
evidente que se han generado consecuencias devastadoras para
nuestro país. Entre todas hay una especialmente preocupante, la
desnutrición infantil, tanto por su repercusión en la biografía
de cada ser humano, como en la historia social de una nación”
(4).
El nuevo sujeto social de la transformación
En este contexto del siglo XXI en el como consecuencia de caso
treinta años de neoliberalismo se produjo una modificación en la
estructura socio-económica de nuestra América Latina (desindustrialización,
endeudamiento, crisis económica y desmantelamiento del estado
benefactor), el sujeto social que protagonizó las luchas por la
liberación nacional en los cuarenta, cincuenta e inclusive fines
de los sesenta y principios de los setenta necesariamente se ha
visto afectado. La disminución cuantitativa de la clase obrera
como consecuencia de la desindustrialización y de la
introducción de técnicas y medios posmodernos de producción es
un hecho constatable, como así también el peso adquirido por un
sistema financiero basado en la especulación y exportación de
capital desde la periferia hacia el centro del sistema. A
diferencia de lo ocurrido en los países de capitalismo maduro,
desarrollado y globalizante, los subdesarrollados y globalizados
de América Latina no vieron compensados los primeros e
inevitables desequilibrios generados por esta nueva subetapa con
el desarrollo de industrias productoras de tecnología de punta
ni con una tercearización muy extendida si no acotada a unos
pocos centros urbanos y mucho más limitada que en los primeros.
La expulsión de obreros generó un crecimiento desmesurado de la
desocupación y subocupación crónica, ampliando
significativamente esa franja social que como dijimos, Osvaldo
Sunkel había definido al inicio de los setenta como la
marginalidad absoluta.
No sólo la clase obrera fue afectada por el fenómeno, también
amplias franjas de las capas medias fueron expulsadas de la
estructura económica e inclusive de la superestructura, en este
último caso como consecuencia sobre todo de la “racionalización”
estatal que terminó con el empleo regular y en blanco de muchos.
Pero en general la reducción paulatina del mercado interno, como
consecuencia de la menor actividad económica fue expulsando
también trabajadores de los sectores terciarios en algunos casos
o generando condiciones de precariedad laboral en otros. Tan
importante fue este tipo de consecuencias generadas por el
neoliberalismo posmoderno, que según Alberto Minujin un alto
porcentaje de los nuevos pobres en Argentina pertenecen a las
capas medias. Éstos fueron a incrementar el mapa de la pobreza
en nuestro país como nunca antes se había visto, ya que a la
pobreza estructural, integrada por todos aquellos grupos
familiares que han vivido en ese estado de generación en
generación, se incorporaron estos sectores que nunca habían sido
pobres.
De este mundo integrado por marginados absolutos que se da en
toda nuestra América Latina, con excepción de Cuba, saldrá
justamente uno de los componentes nuevos más importantes del
nuevo sujeto social para el cambio. Efectivamente, los excluidos
absolutos crecerán en forma alarmante, pero en algunos países
comenzarán un proceso de asociación como en Argentina que se
expresará en la constitución de movimientos sociales distintos
de los tradicionales, cuyo eje o columna vertebral era la clase
obrera. El peronismo fue una de las expresiones más
significativas en nuestra América Latina, como también el
varguismo en Brasil. Pero las nuevas realidades de la
globalización imperialista lleva a la necesidad de construir
alianzas cada vez más amplias para enfrentar a un enemigo
poderoso como lo es el bloque constituido por las oligarquías
nativas, a las que se ha incorporado el sector más concentrado
del capital industrial nacional definitivamente subordinado a la
burguesía del capitalismo central. Desde luego este bloque
hegemonizado por la burguesía imperialista (del primer mundo)
cuenta con sus intelectuales orgánicos provenientes no sólo de
esas clases sino, en muchos casos, de franjas reducidas y
acomodadas de las capas medias. La tarea cultural de los mismos
ha sido hasta ahora responsable fundamental de que este bloque
objetivamente cada vez más pequeño (por los intereses de clase
que defiende), conserve su control sobre la mayoría de
explotados y marginados de América Latina.
Ante el panorama descrito sintéticamente es necesario tener en
cuenta diversos estudios que apuntan a descubrir cuál es el
nuevo sujeto social para la transformación en nuestra Patria
Grande, y a consolidarlo con aportes teóricos que ayuden al
desarrollo de una cultura alternativa, esencial para dar batalla
contra las ideas dominantes. Consideraremos entonces un conjunto
de elementos tácticos y estratégicos que surgen de algunos
planteos teóricos alternativos de una izquierda con
fundamentación latinoamericanista. Entre ellos el aporte de la
cientista cubana Isabel Rauber (5), que se ha dedicado a
investigar los movimientos sociales y populares de América
Latina. Éstos, con características distintas a las de los años
´60 y ´70, debidas fundamentalmente al debilitamiento
cuantitativo de la clase obrera pero con una creciente
participación de aquellos que Sunkel incluye en la categoría
“marginados absolutos” (desocupados, subocupados, piqueteros,
los Sin Tierra), constituyen una alternativa política esencial
para la transformación estructural de la globalización. Rauber,
en un valioso intento por actualizar conceptos y categorías, se
pregunta qué significa ser clasista en la actualidad. Un manejo
anacrónico del concepto sólo puede conducir al aislamiento de
una clase obrera muy disminuida y golpeada como consecuencia de
las prácticas neoliberales, de allí que el clasismo actual debe
ser entendido en el marco de alianzas posibles con diversos
sectores: asalariados formales y precarios, como así también con
los trabajadores desocupados y marginados. En este marco, la
fábrica, sin perder protagonismo, ve acotadas sus posibilidades,
por lo que ante la necesidad de reconstruir movimientos
desarticulados, el barrio se erige como nuevo espacio
articulador de prácticas alternativas. Así también el discurso,
la producción teórica, brota de una pluralidad de participantes
que desplazando concepciones vanguardistas de otros tiempos,
apunta a construir democráticamente el nuevo sujeto social de un
proyecto político alternativo. El trabajo de investigación de
Rauber tiene como objetivo central, hacer visibles y vincular
entre sí los aportes teóricos-prácticos de movimientos sociales
y populares de distintos lugares de América Latina. En nuestro
país ha realizado su experiencia con los trabajadores de la CTA.
Por otra parte, uno de los más importantes teóricos de la
dependencia, Theotonio Dos Santos, afirma la necesidad de darle
un contenido más plural a la izquierda con la incorporación de
problemáticas actuales que brotan desde abajo: la cuestión
étnica, reivindicaciones vinculadas a la problemática de las
mujeres, etc. Esto supone, a su vez, una nueva racionalidad,
humanista, que situé como centro la expansión de la vida y el
fortalecimiento de los vínculos humanos. Dos Santos, a partir de
una autocrítica necesaria y valiosa, cuestiona la mirada que
cierta izquierda tuvo del populismo, confundiendo la
manipulación del pueblo con las legítimas manifestaciones de lo
popular (sus formas estéticas, sus representaciones del
universo, sus demandas). Esta mirada, estuvo fuertemente
influenciada por una racionalidad liberal que ha entrado en
crisis ante el avance de un pluralismo que encuentra en Chiapas
una de sus manifestaciones más contundentes. Para que la
transformación social adquiera un contenido socialista, es
necesario que tanto los sectores sociales como culturas
excluidas de la concepción del mundo en el capitalismo, emerjan
a partir de otra concepción pluralista.
Sostiene Dos Santos (6):
“Más específicamente, en el caso de América Latina, creo que hay
que reconocer un contenido civilizatorio por lo menos en tres
direcciones: la de los Incas, los Mayas-Aztecas, y la costa
atlántica afro-blanca / europea, así como el proceso indígena
que es bastante menor. Es parte de la afirmación
latinoamericana, reivindicar su condición civilizadora propia,
para ser parte del proceso de formación de esta civilización
planetaria. La alternativa insurgente desde la izquierda debe
integrarse más que nunca con esta problemática, para
constituirse en un proyecto viable”.
Resulta entonces esencial a la hora de favorecer la producción
del nuevo sujeto social tener en cuenta varias cuestiones:
1. Existen una serie de componentes sociales con inserción
objetiva en nuestra realidad que pueden y deben ser las partes
constitutivas del nuevo sujeto. Algunos son de vieja data (clase
obrera, pobres estructurales, sectores nacionalizados de las
capas medias). Otros son nuevas víctimas del capitalismo en su
etapa neoliberal (capas medias empobrecidas, nuevos pobres,
desocupados, subocupados y trabajadores precarios o en negro).
2. De esa realidad social objetiva surge la necesidad de una
alianza política entre la clase obrera (que aún disminuida
conserva una importancia cualitativa esencial) y el amplio
territorio de las capas medias. Esa alianza incluye obviamente
tanto a ocupados como desocupados provenientes de cualquiera de
los dos sectores sociales considerados.
Jorge Enea Spilimbergo
desarrolló teóricamente el carácter revolucionario de esta
alianza ya a principios de los años sesenta y le llamó “alianza
plebeya”, concepto que en realidad se constituyó en una de las
idea-fuerzas de la llamada Izquierda Nacional en Argentina (7).
3. Finalmente, para que ese sujeto se termine de constituir
resulta imprescindible una tarea cultural que transformando
ideas instaladas durante décadas desarrolle una visión
alternativa de la realidad latinoamericana. Esas ideas rectoras
cuyo papel es dirigir la alianza sólo pueden surgir de una de
las clases fundamental de la sociedad capitalista dependiente y
subdesarrollada: la clase obrera. Pero como bien señala Rauter
dicha clase debe necesariamente consensuar sus planteos con los
otros integrantes de la alianza, en su defecto sólo puede quedar
aislada e impotente para la transformación necesaria e la
estructura económico-social. De allí que el clasismo del siglo
XXI es muy distinto al clásico del siglo XX.
Los procesos políticos iniciados en algunos países de la Patria
Grande representan un espacio propicio para que la consolidación
del nuevo sujeto social e produzca. La presencia de componentes
esenciales de este sujeto en procesos como el venezolano o el
boliviano, y con mayor debilidad en países como Argentina o
Brasil, por poner sólo algunos ejemplos, no hacen más que
alentar un futuro promisorio para las ideas que hemos tratado de
esbozar en esta conferencia. Pero la tarea cultural es muy
importante, sin ella el nuevo sujetos social no terminará de
constituirse, porque a la condiciones objetivas es necesario
ayudarlas con el desarrollo de nuevas ideas y con su difusión
permanente para gestar un hegemonía alternativa a la de las
clases dominantes. En el seno de ese trabajo cultural desempeña
un papel muy significativo la cuestión ética, de allí que el
hombre nuevo propuesto por el Che Guevara necesita de una
consideración especial.
El aporte del
Che Guevara
El Che Guevara desarrollo un concepto central que recobra toda
su importancia en esta nueva subetapa que estamos viviendo: el
hombre nuevo. Cuando lo formuló América Latina estaba inmersa en
la segunda subetapa del imperialismo, cuando las empresas
multinacionales invertían en nuestra industria hasta captarla
convirtiéndolas en subsidiarias de sus casas centrales o
abriendo nuevas empresas que exportarían gran parte de sus
beneficios hacia el mundo desarrollado. Sólo Cuba había iniciado
en esos años sesenta un proceso de liberación nacional y social.
Y en ese contexto cubano destacó la necesidad de gestar un
hombre nuevo, liberado de la alienación a la que nos conduce el
capitalismo. El hombre nuevo es un hombre que remplaza la visión
competitiva e individualista en la que nos ha formado la
superestructura del capital financiero internacional y las
oligarquías nativas (lo que
Althusser denominaba los aparatos ideológico del Estado y
Jauretche la colonización pedagógica) por otra cuyos valores
centrales son la solidaridad, el trabajo de colaboración
colectiva, el compromiso y el amor a la causa defendida. Una
causa que excede el interés meramente personal para ubicarse en
la esfera de la lucha por un mundo distinto, que según Guevara
sólo puede ser socialista.
Pero el socialismo es un producto, no se impone por decreto,
sino que se construye en el devenir histórico de los pueblos. De
la misma manera el hombre nuevo es producto de esa relación
dialéctica entre sujeto y sociedad. Obviamente el hombre nuevo
sólo acabará de construirse en una sociedad socialista, pero a
su vez, para que el socialismo sea posible por lo menos una
fracción de la humanidad deberá comenzar a impulsarlo. Guevara
daba importancia a un tema político muy presente en los sesenta
como lo es el rol de la vanguardia (en ese punto se su planteo
puede resultar polémico con lo sostenido por Rauber y Dos
santos). Ellos son los que inician el camino de impulsar el
hombre nuevo, predicando con su ejemplo, por eso resulta
importante ser fiel al lema del Che “decir lo que se piensa y
hacer lo que se dice”. Claro que a la vanguardia de ninguna
manera la concebida como la interpretaron algunos grupos
ulraizquierdistas, que más allá de sus discursos quedaban en la
práctica aislados de las masas.
Para el Che una vanguardia debe estar en contacto permanente con
el pueblo. Va un paso adelante y con su ejemplo impulsa a la
acción consciente del conjunto, pero nunca debe caminar tan
adelante como para dejar de sentir el aliento de la masa en la
nuca. La vanguardia es la que comienza a impulsar la nueva
sociedad, tal como ocurrió en la experiencia cubana, pero esa
nueva sociedad en la medida que se va desarrollando nutre
necesariamente a la vanguardia en una relación dialéctica. Si la
vanguardia pierde contacto con la nueva sociedad que está
impulsando, deja de expresar las necesidades de la masa y
resultará imposible pasar del mundo de la necesidad al mundo de
la libertad. El hombre nuevo del Che es un hombre que lucha por
ser libre en contra del hombre sometido por el capitalismo; es
un hombre sacrificado a diferencia del egoísta propuesto por la
economía de mercado; es consciente de por qué y para qué lucha y
no alienado por el sistema; es personalidad pero en tanto no se
separe nunca de la ruta del pueblo. Y ese hombre lo
construiremos en la práctica revolucionaria, en la que el rol de
la vanguardia es esencial y la juventud constituye la arcilla
sobre la que trabajamos.
En una carta dirigida a Carlos Quijano, director del semanario
Marcha de Montevideo, el Che expresa su visión del tema. Estas
ideas fundamentales del revolucionario serán publicadas en
“Ernesto Che Guevara. Escritos y discursos”, en la Editorial de
ciencias Sociales de La Habana en 1977. En forma de cuadernillo
se publica bajo el título: “El socialismo y el hombre en Cuba”.
Editora Política La Habana en 1988. De dicho texto extraemos sus
fundamentales conclusiones:
“Nosotros socialistas, somos más libres porque somos más plenos,
somos más plenos porque somos más libres.
El esqueleto de nuestra libertad completa está formado, falta la
sustancia proteica y el ropaje; los crearemos.
Nuestra libertad y su sostén cotidiano tienen color de sangre y
están henchidos de sacrificio.
Nuestro sacrificio es consciente; cuota para pagar la libertad
que construimos.
El camino es largo y desconocido en parte; conocemos nuestras
limitaciones. Haremos el hombre del siglo XXI: nosotros mismos.
Nos forjaremos en la acción cotidiana, creando un hombre nuevo
con una nueva técnica.
La personalidad juega el papel de movilización y dirección en
cuanto que encarna las más altas virtudes y aspiraciones del
pueblo y no se separa de su ruta.
Quien abre el camino es la vanguardia, los mejores entre los
buenos, el partido.
La arcilla fundamental de nuestra obra es la juventud, en ella
depositamos nuestra esperanza y la preparamos para tomar de
nuestras manos la bandera.
Si esta carta balbuceante aclara algo, ha cumplido el objetivo
con que la mando.
Reciba nuestro saludo ritual, como un apretón de manos o un “ave
maría purísima”. Patria o muerte.”
Para finalizar compañeros, una anécdota del Che. Cuenta uno de
sus hijos, Ernesto, que cuando era muy pequeño su padre, que
tenía una relación de profundo amor con sus hijos, le decía:
“tienes que comer para crecer, porque cuando seas grande si
todavía existe el imperialismo tendremos que ir juntos a luchar
contra él, y si el imperialismo ya no existe, entonces juntos
nos iremos a la luna”. Me temo que todavía no podremos viajar a
la luna, por lo tanto compañeros, lo mejor será crecer fuertes
para seguir nuestra lucha contra el imperialismo.
Esquel, 6 de octubre de 2007
Referencias
1. Carlos Marx, El capital, tomo 1, p. 638, Fondo de Cultura
Económica, México, 1982.
2. Joachin Hirch, ¿Qué es la globalización?, Conferencia dictada
en el ciclo “Globalización, transformación del estado y
democracia”, organizado por la Universidad nacional de Córdoba y
el Goethe Institut de Córdoba, marzo de 1997.
3. Osvaldo Sunkel, Capitalismo transnacional y desintegración
nacional en América Latina, Ediciones de Nueva Visión, 1971.
4. Franzoia Alberto, Piovani Verónica, Piovani María de las
Nieves y otros, “El mapa de la desnutrición infantil en la
provincia de Corrientes”, publicado por el Consejo Federal de
Inversiones de Argentina en mayo de 2004.
5. Isabel Rauber, Una historia silenciada, Pensamiento Jurídico
Editora, Buenos Aires, 1998.
6. Theotonio Dos Santos, La teoría de la dependencia y el
sistema mundial, Entrevista, México.
7. Jorge enea Spilimbergo, Clase obrera y poder, Ed. 2006
8. “El socialismo y el hombre en Cuba”. Editora Política La
Habana en 1988
|