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El nuevo sujeto social para la transformación de la patria grande latinoamericana
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281107 - Conferencia dictada el 6 de octubre de 2007 en Esquel durante las jornadas de homenaje al Che Guevara, organizadas por CTA , la Municipalidad de Esquel y la Casa de la Amistad con Cuba

Disertante: Lic. Alberto J. Franzoia

La historia de la América post-Colón es la de una inmensa región del continente transformada primero en colonia de España y Portugal. Desde entonces y hasta nuestros días, salvo en honrosos y contados períodos en los que se intentó modificar el rumbo de la historia, nos hemos visto sistemáticamente inmersos en una realidad que se puede sintetizar con dos conceptos: dependencia y subdesarrollo. En realidad la relación entre ambos es dialéctica, ya que la dependencia ha generado nuestro subdesarrollo crónico, y el subdesarrollo se ha convertido en una gran debilidad a la hora de intentar vías para romper con la dependencia gestando el camino de la liberación nacional.

Esta dependencia ha adquirido distintas formas de manifestarse según el período considerado. Desde el descubrimiento y colonización hasta el surgimiento de las repúblicas formalmente independientes, nos inscribimos en la etapa del capitalismo comercial, durante la cual abastecimos a Europa de los metales preciosos y el trabajo esclavo que engrosaron su acumulación primitiva para el desarrollo de un modo de producción superador del feudalismo agonizante. Carlos Marx plantea con claridad la cuestión:
“El descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, la cruzada de exterminio, esclavización y sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros: son hechos que señalan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos representan otros tantos factores fundamentales en el movimiento de la acumulación originaria” (1).

Durante el siglo XIX el inicio del derrumbe de esa sociedad colonial nos llevará a una segunda etapa de la dependencia que se inscribe en el capitalismo clásico o de libre competencia. España y Portugal habían sido desplazadas para entonces de su condición de metrópolis del sistema y su lugar será ocupado por nuevas potencias, con Inglaterra como principal expresión. Desde luego ese siglo estuvo plagado de luchas internas por la hegemonía de proyectos distintos, pero finalmente, y a diferencia de lo que ocurriría en EE.UU., las clases internas vinculadas a la producción primaria para la exportación hacia los centros urbanos industrializados de Europa lograron imponerse. En Argentina este período se corresponde con el triunfo del bloque oligárquico liberal y centralista ligado a Inglaterra sobre el pueblo provinciano vinculado a las fuerzas federales que expresaban una economía basada en el predominio del mercado interno.

A partir de fines del siglo XIX comienza la tercera gran etapa (que admite subdivisiones) definida por Lenin como imperialista, es decir, cuando el capital financiero monopólico para maximizar sus beneficios, ante la caída de la tasa de ganancia dentro de las fronteras de los países de capitalismo desarrollado, comienza a exportar capital hacia las regiones de la periferia del sistema. Esta etapa monopólica del capitalismo que el teórico ruso definió como la etapa superior y final del capitalismo, más allá de las diversas subetapas que consideremos (como la actual posmodernidad globalizante) sólo ha servido para consolidar el subdesarrollo estructural de nuestros países latinoamericanos. Pocos han sido los momentos en que transitamos por intentos de liberación para construir verdaderas patrias, y menos aún dichos intentos han asumido en plenitud la necesidad de recuperar la Patria Grande balcanizada por el capitalismo liberal desde el mismo momento en que nacemos a la vida formalmente independiente. De allí que esa Patria Grande con la que soñaron los más representativos hombres de nuestra historia, como Bolívar y San Martín, se vio transformada en un conjunto impotente de republiquetas atomizadas.

La dependencia que se fue desarrollando a partir de la constitución de esos débiles países sólo formalmente independientes, tuvo dos eslabones fundamentales, por un lado las burguesías de las naciones de capitalismo maduro y por lo tanto expansivo, y por otro las oligarquías nativas de América Latina vinculadas a la producción y comercialización de materias primas y alimentos. Pero para que estas clases pudieran constituirse como un bloque histórico era necesario desarrollar una superestructura acorde con sus intereses. Desde la segunda mitad del siglo XIX, el desarrollo sistemático de ideas justificadoras de la condición semicolonial de los países que producían básicamente para satisfacer las necesidades del mercado europeo e importaban de allí toda producción industrializada, adquirió un gran impulso. La filosofía, la literatura, el periodismo, la justicia, la política y cualquier manifestación no material, simbólica, construida con representaciones de cualquier tipo, vino a cumplir una función legitimizadora de la dependencia. Los agentes de dicha superestructura son aquellos que Antonio Gramsci ha conceptuado como intelectuales orgánicos de las clases dominantes. Con una estructura económica sólida vinculada a las necesidades de las metrópolis ya imperialistas a partir de fines del siglo XIX, y una superestructura generadora y difusora de ideas justificadoras de la misma, quedó constituido el bloque histórico que, con las modificaciones propias de cada nueva subetapa, se manifestaría como el bloque oligárquico-imperialista.

Estas condiciones objetivas actuaron como condicionante y a la vez impulsoras (a pesar suyo) de intentos por constituir un bloque alternativo al dominante que se pudiera manifestar como sujeto social del cambio necesario. Dichos intentos han estado vinculados en nuestra América Latina con los movimientos nacionales y populares. Nacionales porque reivindicaron siempre, con mayor o menor fuerza según el caso analizado, la condición de movimientos que luchan por el desarrollo de una nación desafiando los intereses del bloque imperialista. Y populares por el carácter de las clases y sectores sociales que lo conforman, todos ellos explotados o marginados por el bloque oligárquico-imperialista. En Argentina las dos expresiones que adquirió este sujeto fueron primero el movimiento nacional pequeño burgués que se expresó a través del yrigoyenismo, y más tarde el peronismo cuya composición social tenía una fuerte presencia obrera pero con una conducción burguesa. Otros movimientos importantes para nuestra Latinoamérica fueron en el siglo XX el MNR de Bolivia, el varguismo en Brasil y el movimiento conducido por Lázaro Cárdenas en México.

Independientemente de los mayores o menores aciertos de todos ellos a la hora de expresar una política revolucionaria contra el sistema de dependencia gestado y consolidado por el bloque oligárquico-imperialista, resulta evidente que ninguno llegó a modificar las relaciones de producción existentes, en las que las oligarquías nativas, cuya lógica de acumulación está basada en la especulación, las vuelve aliadas necesarias de las burguesías imperialistas del primer mundo. El ingreso del capital financiero en el sector industrial de América Latina a partir de mediados de los cincuenta y en los sesenta, debilitó tanto a nuestra industria nativa, que en sus expresiones más importantes quedó subordinada a las casa centrales instaladas en el primer mundo, con predominio de EE.UU. Por otra parte, redujo aún más la posibilidad de que una burguesía nacional en general débil y claudicante encabezara un proceso de desarrollo autocentrado como pretendían las conducciones de los movimientos nacionales y populares en las décadas del cuarenta y cincuenta. Esta burguesía, por el contrario, comenzaría a tener vínculos cada vez más orgánicos con el bloque dominante.

El contexto actual

Nuestra América latina, después de haber atravesado por dos subetapas del imperialismo (primero como productora de materias primas y alimentos para Europa y luego como mercado con desarrollo de las industrias de bienes de consumo que sería captado por las multinacionales a partir de fines de los cincuenta) hacia mediados de los años setenta del pasado siglo ingresó en una tercera subetatpa del imperialismo, aquella que se conoce como la globalización posmoderna. Pero dicha globalización lejos de favorecer un desarrollo integral del planeta como anunciaban sus publicistas o conducirnos al mentado fin de la historia según Fukuyama, ha representado sólo un nuevo momento de la expansión imperialista, su etapa más destructiva. En realidad el imperialismo del siglo XXI comienza a perfilarse hacia el último cuarto del siglo XX, desde entonces la exportación de capitales tuvo una fuerte localización (aunque no excluyente) en el circuito financiero internacional, y siguió actuando como una bomba de succión que ha beneficiado claramente a los países dominantes. Al igual que en la etapa anterior (con predominio de las multinacionales en el sector industrial), el ingreso de capitales en forma de préstamos otorgados a los países dependientes, ha resultado significativamente inferior a los beneficios en concepto de intereses obtenidos por ellos. Si tomamos como ejemplo el análisis que hace Carlos Marichal sobre México, encontramos que este país pagó por una deuda de 100 mil millones de dólares en préstamos, 300 mil millones en servicio y amortización en el período que va de 1982 a 2002, coincidiendo con diversos estudios que demuestran que la periferia financia a los países dominantes. Por otro lado, un mercado internacional cada vez más amplio, como consecuencia de la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética, resultó dominado por monopolios u oligopolios oriundos de los países centrales (a contrapelo del mito neoliberal de la “interdependencia”) que beneficia claramente a éstos a través de un intercambio desigual. Exportaciones básicamente de bienes primarios que imposibilitan un desarrollo integral e integrado de las fuerzas productivas internas, así como importaciones desde los países imperialistas que arrasan con aquellas empresas locales imposibilitadas de competir ante el capital más concentrado, producción agraria de los países dominantes protegida por sus respectivos estados, fuga de capitales (hacia estos países) de los sectores más concentrados de las economías dependientes e intereses crecientes por sus fabulosas deudas, se convirtieron en factores esenciales de la dependencia en el siglo XXI, ya que lo producido no alcanza para pagar las deudas contraídas. Por lo tanto, a través de un perverso mecanismo de compensaciones, los acreedores han tenido la posibilidad de acceder al control irrestricto de los resortes básicos de la economía de dichos países (desregulación económica, privatización de empresas estatales, creciente desnacionalización de la propiedad de millones de hectáreas del territorio de la periferia, operaciones para resguardar a la burguesía financiera violando principios constitucionales, etc.); como así también han logrado influir en la toma de decisiones políticas trascendentales, muchas de las cuales se vinculan con las concesiones obtenidas en el plano económico. Como complemento necesario, el gran desarrollo de la informática y las comunicaciones impulsado desde los centros del poder internacional, permite transmitir instantáneamente los valores, hábitos, ideas y creencias necesarias para garantizar la reproducción de un sistema globalizado que tal como sostiene Hirsh (2) acentúa viejas y nuevas polarizaciones:
. Entre potencias económicas, ya que EE.UU. tiene una clara supremacía en el plano militar pero no en el económico donde compite con Europa occidental y Japón.
. Entre estados dominantes y dominados (el tercer mundo).
. Entre clases y grupos sociales en el seno de cada nación (con la aparición de un “tercer mundo” en el corazón de metrópolis capitalistas como Los Ángeles, París o Londres).

La contradicción principal se instala entre países dominantes y países dominados como durante toda la etapa imperialista; en las relaciones entre los dominantes, si bien hay contradicciones en el orden económico, resulta evidente que en el plano militar la superioridad apabullante de EE.UU. lo convierte en el gendarme del capitalismo internacional. Esta contradicción entre países se manifiesta a través de las funciones desempeñadas por distintas clases sociales, ya que en el seno de los dominantes aparecen cumpliendo un papel rector y explotador sus burguesías, mientras que en los dominados habitualmente ese papel lo desempeñan las oligarquías nativas. Éstas, a su vez, tienen una relación de dependencia con las burguesías de los países centrales, pero conforman una alianza de intereses económicos y estratégicas geopolíticas e ideológicas, cuyo adversario es en lo inmediato el campo popular de los países dominados, y a mediano o largo plazo también lo será el campo popular de los países dominantes. Esto se debe a que las zonas del tercer mundo que se desarrollan al interior de los países dominantes, si bien van en aumento y como se puede comprobar a través de acontecimientos como los ocurridos en París durante 2002 resultan cada vez más problemáticas, se potenciarán en el futuro Será así en la medida en que la consolidación de los procesos de liberación nacional y social operados en el mundo dominado, obstruya el grifo que hace fluir permanentemente recursos económicos desde la periferia del sistema hacia el centro, con lo que los enclaves tercermundistas se ampliarán con el aporte de trabajadores empobrecidos y marginados absolutos de origen y ascendencia plenamente primermundista.

Todas estas contradicciones se dan en el seno de un capitalismo globalizado que integra y margina simultáneamente en los distintos países que lo conforman; con predominio de integración (por ahora) en las naciones dominantes y de marginación en las dominadas. Por esta circunstancia el actual mercado internacional, a diferencia de lo que ocurrió entre fines de los 50 y mediados de los 70, no se alimenta de importantes mercados internos en algunas zonas de la periferia, sino de una multitud de mercados reducidos (con muchos expulsados en América Latina, Asia y, como siempre, África) pero multiplicados por todo el mundo; fenómeno que se hizo posible tras el derrumbe del mal llamado “socialismo real”, es decir, la negación real del socialismo. Los integrados son las oligarquías nativas y los sectores más favorecidos de las capas medias de esa multitud de países, mientras que en el primer mundo sigue siendo una parte significativa del total de su población. Este fenómeno si bien se venía perfilando desde hace algunas décadas en nuestra América Latina, como quedó expresado en el ya clásico estudio de Osvaldo Sunkel (3), se ha acentuado dramáticamente. Aquellos que el teórico de la dependencia denominaba marginados absolutos, es decir, todos los que quedaban excluidos no sólo de la economía internacional sino también de la nacional (constituida por quiénes producen sólo para el mercado interno), se han multiplicado en los últimos treinta años, llegando a constituir una fracción fundamental de las sociedades latinoamericanas. Este tipo de marginalidad que cuando se consolida en el tiempo va adquiriendo un carácter estructural, es un espacio del que resulta complicado volver, ya que afecta no sólo la capacidad económica de sus integrantes sino también esferas culturales y hasta biológicas. Una de sus manifestaciones más crueles es el avance de la desnutrición infantil, que en principio es una consecuencia directa del capitalismo dependiente, que cuando no mata a nuestros niños genera discapacidades físicas e intelectuales permanentes. Decíamos en el año 2004 en el marco teórico de la investigación que realizamos sobre este problema en la provincia de Corrientes:
“Diversos factores han confluido para que este escenario tan poco deseable fuese posible: comportamientos económicos especulativos que obstaculizan el desarrollo de las fuerzas productivas, políticas de estado atadas a la lógica de los países centrales, deuda externa y fuga de capitales, estructura impositiva regresiva, corrupción estructural, y algunos otros que merecen un estudio específico. Más allá de las relaciones causales y dialécticas entre los factores considerados, resulta evidente que se han generado consecuencias devastadoras para nuestro país. Entre todas hay una especialmente preocupante, la desnutrición infantil, tanto por su repercusión en la biografía de cada ser humano, como en la historia social de una nación” (4).

El nuevo sujeto social de la transformación

En este contexto del siglo XXI en el como consecuencia de caso treinta años de neoliberalismo se produjo una modificación en la estructura socio-económica de nuestra América Latina (desindustrialización, endeudamiento, crisis económica y desmantelamiento del estado benefactor), el sujeto social que protagonizó las luchas por la liberación nacional en los cuarenta, cincuenta e inclusive fines de los sesenta y principios de los setenta necesariamente se ha visto afectado. La disminución cuantitativa de la clase obrera como consecuencia de la desindustrialización y de la introducción de técnicas y medios posmodernos de producción es un hecho constatable, como así también el peso adquirido por un sistema financiero basado en la especulación y exportación de capital desde la periferia hacia el centro del sistema. A diferencia de lo ocurrido en los países de capitalismo maduro, desarrollado y globalizante, los subdesarrollados y globalizados de América Latina no vieron compensados los primeros e inevitables desequilibrios generados por esta nueva subetapa con el desarrollo de industrias productoras de tecnología de punta ni con una tercearización muy extendida si no acotada a unos pocos centros urbanos y mucho más limitada que en los primeros. La expulsión de obreros generó un crecimiento desmesurado de la desocupación y subocupación crónica, ampliando significativamente esa franja social que como dijimos, Osvaldo Sunkel había definido al inicio de los setenta como la marginalidad absoluta.

No sólo la clase obrera fue afectada por el fenómeno, también amplias franjas de las capas medias fueron expulsadas de la estructura económica e inclusive de la superestructura, en este último caso como consecuencia sobre todo de la “racionalización” estatal que terminó con el empleo regular y en blanco de muchos. Pero en general la reducción paulatina del mercado interno, como consecuencia de la menor actividad económica fue expulsando también trabajadores de los sectores terciarios en algunos casos o generando condiciones de precariedad laboral en otros. Tan importante fue este tipo de consecuencias generadas por el neoliberalismo posmoderno, que según Alberto Minujin un alto porcentaje de los nuevos pobres en Argentina pertenecen a las capas medias. Éstos fueron a incrementar el mapa de la pobreza en nuestro país como nunca antes se había visto, ya que a la pobreza estructural, integrada por todos aquellos grupos familiares que han vivido en ese estado de generación en generación, se incorporaron estos sectores que nunca habían sido pobres.

De este mundo integrado por marginados absolutos que se da en toda nuestra América Latina, con excepción de Cuba, saldrá justamente uno de los componentes nuevos más importantes del nuevo sujeto social para el cambio. Efectivamente, los excluidos absolutos crecerán en forma alarmante, pero en algunos países comenzarán un proceso de asociación como en Argentina que se expresará en la constitución de movimientos sociales distintos de los tradicionales, cuyo eje o columna vertebral era la clase obrera. El peronismo fue una de las expresiones más significativas en nuestra América Latina, como también el varguismo en Brasil. Pero las nuevas realidades de la globalización imperialista lleva a la necesidad de construir alianzas cada vez más amplias para enfrentar a un enemigo poderoso como lo es el bloque constituido por las oligarquías nativas, a las que se ha incorporado el sector más concentrado del capital industrial nacional definitivamente subordinado a la burguesía del capitalismo central. Desde luego este bloque hegemonizado por la burguesía imperialista (del primer mundo) cuenta con sus intelectuales orgánicos provenientes no sólo de esas clases sino, en muchos casos, de franjas reducidas y acomodadas de las capas medias. La tarea cultural de los mismos ha sido hasta ahora responsable fundamental de que este bloque objetivamente cada vez más pequeño (por los intereses de clase que defiende), conserve su control sobre la mayoría de explotados y marginados de América Latina.

Ante el panorama descrito sintéticamente es necesario tener en cuenta diversos estudios que apuntan a descubrir cuál es el nuevo sujeto social para la transformación en nuestra Patria Grande, y a consolidarlo con aportes teóricos que ayuden al desarrollo de una cultura alternativa, esencial para dar batalla contra las ideas dominantes. Consideraremos entonces un conjunto de elementos tácticos y estratégicos que surgen de algunos planteos teóricos alternativos de una izquierda con fundamentación latinoamericanista. Entre ellos el aporte de la cientista cubana Isabel Rauber (5), que se ha dedicado a investigar los movimientos sociales y populares de América Latina. Éstos, con características distintas a las de los años ´60 y ´70, debidas fundamentalmente al debilitamiento cuantitativo de la clase obrera pero con una creciente participación de aquellos que Sunkel incluye en la categoría “marginados absolutos” (desocupados, subocupados, piqueteros, los Sin Tierra), constituyen una alternativa política esencial para la transformación estructural de la globalización. Rauber, en un valioso intento por actualizar conceptos y categorías, se pregunta qué significa ser clasista en la actualidad. Un manejo anacrónico del concepto sólo puede conducir al aislamiento de una clase obrera muy disminuida y golpeada como consecuencia de las prácticas neoliberales, de allí que el clasismo actual debe ser entendido en el marco de alianzas posibles con diversos sectores: asalariados formales y precarios, como así también con los trabajadores desocupados y marginados. En este marco, la fábrica, sin perder protagonismo, ve acotadas sus posibilidades, por lo que ante la necesidad de reconstruir movimientos desarticulados, el barrio se erige como nuevo espacio articulador de prácticas alternativas. Así también el discurso, la producción teórica, brota de una pluralidad de participantes que desplazando concepciones vanguardistas de otros tiempos, apunta a construir democráticamente el nuevo sujeto social de un proyecto político alternativo. El trabajo de investigación de Rauber tiene como objetivo central, hacer visibles y vincular entre sí los aportes teóricos-prácticos de movimientos sociales y populares de distintos lugares de América Latina. En nuestro país ha realizado su experiencia con los trabajadores de la CTA.

Por otra parte, uno de los más importantes teóricos de la dependencia, Theotonio Dos Santos, afirma la necesidad de darle un contenido más plural a la izquierda con la incorporación de problemáticas actuales que brotan desde abajo: la cuestión étnica, reivindicaciones vinculadas a la problemática de las mujeres, etc. Esto supone, a su vez, una nueva racionalidad, humanista, que situé como centro la expansión de la vida y el fortalecimiento de los vínculos humanos. Dos Santos, a partir de una autocrítica necesaria y valiosa, cuestiona la mirada que cierta izquierda tuvo del populismo, confundiendo la manipulación del pueblo con las legítimas manifestaciones de lo popular (sus formas estéticas, sus representaciones del universo, sus demandas). Esta mirada, estuvo fuertemente influenciada por una racionalidad liberal que ha entrado en crisis ante el avance de un pluralismo que encuentra en Chiapas una de sus manifestaciones más contundentes. Para que la transformación social adquiera un contenido socialista, es necesario que tanto los sectores sociales como culturas excluidas de la concepción del mundo en el capitalismo, emerjan a partir de otra concepción pluralista.

Sostiene Dos Santos (6):
“Más específicamente, en el caso de América Latina, creo que hay que reconocer un contenido civilizatorio por lo menos en tres direcciones: la de los Incas, los Mayas-Aztecas, y la costa atlántica afro-blanca / europea, así como el proceso indígena que es bastante menor. Es parte de la afirmación latinoamericana, reivindicar su condición civilizadora propia, para ser parte del proceso de formación de esta civilización planetaria. La alternativa insurgente desde la izquierda debe integrarse más que nunca con esta problemática, para constituirse en un proyecto viable”.

Resulta entonces esencial a la hora de favorecer la producción del nuevo sujeto social tener en cuenta varias cuestiones:
1. Existen una serie de componentes sociales con inserción objetiva en nuestra realidad que pueden y deben ser las partes constitutivas del nuevo sujeto. Algunos son de vieja data (clase obrera, pobres estructurales, sectores nacionalizados de las capas medias). Otros son nuevas víctimas del capitalismo en su etapa neoliberal (capas medias empobrecidas, nuevos pobres, desocupados, subocupados y trabajadores precarios o en negro).
2. De esa realidad social objetiva surge la necesidad de una alianza política entre la clase obrera (que aún disminuida conserva una importancia cualitativa esencial) y el amplio territorio de las capas medias. Esa alianza incluye obviamente tanto a ocupados como desocupados provenientes de cualquiera de los dos sectores sociales considerados. Jorge Enea Spilimbergo desarrolló teóricamente el carácter revolucionario de esta alianza ya a principios de los años sesenta y le llamó “alianza plebeya”, concepto que en realidad se constituyó en una de las idea-fuerzas de la llamada Izquierda Nacional en Argentina (7).
3. Finalmente, para que ese sujeto se termine de constituir resulta imprescindible una tarea cultural que transformando ideas instaladas durante décadas desarrolle una visión alternativa de la realidad latinoamericana. Esas ideas rectoras cuyo papel es dirigir la alianza sólo pueden surgir de una de las clases fundamental de la sociedad capitalista dependiente y subdesarrollada: la clase obrera. Pero como bien señala Rauter dicha clase debe necesariamente consensuar sus planteos con los otros integrantes de la alianza, en su defecto sólo puede quedar aislada e impotente para la transformación necesaria e la estructura económico-social. De allí que el clasismo del siglo XXI es muy distinto al clásico del siglo XX.

Los procesos políticos iniciados en algunos países de la Patria Grande representan un espacio propicio para que la consolidación del nuevo sujeto social e produzca. La presencia de componentes esenciales de este sujeto en procesos como el venezolano o el boliviano, y con mayor debilidad en países como Argentina o Brasil, por poner sólo algunos ejemplos, no hacen más que alentar un futuro promisorio para las ideas que hemos tratado de esbozar en esta conferencia. Pero la tarea cultural es muy importante, sin ella el nuevo sujetos social no terminará de constituirse, porque a la condiciones objetivas es necesario ayudarlas con el desarrollo de nuevas ideas y con su difusión permanente para gestar un hegemonía alternativa a la de las clases dominantes. En el seno de ese trabajo cultural desempeña un papel muy significativo la cuestión ética, de allí que el hombre nuevo propuesto por el Che Guevara necesita de una consideración especial.

El aporte del Che Guevara

El Che Guevara desarrollo un concepto central que recobra toda su importancia en esta nueva subetapa que estamos viviendo: el hombre nuevo. Cuando lo formuló América Latina estaba inmersa en la segunda subetapa del imperialismo, cuando las empresas multinacionales invertían en nuestra industria hasta captarla convirtiéndolas en subsidiarias de sus casas centrales o abriendo nuevas empresas que exportarían gran parte de sus beneficios hacia el mundo desarrollado. Sólo Cuba había iniciado en esos años sesenta un proceso de liberación nacional y social. Y en ese contexto cubano destacó la necesidad de gestar un hombre nuevo, liberado de la alienación a la que nos conduce el capitalismo. El hombre nuevo es un hombre que remplaza la visión competitiva e individualista en la que nos ha formado la superestructura del capital financiero internacional y las oligarquías nativas (lo que Althusser denominaba los aparatos ideológico del Estado y Jauretche la colonización pedagógica) por otra cuyos valores centrales son la solidaridad, el trabajo de colaboración colectiva, el compromiso y el amor a la causa defendida. Una causa que excede el interés meramente personal para ubicarse en la esfera de la lucha por un mundo distinto, que según Guevara sólo puede ser socialista.

Pero el socialismo es un producto, no se impone por decreto, sino que se construye en el devenir histórico de los pueblos. De la misma manera el hombre nuevo es producto de esa relación dialéctica entre sujeto y sociedad. Obviamente el hombre nuevo sólo acabará de construirse en una sociedad socialista, pero a su vez, para que el socialismo sea posible por lo menos una fracción de la humanidad deberá comenzar a impulsarlo. Guevara daba importancia a un tema político muy presente en los sesenta como lo es el rol de la vanguardia (en ese punto se su planteo puede resultar polémico con lo sostenido por Rauber y Dos santos). Ellos son los que inician el camino de impulsar el hombre nuevo, predicando con su ejemplo, por eso resulta importante ser fiel al lema del Che “decir lo que se piensa y hacer lo que se dice”. Claro que a la vanguardia de ninguna manera la concebida como la interpretaron algunos grupos ulraizquierdistas, que más allá de sus discursos quedaban en la práctica aislados de las masas.

Para el Che una vanguardia debe estar en contacto permanente con el pueblo. Va un paso adelante y con su ejemplo impulsa a la acción consciente del conjunto, pero nunca debe caminar tan adelante como para dejar de sentir el aliento de la masa en la nuca. La vanguardia es la que comienza a impulsar la nueva sociedad, tal como ocurrió en la experiencia cubana, pero esa nueva sociedad en la medida que se va desarrollando nutre necesariamente a la vanguardia en una relación dialéctica. Si la vanguardia pierde contacto con la nueva sociedad que está impulsando, deja de expresar las necesidades de la masa y resultará imposible pasar del mundo de la necesidad al mundo de la libertad. El hombre nuevo del Che es un hombre que lucha por ser libre en contra del hombre sometido por el capitalismo; es un hombre sacrificado a diferencia del egoísta propuesto por la economía de mercado; es consciente de por qué y para qué lucha y no alienado por el sistema; es personalidad pero en tanto no se separe nunca de la ruta del pueblo. Y ese hombre lo construiremos en la práctica revolucionaria, en la que el rol de la vanguardia es esencial y la juventud constituye la arcilla sobre la que trabajamos.

En una carta dirigida a Carlos Quijano, director del semanario Marcha de Montevideo, el Che expresa su visión del tema. Estas ideas fundamentales del revolucionario serán publicadas en “Ernesto Che Guevara. Escritos y discursos”, en la Editorial de ciencias Sociales de La Habana en 1977. En forma de cuadernillo se publica bajo el título: “El socialismo y el hombre en Cuba”. Editora Política La Habana en 1988. De dicho texto extraemos sus fundamentales conclusiones:

“Nosotros socialistas, somos más libres porque somos más plenos, somos más plenos porque somos más libres.

El esqueleto de nuestra libertad completa está formado, falta la sustancia proteica y el ropaje; los crearemos.

Nuestra libertad y su sostén cotidiano tienen color de sangre y están henchidos de sacrificio.

Nuestro sacrificio es consciente; cuota para pagar la libertad que construimos.

El camino es largo y desconocido en parte; conocemos nuestras limitaciones. Haremos el hombre del siglo XXI: nosotros mismos.

Nos forjaremos en la acción cotidiana, creando un hombre nuevo con una nueva técnica.

La personalidad juega el papel de movilización y dirección en cuanto que encarna las más altas virtudes y aspiraciones del pueblo y no se separa de su ruta.

Quien abre el camino es la vanguardia, los mejores entre los buenos, el partido.

La arcilla fundamental de nuestra obra es la juventud, en ella depositamos nuestra esperanza y la preparamos para tomar de nuestras manos la bandera.

Si esta carta balbuceante aclara algo, ha cumplido el objetivo con que la mando.

Reciba nuestro saludo ritual, como un apretón de manos o un “ave maría purísima”. Patria o muerte.”

Para finalizar compañeros, una anécdota del Che. Cuenta uno de sus hijos, Ernesto, que cuando era muy pequeño su padre, que tenía una relación de profundo amor con sus hijos, le decía: “tienes que comer para crecer, porque cuando seas grande si todavía existe el imperialismo tendremos que ir juntos a luchar contra él, y si el imperialismo ya no existe, entonces juntos nos iremos a la luna”. Me temo que todavía no podremos viajar a la luna, por lo tanto compañeros, lo mejor será crecer fuertes para seguir nuestra lucha contra el imperialismo.

Esquel, 6 de octubre de 2007

Referencias

1. Carlos Marx, El capital, tomo 1, p. 638, Fondo de Cultura Económica, México, 1982.

2. Joachin Hirch, ¿Qué es la globalización?, Conferencia dictada en el ciclo “Globalización, transformación del estado y democracia”, organizado por la Universidad nacional de Córdoba y el Goethe Institut de Córdoba, marzo de 1997.

3. Osvaldo Sunkel, Capitalismo transnacional y desintegración nacional en América Latina, Ediciones de Nueva Visión, 1971.

4. Franzoia Alberto, Piovani Verónica, Piovani María de las Nieves y otros, “El mapa de la desnutrición infantil en la provincia de Corrientes”, publicado por el Consejo Federal de Inversiones de Argentina en mayo de 2004.

5. Isabel Rauber, Una historia silenciada, Pensamiento Jurídico Editora, Buenos Aires, 1998.

6. Theotonio Dos Santos, La teoría de la dependencia y el sistema mundial, Entrevista, México.

7. Jorge enea Spilimbergo, Clase obrera y poder, Ed. 2006

8. “El socialismo y el hombre en Cuba”. Editora Política La Habana en 1988

 

 

 

 

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