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071207 - Cuando
en la madrugada del 3 de diciembre el presidente Hugo Chávez
afirmó ante las cámaras de televisión “No pudimos, por ahora”,
con una sonrisa socarrona dibujada en su rostro, no parecía que
estuviéramos en presencia de un derrotado. De su palabra serena,
confiada y, como siempre, atiborrada de fervor revolucionario,
se desprendía una conclusión sabiamente sintetizada en ese “por
ahora”.
Pero, más allá de cómo podamos percibir lo sucedido, con sus
variados matices, quienes aún en plena posmodernidad hemos
mantenido a salvo la convicción revolucionaria que tantos
sacrificios nos ha costado, deberíamos intentar una evaluación
lo más objetiva posible de los hechos para no reiterar los
viejos errores del campo popular. Aunque, claro está, también
deberíamos ponernos a salvo de ese frecuente escepticismo
paralizante, que viene caracterizando a los que vieron como se
esfumaba la visión lineal y siempre ascendente de la historia
que solían cultivar.
Los números
En un análisis cuantitativo, esos a los que son tan afectos
nuestros científicos neutrales formados en los paradigmas
positivista y /o funcionalista, podemos observar lo siguiente:
1. Un referéndum rara vez logra la misma convocatoria que una
elección, sobre todo cuando la misma se realiza para escoger a
un presidente o un primer ministro, por lo tanto la abstención
si bien fue significativa, rondando el 44% del electorado, no es
un fenómeno inesperado o patológico como dirían algunos maestros
del positivismo del siglo XIX, al estilo Emile Durkheim.
2. De los que se presentaron a votar, cerca de nueve millones de
venezolanos, un 49,29 % lo hizo por el SÍ, mientras que la
oposición obtuvo un triunfo muy apretado con el 50,70 %. La
diferencia fue por lo tanto de apenas 1,4 puntos. NADA. Pero ni
siquiera sabemos si estos son las cifras definitivas, ya que
faltarían escrutar un 10% de los votos.
3. En las últimas elecciones para presidente, hace un año,
Chávez había triunfado con un 60% de un total de votantes muy
superior al del domingo 2 de siembre de 2007 (ya que la
abstención entonces no superó el 25%), por lo que cosechó el
apoyo de unos siete millones de compatriotas, mientras que la
oposición obtuvo en aquella derrota catastrófica, ya que fue por
veinte puntos, cerca de medio millón de votos menos que ahora.
4. Chávez, en cambio, tuvo en este referéndum unos tres millones
de votos menos; pero esos votos no fueron mayoritariamente a la
oposición sino que coincide (en términos cuantitativos) con el
grueso de los que ahora se abstuvieron
Un intento de interpretación sólo de los números
Está claro que ningún dato habla por sí mismo sino que debe ser
interpretado, y dicha interpretación nunca se hace desde la nada
conceptual, con lo cual manifestamos nuestro rechazo a cualquier
intento de empirismo ingenuo. Los opositores interpretan desde
su visión políticamente liberal-conservadora, que encuentra
respaldo teórico y metodológico tanto en los positivistas como
en funcionalistas que componen el personal jerárquico de las
empresas encuestadoras privadas, que han obtenido un triunfo que
les permitirá expulsar a Chávez a más tardar en las próximas
elecciones presidenciales. Aunque claro está, harán todo lo
posible para desgastar su poder antes, forzando un abandono
anticipado del ejecutivo. Desde el exterior empujan en la misma
dirección el gobierno de Bush, otros gobiernos imperialistas
menos explícitos pero con idénticas preferencias en materia de
política latinoamericana, y los medios de comunicación que, como
en España (con coincidentes posturas de El País, El Mundo, y el
ABC) han aprovechado la modestísima y no confirmada victoria
opositora para pronosticar, desde su reconocido “neutralidad”,
el fin de Chávez.
Pero los opositores de Venezuela saben mejor que nadie, aunque
nunca lo explicitarán fuera de su tropa, que no han crecido casi
nada, apenas algunos cientos de miles de votos, lo que en
elecciones con amplia participación popular muy posiblemente
hubiese representado otra derrota catastrófica. También saben,
aunque no lo digan, que esa porcentaje que ellos festejan, a las
fuerzas del SÍ no le hubiese permitido hacer nada. Está claro
que con menos de un punto y medio de ventaja es posible mantener
las cosas como están (no tocar la actual constitución) al menos
por ahora. Pero de ninguna manera pude ser utilizada esa exigua
diferencia para producir un cambio revolucionario. Una duda que
sigue flotando en el ambiente del país hermano, como bien lo
planteó la compañera venezolana Carola Chávez en el foro
Reconquista Popular, es si realmente la oposición cuenta con la
ventaja anunciada oficialmente:
“Los periódicos internacionales daban ganador al SI desde las
21:00. Lo cual pude comprobar al navegar por varias páginas.
¿Que pasó? La tendencia que divulgaban era (Sin decir cifras
absolutas) de un 3% de ventaja por el SI. Pero pensándolo con
calma. ¿Se puede implantar una reforma constitucional con ese
margen tan pequeño?”
Engarzado con esta información viene el argumento de quienes
sostienen que Chávez ganó las elecciones por una pequeña
diferencia, pero prefirió renunciar a ella porque no es posible
un cambio significativo (que generará enfrentamientos sociales),
con un margen tan exiguo. Y si ese hubiese sido el caso, el
argumento está lleno de sabiduría. Es decir, desde el campo
nacional, popular y revolucionario la interpretación de las
cifras es bien distinta. No toda diferencia cuantitativa
favorable cumple con los objetivos propuestos. No siempre los
números se convierten en realidades incontrastables, a veces son
mentirosos. En política 2+2 no siempre es igual a cuatro. En
estas circunstancias, intentar objetivos profundos con cifras
favorables pero exiguas puede conducir a una verdadera
catástrofe, por lo tanto resulta irrelevante si Chávez perdió
por 1,4 o ganó por tres puntos. Para avanzar en el camino de una
revolución consensuada, que es a lo que más le temen las fuerzas
de la reacción oligárquico-imperialista, los números deben ser
ampliamente favorables. Estimamos que no inferior a un diez o
quince por ciento y con la posibilidad cierta de crecer aún más
en poco tiempo. Lo contrario supone exponerse a una dura
contrarrevolución que acabe de la noche a la mañana con los
logros cosechados hasta la fecha.
Escribe en Clarín un analista político no precisamente
sospechado de revolucionario, como Oscar Raúl Cardoso, al
referirse a Chávez:
“Pero en general se acepta que una de las razones por las que
conserva un alto grado de adhesión popular fijado en el 60% por
la última encuesta de Latinobarómetro- es porque amplios
sectores antes marginales han dejado de serlo. El gasto social
llega en Venezuela a algo más del 20% del presupuesto. Entre los
números generalmente aceptados la pobreza decreció del 37,1% al
15,9%; la indigencia, de 30,2% a 9,9%; el desempleo del 20% al
7%. El PBI creció en el tercer trimestre de este año en un 8,7%
y es el más elevado de la región. El resultado hasta aquí no es
perfecto, pero Venezuela puede exhibirlo, al menos, con moderado
orgullo.”
Qué cambios proponía Chávez:
La oposición interna y buena parte de la prensa internacional,
también opositora, levantó como bandera de la crítica a Chávez
su intento de “perpetuarse” en el poder a través de la
reelección constante. Argumento que si bien puede tener cierto
peso cuando estamos ante electores muy trabajados por el
liberalismo en el mundo periférico (pertenecientes en su mayoría
a las capas medias), resulta desde mi perspectiva de escasa
sustancia. Todos sabemos, recurriendo a un análisis no demasiado
complejo que habilitar la reelección sólo significa que si un
pueblo decide continuar con un mismo conductor por un largo
período tendrá la posibilidad de hacerlo, en su defecto NO. Si
profundizamos un poquito más el análisis, llegamos a una segunda
constatación: esto resulta más democrático que excluir por ley a
aquel candidato que el pueblo desea en el poder. Es decir, como
argumento político es de una inconsistencia palpable, y sólo se
puede sostener como principal estandarte de una lucha, cuando en
las elecciones no hay en juego nada realmente significativo que
permita cambiar la vida de un pueblo.
No era este el caso en Venezuela, porque detrás de la lucha
contra la reelección, que supuestamente conspiraba contra la
democracia, se escondía el problema realmente significativo para
la clase social (oligarquía terrateniente, industrial y
financiera) que conduce la oposición: la necesidad de garantizar
la presencia excluyente de su ejercicio oligopólico de la
propiedad privada y la independencia del poder financiero.
Porque la reforma constitucional propuesta se dirige
precisamente en esa dirección. El problema principal que
preocupaba a los “democráticos” opositores no es político sino
económico y social, ya que, por un lado se propone un control
del poder ejecutivo sobre las finanzas públicas. Concretamente
se pone fin a la independencia del Banco Central, con lo que el
presidente tendrá el control de las reservas de moneda
extranjera. Y por otro lado se formula la prioridad de la
propiedad colectiva sobre la propiedad privada (¡un verdadero
escándalo!), como pilar para la construcción del socialismo del
siglo XXI.
Ayer decía en una entrevista televisiva el analista político y
profesor de la Universidad de Venezuela Vladimir Acosta, que la
oposición pretende presentar al gobierno de Chávez como enemigo
de la propiedad, cuando es el que más propiedad ha distribuido
en la historia de Venezuela, pero claro está, cuando la
oligarquía y el imperialismo hablan de propiedad se están
refiriendo a la necesidad de tener el control oligopólico del
mercado en cualquier sector de la economía. Además se postulaba
en la reforma una reducción de la jornada laboral de ocho a seis
horas y la inclusión de trabajadores autónomos en el sistema de
seguridad social.
Otro elemento importante destacado por el profesor Acosta, para
tener clara conciencia acerca del porqué de ciertos problemas
económicos que enfrenta Venezuela en la actualidad, es que esta
clase dominante no reinvierte en la producción. La demanda en el
mercado interno ha crecido mucho lo últimos años como
consecuencia de la mejora sustancial en el nivel de vida de
sectores antes excluidos. En una economía capitalista conducida
por una clase burguesa, tal como ocurrió en los hoy llamados
países del primer mundo, esto hubiese conducido a una
reinversión que permita ampliar la capacidad productiva (lo que
en términos marxistas significa un desarrollo de las fuerzas
productivas). Sin embargo la oligarquía venezolana prefiere
obtener sus beneficios no del crecimiento económico sino del
control monopólico del mercado (poca inversión con beneficios
asegurados por la falta de competidores). Cualquier similitud
con el cuello de botella de la economía argentina, y
latinoamericana en general, es “mera coincidencia”.
¿Por qué el cambio no fue consensuado?
El profesos Vladimir Acosta decía también que lo que se debe
analizar no es la abstención sino cómo se votó. Me permito en
este sentido disentir con él, ya que ha sido esencial para el
resultado de este referéndum la escasa participación popular.
Veamos primero el por qué de la escasa participación:
1. Como decía al inicio del artículo es raro que un referéndum
tenga tanta convocatoria como una elección. En un año se pasó
del 75% en las elecciones presidenciales a un 56% en el
referéndum, sin que mediara ninguna situación de descontento
generalizado. Casi veinte puntos de diferencia. Pero esto suele
ocurrir en procesos políticos aún muy distintos al venezolano,
forma parte de lo normalidad en términos políticos.
2. Cuando en una democracia el ejercicio del voto se vuelve muy
frecuente, hay una tendencia casi inevitable al incremento de
las abstenciones. También es un fenómeno normal.
3. Los triunfos constantes de Chávez a lo largo de nueve años lo
perfilaban como un “invencible”, lo cual genera en no pocos
partidarios un estado de ánimo triunfalista. En esas condiciones
se supone que el líder siempre ganará, aunque cada uno de sus
partidarios en particular no vaya a votar, sobre todo en un
referéndum. Esto es normal, pero pude volverse en contra de los
intereses populares.
4. El mismo triunfalismo suele incidir negativamente en sectores
de los cuadros militantes débiles o propensos al oportunismo,
iniciando un reiterado camino hacia el culto a la personalidad.
La historia de las luchas populares está plagada de estos
errores que, cuando se consolidan, conducen a derrotas
irreversibles en el corto y mediano plazo.
5. Dejé para un último lugar aquel factor que considero en
realidad de mayor peso: insuficiencias de un partido que intenta
ser revolucionario pero que aún no está sólidamente constituido
y con la totalidad de sus cuadros plenamente identificados con
la convicción y el sacrificio revolucionario, para hacerse cargo
en plenitud de un trabajo cultural intensivo y extensivo.
Todos los factores considerados deben formar parte del cuadro de
situación, sin embargo el quinto factor es para mí esencial. En
no pocas oportunidades ha sido analizado el extraordinario peso
que tienen las ideas dominantes. En nuestra América latina
dichas ideas han estado asociadas a lo largo de gran parte de
nuestra historia con las oligarquías nativas, las cuales a su
vez actúan como el eslabón necesario que vincula los intereses
de las burguesías imperialistas del primer mundo con nuestras
economías. Pero como las oligarquías son una clase
cuantitativamente insignificante, para poder sostener su
descomunal presencia en la estructura socio-económica de nuestra
tierra, sólo puede recurrir a dos alternativas: la coerción, que
nunca puede ser en términos absolutos y permanentes, y el
consenso. Este último es en realidad el objetivo de toda clase
dominante, ya que es el que garantiza un dominio a largo plazo,
aquel que se da cuando los dominados han incorporado la visión
de mundo de los dominadores, es decir, cuando aceptan que su
situación es “natural”. Esto se consigue luego de desarrollar a
lo largo de décadas y a veces de siglos, un conjunto de
instituciones que sistemáticamente se encargan de “naturalizar”
aquello que es consecuencia de un régimen social injusto. Y una
vez que dichas ideas se han consolidado, cuesta mucho superarlas
con una nueva visión acorde a los intereses objetivos de las
clases y sectores dominados.
En Venezuela se está viviendo un proceso revolucionario, que
intentaba profundizarse a través de una modificación importante
en la constitución. Dichas modificaciones, más allá de la
reelección (sí o no, eso lo define el pueblo cuando vota con
absoluta libertad y sin proscripciones), favorecían ampliamente
a los sectores populares: control de la moneda por el ejecutivo,
prioridad para la propiedad colectiva, reducción de la jornada
laboral, inclusión de los trabajadores autónomos en la seguridad
social, etc. Sin embargo, Chávez perdió en estas elecciones tres
millones de votos, la mayoría no se incorporaron al NO, lo que
ocurrió es que no fueron a votar. Y al no votar, la oposición
con pocos votos más que hace un año, logró imponerse cuando
antes había perdido por 2’0 puntos. Allí es dónde confluyen el
peso de las ideas dominantes con un insuficiente trabajo
intensivo y extensivo para desplazarlas por la nueva visión.
Para un trabajo intensivo hace falta, como decía, un partido
revolucionario sólidamente constituido. Al respecto es necesario
tener en cuenta que el PSUV está en formación, puede ser la
herramienta necesaria (el tiempo lo dirá), pero todavía no se ha
consolidado como tal. Y bueno es aclarar, que para que eso
ocurra habrá que remover de los sectores clave a elementos
burocráticos y oportunistas que no han cumplido con su tarea. Lo
mismo puede decirse de sectores político aliados, que no sólo no
están plenamente consustanciados con el socialismo del siglo XX
que impulsa el presidente, además, han jugado en contra. Si todo
el peso de la tarea cultural recae en los discursos de un líder
carismáticos, difícilmente este proceso pueda consolidarse y
seguir avanzando. Para que eso ocurra hace falta un partido
revolucionario consustanciado con la tarea cultural, para de esa
manera favorecer el desarrollo de la conciencia posible, porque
la real no es suficiente. Sólo así se explica un personaje como
Cucaracho. Contaba Vladimir Acosta que Cucaracho era un
individuo que vivía en condiciones absolutamente marginales (en
la calle, durmiendo en un cajoncito de madera). Un día lo
encontró un amigo de Acosta de formación comunista y le dijo a
Cucaracho: “ehhh…tu debes ser comunista”, y Cucaracho le
respondió: “No, si viene el comunismo nos saca todo”.
Pues bien, es evidente que millones de venezolanos que podrían
haberse beneficiado con la nueva constitución no lo sabían o le
temían. Primero porque las ideas dominantes siguen allí,
alojadas en muchas cabezas de mujeres y hombres que
objetivamente pertenecen al campo popular, y después porque el
trabajo cultural revolucionario para modificar dicha situación
no ha sido suficiente. Para mejorar el trabajo intensivo habrá
que consolidar un partido revolucionario eficaz en su tarea
cultural (porque más allá de las habituales expresiones de
deseo, nunca los integrantes de un pueblo marchan todos al mismo
paso). Y para mejorar el trabajo extensivo, el que se hace a lo
largo de generaciones, no queda otra alternativa que consolidar
lo existente para continuar. Al tiempo no se lo puede apurar,
aunque sí se lo puede ayudar. Quizás por eso Chávez afirmo
convencido: “No pudimos, POR AHORA”. Si es así, y estoy
convencido que así será, recordaremos siempre que “el tiempo
sólo es tardanza de lo que está por venir”. Claro que para ello
hay que trabajar, porque por un lado no son tiempos para
hacernos los distraídos, como si aquí no hubiera pasado nada, y
por otro lado tampoco son tiempos para sentarnos a llorar. El
POR AHORA no es una simple esperanza sino un desafío.
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