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Por ahora no pudimos. Sólo por ahora
Alberto J. Franzoia - Otros textos del autor

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071207 - Cuando en la madrugada del 3 de diciembre el presidente Hugo Chávez afirmó ante las cámaras de televisión “No pudimos, por ahora”, con una sonrisa socarrona dibujada en su rostro, no parecía que estuviéramos en presencia de un derrotado. De su palabra serena, confiada y, como siempre, atiborrada de fervor revolucionario, se desprendía una conclusión sabiamente sintetizada en ese “por ahora”.

Pero, más allá de cómo podamos percibir lo sucedido, con sus variados matices, quienes aún en plena posmodernidad hemos mantenido a salvo la convicción revolucionaria que tantos sacrificios nos ha costado, deberíamos intentar una evaluación lo más objetiva posible de los hechos para no reiterar los viejos errores del campo popular. Aunque, claro está, también deberíamos ponernos a salvo de ese frecuente escepticismo paralizante, que viene caracterizando a los que vieron como se esfumaba la visión lineal y siempre ascendente de la historia que solían cultivar.

Los números

En un análisis cuantitativo, esos a los que son tan afectos nuestros científicos neutrales formados en los paradigmas positivista y /o funcionalista, podemos observar lo siguiente:

1. Un referéndum rara vez logra la misma convocatoria que una elección, sobre todo cuando la misma se realiza para escoger a un presidente o un primer ministro, por lo tanto la abstención si bien fue significativa, rondando el 44% del electorado, no es un fenómeno inesperado o patológico como dirían algunos maestros del positivismo del siglo XIX, al estilo Emile Durkheim.

2. De los que se presentaron a votar, cerca de nueve millones de venezolanos, un 49,29 % lo hizo por el SÍ, mientras que la oposición obtuvo un triunfo muy apretado con el 50,70 %. La diferencia fue por lo tanto de apenas 1,4 puntos. NADA. Pero ni siquiera sabemos si estos son las cifras definitivas, ya que faltarían escrutar un 10% de los votos.

3. En las últimas elecciones para presidente, hace un año, Chávez había triunfado con un 60% de un total de votantes muy superior al del domingo 2 de siembre de 2007 (ya que la abstención entonces no superó el 25%), por lo que cosechó el apoyo de unos siete millones de compatriotas, mientras que la oposición obtuvo en aquella derrota catastrófica, ya que fue por veinte puntos, cerca de medio millón de votos menos que ahora.

4. Chávez, en cambio, tuvo en este referéndum unos tres millones de votos menos; pero esos votos no fueron mayoritariamente a la oposición sino que coincide (en términos cuantitativos) con el grueso de los que ahora se abstuvieron

Un intento de interpretación sólo de los números

Está claro que ningún dato habla por sí mismo sino que debe ser interpretado, y dicha interpretación nunca se hace desde la nada conceptual, con lo cual manifestamos nuestro rechazo a cualquier intento de empirismo ingenuo. Los opositores interpretan desde su visión políticamente liberal-conservadora, que encuentra respaldo teórico y metodológico tanto en los positivistas como en funcionalistas que componen el personal jerárquico de las empresas encuestadoras privadas, que han obtenido un triunfo que les permitirá expulsar a Chávez a más tardar en las próximas elecciones presidenciales. Aunque claro está, harán todo lo posible para desgastar su poder antes, forzando un abandono anticipado del ejecutivo. Desde el exterior empujan en la misma dirección el gobierno de Bush, otros gobiernos imperialistas menos explícitos pero con idénticas preferencias en materia de política latinoamericana, y los medios de comunicación que, como en España (con coincidentes posturas de El País, El Mundo, y el ABC) han aprovechado la modestísima y no confirmada victoria opositora para pronosticar, desde su reconocido “neutralidad”, el fin de Chávez.

Pero los opositores de Venezuela saben mejor que nadie, aunque nunca lo explicitarán fuera de su tropa, que no han crecido casi nada, apenas algunos cientos de miles de votos, lo que en elecciones con amplia participación popular muy posiblemente hubiese representado otra derrota catastrófica. También saben, aunque no lo digan, que esa porcentaje que ellos festejan, a las fuerzas del SÍ no le hubiese permitido hacer nada. Está claro que con menos de un punto y medio de ventaja es posible mantener las cosas como están (no tocar la actual constitución) al menos por ahora. Pero de ninguna manera pude ser utilizada esa exigua diferencia para producir un cambio revolucionario. Una duda que sigue flotando en el ambiente del país hermano, como bien lo planteó la compañera venezolana Carola Chávez en el foro Reconquista Popular, es si realmente la oposición cuenta con la ventaja anunciada oficialmente:
“Los periódicos internacionales daban ganador al SI desde las 21:00. Lo cual pude comprobar al navegar por varias páginas. ¿Que pasó? La tendencia que divulgaban era (Sin decir cifras absolutas) de un 3% de ventaja por el SI. Pero pensándolo con calma. ¿Se puede implantar una reforma constitucional con ese margen tan pequeño?”

Engarzado con esta información viene el argumento de quienes sostienen que Chávez ganó las elecciones por una pequeña diferencia, pero prefirió renunciar a ella porque no es posible un cambio significativo (que generará enfrentamientos sociales), con un margen tan exiguo. Y si ese hubiese sido el caso, el argumento está lleno de sabiduría. Es decir, desde el campo nacional, popular y revolucionario la interpretación de las cifras es bien distinta. No toda diferencia cuantitativa favorable cumple con los objetivos propuestos. No siempre los números se convierten en realidades incontrastables, a veces son mentirosos. En política 2+2 no siempre es igual a cuatro. En estas circunstancias, intentar objetivos profundos con cifras favorables pero exiguas puede conducir a una verdadera catástrofe, por lo tanto resulta irrelevante si Chávez perdió por 1,4 o ganó por tres puntos. Para avanzar en el camino de una revolución consensuada, que es a lo que más le temen las fuerzas de la reacción oligárquico-imperialista, los números deben ser ampliamente favorables. Estimamos que no inferior a un diez o quince por ciento y con la posibilidad cierta de crecer aún más en poco tiempo. Lo contrario supone exponerse a una dura contrarrevolución que acabe de la noche a la mañana con los logros cosechados hasta la fecha.

Escribe en Clarín un analista político no precisamente sospechado de revolucionario, como Oscar Raúl Cardoso, al referirse a Chávez:
“Pero en general se acepta que una de las razones por las que conserva un alto grado de adhesión popular fijado en el 60% por la última encuesta de Latinobarómetro- es porque amplios sectores antes marginales han dejado de serlo. El gasto social llega en Venezuela a algo más del 20% del presupuesto. Entre los números generalmente aceptados la pobreza decreció del 37,1% al 15,9%; la indigencia, de 30,2% a 9,9%; el desempleo del 20% al 7%. El PBI creció en el tercer trimestre de este año en un 8,7% y es el más elevado de la región. El resultado hasta aquí no es perfecto, pero Venezuela puede exhibirlo, al menos, con moderado orgullo.”

Qué cambios proponía Chávez:

La oposición interna y buena parte de la prensa internacional, también opositora, levantó como bandera de la crítica a Chávez su intento de “perpetuarse” en el poder a través de la reelección constante. Argumento que si bien puede tener cierto peso cuando estamos ante electores muy trabajados por el liberalismo en el mundo periférico (pertenecientes en su mayoría a las capas medias), resulta desde mi perspectiva de escasa sustancia. Todos sabemos, recurriendo a un análisis no demasiado complejo que habilitar la reelección sólo significa que si un pueblo decide continuar con un mismo conductor por un largo período tendrá la posibilidad de hacerlo, en su defecto NO. Si profundizamos un poquito más el análisis, llegamos a una segunda constatación: esto resulta más democrático que excluir por ley a aquel candidato que el pueblo desea en el poder. Es decir, como argumento político es de una inconsistencia palpable, y sólo se puede sostener como principal estandarte de una lucha, cuando en las elecciones no hay en juego nada realmente significativo que permita cambiar la vida de un pueblo.

No era este el caso en Venezuela, porque detrás de la lucha contra la reelección, que supuestamente conspiraba contra la democracia, se escondía el problema realmente significativo para la clase social (oligarquía terrateniente, industrial y financiera) que conduce la oposición: la necesidad de garantizar la presencia excluyente de su ejercicio oligopólico de la propiedad privada y la independencia del poder financiero. Porque la reforma constitucional propuesta se dirige precisamente en esa dirección. El problema principal que preocupaba a los “democráticos” opositores no es político sino económico y social, ya que, por un lado se propone un control del poder ejecutivo sobre las finanzas públicas. Concretamente se pone fin a la independencia del Banco Central, con lo que el presidente tendrá el control de las reservas de moneda extranjera. Y por otro lado se formula la prioridad de la propiedad colectiva sobre la propiedad privada (¡un verdadero escándalo!), como pilar para la construcción del socialismo del siglo XXI.

Ayer decía en una entrevista televisiva el analista político y profesor de la Universidad de Venezuela Vladimir Acosta, que la oposición pretende presentar al gobierno de Chávez como enemigo de la propiedad, cuando es el que más propiedad ha distribuido en la historia de Venezuela, pero claro está, cuando la oligarquía y el imperialismo hablan de propiedad se están refiriendo a la necesidad de tener el control oligopólico del mercado en cualquier sector de la economía. Además se postulaba en la reforma una reducción de la jornada laboral de ocho a seis horas y la inclusión de trabajadores autónomos en el sistema de seguridad social.

Otro elemento importante destacado por el profesor Acosta, para tener clara conciencia acerca del porqué de ciertos problemas económicos que enfrenta Venezuela en la actualidad, es que esta clase dominante no reinvierte en la producción. La demanda en el mercado interno ha crecido mucho lo últimos años como consecuencia de la mejora sustancial en el nivel de vida de sectores antes excluidos. En una economía capitalista conducida por una clase burguesa, tal como ocurrió en los hoy llamados países del primer mundo, esto hubiese conducido a una reinversión que permita ampliar la capacidad productiva (lo que en términos marxistas significa un desarrollo de las fuerzas productivas). Sin embargo la oligarquía venezolana prefiere obtener sus beneficios no del crecimiento económico sino del control monopólico del mercado (poca inversión con beneficios asegurados por la falta de competidores). Cualquier similitud con el cuello de botella de la economía argentina, y latinoamericana en general, es “mera coincidencia”.

¿Por qué el cambio no fue consensuado?

El profesos Vladimir Acosta decía también que lo que se debe analizar no es la abstención sino cómo se votó. Me permito en este sentido disentir con él, ya que ha sido esencial para el resultado de este referéndum la escasa participación popular. Veamos primero el por qué de la escasa participación:

1. Como decía al inicio del artículo es raro que un referéndum tenga tanta convocatoria como una elección. En un año se pasó del 75% en las elecciones presidenciales a un 56% en el referéndum, sin que mediara ninguna situación de descontento generalizado. Casi veinte puntos de diferencia. Pero esto suele ocurrir en procesos políticos aún muy distintos al venezolano, forma parte de lo normalidad en términos políticos.
2. Cuando en una democracia el ejercicio del voto se vuelve muy frecuente, hay una tendencia casi inevitable al incremento de las abstenciones. También es un fenómeno normal.
3. Los triunfos constantes de Chávez a lo largo de nueve años lo perfilaban como un “invencible”, lo cual genera en no pocos partidarios un estado de ánimo triunfalista. En esas condiciones se supone que el líder siempre ganará, aunque cada uno de sus partidarios en particular no vaya a votar, sobre todo en un referéndum. Esto es normal, pero pude volverse en contra de los intereses populares.
4. El mismo triunfalismo suele incidir negativamente en sectores de los cuadros militantes débiles o propensos al oportunismo, iniciando un reiterado camino hacia el culto a la personalidad. La historia de las luchas populares está plagada de estos errores que, cuando se consolidan, conducen a derrotas irreversibles en el corto y mediano plazo.
5. Dejé para un último lugar aquel factor que considero en realidad de mayor peso: insuficiencias de un partido que intenta ser revolucionario pero que aún no está sólidamente constituido y con la totalidad de sus cuadros plenamente identificados con la convicción y el sacrificio revolucionario, para hacerse cargo en plenitud de un trabajo cultural intensivo y extensivo.

Todos los factores considerados deben formar parte del cuadro de situación, sin embargo el quinto factor es para mí esencial. En no pocas oportunidades ha sido analizado el extraordinario peso que tienen las ideas dominantes. En nuestra América latina dichas ideas han estado asociadas a lo largo de gran parte de nuestra historia con las oligarquías nativas, las cuales a su vez actúan como el eslabón necesario que vincula los intereses de las burguesías imperialistas del primer mundo con nuestras economías. Pero como las oligarquías son una clase cuantitativamente insignificante, para poder sostener su descomunal presencia en la estructura socio-económica de nuestra tierra, sólo puede recurrir a dos alternativas: la coerción, que nunca puede ser en términos absolutos y permanentes, y el consenso. Este último es en realidad el objetivo de toda clase dominante, ya que es el que garantiza un dominio a largo plazo, aquel que se da cuando los dominados han incorporado la visión de mundo de los dominadores, es decir, cuando aceptan que su situación es “natural”. Esto se consigue luego de desarrollar a lo largo de décadas y a veces de siglos, un conjunto de instituciones que sistemáticamente se encargan de “naturalizar” aquello que es consecuencia de un régimen social injusto. Y una vez que dichas ideas se han consolidado, cuesta mucho superarlas con una nueva visión acorde a los intereses objetivos de las clases y sectores dominados.

En Venezuela se está viviendo un proceso revolucionario, que intentaba profundizarse a través de una modificación importante en la constitución. Dichas modificaciones, más allá de la reelección (sí o no, eso lo define el pueblo cuando vota con absoluta libertad y sin proscripciones), favorecían ampliamente a los sectores populares: control de la moneda por el ejecutivo, prioridad para la propiedad colectiva, reducción de la jornada laboral, inclusión de los trabajadores autónomos en la seguridad social, etc. Sin embargo, Chávez perdió en estas elecciones tres millones de votos, la mayoría no se incorporaron al NO, lo que ocurrió es que no fueron a votar. Y al no votar, la oposición con pocos votos más que hace un año, logró imponerse cuando antes había perdido por 2’0 puntos. Allí es dónde confluyen el peso de las ideas dominantes con un insuficiente trabajo intensivo y extensivo para desplazarlas por la nueva visión.

Para un trabajo intensivo hace falta, como decía, un partido revolucionario sólidamente constituido. Al respecto es necesario tener en cuenta que el PSUV está en formación, puede ser la herramienta necesaria (el tiempo lo dirá), pero todavía no se ha consolidado como tal. Y bueno es aclarar, que para que eso ocurra habrá que remover de los sectores clave a elementos burocráticos y oportunistas que no han cumplido con su tarea. Lo mismo puede decirse de sectores político aliados, que no sólo no están plenamente consustanciados con el socialismo del siglo XX que impulsa el presidente, además, han jugado en contra. Si todo el peso de la tarea cultural recae en los discursos de un líder carismáticos, difícilmente este proceso pueda consolidarse y seguir avanzando. Para que eso ocurra hace falta un partido revolucionario consustanciado con la tarea cultural, para de esa manera favorecer el desarrollo de la conciencia posible, porque la real no es suficiente. Sólo así se explica un personaje como Cucaracho. Contaba Vladimir Acosta que Cucaracho era un individuo que vivía en condiciones absolutamente marginales (en la calle, durmiendo en un cajoncito de madera). Un día lo encontró un amigo de Acosta de formación comunista y le dijo a Cucaracho: “ehhh…tu debes ser comunista”, y Cucaracho le respondió: “No, si viene el comunismo nos saca todo”.

Pues bien, es evidente que millones de venezolanos que podrían haberse beneficiado con la nueva constitución no lo sabían o le temían. Primero porque las ideas dominantes siguen allí, alojadas en muchas cabezas de mujeres y hombres que objetivamente pertenecen al campo popular, y después porque el trabajo cultural revolucionario para modificar dicha situación no ha sido suficiente. Para mejorar el trabajo intensivo habrá que consolidar un partido revolucionario eficaz en su tarea cultural (porque más allá de las habituales expresiones de deseo, nunca los integrantes de un pueblo marchan todos al mismo paso). Y para mejorar el trabajo extensivo, el que se hace a lo largo de generaciones, no queda otra alternativa que consolidar lo existente para continuar. Al tiempo no se lo puede apurar, aunque sí se lo puede ayudar. Quizás por eso Chávez afirmo convencido: “No pudimos, POR AHORA”. Si es así, y estoy convencido que así será, recordaremos siempre que “el tiempo sólo es tardanza de lo que está por venir”. Claro que para ello hay que trabajar, porque por un lado no son tiempos para hacernos los distraídos, como si aquí no hubiera pasado nada, y por otro lado tampoco son tiempos para sentarnos a llorar. El POR AHORA no es una simple esperanza sino un desafío.

 

 

 

 

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