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Una respuesta a los grupos de la izquierda argentina despistada
Alberto J. Franzoia
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070708 - (A continuación de esta respuesta se publica el artículo completo de Castillo)

Después de leer el artículo producido por el colega Christian Castillo (“Campos” que no son los nuestros), uno no puedo menos que sorprenderse acerca de los dislates que pueden engendrar lecturas vinculadas al materialismo histórico, cuando se carece de una brújula para orientar el contenido de las mismas hacia una aplicación concreta  en nuestra especificidad latinoamericana. Por mi historia vinculada a la Izquierda Nacional, suelo recurrir en estos casos frecuentes de despistes al propio Marx y sus discípulos para descifrar el error  de quienes terminan convirtiéndose siempre, y a contrapelo de su voluntarismo,  en la izquierda del bloque oligárquico-imperialista. Una advertencia necesaria es que ésta no es una repuesta al análisis de cuestiones  puntuales citadas por Castillo, sí lo es al marco teórico-político abstracto y poco dialéctico que suele utilizar esa izquierda que el autor expresa, ya que dicho marco general es el que indefectiblemente los ha conducido a ubicarse en la trinchera equivocada.

Lo que dice con prosa nueva Castillo no es más que la repetición hasta el hartazgo, de lo que viene sosteniendo esa izquierda despistada cada vez que los bloques históricos concretos que están en condiciones de formarse en América Latina se expresan. Cualquiera que tenga una vaga noción acerca de las diferencias existentes entre los países capitalistas dominantes y los dominados,  podrá imaginar que recurrir a esquemas teóricos similares a los europeos (o de cualquier nación constituida en imperialista por el alto desarrollo de su capitalismo nacional) para analizar  nuestra realidad política, sólo puede conducir a la mayor esterilidad práctica posible. ¿Cómo podría un profesional de la ciencia social y militante de esa izquierda, como Castillo,  producir aportes concretos al cambio revolucionario en un país dominado históricamente por la oligarquía y el imperialismo si considera que aquí, donde la nación aún no ha sido posible, la contradicción principal se manifiesta entre capitalistas y anticapitalistas?  En una nación dominante, con un capitalismo por lo tanto plenamente desarrollado, efectivamente la lucha es contra el capitalismo. Ahora, allí donde existe un bloque histórico oligárquico-imperialista (como en la mayoría de los países de nuestra América Latina), que justamente ha impedido a lo largo de nuestra historia la constitución de la nación, la primera lucha es definitivamente nacional y popular. Por lo tanto,  en ella participan  capitalistas nacionales y socialistas. Que profundizar dicha lucha para el triunfo total de la Nación requiera comenzar a recorrer en un momento determinado un camino socialista, de ninguna manera invalida lo primero. Pero una regla de la dialéctica materialista fundada por Marx y Engels, y continuada por Lenin, Gramsci, Trotsky o Mao, aconseja analizar las contradicciones a partir de contextos específicos.  Eso es lo que diferencia una teoría general, y por lo tanto abstracta de la historia, de una teoría regional para la acción revolucionaria concreta.

Siguiendo la lógica que nos propone Castillo, mucho más formal que dialéctica, Marx al abordar la guerra civil en EE.UU no tendría que haber apoyado ni al Norte ni al Sur, ya que era una guerra entre capitalistas. Pero Marx, que era mucho más concreto que Castillo sabía diferenciar el nivel de las contradicciones, por lo que apoyó al capitalismo del Norte (que desde luego se basaba en la producción y apropiación  de plusvalía) ya que expresaba el progreso histórico para EE.UU.  Porque su capitalismo al ser nacional era el único que podía, en ese momento concreto de la historia, gestar el desarrollo sostenido de las fuerzas productivas  ante el carácter reaccionario del capitalismo dependiente (de Inglaterra) de los sureños. ¿Y que hubiera aconsejado León Trotsky cuando una democracia civilizada y un dictadura semicolonial o bárbara objetivamente se enfrentan si se hubiese guiado por la prosa de Castillo y de sus maestros? ¿No fue Trotsky el que sostuvo que cualquier revolucionario del mundo debe ponerse del lado de la dictadura semicolonial? ¿O acaso para hacerlo le pedía al dictador que se enfrentaba objetivamente con el imperialismo civilizado certificado de pertenencia al socialismo? Sinceramente uno esta tentado con frecuencia a creer en no pocas ocasiones que muchos admiradores de Marx y Trotsky no los leyeron,  o sólo los  conocen por fragmentos muy limitados de su gran producción teórica, o se leyeron todo pero no entendieron casi nada.

Del escrito producido por Castillo se infiere sin dificultad que no ha descubierto aún, desde su formación marxista abstracta, que los bloque objetivamente enfrentados en Argentina, una vez más en este 2008, son el de las fuerzas locales y extranjeras vinculadas a la dominación y explotación de países como el nuestro y el de las fuerzas que (aún con sus debilidades y recientes derrotas) manifiestan un intención de reconstruir el bloque nacional-popular. No caben dudas de las debilidades y contradicciones están presentes en su seno, y menos aún que en dicho bloque existan personajes de dudoso y poco confiable pasado. Pero: ¿quiénes están del otro lado? No se trata de apoyar lo menos malo, se trata de analizar la relación real de fuerzas (cosa que deberían hacer cualquier lector asiduo de Gramsci) y evaluar con la mayor objetividad que posibles desenlaces existen y cuáles potenciarían o en su defecto inhibirían el avance de las fuerzas populares. Eso es ser un revolucionario concreto y no un expositor de metafóricas  abstracciones para  tribunas poco pobladas.

Basta una breve recorrida por nuestra historia real para confirmar dónde estaba el marxismo abstracto (y por lo tanto efectivamente antimarxista) en nuestra Patria en 1930, 1945, 1955, 1973 e inclusive en 1976. Porque es evidente que una vez más Marx, Trotsky y Gramsci son aplicados en ocasiones de tal manera, que el efecto conseguido es exactamente contrario no sólo al fin perseguido por la izquierda despistada de turno, sino inclusive en dirección contraria a la que recorrían con su práctica los clásicos del marxismo a los que se pretende expresar. Marx apoyó al Norte en la Guerra de Secesión de EE.UU.,  mientras Trotsky se manifestaba favorable en caso de guerra,  y ante una opción de hierro, a las dictaduras semicoloniales o bárbaras y no a las democracias civilizadas e imperialistas. Castillo nos dice, sin embargo, que en el enfrentamiento concreto del gobierno de Cristina Fernández con la Sociedad Rural y los capitales transnacionales invertidos en el agro, hay que alinearse en un tercera posición (????). Vaya forma de resolver dialécticamente la contradicción. Claro que Castillo nos podría señalar que esa es una falsa contradicción principal porque los que se enfrentan son todos capitalistas. Pues bien, para ser rigurosos en historia hay que ser concretos, y para ello basta con preguntarse: ¿si en 1955 había un enfrentamiento entre capitalistas, por qué causa los trabajadores lucharon durante 18 años para que regresara al poder el representante de uno de los bandos (“de explotadores”) en pugna?

Hay preguntas que merecen respuestas más serias que las generadas por esta izquierda despistada: ¿cuando la relación de fuerzas para el socialismo no es todavía la adecuada, da todo igual para los trabajadores? Me resisto por lo tanto a creer en el rigor teórico de estas simplificaciones maniqueas que sólo pueden promover derrotas reiteradas a modo de farsa histórica. Quizás por eso resulta tan necesario para un socialista de América Latina comprender, si realmente desea ser  revolucionario, que la única izquierda posible para cambiar nuestra sociedad se desarrollará  en el seno del bloque nacional y popular. Porque sólo allí,  resolviendo contradicciones concretas, trabajando junto al sujeto social del cambio, será posible gestar y consolidar la lucha por el socialismo.

La Plata, julio de 2008

“Campos” que no son los nuestros - Christian Castillo *

El envío al Congreso del proyecto de retenciones móviles no es un “avance democrático”, como pretenden tanto las patronales ruralistas como el gobierno nacional, sino simplemente un nuevo escenario en donde dos sectores igualmente capitalistas dirimirán el destino de los recursos obtenidos por las exportaciones agrarias. Nada bueno de estas negociaciones pueden esperar los trabajadores y el pueblo. Allí no se discute siquiera la anulación de la ley 22.248 sancionada por Videla, Martínez de Hoz y Harguindeguy, que permite la superexplotación del peón rural. Tampoco la expropiación de los 4000 grandes propietarios que sumados poseen ochenta y cuatro millones de hectáreas (sí, leyó bien, 84.000.000), la mitad de las tierras utilizables para agricultura y ganadería que existen en el país. Y, menos que menos, la nacionalización de los puertos y el monopolio del comercio exterior, que permitiría utilizar para satisfacer las necesidades populares las ganancias multimillonarias de los oligopolios exportadores como Cargill, Bunge o Dreyfus.

La belicosidad expresada en estos más de cien días por los ruralistas va más allá de la disputa por unos puntos más o menos de retenciones. Si bien éstas dan cuenta tan sólo de un 13 por ciento de la recaudación total —que mayoritariamente proviene de impuestos al consumo como el IVA, es decir, del bolsillo obrero y popular– y el porcentaje de lo producido por el campo en el conjunto del PBI es relativamente menor, la dinámica ascendente de las exportaciones del sector en los últimos años ha potenciado la fuerza relativa de la gran burguesía agraria, resultado que también se explica por el proceso de “reprimarización” vivido en la década de los ’90 y no modificado en lo sustancial en estos años. Esta fracción capitalista quiere lograr no sólo mantener (y si fuese posible aumentar) la alta rentabilidad obtenida en los últimos años, sino ganar un lugar de mayor predominio al interior de la clase burguesa, cuando el esquema económico que rige desde la devaluación empieza a mostrar sus debilidades, y esto en el marco de desarrollo de una crisis capitalista internacional con futuro incierto. Lamentablemente, una parte de la izquierda le ha hecho de comparsa a este sector, mostrando una pérdida completa de rumbo.

El Gobierno, por su parte, no impulsó las retenciones móviles para defender el bolsillo de los trabajadores o para impedir la continuidad de las tendencias al monocultivo sojero. Recurrió a este mecanismo como una fuente de recursos para “redistribuir” a favor esencialmente de los grandes industriales exportadores y otros grupos de capitalistas aliados al Gobierno (los beneficiarios de las “argentinizaciones”), así como para el pago de deuda externa. El propio decreto sancionado el 9 de junio por el Gobierno, que plantea que el dinero obtenido en concepto de retenciones a la soja por arriba del 35 por ciento se destinará para la construcción de hospitales, escuelas y caminos, es toda una confesión de que el resto de lo recaudado no se utiliza para resolver las penurias y necesidades del pueblo, sino para pagar la deuda externa y seguir subsidiando a los grandes capitalistas, ¿o acaso durante los cinco años que van de gobierno de los Kirchner no se continuó desarrollando la concentración de la producción agraria, proceso que, entre otras cuestiones, implicó la expulsión de miles de familias –algunos dicen que llegarían a 300.000 en la última década– de campesinos (gran parte de ellos pertenecientes a los pueblos originarios) que sembraban alimentos y criaban animales para autoconsumo? Al contrario de lo que afirman los intelectuales que apoyan al Gobierno (que con el argumento de enfrentar a una “nueva derecha” son, en realidad, predicadores de lo que Gramsci denominaba un nuevo conformismo), los Kirchner vienen apelando a la retórica “nacional y popular” de la “distribución del ingreso” para hacer pasar un programa reaccionario. En estos años, mientras los capitalistas recuperaron fuertemente sus ganancias, el salario obrero apenas llegó a los niveles ya bajos del 2001. Las luchas de los trabajadores que, enfrentando despidos y provocaciones patronales, salieron del control de las direcciones burocráticas aliadas al Gobierno terminaron con fuertes represiones y trabajadores procesados, como ocurrió este verano en el Casino Flotante (del empresario kirchnerista Cristóbal López) o en la textil Mafissa, donde los obreros fueron desalojados en un operativo con más de 700 policías. Ahora, con el lema de “queremos volver a recuperar la normalidad institucional”, el Gobierno utiliza el antipopular lockout empresario y el desabastecimiento para impugnar todo método de lucha extraparlamentaria y el recurso a la acción directa, ya sea que tengan objetivos reaccionarios, como ocurre con las patronales agrarias, o que sean utilizados por los trabajadores y sectores populares por sus legítimas demandas: “Nada se arregla con cortes de ruta” es el nuevo discurso oficial. Los que se llegaron a presentar como herederos de la rebelión del 2001 quieren restaurar ahora el principio según el cual no habría que haber reclamado en las calles que se vayan De la Rúa y Cavallo, y sólo se podía esperar a las próximas elecciones para reemplazarlos.

Los “campos” que están enfrentados no son los nuestros. Frente a la disputa entre dos sectores de “los de arriba” es preciso insistir en la importancia de mantener una posición independiente de ambos bloques capitalistas: “Ni con el Gobierno ni con las entidades patronales ‘del campo’”, como dice la declaración que suscribimos alrededor de 500 intelectuales, docentes universitarios y trabajadores de la cultura. Como ha mostrado toda la experiencia política reciente, la apuesta a los “males menores” sólo ha servido para abrir la puerta a “males mayores”. Para que el deterioro de un gobierno (que nuevamente ha mostrado la completa imposibilidad de la “burguesía nacional” para sacar al país del atraso y la dependencia) no sea aprovechado por otras variantes de la clase dominante, no hay otra salida que poner todas las energías en el desarrollo de una alternativa propia de la clase trabajadora. Manos a la obra.

* Dirigente Nacional del PTS. Sociólogo, docente de la UBA y la UNLP.

 

 

 

 

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