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181008 -
Hace cuatro años dijimos en un trabajo sobre las teorías de la
finitud (de la historia, la ciencia, las ideologías y el imperialismo)
que Francis Fukuyama era uno de los casos paradigmáticos que se pueden
inscribir sin mayor esfuerzo en la categoría doxósofo, utilizada por el
sociólogo francés Pierre Bourdieu para referirse a los que filosofan a
partir de la apariencia de las cosas sin superar nunca ese nivel de
análisis. Es decir, son los que no logran (o no quieren) captar las
leyes del funcionamiento interno de la cosa abordada pero, sin embargo,
se lanzan a la irresponsable aventura de producir algo parecido a la
“filosofía” o en ocasiones a la “ciencia social”. Aunque el producto
final no es una cosa ni la otra, sino un verdadero fraude que cumple una
función ideológica.
(Ver:
Toni Negri,
cuando la teoría navega entre lo aparente y lo obvio)
Si bien debemos reconocer que el mundo
de las apariencias o de la seudoconcreciones (como decía el checo Karel
Kosik) es siempre el punto de partida para la construcción del
conocimiento, un investigador serio intenta luego penetrar en la esencia
del mundo real. Para lograrlo analiza los hechos, compara,
interpreta, confronta sus conceptos iniciales con la práctica,
triangula información e intenta, finalmente, validar el producto teórico
alcanzado o modificarlo con rigor si la realidad lo refuta, Pero no
todos recorren dicho camino, ya que en la era del capitalismo
globalizado proliferan los intelectuales que se instalan en el escenario
de las apariencias y de allí no se mueven, con lo que cristalizan como
auténticos doxósofos. A partir de las apariencias enfocadas desde una
filosofía abstracta, que nunca incursiona en lo específico (lo
concreto), construyen conjeturas, que sólo por la fuerza de los
intereses de clase que expresan adquieren el status de teorías
“respetables”. Es decir, lo respetabilidad alcanzada no es casual, ya
que cumplen una función primordial para el capitalismo imperialista:
generan condiciones simbólicas para garantizar su reproducción, ya que
actúan como velo ocultador de la realidad concreta, con lo que impiden
su transformación a partir de un conocimiento verdadero.
(Ver:
La OTAN y el asesinato de Gadafi)
Cómo apareció Fukuyama en Argentina
Durante la segunda década infame de
los noventa conducida por el impresentable Carlos Menem y de la mano del
aspirante nativo a filósofo griego Mariano Grondona, adquirió peso en el
mundo de la opinión publicada argentina la teoría de Francis Fukuyama.
El ex integrante del Departamento de Estado de EE.UU. nos sorprendió en
1989 con un artículo, “¿El fin de la historia?”, publicado en el diario
“The National Interest” y convertido luego, durante 1992, en el ensayo
“El fin de la historia y el último hombre”, de gran éxito
comercial entre sectores “civilizados” de buena parte del mundo. Dicho
ensayo se asemeja, sin embargo, más a una novela de ciencia-ficción que
a un trabajo propio de las disciplinas sociales o de la filosofía seria.
Aplicando un método deductivo puro, partiendo de hipótesis muy
abstractas y en ocasiones absurdas hasta deducir otras más concretas que
luego pretendió confrontar con la realidad (y fracasó), sin penetrar
jamás en la profundidad de los hechos observables, ignorando otros
esenciales a partir de una selección arbitraria que no explicita qué
criterios la guiaron, Fukuyama gestó su teoría de la finitud posmoderna:
“el fin de la historia”.
Su núcleo conceptual resulta para
cualquier analista más o menos despierto poco menos que insostenible: la
historia, entendida como conflicto ha llegado a su fin. La poshistoria
se manifiesta como una etapa desconocida por la humanidad, en la que
imperan los cálculos económicos y la tecnología, sustituyendo a la
crítica creativa, el arte y la filosofía. El gran desarrollo generado
por el capitalismo en su etapa neoliberal, cierra el ciclo de las
desigualdades y de los conflictos que le fueron inherentes. Un conjunto
de normas y valores propios del liberal occidente adquieren entonces
vigencia universal, mientras las ideologías con sus visiones
contrapuestas del mundo fenecen, ya que no hay intereses sociales
contrapuestos que expresar. Sin embargo, las argumentaciones, débiles
por cierto, que el teórico desarrolla a lo largo de su trabajo, culminan
en un clima de profunda congoja:
“El fin de la
historia será un tiempo muy triste. En la era poshistórica no existirá
ni arte, ni filosofía; nos limitaremos a cuidar los museos de la
historia de la humanidad Personalmente siento, y me doy cuenta que otros
a mí alrededor también, una fortísima nostalgia de aquellos tiempos en
que existía la historia” (1).
(Ver:
El NAFTA (TLC) está hambreando a México)
¿Qué dijo después?
En 1999, al cumplirse los 10 años de
su artículo ¿El fin de la historia?”, y ante el curso que adquiría la
realidad internacional (incluida la primera Guerra del Golfo y varias
crisis económicas en el mundo periférico), reconoció que no pocos
críticos le pidieron que reconsiderara sus planteos, sin embargo,
sostuvo que nada de lo que había ocurrido en esos años ponía en tela de
juicio su máxima conclusión:
“la democracia liberal y la
economía de mercado son las únicas posibilidades viables para nuestras
sociedades modernas”.
Claro que de una posibilidad viable
(hipótesis que no compartimos) a declarar el fin de la historia, media
una considerable distancia de la cual el autor no se hacía cargo. Sin
embargo, aún así logró reconocer una curiosa falla en la teoría:
“El carácter abierto de las
ciencias contemporáneas de la naturaleza nos permite calcular que, de
aquí a dos generaciones más, la biotecnología nos dará los instrumentos
que nos permitirán lograr lo que los especialistas de la ingeniería
social no lograron darnos. En esta fase, habremos terminado
definitivamente con la historia humana porque habremos abolido a los
seres humanos tal como son. Entonces comenzará una nueva historia, más
allá de lo humano” (2).
Y concluía con un discurso que nutrió
su posterior libro “Nuestro futuro poshumano”:
“El fin de la historia, descubrió
su verdadera debilidad: la historia no puede acabarse en la medida en
que las ciencias de la naturaleza contemporáneas no hayan llegado a su
fin. Y estamos en vísperas de nuevos descubrimientos científicos que,
por su esencia misma, abolirán la humanidad tal como es” (3)
Con esta última afirmación por otra
parte estaba refutando a un seguidor de su propia teoría de la finitud,
John Horgan, quien había proclamado unos años antes nada menos que “El
fin de la ciencia” (4). Por esos días Fukuyama no renegaba de lo que
había sostenido hacía ya diez años, pero simultáneamente afirmó que la
historia no puede acabarse mientras las ciencias naturales no hayan dado
todo de sí...
Durante el 2002 nuestro doxósofo si
bien ya comenzaba a asumir tímidamente el fracaso de la aventura teórica
iniciada a fines de los 80, no dejó de aclarar que el islamismo radical
y las posturas rebeldes de algunos “pueblos atrasados”, tan presentes en
el panorama internacional de comienzos del siglo XXI, no representan
una amenaza para Occidente, y por lo tanto para el anunciado fin de la
historia. Ese conflicto no sería el más pertinente para descalificar su
teoría (???), pero lo que si lo preocupaba por entonces y hará temblar
el frágil edificio conceptual que había construido, fueron las
divergencias entre EE.UU. y parte de la comunidad europea ante la crisis
con Irak, antesala de la segunda guerra con dicho país. En ese contexto
dijo:
“Se suponía que el fin de la
historia debía ser sobre la victoria de los valores institucionales
occidentales, no sólo americanos, haciendo de la democracia liberal y la
economía de mercado las únicas opciones viables. Pero se ha abierto un
enorme golfo en las percepciones americanas y europeas sobre el mundo, y
el sentimiento de los valores compartidos se fragmenta crecientemente”
(5).
En el año 2005 Fukuyama vuelve a la
Argentina, ya no de la mano de Grondona con su insólita teoría bajo el
brazo, sino invitado por la Revista Ñ, para disertar en el Malba de la
ciudad de Buenos Aires sobre una temática mucho menos pretensiosa: el
Estado, la institucionalidad y la construcción de consensos. En la
conferencia expresó:
“Las instituciones formales
importan menos de lo que la gente piensa. Hubo en Latinoamérica una
excesiva inversión en reformas institucionales pero se descuidaron los
problemas de la cultura política.”
“Las reformas institucionales son
importantes y no debemos dejarlas de lado, pero el énfasis está puesto
en el lugar erróneo. El esfuerzo debe ponerse en generar consensos
políticos más que en las normas políticas formales” (6).
La idea fuerza que surgía de toda su
exposición en el Malba es que las normas y valores políticos
compartidos, no sólo dentro de un partido sino entre distintos partidos,
son los que dan estabilidad y hacen eficiente una democracia permitiendo
el desarrollo de la economía de mercado. Ya que dicho mercado no generó
los consensos necesarios (y mucho menos el fin de la historia
pronosticado por el doxósofo), entonces habrá que construirlos para que
la economía neoliberal pueda progresar. Es decir, ya que la realidad es
bien distinta a su lamentable teoría, la misma que tantos intelectuales
colonizados de estos pagos consumieron sin chistar, entonces vamos a
tratar de producirla con las ideas, las de lo neoliberales claro está.
Una nueva contradicción se instalaba en su frágil cuerpo teórico.
(Ver:
Pensar críticamente
el pensamiento crítico)
¿Y ahora qué dice? (7)
Pero como Fukuyama no deja de hablar
ni de escribir, y siempre tiene cerca una legión de periodistas
“independientes” que le acercan un micrófono, nos enteramos por un
reciente reportaje realizado por
Newsweek durante el año en curso, que ahora tampoco
realiza planteos inscriptos en una visión neoconservadora:
“La
abandoné hace años. Siempre analicé la historia desde la perspectiva
marxista: la democracia es consecuencia de un vasto proceso de
modernización que ocurre en todos los países. Los neoconservadores creen
que el uso del poder político puede acelerar el cambio, pero a la larga,
el cambio depende de la sociedad misma.”
¡Patético! En realidad sólo alguien
que desconozca los principios más elementales del marxismo puede leer o
escuchar semejante declaración sin sentir vergüenza ajena. Fukuyama ha
intentado siempre la refutación, lo explicité o no, de Marx. Siguiendo
su tesis original se comprueba sin mayor esfuerzo que lo que sostuvo
hasta el descrédito absoluto de su teoría (tarea que ha llevado
adelante la propia realidad), es que el desarrollo ininterrumpido de las
fuerzas productivas acaecido en la sociedad capitalista, habría
generado las condiciones objetivas para que, sin modificar las
relaciones de producción (que para Marx eran de explotación), el
conflicto social se extinga, no sólo en el seno de cada nación sino
también entre naciones. Es decir, qué necesidad habría de construir el
socialismo si las contradicciones quedaron en el pasado. Pero en este
nuevo universo que visualiza Fukuyama, el hombre no sería artista, ni
crítico, ni filósofo como sostenía su supuesto maestro alemán, sino un
ser aburrido, abúlico, convertido en un productor y consumidor
plenamente satisfecho.
Tan marxista era la interpretación de
la historia con la que adquirió notoriedad este personaje, que el
conflicto central surgido a partir de la producción de plusvalía
(trabajo no pagado) por parte del obrero y su apropiación por parte de
los dueños de los medios de producción, habría quedado sepultada por las
bondades de un mercado libre que sólo gesta bienestar para todos. ¿Qué
cambió ahora en su planteo teórico? Sólo que en vez de recurrir a una
visión conservadora materialista (la economía de mercado generará un
consenso de valores y creencias) invierte los términos adoptando otra
que podríamos denominar conservadora idealista (es necesario primero un
consenso de ideas para que progrese una economía de mercado). Eso es
todo, con lo cual se vuelve menos “marxista” que antes, porque sus
desventuras teóricas ahora transitan por la ruta del idealismo. Lo único
que por otra parte podría acercarlo a Hegel (pretensión que alguna vez
tuvo), aunque como bien dijo Mario Benedetti: entre Hegel y Fukuyama
media en realidad la misma diferencia que entre la Acrópolis y
Disneylandia.
La consolidación de una democracia tal
como la entienden las potencias occidentales, que antes aparecía en su
discurso como la consecuencia objetiva del éxito alcanzado por el
cálculo económico y la tecnología propia del capitalismo más avanzado,
ahora se presenta en los siguientes términos:
“No obstante el resurgimiento
autoritario de Rusia y China, la democracia liberal sigue siendo la
única forma legítima de gobierno que goza de aceptación universal. Por
supuesto, varios grupos renunciaron a ella, pero sigo convencido de que
a la larga los sistemas democráticos son los únicos viables.”
Quien asociaba el fin de la historia
a la hegemonía estadounidense de los noventa y luego se decepcionó por
las diferencias de valores que surgieron con Europa ante la programada
invasión a Irak en 2002, ahora avanza un poco más en su viraje
“progresista” y nos dice:
“Jamás me vinculé específicamente con
la hegemonía estadounidense. De hecho, la Unión Europea representa mejor
esos ideales. El poder relativo de Estados Unidos frente al mundo está
decayendo debido al desarrollo de otros centros de poder, cosa
ciertamente prevista. Lo que cambió es la idea misma de la democracia
como algo positivo, es decir, asegurar la democracia en todas las
naciones; eso lo debemos a Bush, que explotó el concepto como argumento
para su guerra contra el terrorismo. En consecuencia, el mundo asocia el
concepto de democracia con la administración de Bush, y Vladimir Putin
puede decir: “No nos interesa la democracia”.
Ante el rumbo que tomó la historia del
siglo XXI, que después de veinte años de divagues teóricos por parte del
entrevistado no llegó a su pronosticado final, queda como corolario sólo
una expresión de deseo:
“…mi tesis subyacente, que las
sociedades democráticas son necesarias, conserva su vigor.”
¿Tanto escribir y ganar dólares para
arribar a una simple expresión de deseo?
Pero resulta que lo que si parece llegar
a su fin en el 2008 es esa burbuja de éxito económico sin fin que
pretendía mostrar el neoliberalismo, la misma que los ideólogos de la
globalización como Fukuyama quisieron vender no sólo a un auditorio
primermundista sino en los escaparates del explotado tercer mundo. Con
respecto al consenso de valores e ideas que reemplazarían a las
ideologías del conflicto, mejor no decir nada, la realidad mundial es
suficientemente explícita. Pueden dar cuenta de ello tanto la visión
musulmana más radicalizada como algunos procesos políticos de América
Latina, y queda por ver qué pasará en el “primer mundo” ante la crisis
económica que ha estallado. Fukuyama escribió artículos y libros, dio
conferencias, recorrió países, fue el gurú filosófico de un gran número
de cabezas “políticamente correctas”, y al cabo de veinte años lo único
que logra demostrar es que él desea la democracia tal como la entienden
los muchachos del Norte. ¡Qué pobre resultado! ¿Y ésta es la rigurosa
teoría que se ha estudiado en algunas facultades de ciencias sociales de
nuestro país?
De todas maneras, si el periplo
intelectual de semejante doxósofo sirviera como caso paradigmático de
signo negativo (todo lo que no hay que hacer), para que no pocos de
nuestros intelectuales del mundo periférico propensos a consumir
mercadería de moda dejasen de hacerlo, el señor Fukuyama nos habría
hecho un enorme favor. Pero si así no fuera (algo muy probable), lo que
objetivamente podemos constatar todos aquellos que, como decía el sabio
Jauretche, nos inclinamos por ser “mirones” de la realidad, es que la
teoría del fin de la historia no ha sido otra cosa más que un gigantesco
fraude. Esta prueba constatable para cualquiera que practique la
honestidad intelectual, deberá ser exhibida hasta el hartazgo, porque
da cuenta de qué lado suele instalarse el conocimiento verdadero, más
allá de los espejitos de colores que intentan vender los intelectuales
identificados con los intereses de las clases dominantes. Dice el
cientista social Julio Gambina:
“El ataque sobre Afganistán es uno más
de los encabezados por EE.UU. en una era que venía signada por el “fin
de la historia” y “la ausencia de acontecimientos””, según anunciaban
los filósofos de moda. De Irak a Afganistán, pasando por Kosovo y otros
espacios del acontecer bélico, transcurre una década donde la guerra, la
militarización y el exterminio de población lo tiñen todo. Ni fin de la
historia, ni ausencia de acontecimientos. El ciclo de la vida fluye y la
lucha entre proyectos sigue definiendo el curso de los acontecimientos.
La lucha de clases no se retiró huyendo de la historia” (8).
La Plata, 16 de octubre de 2008
(1)
Fukuyama, Francis:
El fin de la historia y el último hombre,
Hyspamérica, 1995.
(2)
Fukuyama Francis: “La historia sigue terminando”, diario
“Clarín”, 27 de junio de 1999
(3)
Fukuyama Francis: “La historia sigue terminando”, diario
“Clarín”, 27 de junio de 1999
(4)
Franzoia Alberto: “La teoría de los doxósofos”, octubre
de 2004, publicado digitalmente en Reconquista Popular y en
Investigaciones Rodolfo Walsh
(5)
Fukuyama Francis: “Estados Unidos contra el resto”,
diario “El Día” de La Plata, 28 de agosto de 2002
(6)
Publicado
después de la conferencia en el Malva por
Noticias Yahoo: “Fukuyama replantea
función del presidencialismo en Latinoamérica”, 11 de noviembre de 2005
(7)
Fragmentos del reportaje de Newsweek, levantados en
www.elortiba.org
(8)
Gambina Julio: “Los rumbos del capitalismo, la hegemonía
de EE.UU. y las perspectivas de la clase trabajadora”, en “La guerra
infinita, hegemonía y terror mundial”, varios autores, Publicaciones
CLACSO, 2002
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