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El estado como eje del debate actual
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140209 - Julio Bárbaro publicó en la revista Debate el 7 de febrero de 2009 un artículo que titula “Glorioso final” (1), a partir del mismo quisiera formular algunas reflexiones. Más allá de puntos de acuerdo y no pocas diferencias con lo que allí expresa, hay una cuestión que considero central ya que guiará desde mi punto de vista el debate político de los próximos años:
“Nunca como hoy el debate es ideológico y su respuesta transita el espacio entre el estado y lo privado, la relación y el lugar de cada uno.”


Acuerdo con el planteo grueso: la ideología explícita, la que había llegado a su fin según los “pensadores neutros” de la posmodernidad, vuelve a ocupar el centro de la escena, y el rol del estado nuevamente integra la agenda de la confrontación ideológica. Sin embargo, a partir de este acuerdo deberemos hilar más fino para acercarnos a la resolución de los desafíos que surgen en la etapa actual. El pensamiento único que los intelectuales del bloque dominante intentaron instalar definitivamente en el mundo (central y periférico) desde mediados de los setenta y que se consolidara en los noventa, según el cual el estado nacional tiende a desaparecer mientras que el mercado “libre” pasa a ser el mayor garante del desarrollo económico, social y cultural de una sociedad, ha perdido la batalla. Ahora bien, sería gravísimo creer que es una derrota definitiva, por lo que no resulta aconsejable saltar alegremente de su carácter hipotético a una supuesta verificación definitiva que hoy no resulta factible.

El capitalismo mundial se caracteriza no sólo por el carácter cíclico de sus crisis económicas, y sus posteriores recuperaciones con expansión, sino también porque el mismo carácter cíclico suelen adoptar las ideas que lo sustentan. A veces con poco estado y otras con más estado; aunque nunca sin estado, ya que a partir de un impulso inicial desde la esfera material que debió enfrentar superestructuras políticas en un principio ajenas a sus intereses (como lo eran las feudales de Europa occidental), siempre ha desempeñado una función significativa en su etapa de posterior consolidación y expansión constante. El imperialismo que con sus sucesivas subetapas se viene manifestando desde fines del siglo XIX, es la expresión más notoria de ese capitalismo en el que el estado de los países dominantes está siempre, de una u otra manera, apuntalando los intereses nacionales y mundiales de su burguesía. Y llegado el caso, si es imprescindible, puede recurrir al uso de toda su violencia concentrada para realizar dichos intereses.

 

Por otra parte, el carácter cíclico de las ideas gestadas por la intelectualidad burguesa se expresa en conceptos que dan cuenta de dicha realidad. Liberalismo y neoliberalismo, keynesianismo y neokeynesianismo, forman parte del inicio y retorno de ideas que, sin cuestionar el mundo de las relaciones de producción capitalistas, se alternan no sin enfrentamientos secundarios, en la conducción intelectual de diversas etapas concretas del sistema mundial en cuestión. Sin embargo, el liberalismo no ha prescindido completamente del estado sino que ha aplicado una intervención débil propio de momentos de expansión económica sin grandes dificultades, mientras los keynesianos (o intervencionistas en general) apuestan a una intervención fuerte, típica de momentos en los que sin una presencia significativa del estado burgués imperialista, la burguesía no lograría garantizar la realización de sus intereses. No casualmente esta concepción fuerte nace y se expresa teóricamente (2) en medio de una fabulosa crisis mundial que desde los países dominantes se irradió hacia los dominados en los años treinta, y hoy regresa con otra enorme crisis mundial del sistema. La actual sabemos cómo se engendró, pero no podemos sostener con rigor teórico cómo concluirá.

El estado en Argentina

En los países sometidos por el capital de los países dominantes sin embargo la intervención fuerte del estado no tiene un sentido único, ya que no es asimilable el carácter de un estado nacional y popular que enfrenta sus contradicciones con las burguesías del primer mundo, como ocurrió durante los dos primeros gobiernos de Perón en Argentina o ahora con Hugo Chávez en Venezuela (por poner sólo dos ejemplos claros), con los partidarios de la teoría de la modernización o desarrollistas. Desde dicha perspectiva teórica Arturo Frondizi (1958-1962) intentaba por el contrario asociar a las burguesías imperialistas con un primer impulso para el desarrollo nacional, utilizando al estado como supuesto conductor, sin embargo los resultados fueron definitivamente negativos a la hora gestar el capitalismo autosostenido.

Una diferencia nada menor al momento de abordar esta cuestión estriba en el peso y perfil que adopta la burguesía nacional en cada momento de la historia. En los primeros gobiernos peronistas era una clase débil y poco confiable pero aún vinculada al circuito nacional de la economía, que podía llegar a desempeñar un papel importante en la medida en que fuera apoyada por un estado nacionalista fuerte. Durante el frondizismo, en cambio, esa burguesía avanza en un viaje sin retorno (que había comenzado en los últimos años del peronismo, cuando va despegando del proyecto nacional) hacia su trasnacionalización, proceso en el cual no fue menor el aporte frondizista. Desde entonces buena parte de la burguesía nacional dejó de serlo para quedar integrada en el circuito mundial en carácter de clase satélite de las burguesías imperiales, y en el peor de los casos como un sector asalariado de las mismas. Por eso sus nuevos intereses y su comportamiento efectivo de clase comienzan a transformarla paulatinamente más en una fracción de la oligarquía (por su carácter especulativo, alejada de los intereses nacionales y de un mercado interno desarrollado) que en una verdadera burguesía nacional. Dicho proceso se consolida a partir del neoliberalismo vigente entre mediados de los setenta y principios del siglo XXI, cuando el capital financiero del mundo desarrollado copa los resortes básicos de nuestra economía. Y en el plano teórico ese neoliberalismo no fue otra cosa que el regreso de una visión anacrónica, que sin embargo se maquillaba de novedad intelectual (neo) de la posmodernidad. Los que habían apostado a su derrota definitiva advirtieron entonces el carácter cíclico de ciertas ideas, ya que estas sólo pueden superarse en lo esencial sólo cuando desaparecen las condiciones socioeconómicas que las hacen posibles.

Esta cuestión pasa a ser central entonces a la hora de discutir el rol del estado en la actualidad, ya que el mismo no es independiente de las clases, fracciones y grupos económicos que logren desarrollar y consolidar su dirección intelectual. Se equivoca Julio Bárbaro cuando en el mismo artículo que citamos dice con respecto a nuestro país y al gobierno K:

“El gobierno acumula errores, pero hasta el momento, aunque pierda toda
contienda electoral, se halla más cerca de debatir el problema del poder
que la mayoría de sus enemigos. Lo trágico de su enfrentamiento con el
campo reside en que por un resabio mal planteado pierde a un aliado
nacional y productivo en el momento en que más se lo necesita”

No cabe duda que el kirchnerismo está más dispuesto a debatir el problema del poder que la mayoría de sus enemigos, pero de dónde infiere Bárbaro que todo el “campo” es el aliado nacional y productivo que más necesita el bloque nacional y popular para enfrentar a su enemigo histórico, que desde mi perspectiva es el bloque oligárquico-imperialista. Lo que se advierte en este grueso error es una visión a la que no han sido ajenos hombres vinculados de una u otra manera al peronismo. Durante los días de la crisis que estalló el año pasado con el mal llamado colectivo campo, sostuve que era hacerle un enorme favor a la oligarquía confundir sus intereses particulares y antinacionales (como lo demuestra cualquier estudio riguroso de nuestra historia) con los de los pequeños productores e inclusive con los medianos. Es eso lo que la oligarquía intentó y en parte consiguió. Lo que no resulta casual ya que una clase es realmente dominante cuando logra presentar sus intereses particulares como intereses generales. Pero si todo el campo es un aliado nacional, cabría preguntarle a Bárbaro quiénes están incluidos en lo que él define como el enemigo. ¿Desde cuándo la oligarquía es un aliado nacional? Este discurso se acerca peligrosamente al de aquellos diputados y senadores del PJ que votaron en contra de la 125, con lo que estaríamos perdiendo de vista por dónde pasa la contradicción principal.

Ahora bien, para enfrentar al bloque oligárquico-imperialista se necesita de un estado nacional fuerte, eso está fuera de discusión. Por otro lado todo estado es conducido por clases sociales que lo hacen en forma directa o a través de algún actor sustituto. Por lo tanto, si buena parte de la gran burguesía argentina perdió su embrionario y nunca desarrollado carácter nacional para insertarse como apéndice del imperialismo, con un comportamiento de clase que la acerca más a constituirse como fracción de la oligarquía que como plena burguesía, y si no se visualiza en la actualidad un actor sustituto con mayor decisión productiva como fue durante la primera etapa peronista una fracción industrialista del ejército, surge un interrogante que, según entiendo, debería ser eje del debate actual:
¿Qué clases y sectores sociales pueden darle en esta coyuntura histórica al estado argentino un contenido definitivamente nacional y popular para consolidar un desarrollo autosostenido con justicia social?
De la respuesta teórica y práctica a este interrogante depende en buena medida el futuro del proceso K.

La Plata, 13 febrero de 2009

(1) http://www.revistadebate.com.ar/2009/02/06/1575.php

(2) “Teoría general de la ocupación, el interés y el empleo”, es la obra fundamental en la que John Keynes enfrenta el paradigma hasta entonces dominante en economía y fue publicada en 1936 a partir de una lúcida reflexión sobre la crisis de los años treinta.


 

 

 

 

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