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Unidad oligárquica o unidad nacional y popular
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090309 - Es habitual que la oligarquía argentina difunda a través de sus intelectuales una idea fuerza recurrente: la necesidad de que “todos” los argentinos nos unamos para recuperar nuestra perdida grandeza. Adosada a esta idea de unidad va simultáneamente la noción explícita o implícita que da cuenta, o sugiere, que los argentinos hemos perdido el rumbo desde que ciertos personajes “siniestros” dividieron a la nación en dos bandos rivales.

Surge así en el siglo veinte y con carácter excluyente la figura de Juan Domingo Perón. Si él no hubiese existido los argentinos nunca nos hubiéramos divididos entre peronista y antiperonistas. División que, según estos sesudos analistas, ha frustrado los grandes logros de “la Argentina feliz” cuando, salvo excepciones como el más tibio interregno yrigoyenista, nadie osaba desafiar a lo responsables de nuestra felicidad. La Argentina agroexportadora de la Belle Époque conducida por la oligarquía (en glamorosa alianza con su socia mayor, la burguesía inglesa), que habría recuperado su status mundial inclusive después de la gran crisis de los años treinta (previa firma del pacto Roca-Runciman), no hubiese ingresado en un persistente cono de sombra de no ser por ese hombre “maldito” que se dedicó a sembrar el odio entre hermanos. Palabras mas palabras menos, adecuando el discurso a nuestros días y a la exportación de petróleo, lo mismo que sostiene la oligarquía venezolana con respecto a Hugo Chávez.

Para las clases dominantes las divisiones sociales de una sociedad capitalista, que en nuestro caso ni siquiera es un capitalismo desarrollado, no son producto de la estructura económico-social profundamente injusta que ellas edifican con entusiasmo digno de mejor causa, sino de personajes, movimientos y/o partidos "culpables" de comprender, criticar e intentar la transformación del statu quo de la injusticia. Y esto resulta incomprensible para esa gente tan inteligente que con mirada displicente observa a su sociedad desde una elevada colina. Para ellos, si todos inclináramos la cabeza y estuviésemos dispuestos a aceptar el carácter "natural" de las desigualdades, Argentina (¡y el mundo!) sería un paraíso terrenal. Por eso, no hay que llamarse a engaños, cuando los intelectuales que expresan simbólicamente el mundo material existente llaman a la unidad, nos están convocando a la sumisión para que las cosas sean como habitualmente han sido: fiesta para unos pocos y hambre para la mayoría.

Sin embargo, cuando individuos, movimientos y (o partidos "malditos" convocan a otro tipo de unidad, la unidad de todas las clases y sectores populares para modificar el mundo de la injusticia social (que en el seno del capitalismo dependiente se corresponde tanto con una lucha de liberación social como, a la vez, nacional), ellos los clasifican como subversivos, agitadores, promotores del odio entre clases y enemigos del bien común. Un ejemplo muy claro en la Argentina actual puede observarse en el conflicto con ese colectivo falsamente homogéneo que se conoce como “el campo”.

Detengámonos por un momento en dicho ejemplo. El campo en realidad no existe, lo que existe es un conjunto heterogéneo de clases y sectores sociales con diversos intereses (algunos objetivamente contrapuestos) que en el plano cultural son conducidos por una fracción de la clase dominante: la oligarquía agraria. Es decir, las ideas que esta clase se ha forjado acerca de sí misma y de “los otros” son las que gobiernan buena parte de las cabezas no pertenecientes a dicha clase. A eso se le denomina hegemonía. La oligarquía agraria se presenta entonces a través de su intelectualidad (teóricos, cientistas sociales, periodistas de renombre, profesores respetados, etc.), como expresión de la unidad de todo el campo y esencia misma de la Patria desde sus orígenes hasta la actualidad. Que otros grupos sociales del mundo agrario compuestos por medianos y pequeños productores puedan sentirse expresados en dicho discurso, mucho tiene que ver con la falta de desarrollo de una conciencia propia de sus verdaderos intereses. Entonces, ese lugar es ocupado momentáneamente por las ideas que expresan los intereses de otra clase (la oligarquía) a la que no pertenecen ni pertenecerán. Tienen por lo tanto un comportamiento típico de “medio pelo”, viven un falso status. Basta decir que si la 125 estuviera en vigencia los propietarios pequeños se hubieran beneficiado muchísimo ante la caída internacional de los precios de la producción agraria, sin embargo buena parte de sus dirigentes lucharon contra ella logrando el voto negativo del Senado de la Nación.

Desde ya, a esta altura de la historia del capitalismo imperialista, la oligarquía actúa en el campo con viejos y nuevos componentes y asociada con el capital financiero internacional (hoy en crisis). Pero esa asociación es la que más descubre el carácter falso de la unidad promovida por esta fracción de la clase dominante argentina. Resulta difícil entender por qué los sectores más perjudicados del campo (trabajadores rurales y pequeños propietarios), deberían aliarse con corporaciones que reinvierten buena parte de sus beneficios económicos (obtenidos en nuestra tierra) en espacios distintos de donde los obtuvieron, cuando cualquier manual serio de economía enseña que sin reinversión no hay desarrollo sostenido. Por otra parte, nada nuevo descubrimos si recordamos que la lógica de acumulación del capital de nuestra oligarquía se ha inscripto predominantemente en el circuito de la especulación. En definitiva, ni el capital imperialista ni la oligarquía podrán jamás favorecer el desarrollo interno porque responden a una lógica económica ajena a dicho objetivo.

La unidad popular y nacional es por lo tanto una forma distinta de percibir y proponer la unidad. Parte del supuesto explícito y fácilmente verificable a través de una investigación seria, de que la única alternativa para generar el desarrollo autosostenido y con justicia social en la Argentina, consiste en impulsar la unidad de las mayorías explotadas, perjudicadas o directamente marginadas por una minoría que realiza sus intereses de clase aliándose con el capital financiero del mundo imperialista. La unidad popular, por otra parte, para que alcance la realización plena de sus intereses objetivos en un espacio económico y cultural sustentable, debe trascender el reducido espacio de la patria chica incorporando la noción y práctica de la Patria Grande Latinoamericana. Es una unidad por lo tanto que circula por dos carriles convergentes:

1. Unidad de las mayorías sociales argentinas, cuya expresión más acabada se manifestará cuando se concrete la alianza plebeya de los obreros (ocupados y desocupados) con las capas medias;

2. Y unidad con las otras alianzas plebeyas del conjunto de patrias chicas que integran la Patria Grande.
Es por lo tanto inclusiva de las mayorías sociales para un desarrollo nacional con justicia social; y eso supone enfrentar a las minorías enemigas de dicho proyecto. Si se acepta la validez del planteo formulado, obviamente resulta prioritario construir a través de una práctica política consecuente una relación de fuerzas muy favorable (todavía no lo es) para corregir debilidades y profundizar el rumbo actual. No comprenderlo, apostar a la teoría platónica de la armonía de clases, retomada en el siglo XX por los sociólogos funcionalistas, y negada por nuestra realidad en reiteradas ocasiones, es condenar al fracaso una oportunidad histórica inigualable, que nos presenta un nuevo siglo definitivamente inmerso en la fenomenal crisis del capitalismo mundial.

La Plata, 7 de Marzo de 2009


 

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