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¡No son todos oligarcas!
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040409 - Algunas fragmentaciones ocurridas dentro del campo nacional y popular en los últimos años, como la constitución de Proyecto Sur o la más reciente escisión de Libres del Sur, constituyen hechos que sin ninguna duda restan a la hora de gestar y consolidar un gran bloque histórico alternativo al que durante décadas han hegemonizado la oligarquía nativa y su socio mayor, la burguesía imperialista del Norte. Subestimar esta objetiva fragmentación (una más de la posmodernidad) no ayuda a resolver el problema, y estimularla con posturas revanchistas o intolerantes por parte de los militantes que apoyan el proceso K puede constituir un gravísimo error que habrá que lamentar en un futuro no muy lejano.

Alguna vez el sabio Fidel Castro le dijo a Hugo Chávez “En Venezuela no hay cuatro millones de oligarcas” (los votos que sumaba la oposición por entonces). En Argentina, el mayor apoyo popular para un proyecto nacional y popular (registrable en términos cuantitativos) se dio en 1951 y en 1973 cuando Juan D Perón cosechó en ambas oportunidades aproximadamente el 62% de los votos. Pero tampoco en esas coyunturas triunfales los oligarcas argentinos constituían el 38 % restante. Como sabemos, su base social era el medio pelo, que no es lo mismo que la oligarquía, error conceptual de trágicas consecuencias para el campo popular. ¿Qué decir de la Argentina actual? Si en este 2009, a poco de celebrarse un nuevo proceso electoral, el gobierno de los Kirchner llegara a encontrar dificultades para alcanzar tan sólo el 40% del apoyo popular, nadie podría inferir seriamente que estamos en presencia de un 60, o más, de enemigos del pueblo.

Este tipo de análisis simplista, que no va más allá de la realidad inmediata y es ajeno a toda interpretación estructural que permita construir estrategias revolucionarias (por lo tanto de largo aliento) sólo puede servir para gestar futuras derrotas. Que algo no sea de una determinada manera en el presente, no significa que no contenga en su seno la posibilidad de llegar a serlo en el futuro. Y allí radica la diferencia entre una política coyuntural (positivista, sectaria, reformista) y otra estructural (dialéctica, integradora, futurista y realmente revolucionaria) dirigida a cambiar en serio la sociedad. Es por lo tanto esencial detectar el posible desarrollo de lo que ahora “es” hasta transformarse en su opuesto, ya que si no se construye un bloque alternativo de poder que nos permita superar la simple alternancia en el gobierno (concepción liberal de la democracia) estaremos condenados a repetir la historia de los países capitalistas dependientes.

Aquellos que no se identifican con un proyecto político transformador (aunque tenga límites que deben ser superados) no son necesariamente sus adversarios orgánicos, ya que en estas cuestiones interviene un factor tan complejo como la conciencia. Toda clase social tiene intereses concretos (económico-sociales), pero que ellos sean claramente identificados por sus integrantes en el plano ideológico y organizados sistemáticamente en el político (para luchar por su realización) son momentos distintos que rara vez se dan en forma simultánea. No entenderlo ha conducido a no pocos analistas y protagonistas de la política a caer en un determinismo por momentos patético. Así se manifiesta todo aquel que cree que los intereses materiales concretos de una clase han de proyectarse linealmente en el plano de la conciencia o de las ideas. Esta supuesta linealidad es aún más improbable en los sectores populares (sobre todo en las volubles capas medias) porque entre sus intereses concretos y la representación simbólica de los mismos (su conciencia) suele interponerse el conjunto de ideas que los intelectuales de las clases dominantes han gestado y difundido para conquistar las cabezas de los dominados, retrasando su proceso de liberación durante todo el tiempo que las ideas dominantes sean vividas como propias.

En los países dominados por el capital imperialista mundial, aliado con las oligarquías nativas, los movimientos de liberación nacional como el peronismo histórico o el chavismo actual, cumplen una extraordinaria función ideológica y política porque dan un paso enorme en el desarrollo de la conciencia revolucionaria de sus pueblos, aunque siempre ha estado presenta la dificultad de integrar a buena parte de las capas medias. Efectivamente, luchar por la liberación de la fuerza imperial y sus aliados internos, significa también construir y difundir una visión de mundo alternativa a la dominante a partir de la práctica, ya que toda buena teoría revolucionaria sólo pude gestarse como una acertada reflexión sobre lo que se hace y cómo se hace. Dicha reflexión sistematizada como teoría sirve a su vez para orientar una nueva práctica revolucionaria mejorándola. Práctica y teoría constituyen por lo tanto una unidad inescindible.

Cuando la conciencia popular no ha alcanzado su mayor desarrollo posible o ha manifestado incluso retrocesos, cuando las ideas del enemigo vuelven una y otra vez con la fuerza de la “novedad ideológica-política”, cuando algunos dirigentes enrolados habitualmente en el campo nacional y popular pierden la brújula y comienzan a construir política con tácticas de corto alcance (como la pelea por cargos) olvidando aquello que es estratégico (la lucha totalizadora por la liberación nacional y social), la obligación del militante consustanciado con el proceso de cambio es no resultar funcional a las fragmentaciones que fogonea el enemigo, las mismas que el compañero despistado ha comprado creyendo que está protagonizando un cambio radical cuando lo que realmente hace es debilitar lo poco o mucho que se ha construido.

Algunas posturas esgrimidas por grupos que objetivamente pertenecen al campo nacional y popular de la Argentina pero que se empeñan en dividir resultan francamente sorprendentes. Nos dicen que el proceso K ha tenido grandes méritos que lo diferencian del neoliberalismo (como la estatización de las AFJP, la política de derechos humanos, la integración de cuño latinoamericanista y otros) pero resulta que como hay debilidades y contradicciones (por ejemplo la política minera-energética o la decisión de Néstor Kirchner de inclinarse por la estructura partidaria del PJ) entonces salen a construir una nueva opción nacional y popular porque la existente no tiene esa pureza química que el despistado busca siempre, y desde ya nunca encuentra. Monumental error que en la práctica real (no la que es visualizada desde la subjetividad más absoluta) genera un tremendo debilitamiento del proceso de cambio concreto y simultáneamente fortalece al enemigo principal. Esa peculiar manera de hacer política revolucionaria se parece mucho a “cuanto peor, mejor”. Sin embargo, como decía en un párrafo anterior, la intolerancia de los militantes que siguen con los pies dentro del plato minando todos los puntes hacia el futuro y los necesarios reencuentros con los compañeros que perdieron la brújula, no ayuda a resolver el problema y puede resultar también muy funcional a los intereses de la oligarquía y el imperialismo. La consigna actual del militante consecuente debe ser, por lo tanto: no fogonear la fragmentación y mantener los puntes siempre tendidos para que sea posible, más temprano que tarde, una construcción política multitudinaria cuya estrategia apunte a profundizar lo ya conquistado. Sólo así la liberación de los pueblos oprimidos logrará marchar por un camino sin retorno.

La Plata, 4 de abril de 2009


 

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