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La política del avestruz no construye poder
Alberto J. Franzoia - Otros textos del autor

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030809 - Cuando una parte significativa de los factores que conforman la superestructura cultural de una sociedad está dominada por el bloque oligárquico-imperialista, se logra borrar de la memoria de importantes sectores sociales el origen de sus males. Sólo así resultó posible que buena parte de las capas medias, y aún fracciones vinculadas a los estratos más populares, pudieran votar en este duro 2009 a los candidatos del establishment.

Porque eso y no otra cosa representan los candidatos electos de Unión- Pro y la Coalición Cívica. En ambos casos se trata de un intento de regreso al poder de viejas ideas (con la crisis mundial más viejas que nunca) y de estructuras políticas desestructuradas, expresadas por el prepotente discurso de muchos viejos y algunos nuevos personajes que ejercen como intelectuales orgánicos de las clases dominantes.

Pero quizás uno de los factores más preocupantes de la situación actual es que el discurso que cosechó más adhesiones, como producto de la suma de todos lo fragmentos que expresan lo mismo (las ideas del bloque oligárquico-imperialista), haya sido de una pobreza exasperante. ¿Quién pude afirmar con certeza qué es lo que propone el hombre de la eterna y falsa sonrisa, Francisco De Narváez, para superar todo los males que denuncia? ¿Y el fascista Macri, la Madre Teresa de Calcuta Michetti, la apocalíptica Carrió o el no positivo Cobos? Cuando una campaña política centra su discurso en denuncias de hipotéticos fraudes, imprecisas acusaciones de corrupción, superficiales planteos sobre la legitimidad o ilegitimidad de las candidaturas testimoniales y yerbas similares, pero no explicita cómo los denunciantes van a construir un país con desarrollo económico-cultural y justicia social, casi nadie se los pregunta y muchos los votan igual, algo malo está sucediendo. Sobre todo cuando quienes sí recurren a la memoria del pasado reciente, advierten que lo que nos proponen (explícita o implícitamente) es volver al modelo que engendró los males que aún hoy no hemos logrado superar.

Un compañero me dijo que no estamos tan mal en el campo de las ideas porque los neoliberales no pueden explicitar todo su discurso si realmente quieren ganar. Reflexiono: pero si vuelven al poder sí lo harán y actuarán en consecuencia. Por lo tanto, lo malo es que no podamos visualizar con claridad en qué consiste lo que no se explicita, ya que todos esos personajes tienen un pasado cercano perfectamente reconocible y ninguno ha renunciado al mismo. Si las ideas son claras y el campo nacional y popular está culturalmente sólido, cómo pude un integrante de las capas medias empobrecido por el neoliberalismo, o un trabajador desocupado como consecuencia de la desindustrialización vivida, votar por los que le financiaron campañas a Menem, fueron parte de sus gobiernos (y, a diferencia de los Kirchner, nada indica que se arrepientan) o integraban la apoyatura política del presidente que debió huir en un helicóptero. Si la historia está fragmentada y no logramos unir sus partes, si entre las fábricas cerradas y los menemistas o entre la fuga de capitales y la Alianza no hay vínculos detectables para una fracción muy importante de argentinos, difícilmente comprendamos qué nos pasa, por qué nos pasa y cómo modificarlo. En esas condiciones podemos sostener que el campo de las ideas, la superestructura cultural, está dominada aún hoy por los intelectuales del bloque oligárquico-imperialista. Pero ese no es un problema del hombre de a pie sino de sus dirigentes e intelectuales. Algunos políticos del campo nacional prefieren mirar para otro lado, tanto que cuando leen críticas de este tipo creen que son innecesarias o poco convenientes, y hasta algunos compañeros optan por no difundirlas. En realidad lamento decirlo pero es tipo de “apoyo” acrítico, tan cercano a la política del avestruz, sólo servirá para cavar nuestra propia fosa. Advertirlo ahora, antes de que sea demasiado tarde, es el deber de quienes estamos empeñados en construir otra historia posible, que es mucho más que esa que se manifiesta en una concepción liberal de la política basada en ganar y perder elecciones alternativamente. Los cambios profundos, los que tocan los intereses de los enemigos de la Patria requieren de tiempo, como lo saben líderes de la talla de Hugo Chávez.

Creer que Néstor Kirchner perdió en muchos municipios de la provincia de Buenos Aires por la traición de ciertos intendentes K, o qué todo fue culpa sólo del eterno medio pelo nacional, es una simplificación que no conduce a revertir la evidente derrota. Sí, evidente derrota, porque tampoco ayudará hacer malabarismo con los números para demostrar que en realidad “no se perdió”. Si en algunos lugares los intendentes K lograron un amplio apoyo de los sectores más populares pero los mismos votantes optaron por De Narváez cuando había que pasar del terruño a la Nación, será necesario analizar con seriedad qué pasó. Lo mismo vale a la hora de limitar todo el abordaje sociológico a las capas medias y su tendencia a ejercer ese mediopelismo que tan bien caracterizó Arturo Jauretche. Instalarse allí es cristalizar en los años cuarenta o cincuenta, cuando la realidad actual es distinta y más compleja, ya que en dicho análisis no se contempla el voto contrario al campo nacional-popular de franjas de trabajadores ocupados y desocupados. Por otra parte, destrozar a las capas medias (que algunos llaman pequeña burguesía) con un discurso prepotente, no servirá para conquistar las múltiples voluntades que son imprescindibles para derrotar a las fuerzas oligárquicas. Derrotarlas, así es, porque cada vez que se manifiestan con sinceridad, como lo hicieron recientemente en la Rural, confirmamos que con ellas no hay posibilidad de constituir una “mesa de la cerveza”, como hizo Obama en EE.UU. para limar asperezas entre blancos y negros.

Comprender el estado actual de las ideas dentro de las clases y sectores sociales que objetivamente componen el campo nacional y popular, superando apologías que debilitan más de lo que fortalecen, lleva a la imperiosa necesidad de asumir que la presencia constante del neoliberalismo desde mediados de los setenta ha dejado una huella profunda en muchas conciencias. Revertirlo no será cuestión de unos pocos años con más proclamas que trabajo político-cultural coherente y comprometido. Si tomamos como ejemplo lo que electoralmente ocurrió en un municipio tan popular como Ensenada (cercano a La Plata), hay que decirlo sin ambigüedades, el Intendente Seco (que ganó con comodidad) no traicionó a Kirchner (que perdió), lo que pasó es que amplias franjas del campo popular decidieron no votarlo. Pero allí hay una clara fractura conceptual en la cabeza del votante. ¿Cómo es posible que quien apoya al Intendente Seco crea que éste podrá continuar su buena obra local con un poder legislativo nacional o un futuro presidente neoliberales? ¿Existe allí una visión de mundo que permita ver la relación de las partes? El Intendente peronista Álvarez, integrado después de la derrota al gabinete de Scioli lo expresa en estos términos: “Todos hicimos un gran esfuerzo. Kirchner se camino todo. Scioli recorrió miles de kilómetros en pocas semanas y los intendentes pateamos miles de cuadras, para obtener un resultado positivo. El gobierno nacional nos dio muchos recursos para obras. Hemos tenido pavimentos, cloacas, viviendas, desagües, escuelas como nunca antes. Hay cosas que está fuera del alcance de cualquier ser humano. Nosotros no podemos manejar la cabeza de cada habitante de nuestras ciudades.”. En dichas circunstancias uno puede inclinarse por diversas alternativas para explicar lo ocurrido:
 
1. negar la realidad gritando al borde de la neurosis “NOS TRAICIONARON”;

2. creer como Álvarez que son elecciones absolutamente individuales de cada votante (explicación bastante liberal por cierto);

3. o bien uno pude apostar a un trabajo cultural serio, porque las cabezas no andan a la deriva, simplemente pueden ser captadas por las clases dominantes y eso sólo se revierte jerarquizando la producción y difusión de ideas alternativas, porque no todo se define en el terreno exclusivamente material.

Las dos primeras opciones, muy poco recomendables por cierto, conducirán a nuevas y más duras derrotas, la tercera, a la posibilidad de construir triunfos mucho más sólidos que los que genera una circunstancial elección.

Sacar enseñanzas de la derrota es cuestión de políticos inteligentes que apuestan a construcciones estratégicas, las únicas que cambian verdaderamente la historia... Quedarse en el llanto por una derrota de coyuntura y responder con soberbia, falta de autocrítica o, peor aún, convencerse de que para mantener el gobierno es necesario renunciar al poder, es cosa de políticos débiles que no quieren cambiar nada, o sólo pretenden cambiar algo para que nada cambie, como en “El gatopardo”. El gobierno, lejos de ceder a los aprietes del bloque oligárquico-imperialista, deberá profundizar el rumbo económico de las transformaciones iniciadas con medidas que promuevan una cada vez mayor independencia económica, justicia social e integración latinoamericana. Pero, además, deberá estimular el trabajo cultural, porque esas medidas requieren de una conciencia sólida y una organización política consistente que permitan modificar la relación de fuerzas actual. Los pragmáticos suelen subestiman estas cuestiones, creen que es cosa de idealistas que vuelan a varios centímetros de la tierra. Sin embargo, si no incurriesen reiteradamente en dicho error, quizás la 125, que era una resolución económica muy importante para el campo nacional y popular, hubiera concitado apoyos definitivamente mayoritarios torciendo el pulso de muchos legisladores oportunistas. Y de haberse ganado esa batalla probablemente otro hubiese sido el resultado del 28 de junio. Pero aún estamos a tiempo para revertir la derrota si somos capaces de superar la política del avestruz.

La Plata, 2 de agosto de 2009

 


 

 

 

 

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