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¡Bienvenida hegemonía!
Alberto J. Franzoia - Otros textos del autor

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071111 - A un año de la partida de Néstor Kirchner el pueblo argentino dio su veredicto. Cristina, su compañera de toda la vida, en ciertos aspectos su mejor discípula, pero también el más importante cuadro político que gestó la dirigencia peronista en las últimas décadas, la que soportó estoica las peores agresiones de parte de la siempre omnipresente y perversa oligarquía argentina, cosechó casi el 54% de los votos. Ningún otro candidato durante estos 28 años ininterrumpidos de democracia consiguió semejante apoyo popular, ni siquiera Raúl Alfonsín en plena euforia del regreso a la vida constitucional y sin ningún tipo de desgaste previo. Claro está que el poder sólo desgasta al que mal gobierna, porque cuando se gobierna para el pueblo lo que se consigue es una creciente acumulación de consenso.

(Ver: Balance después de las elecciones presidenciales de octubre de 2011 en Argentina)

 

Los politólogos, sociólogos y comunicadores sociales “neutrales” nos dirán que ahora se corre un serio peligro hegemónico. Como suele ocurrir en aquellos medios oligopólicos y comprometidos con intereses privados concretos, los conceptos se instalan, circulan hasta la saturación del receptor, pero pocas veces son definidos con claridad. En este caso, el carácter réprobo que ha adquirido todo aquello que tenga que ver con la hegemonía (cuando es popular) va asociado al supuesto de que por hegemonía siempre debe entenderse: dominio de unos sobre otros. Sin embargo hegemonía deriva del griego «eghesthai», que significa conducir, ser guía.

Ocurre que para lograr la conducción en una sociedad es necesario construir consensos. En realidad, a lo largo de la historia han predominado las conducciones culturales de las clases dominantes (1); en el capitalismo desarrollado de la burguesía y en el subdesarrollado habitualmente lo ha conseguido la oligarquía. Para alcanzar ese objetivo se valen de una poderosa superestructura ideológica-política (y también jurídica) que produce y transmite bienes simbólicos (ideas, conceptos, teorías, condenas y absoluciones) al conjunto de la sociedad, presentando sus intereses de clase, minoritarios y corporativistas, como si fuesen los intereses supremos de toda la nación. Por ejemplo: en Argentina, según la versión mitrista de la historia, el campo es sinónimo de Patria, porque la Patria habría existido y vivido gracias a éste. Cuando ideas semejantes son instaladas por clases o fracciones de clases como la oligarquía agraria (que se presenta a sí misma como “el campo”) es posible conducir a una parte significativa de la sociedad recurriendo a los intereses de una minoría; así ocurrió en 2008 con la oposición a la 125.

(Ver:
Hijos, nietos y familiares de represores enfrentaron al juez Lorenzetti, de Argentina)

Sin embargo las clases dominadas (con los obreros a la cabeza) tienen una historia de lucha y a veces logran gestar procesos de contra hegemonía (conducción cultural alternativa a la dominante) que las lleva a iniciar transformaciones estructurales favorables a los intereses de la mayoría de la nación. No es necesario ser demasiado lúcido para comprender que ese tipo de hegemonía sólo puede resultar motivo de preocupación para aquellas clases minoritarias que verán amenazados sus privilegios de antaño. Todo indica que en varios países de América Latina lo señalado comienza a ser una realidad tangible en el siglo XXI.

En Argentina dicho temor invade a las diversas fracciones que conforman nuestra oligarquía: agraria, comercial, industrial y financiera. Fracciones todas que maximizan sus ganancias mediante la especulación, ya sea que para conseguirlo recurran a un régimen de propiedad privilegiada sobre las tierras más fértiles, al comercio de exportación-importación, al control oligopólico del mercado industrial, o la especulación lisa y llana en el mercado financiero. Pero, además, estas fracciones tienen estrechos vínculos con el capital financiero internacional, de allí la conformación de un bloque de intereses que es tanto oligárquico como imperialista.

Como no podía ser de otro modo, ante un gobierno de orientación nacional-popular como el de Cristina Fernández, que gracias a reafirmar el rumbo emprendido en 2003 por Néstor Kirchner ha incrementado sustancialmente su cuota de consenso, el bloque oligárquico-imperialista y sus voceros se preocupan por la hegemonía. Si fuesen serios y se interesaran realmente por la verdad (objetividad), nuestros intelectuales pro statu quo deberían aclarar que a sus patrones la única hegemonía que les preocupa es la popular.

(Ver:
Tráfico de Armas. 02: Justicia argentina barranca abajo)

Cristina y Néstor podrían haber retrocedido durante el conflicto de 2008, como han hecho buena parte de los gobiernos democráticos que supimos conseguir; pero no, fueron por más: asignación universal, ley de medios, fútbol para todos, estatizaciones de intereses privados, y sigue la lista. La consumación de hechos concretos condujo a nuestro pueblo a incrementar su apoyo. Ante ese tipo de conducción el bloque oligárquico-imperialista manifiesta entonces su natural preocupación, y recurriendo a sus “cerebros independientes” le llama hegemonía, pero adjudicándole el significado “dominio de unos sobre otros”.

Está bien que se preocupen, porque lo que el bloque nacional y popular debe construir, si quiere cambiar la historia en serio, es precisamente hegemonía, pero entendida como conducción cultural alternativa, para que de una vez por todas las enormes riquezas de nuestra nación dejen ser el patrimonio de un grupo selecto de privilegiados que viven de espaldas a las necesidades populares. En realidad el 54% que obtuvo Cristina, es el piso necesario para seguir construyendo consensos aún más amplios que permitan cambios estructurales; cambios profundos por lo tanto en la estructura económico-social de nuestra sociedad. Para ello será prioritario adecuar la realidad material a aquellas transformaciones que ya se van operando en la superestructura ideológica y política. Sólo así otro país será definitivamente posible, por lo que no cabe más que exclamar: ¡bienvenida hegemonía!

La Plata, 1 de noviembre de 2011

(1) Cuando esa conducción cultural no es suficiente para encolumnar a buena parte de la sociedad entonces se recurre a la coerción, de allí las dictaduras cívico-militares que hemos padecido en América Latina.


 

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