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Instituto Dorrego: dudas, aclaraciones y batalla cultural *
Alberto J. Franzoia - Otros textos del autor

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171211 - Hace ya unos días estalló la polémica en torno a la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. Si bien en un primer momento dicha polémica surgió a partir de las fobias manifestadas por los exponentes de la historia oficial, ya que sospechan que el gobierno intenta “imponer” un relato histórico alternativo al que Bartolomé Mitre y sus discípulos produjeron y difundieron por décadas, lo que me interesa abordar en este artículo son las reacciones que la cuestión ha generado entre algunos intelectuales que adscriben o apoyan al kirchnerismo formulando algunas reflexiones, a partir de ellas, sobre la batalla cultural.

La primera cuestión (la fobia mitrista) no es un tema menor pero ya ha tenido suficientes y contundentes respuestas desde la intelectualidad nacional-popular, por lo tanto pasemos a la segunda.

Para comenzar vale una aclaración: quien escribe dará su punto de vista desde el interior del bloque nacional, poniendo de manifiesto un absoluto desinterés por sostener un simulacro de neutralidad; tema que con frecuencia desvela a ciertos intelectuales que sobreactúan su rol de científicos. Por otra parte, si bien he escrito bastante sobre este problema epistemológico, debo dejar en claro que siempre defenderé la necesidad de cultivar ese rigor conceptual y metodológico que algunos compañeros equivocadamente subestiman; pero esto nada tiene que ver con la postura cientificista de quienes reclaman una (falsa) neutralidad como requisito para gestar conocimiento verdadero, ni con la descalificación automática de todo aquel que carezca de diploma, minimizando numerosos aportes realizados en largos años de práctica fecunda y comprobable; pero sólo en esos casos, lo que no supone ningún tipo de concesión a los improvisados de cualquier ideología, que suelen aprovechar las aguas del río cuando viene revuelto para macanear.

No faltarán desde ya quienes desde una tan vieja como desautorizada (por lo hechos) filosofía cientificista intenten convencernos de que la neutralidad es producto de los últimos avances registrados por las ciencias sociales, por lo que resistirse representaría una manifestación de anacronismo intelectual. En realidad la propia historia de la epistemología demuestra que semejante pretensión, contaminada por una cuota inocultable de soberbia, no representa más que un reciclaje de los viejos postulados positivistas del siglo XIX, tan afines con la versión liberal (y neoliberal) de la historia o de cualquier otra disciplina social. Esta visión cientificista de la ciencia fue desarticulada en nuestro país (y en el seno de su universidad) hace unas cuatro décadas por Oscar Varsavsky en un estupendo libro de lectura muy recomendable: Ciencia, política y cientificismo” (1).

(Ver: Norberto Galasso: historiador y militante de la Izquierda Nacional)

Dudas y aclaraciones

Resulta evidente que todo cientista social que participe del bloque nacional-popular (y en primer lugar sus historiadores), no puede acordar con la crítica prejuiciosa cuando no falaz surgida desde la intelectualidad liberal para justificar su rechazo al Instituto Dorrego. Sin embargo, como entre el apoyo al gobierno por todos sus logros y el aplauso bobo de los adulones (que en muchos casos son menemistas reciclados) hay un gigantesco abismo, algunos nos vemos en la obligación de manifestar dudas y ciertos cuestionamientos fundados, ya sea por los antecedentes de Pacho O’Donnell (el elegido para dirigirlo), como por algunas líneas internas presentes en su seno que motivaron la negativa nada menos que de Norberto Galasso a la invitación para integrarse como Miembro de Honor.

Enrique Lacolla en su artículo Los muertos que vos matais… (2) manifiesta dudas que comparto plenamente si nos remitimos a recientes declaraciones realizadas en un reportaje, concedido al diario La Nación (el diario fundado precisamente por Mitre), por el director del Instituto Dorrego. Refiriéndose a ellas Lacolla sostiene:

“En el reportaje O’Donnell se apresuró a puntualizar que no será objetivo del Instituto incorporar textos revisionistas a las escuelas secundarias. Estima que la historia de “ese personaje maravilloso que es Mitre” no será cuestionada. Nos preguntamos entonces para qué ha sido fundado el instituto. Pues si algo requiere este país es una visión que ponga en discusión –en sede escolar, universitaria y en los institutos militares- la pesada carga de una manera de comprender a la Argentina forjada en el siglo XIX a partir del interés coaligado de la burguesía comercial porteña, los usufructuarios de la renta agraria y la presencia del poder imperial de origen británico, que encontró en los libros fundadores de Mitre y de Sarmiento la base conceptual que suministró el relato que necesitaba para consolidar intelectualmente lo que ya había logrado con las armas.”

(Ver: Guía para orientarse en el laberinto económico de la actual crisis del euro)

Por si alguna duda cabe sobre su pensamiento, O´Donnell expresó conceptos similares en posterior programa televisivo (Hora Clave) conducido por Mariano Grondona en la noche del 4 de diciembre de 2011.

En otro trabajo sobre el mismo tema (titulado La discusión histórica es siempre sobre el presente) (3), Hugo Presman si bien considera positiva la creación del Instituto, simultáneamente manifiesta inquietantes reservas en relación a la figura de su director:

“O´Donnell, como hábil equilibrista, es revisionista en muchos aspectos pero al mismo tiempo no quiere romper con el guardaespaldas que dejó Mitre en cuyas páginas llegó a defender la guerra de la triple infamia. Ser revisionista mitrista es como atacar en materia futbolística lo que sucede en la AFA y defender al mismo tiempo a Grondona. O criticar la dictadura establishment -militar y defender a Videla. Incluso ahora que desde La Nación critican a O´Donnell recordándole " que participa en la televisión de las campañas publicitarias del gobierno", no tiene empacho en afirmar: " La historia de Mitre no será cuestionada. Yo soy un revisionista que nunca ha hecho antimitrismo...La historia oficial nace de ese personaje maravilloso que es Mitre". La Nación, lunes 28 de noviembre de 2011.
Si Mitre colocó arbitrariamente en la misma trinchera a enemigos irreconciliables como San Martín y Rivadavia, O´Donnell con el mismo método manifiesta su admiración por los caudillos federales sobre los cuales ha escrito conmovedoras páginas y enaltece al enemigo y asesino de algunos de ellos como Bartolomé Mitre. Siguiendo el mismo criterio, algún divulgador histórico del siglo XXII, imitando a Mitre y O´Donnell podrá escribir páginas emotivas sobre las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y reivindicar a los terroristas de estado, colocando a todos en la misma trinchera histórica.”

Las dudas que despierta en Lacolla un espacio dedicado a investigar y difundir nuestra historia, argentina e iberoamericana, como consecuencia de las declaraciones de O’Donnell, más el detallado abordaje que hace Presman sobre su figura, resultarían suficientes para entender, por otra parte, la no aceptación de Norberto Galasso para integrarse al Instituto Dorrego. Pero, en realidad, su rechazo es producto no sólo de la particular visión y trayectoria del director sino de otras cuestiones no menos preocupantes. Al respecto son reveladores dos fragmentos de la conocida respuesta (con fecha 30/11) de Galasso a Víctor Ramos, hijo de Jorge Abelardo Ramos, quien en texto dirigido personalmente al historiador se había lamentado por sus “enigmáticos” argumentos para justificar el rechazo (4). Sostiene Galasso en dicha respuesta:

“Carecería, pues, de sentido, sumarme a otro grupo donde es fácil
advertir que no coincidimos en interpretaciones sobre asuntos
importantes, como por ejemplo, la Revolución de Mayo, la
caracterización de Rosas, Urquiza, Mitre y Sarmiento hasta diferencias
políticas respecto al Golpe del 30 o al menemismo que derivan de la
influencia liberal-conservadora que pesa sobre algunos integrantes de
ese Instituto así como la influencia nacionalista clerical que pesa
sobre otros.

Trabajemos, pues, cada uno por nuestro lado. Por esta razón, señalé en
mi declinación al nombramiento, que deberíamos evitar equívocos para
dar la polémica a la Historia Social con posibilidades de éxito. Para
esa polémica es necesario, a nuestro juicio, tener en claro que hay
enorme distancia entre saavedrismo y morenismo, entre rosismo y
“chachismo-varelismo”, entre uriburismo e irigoyeinismo, entre
menemismo y peronismo histórico, entre nacionalismo e izquierda
nacional.”

(Ver: Fin del "capitalismo")

La batalla cultural

El proyecto político del kirchnerismo desde hace tiempo viene insistiendo, con acierto, en la necesidad de librar una batalla cultural, consciente de que si esa batalla no se gana será imposible construir otro país. El mismo deberá ser muy distinto al que se impuso a sangre y fuego durante la dictadura cívico-militar iniciada en 1976, y profundizado luego en los nefastos años de la democracia menemista. Este segundo dato no es para nada secundario como algunos compañeros pretenden, por lo que no puede soslayarse en el debate que desde adentro del campo nacional-popular estamos dando, y que desde ya debe incluir una revisión de ese periodo por parte de TODOS los que ahora apoyan (¿por convicción?) al kirchnerismo.

Una batalla cultural es obviamente una batalla de ideas, un intento por instalar una visión de mundo en este caso nacional, popular, latinoamericanista y democrática que confronte con otra antinacional, oligárquica, balcanizadora y autoritaria que durante décadas guió los destinos de nuestra nación. Nación que por imperio de la hegemonía cultural ejercida por esta última no fue durante gran parte de su historia una nación (y mucho menos latinoamericana), sino una semicolonia al servicio de los intereses materiales minoritarios de su oligarquía (con todas sus fracciones, incluida una supuesta e inexistente gran “burguesía nacional”) y de su aliado externo, la burguesía imperialista del capitalismo desarrollado.

Desarrollar, difundir e instalar una cultura alternativa, propia de los sectores mayoritarios y populares (trabajadores, capas medias y grupos sociales frecuentemente marginados) necesita entre otras cosas de un relato histórico (desde ya validado por toda la documentación disponible) acorde con sus intereses, que les permita reconocer una identidad para proyectarla desde un presente promisorio hacia un futuro definitivamente alternativo. Un pueblo que ignore su historia verdadera, porque ese lugar ha sido ocupado por una versión falsificada que lo excluye como sujeto, tendrá serías dificultades para construir un futuro de liberación. Dicha falsificación se ha construido con curiosos criterios “científicos” que conducen a sus cultores a ocultar, fragmentar, adulterar o diluir toda documentación existente contraria a los intereses de las clases dominantes, para que su producto se convierta luego en texto y discurso “verdadero” de los medios encargados de educar y formar generaciones enteras. Los sectores del privilegio con su fiel intelectualidad, conscientes de las ventajas que acarrea el ocultamiento de la verdadera historia de un pueblo, no pueden menos que crisparse cuando sus certezas corren algún riesgo.

En ese marco se inscribe el temor y la desmedida reacción que ha generado el Instituto Dorrego. Pero lo cierto es que la crispada respuesta de la intelectualidad pro statu quo no alcanza para aplaudir su aparición obviando cualquier crítica, so pretexto de hacerle el juego al enemigo. Semejante postura sólo serviría para empobrecer la propuesta kirchnerista, cuando lo que se necesita es profundizar el modelo a través del debate franco entre compañeros. Desde ese lugar de compromiso militante y a la vez crítico considero pertinente entonces exponer cuestionamientos, algunos implícitos en grandes interrogantes que varios nos formulamos. Por ejemplo:
¿Es posible dar la batalla cultural, generando y difundiendo un relato histórico alternativo y riguroso (que sea capaz de sacar a la luz todos los documentos históricos existentes), con una actitud simultáneamente respetuosa hacia Bartolomé Mitre (según declara O´Donnell, su director), quien fue maestro en el “arte” de ocultar la historia que contrariaba los intereses de la oligarquía y la burguesía inglesa durante el siglo XIX? ¿No hay una evidente contradicción en ese dualismo histórico? ¿Tiene sentido dar la batalla cultural con algunos intelectuales que en los noventa fueron parte del relato menemista, que entre otras cosas incluyó el abrazo de Carlos Menem con el fusilador Isaac Rojas, algo bastante parecido por cierto a un revisionismo respetuoso de Mitre y su descendencia? ¿Esa postura no tendrá consecuencias políticas no deseadas para nuestro presente y futuro si lo que buscamos es profundizar el modelo para gestar una Argentina realmente liberada de sus opresores? ¿Se puede construir un relato histórico no sólo alternativo sino riguroso si comenzamos ocultando en recientes declaraciones y artículos datos pertinentes, como por ejemplo aquellos que dan cuenta de los aportes gestados por todas las figuras destacadas de la izquierda nacional y no sólo de una fracción afín con la conducción del Dorrego? ¿Se puede desvincular la política mitrista del siglo XIX de lo que expresó el menemismo en las postrimerías del siglo XX?

(Ver: El reino de España al servicio de banqueros, empresarios y políticos corruptos)

Tanto la pretensión del fin de los paradigmas como de la supuesta fusión de los mismos en el campo de las ciencias sociales, si bien tiene varios antecedentes a lo largo del siglo XX, es consolidado como producto simbólico por los intelectuales orgánicos de la clase dominante (burguesía financiera imperialista) en el último tramo de dicho siglo. La intención era gestar una hegemonía cultural a nivel mundial (legitimada por la “ciencia”), como superestructura del dominio económico que el neoliberalismo venía desarrollando desde mediados de los setenta. Su caballito de batalla fue el fin de las ideologías que se manifestó con tremenda potencia a partir de la crisis y posterior desaparición de la Unión Soviética. Y su expresión más burda, “el fin de la historia”, que fue proclamado por Fukuyama, no ocultó que en realidad lo que se estaba planteando era el definitivo triunfo del neoliberalismo. El conflicto había concluido y sus teóricos (científicos o no) estaban enterrados, por lo menos ese era el deseo de la reacción mundial. Desde ya esta visión internacionalista llegó a nuestro país y se instaló con numerosos cultores que intentaban consolidar hacia adentro la hegemonía oligárquica, clase aliada desde siempre a la clase dominante del mundo imperialista y fiel reproductora de su pensamiento. El menemismo de los años 90 resultó la expresión más brutal (por su desfachatez) de esta aberrante ideología con pretensiones de “verdad científica”. Pero lo peor fue que más allá de su magra producción intelectual, no estuvo exento de consecuencias políticas, económicas, sociales e ideológicas que aún hoy estamos tratando de revertir. Entonces: ¿qué hacer para revertirlas hasta sus últimas consecuencias?

Una historia revisionista que no ponga en tela de juicio la historia oficial narrada por Mitre y sus descendientes (incluida la historia social y su supuesta cientificidad surgida en la universidad de la “revolución libertadora”), no es otra cosa que causa y consecuencia de aquella fenomenal derrota vivida hace más de veinte años, cuando el peronismo fue vaciado de contenido nacional y popular. Y una historia que no explicite los vínculos entre mitrismo y menemismo nos condena a un futuro incierto. No resulta secundario por lo tanto que el designado director del Dorrego haya actuado como funcionario de Menem y reivindicado su acción política (como deja constancia en el prólogo que escribió para las memorias del riojano), o que exista una línea interna en el instituto que, en el mejor de los casos, no se expide con claridad (y mucha autocrítica) sobre aquellos años de derrota. Si este revisionismo no es antagónico con la figura de Mitre y su corriente histórica por qué motivo habría de cuestionar, entre muchas otras cosas, el abrazo Menem-Rojas. La lógica de esa visión historiográfica que O´Donnell expresa, sirvió precisamente para consensuar la lógica política de los noventa, y ésta, a su vez, se apoyó en ella. Pregunto entonces ¿es este tipo de visión las más aconsejable para profundizar el actual modelo con una historia de claro contenido nacional y popular que lo avale y potencie? ¿O no tiene nada que ver, por ejemplo, el Plan de Operaciones de Mariano Moreno (que Mitre ocultó o “perdió” cuando Norberto Piñero se lo pide para publicarlo en la edición de “Escritos de Mariano Moreno”) con la Argentina que queremos ser?

(Ver: El arte de la guerra)

Si lo que intentamos construir es un presente distinto de aquel pasado cercano (aún demasiado cercano) para proyectarnos hacia un futuro superador de la Argentina que estalló en 2001, resulta conveniente impulsar un conocimiento riguroso de toda nuestra historia que nos permita gestar y difundir un relato realmente alternativo al de la historia oficial (ocultadora de datos y de otras interpretaciones posibles); en su defecto estaremos condenados a repetir errores y dramas. Esto nada tiene que ver con el intercambio democrático de opiniones, como pretende hacernos creer la descafeinada visión posmoderna o el menemismo desmemoriado. Cuando se aborda la historia no hay opiniones sino relatos verdaderos o falsos. Un relato verdadero (nunca la verdad absoluta pero tampoco el inconsistente relativismo) se construye con toda la documentación histórica disponible; recién a partir de allí pueden surgir diversas interpretaciones del dato. Pero, y ese es el meollo de la cuestión, sin datos validados por la documentación observable (y diversas técnicas complementarias) no hay ninguna posibilidad de tener un relato histórico verdadero. Desde ese lugar es que se le debe negar entidad a la figura del “historiador” Mitre y descendientes. Si el revisionismo nacional y popular tiene una razón para existir (con los enormes aportes del revisionismo de la izquierda nacional incluido) es porque ha sacado a la luz lo que la historia oficial ocultó. Y esos datos revelados le dieron un sentido totalmente distinto a nuestra historia. Por lo tanto no se trata de incorporarle al mitrismo un poco de revisionismo, o al revisionismo un poco de mitrismo para posar de democráticos. La única posibilidad de conocer la historia verdadera (con la mayor objetividad posible pero sin neutralidad) es exponiendo todos los datos, validándolos con la documentación disponible e interpretándolos con el rigor conceptual (nada neutral) que los oprimidos necesitan para liberarse de sus históricos opresores.

En el final debo dejar constancia entonces, de que los hechos señalados por otros compañeros, unidos a los que he podido constatar personalmente, me generan más dudas que euforia a la hora de evaluar el surgimiento del Instituto Dorrego. Necesitamos consolidar y difundir un relato histórico definitivamente distinto al liberal-conservador (o su versión progre) para la construcción y desarrollo de un proyecto de liberación consecuente. Lo deseable es que, con los matices que nos diferencian, podamos marchar juntos con aquellos integrantes del Dorrego que han sido militantes consecuentes del campo nacional y popular, ya que el enemigo es demasiado poderoso como para dividir esfuerzos. De los que extraviaron el rumbo en los noventa lo menos que se puede esperar es una sincera autocrítica, en su defecto no resultarán confiables. Se sabe que en política las sumas a veces restan, por lo tanto lo mejor será poner el necesario filtro para que este intento no sea copado por los oportunistas de siempre. Desde ya, tratándose de historia, ella tendrá la última palabra…

La Plata, 13 de diciembre de 2011

Oscar Varsavsky: Ciencia, política y cientificismo, Centro Editor de América Latina, 1972.
http://www.elortiba.org/cs_doc5.html#Los_muertos_que_vos_mat%C3%A1is
http://www.elortiba.org/cs_doc5.html#La_discusi%C3%B3n_hist%C3%B3rica_es_siempre_sobre_el_presente
http://www.facebook.com/pages/Corriente-Pol%C3%ADtica-Enrique-Santos-Disc%C3%A9polo/212288542152335

* Producido para Cuaderno de la Izquierda Nacional


 

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