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Este texto fue censurado por la Revista Enfoques Críticos de
noviembre de 2005
131005 -
Darío Santillán y Maximiliano Kostecky
en la memoria histórica del pueblo argentino en el camino
de la liberación nacional y social.
La Plaza histórica
Cuando la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre devolvió al pueblo a
su lugar histórico y a su Plaza, no sólo acabó con un gobierno colonial y
corrupto sino que abrió una nueva etapa que aun transitamos. Esa noche y
el día siguiente, el pueblo volvió a ocupar los lugares que a lo largo del
tiempo habían significado el ejercicio más fuerte de la soberanía popular
desde que se derrocara al Virrey Sobremonte y Buenos Aires se atribuyera
la dirección política del territorio de las Provincias Unidas. En la Plaza
de Mayo una nueva generación de argentinos ponía el cuerpo a la causa de
la Patria, enfrentaba con piedras, motos y palos la brutal represión de la
policía colonial y asesina. Mostró que una nueva juventud se sumaba con
sus códigos y tribus al viejo combate por el sueño inconcluso de Moreno.
Una nueva generación ponía sus casi 40 muertos inmolados para recuperar de
alguna manera la Patria devastada por la traición, la entrega, el
genocidio silencioso y brutal del hambre acompañado por el terror del
‘gatillo fácil’, el encarcelamiento masivo de los jóvenes y las políticas
de "mano dura" para acabar con la resistencia de los pobres. Esos días una
nueva generación junto al pueblo todo recuperó algo más que su Plaza
histórica -amén de las otras Plazas y barrios de la nación donde se peleó
los días previos y posteriores al 19 y 20. En esos gloriosos -y trágicos-
días nuestro pueblo recuperó su dignidad, su recuerdo de una historia que
es de las más maravillosas del orbe, ocultada, bastardeada, mentida,
blasfema da y banalizada desde lo académico, lo cultural y lo mediático
del poder colonial que nos gobierna desde 1976. Esos días los jóvenes y
adultos que salieron a luchar por su dignidad acabaron con la estupidez
mediática y colonial de la Gente -al decir de Graciela Fernández
Meijide y Chacho- recuperando la categoría histórica de Pueblo y ¡oh!,
simultáneamente! -y allí estaba la cuestión-, también reaparecía la
categoría de Oligarquía. Por eso allí recomenzaba la historia del
pueblo argentino que Don Alfonso primero, el Infame Traidor nacido en
Anillaco luego y el Opa Solemne intentaban congelar para siempre en
la sumisión colonial y en la destrucción de nuestra nación. En un sentido
histórico concreto, hasta allí los 70 eran asignatura pendiente, a partir
del 19 y 20 comenzaban a ser historia.
El Puente Pueyrredón
Si bien la rebelión del 19 y 20 no pudo aún generar un nuevo movimiento
nacional y popular que continúe la obra de los anteriores -Los
Revolucionarios de Mayo, la emancipación, los caudillos federales, el
radicalismo, el peronismo- lo dejó sin embargo planteado. El poder pudo
emerger de la crisis apelando a su "izquierda" -Kirchner, siempre fue la
izquierda de Duhalde, aunque socio de Repsol, y amigo de las privatizadas
y del capital financiero - no había otra posibilidad. Carlitos,
López Murphy, Reutemann, De La Sota -imposibilitado Duhalde por el repudio
del pueblo a a su gobierno- implicaban la guerra civil, con una rebelión
popular en marcha y de características imposibles de medir en su extensión
y profundidad para el poder. Kirchner era la mejor salida para el poder
colonial, como lo ha demostrado sumando a su travestismo neocolonial a
sectores de vieja militancia y pertenencia al campo popular. Pero para que
esa salida fuera posible el pueblo debió abortar una vez más el intento
fascista de Duhalde, Alfonsín, Carlos Saúl I, López Murphy, Rucucu
y Felipe Solá: la brutal provocación del Puente Pueyrredón incluía el plan
de reprimir, ilegalizar y escarmentar al potente movimiento piquetero que
había emergido como memoria histórica de la gloriosa clase obrera
argentina. No en vano nuestro pueblo ha prohijado el mayor movimiento de
trabajadores desocupados del mundo -el movimiento piquetero. Lo ha hecho
porque poseyó la clase obrera más sindicalizada del mundo: 98 % de los
trabajadores argentinos entre 1944 y 1976 trabajaban en blanco y estaba
sindicalizados. Con comisiones internas y cuerpos de delegados de fábrica
que condicionaban en lo concreto al capital y permitieron condiciones de
vida mejores para nuestros trabajadores que en otros países del mundo
incluidos varios países de Europa, los EE.UU., y hasta la propia URSS. Esa
movimiento piquetero emergido de la destrucción física y real de la clase
trabajadora: el 24 de marzo de 1976 teníamos 6 millones de trabajadores
industriales, en diciembre de 2001 dicha cifra había bajado a menos de 1
millón; la participación de la clase trabajadora en el PBI había
descendido del 48% en 1974 -en 1955 era del 54%- al 18 % en 2001 y el 58 %
de los 30.000 desaparecidos eran dirigentes sindicales de base. De tal
forma que esa memoria, traicionada por la conducción sindical existente
cómplice directa de la destrucción de la nación industrial, tecnológica y
científica -sin la complicidad de la dirección de la CGT Carlos Saúl jamás
habría podido destruir la nación- que además se niega a incluirlos en los
sindicatos para fortalecer la lucha de ambas clases obreras, la ocupada y
la desocupada. Esa memoria decíamos, reaparecía bajo la forma de los
trabajadores desocupados y su hijos, que se reorganizaban en piqueteros y
retomaban las formas de lucha de las masas rurales durante el siglo XIX y
de los propios orígenes del movimiento obrero. Porque, pese a la infamia
de la publicidad del Gran Diario argentino - de 60 años de
antigüedad- un "piquete" era la medida que los trabajadores en
huelga organizaban en los accesos de las empresas para impedir el ingreso
de los "carneros" y esquiroles enviados por la patronal. Que esos piquetes
tuvieran -en un sentido- el aspecto de las montoneras del siglo XIX habla
de lo permanente de nuestro pueblo y sus formas de resistencia. Acabar con
ese movimiento era el objetivo del poder colonial que capitaneaba Duhalde
y en este punto coincidían todas las líneas del poder colonial. Los
desocupados no tenían lugar en el nuevo modelo económico válido sólo para
seis millones. Los restantes 32 millones se la tenían que bancar o ser
reprimidos.
Darío y Maxi
El poder colonial montó la brutal provocación del puente
Pueyrredón, buscando escarmentar a la parte más combativa del pueblo.
Aquellos que no tenían para vivir. Tampoco lo tienen hoy: la línea de
indigencia es 375 pesos y el gobierno de los "derechos humanos" de K
no sólo paga planes ‘jefes y jefas’ de 150 pesos sino que además
los quiere eliminar. La provocación del Puente Pueyrredón que contó con la
complicidad de todo el sistema de partidos coloniales arrinconados por
"el que se vayan todos" y por los medios de comunicación del poder
colonial, fue derrotada por la valentía de nuestro pueblo, por la
honestidad de los reporteros gráficos que se negaron a apañar la mentira
de Duhalde, Solá y Álvarez, por la inmediata reacción de repudio que
generó, pero en particular por la actitud heroica de Darío Santillán. El
maravilloso compañero Santillán nos devolvió la Patria. En su actitud
heroica de ofrendar su vida para salvar a su compañero Kostecky, nos
devolvió lo más glorioso y digno de un pueblo heroico y digno. En su
actitud de sacrificio revivía el Sargento Cabral, estaban Baigorria,
Falucho, los héroes del Chacho que enlazaban los cañones de Mitre. Estaba
Tosco y su heroica actitud durante el Cordobazo y la prisión. Estaban los
compañeros masacrados en los 70, muertos por soñar y desear un país más
digno y justo. Inmolados -más allá de sus errores y desmesuras- en la
llama del sueño colectivo de la Revolución Americana, que para desgracia
del poder colonial revive en cada generación de hispanoamericanos y parece
retomar el sueño asesinado de Mariano Moreno, que bascula sobre nosotros
como un mandato inconcluso. El ejemplo de Darío Santillán era imposible de
tapar para el poder colonial. Pero además era insoportable que alguien
emergiera de la más brutal devastación de la nación, mostrando semejante
ejemplo ético. De nada habían servido las toneladas de mierda doctrinaria
y de estupidización colectiva de Neusdat, Grondona, Tinelli, Mauro, Moria,
Haddad, Gerardo, Susana, Mirta, Clarín y demás demiurgos del imperio. La
esencia del pueblo estaba intacta: allí estaba un nuevo héroe colectivo
ofrendando su hermosa y joven vida en un país en una nación, nuestra
Patria Grande, pletórica de héroes. Su ejemplo era indigerible para el
poder colonial. Su ejemplo aplastó el intento de golpe y represión
abierta. Si el 19 y 20 impidió la dolarización, la represión militar a los
pobres y de hecho la desaparición de la nación. La actitud de Darío
Santillán, la actitud madura del pueblo que no enfrentó la represión en
inferioridad de condiciones -algo que aprendió de los graves errores del
uso de la violencia de los 70- liquidó a Duhalde y le abrió el camino a
Kirchner. Porque allí estaba la debilidad del campo popular. Esa masa
enorme que repudió la provocación del Puente Pueyrredón y que de hecho era
la nueva fuerza política de la nación, era impotente en lo político. Era
políticamente aun un conjunto vacío. No sería un nuevo poder quien
emergería de la crisis del sistema, sino la "izquierda" del sistema es
decir Kirchner. La otra izquierda la que debería haber crecido y
transformado la crisis en una nueva etapa de la marcha histórica del
pueblo argentino, estaba incapacitada para acabar con el régimen de los
partidos existentes. De allí que el poder apostaba a que el punto débil de
esas masas que no podía dominar por la fuerza, fueran las elecciones. Las
elecciones le devolverían la tranquilidad del gobierno y el reciclaje de
los empleados del poder colonial, escondidos de la furia del pueblo. La
izquierda sobreviviente de la derrota de los 70 -destrozadas por la
dictadura, las dos construcciones populares principales de los 70: el
Peronismo Revolucionario y la Izquierda Revolucionaria-, era incapaz de
transformar la rebelión del 19 y 20 en una nueva construcción política del
pueblo argentino. Fue incapaz de transformar una de las mayores crisis
estructurales del sistema capitalista en el mundo -estaban por el suelo el
poder financiero y la democracia representativa- en un nueva herramienta
política. De allí que el homenaje a Darío Santillán y Maximiliano Kostecky
debería ser, sin duda, dar ser los pasos para la concreción de un nuevo
frente de liberación nacional y social del pueblo argentino. Pero
parecería que aun no es tiempo. Tal vez será como señalaba Antonio Gramsci:
"hay crisis porque muere lo viejo pero aun no
nace lo nuevo".
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