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100507 - Primera Parte -
Apuntes para repensar Mayo camino al Bicentenario -
(El autor se refiere al próximo aniversario número
200 de la Revolución del 25 Mayo de 1810 que independizó a la Argentina
del reino de España. Nota de Avizora)
‘El eco nombra aun a
Túpac Amaru...’
Existe una conexión, generalmente poco abordada por
la historiografía tradicional argentina, tanto en su versión oficial
mitrista-liberal de cuño pro británico, como en su contraparte
revisionista de cuño hispano-católico, ambas tributarias en sostener
a ambos imperios que dominaron nuestro país-continente. Esta
conexión vincula a los jefes de nuestra revolución, Castelli, Moreno
y Belgrano, con la Revolución emancipadora encabezada por el Inca
Túpac Amaru de 1780-1784. Insurrección –mal que les pese a los
pensadores europeístas, incluidos nuestros maestros
K. Marx y F. Engels- que se inserta exactamente entre las
Revoluciones norteamericana y francesa, es decir entre 1774 y 1789.
Los tres constituyen para decirlo en términos actuales, el núcleo
duro, el comando de nuestra Revolución Emancipadora, ellos son
los padres de nuestra Independencia y Libertad. Juan José Castelli
-Jefe máximo de la Revolución del Plata-, comandaba una Logia
masónica independista, extendida por todo el Virreynato, llegando
hasta Quito, Guayaquil, Santiago de Chile, Asunción, Córdoba, el
Alto Perú y la Banda Oriental, vinculada directamente a
Miranda a través de Saturnino Rodríguez Peña.(21) Mariano
Moreno, el alma, motor, pasión e ideólogo de la Revolución -tal vez
el revolucionario más instruido de estas tierras-, a quien apodaban
‘el sabiecito del Sur’, poseía una fuerte
impronta Roussoniana, al punto de ser su mayor difusor y discípulo
en América. Manuel Belgrano era el revolucionario de mayor peso
político propio –Secretario del consulado del Virreynato- antes de
la Revolución. De sólida formación intelectual, particularmente
económica en las ideas fisiocráticas de moda en las principales
universidades europeas, había estudiado en Salamanca y había
asistido siendo alumno de la Sorbonne a la Gran revolución
Francesa, siendo desde entonces un hombre
impregnado de las ideas de la ‘igualdad, la libertad y la
fraternidad’. Belgrano se había formado en
Europa, a diferencia de sus otros dos compañeros que eran hijos de
Chuquisaca. Don Manuel -junto a Castelli, su primo- era un ducho y
hábil político, virtud que no poseía Moreno. Los tres, junto a
Nicolás Rodríguez Peña, Gregorio Goyo Gómez –el único
hombre que tuteara al general San Martín por estas tierras- Hipólito
Vieytes, Julián Álvarez, Tomás Guido, Bernardo de Monteagudo,
Domingo French, Antonio Berutti, Juan José Paso, Ignacio Núñez,
entre otros, formaban el núcleo duro y estratégico de la Revolución
de Mayo. Decimos Mayo en tanto Continental e Indiana, en tanto
Revolución de toda Sur América concebida como Nación, y pensada como
alianza de los núcleos de la burguesía revolucionaria criolla
–Jacobina- en alianza con las masas indias y negras. Resulta casi
imposible no ubicar la rebelión Tupamarista de 1780, como punto de
partida del proceso histórico que concluirá en Ayacucho –o en Cerro
Corá si se quiere hilar más largo-, dado que la misma conmocionó de
tal manera al Imperio español, que preanunció su caída. La
insurrección de Túpac, también enseñaba que la revolución para ser
exitosa, debía obtener la alianza entre criollos e indios, y que por
ende dicha revolución debía ser obligatoriamente de Liberación
Nacional y Social al mismo tiempo. Dicha rebelión, conmocionó al
continente americano y fue la máxima y quasi primera expresión de la
influencia de la emancipación de las colonias inglesas de América
del Norte en las colonias españolas. La rebelión sacudió de tal
forma el poderío español, que fue el propio ministro de Carlos III,
Godoy quien reconoció: ‘Nadie
ignora cuánto se halló cerca de ser perdido, por los años de 1781 y
1782, todo el virreynato
del Perú y una parte del de la Plata cuando alzó el estandarte de la
insurrección el famoso Condorcanqui, más conocido por el nombre de
Túpac Amaru.’ (1) (pag 151) Cien mil indios se
alzaron en armas contra el atroz dominio español –vale la
comparación entre el contenido de ambas revoluciones, la india y la
criolla, que San Martín invadió el Perú con cinco mil hombres. La
rebelión de Túpac Amaru –considerada por Boleslao Lewin como la
mayor rebelión producida en el Tercer Mundo durante el dominio
colonial europeo hasta la llegada del siglo XX-(8). Túpac fue el
primer líder revolucionario del mundo moderno que proclamó la
abolición de la esclavitud. Su rebelión
conmocionó de tal forma el continente que ya nada sería igual: ni la
lucha de los pueblos por su libertad, ni la represión española.
Cien mil indios serían asesinados por los españoles como represalia
y escarmiento por el intento libertario. El terror español
aplicado contra la rebelión tupamarista estaba en la línea de
exterminio de los pueblos indios aplicado por España desde octubre
de 1492, mediante sus dos espadas invasoras: la
de sus ejércitos y la de la hoguera y la cámara de torturas de la
Inquisición de la Iglesia católica. Ambas, la espada y la cruz
poseían la misma forma: la intolerancia ante el indio y el
exterminio de lo diferente, junto con un amor inigualado por el oro
y la plata... Fue la Iglesia católica –principal enemiga de la
rebelión de Túpac Amaru- quien difundiera por todo el continente el
Catecismo Regio, o Ley del Terror Español,
impuesto por el ‘piadoso y progresista’ rey Carlos III (aplicado por
su discípulo, el también ‘progresista’ Virrey Vértiz), para sofocar
la rebelión de los pueblos americanos.
‘La cárcel el destierro, el presidio,
los azotes o la confiscación, el fuego, el cadalso, el cuchillo y la
muerte son penas justamente establecidas contra el vasallo
inobediente, díscolo, tumultuario, sedicioso, infiel y traidor a su
Soberano. El vasallo deberá denunciar toda conjuración que llegue a
su conocimiento; aun cuando los conjurados fueran amigos, parientes,
hermanos o padres, hay obligación de delatarlos.’
(3) (TomoI,pagIV) El principal difusor de este panegírico del
Terrorismo de Estado en nuestro territorio, fue el
arzobispo de Córdoba, José de San Alberto. Vale para
la polémica con nuestro respetado José Pablo Feinmann, que es aquí y
en el terror inquisitorial y absolutista católico español,
donde debe buscarse el origen de la ESMA, y Videla -y de los
torturadores de los centros de detención, que en general se llamaban
a sí mismos ‘nacionalistas y católicos’-, y si se quiere el origen
del propio Hitler y el nazismo, como explicara ya en 1938 Ernesto
Giúdici (9) y no en el Plan de Operaciones de Moreno, o en el
racionalismo de la modernidad. El Plan de Moreno, era una política
defensiva que enfrentaba al atroz terror español, aplicado hasta
unos meses antes de Mayo, a los amigos de Moreno y Castelli, en
Chuquisaca y La Paz, y que seguiría vigente en los territorios
reconquistados por España hasta 1825. Como ejemplo, la Guerra
Montonera del Alto Perú –la Guerra Gaucha, o de las Republiquetas,
como la bautizara despectivamente Mitre para no usar el término
Montonera- cuyos miembros eran masivamente indios, sería la que
recibiría el mayor número de represalias de los ‘piadosos’
españoles: más de 50.000 bolivianos morirían en la guerra Montonera
contra el opresor español entre 1810 y 1825; indios casi todos.
La rebelión iniciada por Túpac Amaru, se extendió en el
tiempo casi hasta los inicios de la segunda oleada revolucionaria en
1809. (23) Las rebeliones y montoneras de indios alzados –Montoneras
quiere decir exactamente eso: Indios montados alzados,
cuestión ésta, la de que montaran a caballo, prohibida por las
piadosas y previsoras leyes de Indias- continuaron en el Perú, el
Alto Perú y el Norte Argentino hasta casi 1808.
Las dos revoluciones americanas: la
india-negra-popular-proletaria y la criolla-burguesa-nacional.
Pese al terror del
decadente Imperio Español, la siguiente generación de
americanos, lograría conquistar la emancipación negada a sus
padres, quienes pagaron con su sangre tal atrevimiento.
Sin embargo esta revolución Tupacamarista dejó
planteada una cuestión de fondo: habían madurado a lo largo del
siglo XVIII en América española dos revoluciones. Una india,
independentista pero además liberadora de la esclavitud y la
servidumbre indias, de la esclavitud de los negros y en cierta
forma anticipatoria de la revolución Socialista. Una revolución
cuyos componentes, por formar parte del segmento mayoritario y
más expoliado y explotado de la sociedad, estaban obligados a
liberar al conjunto de las masas explotadas bajo el acero
español. Pero también, maduraba otra Revolución, ésta de
carácter criollo –expresada en simultáneo con la Revolución de
Túpac Amaru, en la rebelión cuzqueña de Farfán de los Godos, en
los intentos de Espejo, Baquijano, Juan Pablo Vizcardo, José
Antonio Rojas y tantos otros- expresión de
los intereses independentistas de los distintos segmentos de las
burguesías criollas. Ésta, lógicamente, no buscaba -en todos los
casos-, la liberación de las masas oprimidas, sino
principalmente la ruptura de la dominación
española, ya que muchos criollos blancos explotaban por igual a
indios y esclavos en las minas, los obrajes, las encomiendas,
los ingenios y las estancias. Esta corriente criolla poseía a su
vez, podríamos resumir o esquematizar, dos variantes
principales, entre muchas gradaciones: un grupo vinculado
principalmente a los comerciantes portuarios buscaba establecer
una fuerte relación económica, que podía concluir en un nuevo
dominio colonial, esta vez británico; otra línea más vinculada a
ganaderos y las burguesías preindustriales del interior, buscaba
ser independientes pero conservando la explotación de
indios y negros, como hasta entonces, tal como ocurría en los
nacientes Estados Unidos, donde la libertad era sólo para los
‘blancos poseedores’. Un cuarto grupo de origen español, podría
vincularse a los comerciante monopolistas hispanos que buscaban
crear un gobierno independiente –en consonancia con las Juntas
peninsulares- para impedir el acceso de los criollos al poder,
tal como proponía Álzaga. Esta corriente de ninguna manera
buscaba el cese de la sumisión de indios y esclavos, ni la
independencia. En otra variante de éste grupo algunos proponían
una única revolución hispano-americana en consonancia con la
revolución española de 1808. Esta tesis levantada por Alberdi y
sostenida por algunos historiadores de la Izquierda Nacional, no
fue sin embargo ratificada, ni por los hechos, ni por los
documentos liminares de la Revolución –más allá de la
participación de Moreno, Matheu y Paso en la rebelión de Álzaga
de 1809, en el sentido que pensaban ‘que cualquier cosa era
mejor que el Rey’-, que por lo menos en la Logia Revolucionaria
es liminarmente independista de España, tal cual lo reafirma
reiterada y categóricamente Moreno en el Plan de Operaciones y
las proclamas de Belgrano y Castelli a sus Ejércitos
Libertadores, y el propio San Martín en sus negociaciones con
los liberales españoles en el Perú. Las distintas líneas por
donde proseguirá el derrotero de Mayo, parecen encajar en estas
líneas principales: la revolución social continental,
emancipatoria, independentista y libertaria propiciada por
Moreno, Castelli, Belgrano,
San Martín,
Artigas y Dorrego. La línea de cambio de amo y sumisión a
los intereses británicos propuesta por Rivadavia, Sarratea,
Alvear, Pueyrredón (éste con Francia), Rondeau, Lavalle, Mitre,
Sarmiento y Roca, esbozados en el accionar de los Partidos
Directorial, Unitario, luego Liberal y finalmente Conservador. Y
un federalismo nacionalista independentista, pero no dispuesto a
resolver el tema de la sumisión de las mayorías indígenas,
propuesto por Saavedra, el Deán Funes, Don
Juan Manuel de Rosas, Estanislao López, Justo José de Urquiza,
el Manco Paz, y otros federales -y unitarios-, en tanto
hacendados –o mineros- y por ende apropiadores de la tierra y la
mano de obra india y negra. Esto explicaría por ejemplo, el
pasaje masivo de las huestes rosistas al mitrismo luego de
Caseros; el hecho de que Rosas gobernara con casi todo el
gabinete de Rivadavia –incluido el gran amigo de su majestad
Británica M. J. García-, así como la participación del
restaurador, en 1820 en la ‘compra’ de Estanislao López con
25.000 cabezas de ganado de su peculio en el tratado de Benegas
(16), salvando a Buenos Aires y al partido Directorial,
de la derrota impuesta por Artigas y San Martín en
Cepeda. Preservando así el poder de Buenos Aires, para la
alianza de estancieros y comerciantes, expresado en el
ejército privado de Rosas y en el gobierno del extremo
corrupto -y asesino de indios- Martín Rodríguez, por no hablar
de quien fuera su ministro principal, Don Bernardino. Como otras
tantas veces en nuestra historia, lo que se ganaba con las armas
se perdía en base al inmenso poder de compra de conciencias que
poseía el oro de Buenos Aires. Artigas, con el indisimulado
apoyo de San Martín (negativa a marchar a Buenos Aires, Motín de
Arequito, conversaciones, tratos con los caudillos y cartas a
Artigas), había destrozado el proyecto centralizador,
aristocrático y antipopular del Directorio y la Logia Británica
en Cepeda, sin embargo los derrotados serían casualmente Artigas
y San Martín. Pero esa es otra historia o la misma
desgraciadamente....
Moreno y Castelli
fueron hombres educados y formados en Chuquisaca (Charcas o la
Plata), conocedores y militantes contra la explotación de los
indios –ambos tuvieron relación con el estudio de Agustín Gascón
(miembro de la Logia mirandina), defensor de
‘indios pobres y abusados’(1).
Dados los ecos y estertores de la rebelión india, la mayoría de
los criollos que llegaban allí a estudiar, no sólo, recibían las
ideas iluministas y el pensamiento ‘subversivo’ de
Rousseau –obras que los franciscanos reemplazantes de los
jesuitas, permitían propagar-, sino que veían de plano la
resistencia india y la infamia de su condición. Rousseau había
expresado dos pensamientos que por América se difundían como el
fuego, demoliendo toda legitimidad al dominio imperial Español.
‘El hombre nace libre, pero en todas partes se encuentra
encadenado.’ (20) Agregando: ‘No siendo la conquista un
derecho, no ha podido fundarse sobre él, ningún otro.
Permaneciendo siempre el conquistador y los pueblos conquistados
en estado de guerra, a menos que la nación en libertad escogiese
voluntariamente por jefe a su conquistador.’(20)
Estas palabras hicieron de la América española el mayor lugar
del mundo en la difusión del ideario libertario, igualitario y
deísta del gran ginebrino. Moreno visitó el infierno de
Potosí. Allí, en los atroces socavones de la bocamina, habían
sucumbido ocho millones de seres humanos, principalmente
indios americanos –también africanos y negros americanos-
para producir la riqueza robada por España a América. ‘Consta
en el Archivo de indias, papel sobre papel, recibo sobre recibo
y firma sobre firma, que sólo entre
1503 y 1660 llegaron a
Sanlúcar de Barrameda 185 mil Kg de oro y 16 millones Kg de
plata provenientes de América’,
(17) en su gran mayoría
originados en Potosí. Esa suma astronómica e
inimaginable, constituye el Capital Originario del
capitalismo industrial europeo, según denominara Marx a esa
acumulación realizada con ‘el lodo y la sangre’.(18)
Fue luego de su visita al
infierno potosino, que Moreno, escribió su famosa tesis doctoral
sobre la ‘Disertación jurídica sobre
el servicio personal de los indios en general y sobre el
particular de Yanaconas y Mitarios’, donde expuso con
absoluta claridad sus ideas de emancipación de los indios. Tanto
Castelli como Moreno, fueron a su vez amigos de Manuel Ascencio
Padilla y su mujer, la bella Juana Azurduy, y otros
revolucionarios altoperuanos. Esta línea maduraría en las
revoluciones de Chuquisaca y la Paz de 1809 –25 de mayo y 16 de
julio, respectivamente-, marcando más aun el carácter
anticipatorio de las rebeliones indias del Perú y Alto Perú, que
abrieron el proceso liberador americano. Estas revoluciones
anticiparon en un año la Revolución de Mayo de Buenos Aires,
constituyendo de hecho el verdadero Mayo. Allí comenzó
todo. En ella participan amigos y aliados de Moreno, Castelli y
Belgrano, nuestros patriotas, debieron observar como sus
compañeros fueron brutalmente asesinados por Abascal, Goyeneche,
De Paula Sanz y Cisneros. Supieron con horror, del cadáver
descuartizado y expuesto al escarmiento público de su amigo
Pedro Domingo Murillo en La Paz. Murillo antes de ser
descuartizado estampó en la cara de los criminales españoles su
valiente profecía: ‘La tea que dejo encendida nadie la podrá
apagar.’ Tuvo razón, el proceso iniciado por los patriotas
del Alto Perú en 1809, concluyó con el león español de rodillas
en Ayacucho en 1824. Pero las atrocidades de la represión
hispana de 1780-1784 y 1809, no dejaban dudas sobre qué estaba
dispuesto a hacer el Imperio español para defender sus
privilegios y la esclavización de las masas americanas. Es desde
allí, que Moreno expresaría con claridad meridiana que la
revolución en América no tenía términos medios: ‘O ellos o
nosotros’, diría con certeza de estadista, explicitándolo en
su política de terror en el Plan de Operaciones y aplicándolo a
través de su compañero Castelli que fusilaría a Liniers y demás
jefes contrarrevolucionarios de Córdoba, y luego a De Paula Sanz
y demás asesinos del pueblo altoperuano, vengando a Murillo,
pero también a Túpac Amaru como lo expresaría el mismo Castelli.
Sería él también, quien desterraría –cumpliendo las órdenes del
Plan de Moreno- a los españoles del Alto Perú, encomenderos,
estancieros, explotadores y esclavistas de indios de todo
pelaje. Esto sería inadmisible para el partido de la burguesía
criolla, quienes encabezados por Saavedra y el Deán Funes,
derrocarían a Moreno, devolverían a los godos a sus
tierras, y organizarían con ellos el golpe de estado contra
Castelli, entre junio y agosto de 1811. Saavedra y el Deán Funes,
con el auxilio de Viamonte traicionarían sin
ambages a Castelli y su ejército libertador del Alto Perú y del
Perú, en Huaqui, estableciendo contactos secretos con Goyeneche,
dividiendo y debilitando al ejército revolucionario. Ellos
destruirían la Revolución, y pondrían en marcha la
contrarrevolución, que se expresaría sin ambages en la línea
Saavedra-Rivadavia de la Junta Grande y el Primer Triunvirato.
El proyecto revolucionario sería recuperado luego, en
parte con la Revolución de San Martín y Monteagudo de octubre de
1812. Decimos en parte, pues el mayor daño ya estaba hecho, con
la pérdida de los dos jefes irreemplazables de la Revolución y
la pérdida del impulso inicial centralizado de la revolución
continental. También se debilitaba con la instalación del
conflicto fratricida con Artigas, que implicaría el abandono del
alto Perú a las manos de la contrarrevolución española y a la
masacre de su pueblo. La línea de la Revolución sería una y otra
vez boicoteada y traicionada, hasta el definitivo triunfo
británico en 1861, en las praderas de Pavón, y diez años más
tarde en el horror de Cerro Corá en el exterminio paraguayo.
Revolución de
Liberación nacional y social, continental e indiana.
De la misma manera,
es en la rebelión tupamarista y altoperuana, donde debe buscarse
el carácter claramente indiano de la revolución propuesta por
Moreno, Belgrano y Castelli. Carácter ya expresado en la
Memoria enviada por Castelli y Belgrano el
20 de septiembre de 1808, a nombre
de la Logia Revolucionaria del Partido Patriota, a
la princesa Carlota Joaquina; luego en el Plan
Revolucionario de Operaciones de Moreno; las mismas ideas
brillan en el Reglamento de los Pueblos de las Misiones
decretado por Belgrano, en el Reglamento de los pueblos indios
de Castelli de 1811, en su decreto del 25 de mayo de 1811 de
libertad e igualdad para los indios, en el
programa y la acción de la Logia Lautaro (en la línea
sanmartiniana, no en la alvearista-pueyrredoniana) explicitado
en el programa de la Asamblea del Año XIII, en el gobierno del
General San Martín en Cuyo y en el Perú, las ideas el Plan son
la base de la construcción del Paraguay autosuficiente,
soberano, autónomo y guaranítico llevado adelante por Gaspar
Rodríguez de Francia y luego por los López. Finalmente las
mismas ideas se expresarían en el proyecto del Rey Inca de
Belgrano y San Martín, con capital de la nación en el Cuzco,
aprobado por el Congreso de Tucumán en agosto de 1816. Y si se
quiere hilar un poco más fino, puede encontrarse dicho carácter
en las frecuentes apelaciones del general San Martín a
‘nuestros paisanos los indios’, a su clara política
indigenista en Cuyo y el Perú, al propio nombre del Partido de
la Revolución que continúa la obra de Moreno y Castelli: la
Logia Lautaro, y finalmente en las apelaciones constantes a
los Incas, el Incario, a la gloria del Cuzco y por último al sol
de los Inkas que ilumina nuestra bandera. Tal vez como símbolo
mayor, valga recordar que lo único que San Martín se llevaría de
América al exilio, sería ‘el
estandarte que trajo Pizarro para esclavizar al Imperio de los
Incas’, según sus propias
palabras. (10) (pag 2XC). De allí que en su
momento inicial, la Revolución de Mayo recorriera un camino
distinto a las revoluciones norteamericana y francesa. Un camino
marcadamente libertario y de revolución social profunda, aspecto
del que carecen las otras dos; a excepción en la francesa en lo
que respecta a la expropiación de las tierras de la nobleza y el
clero, y a los intentos más radicales de Robespierre y la
Montaña. Sin embargo los esclavos y los indios siguieron
siendo sujetos de no derecho para los revolucionarios franceses
y norteamericanos. Por el contrario, en la América Española
liberar al indio, y por ende al negro, era un imprescindible y
un equivalente cuasi socialista. Entre otros, al historiador
británico-canadiense H. Ferns, no le pasaría desapercibido esta
particularidad de nuestra Revolución: ‘La
revolución contra España, a diferencia de la revolución
norteamericana o de la revolución Francesa o de la cesación de
autoridad portuguesa en el Brasil, fue una revolución completa,
de carácter social, y económico además de político.’ (11) (pag
75) No casualmente, no existiría en el proceso político mundial,
ningún documento similar al Plan de Operaciones de Moreno, hasta
la llegada de la Revolución Rusa. Es decir, la extensión a la
dimensión proletaria-campesina de la Revolución Francesa, y la
necesidad de construir un país industrial donde no existía
burguesía industrial. El Plan de Moreno será continuado
–seguramente sin ser conocido por algunos de ellos- por
Lenin,
Trotzky,
Mao, Ho Chi Minh,
Fidel Castro y el Comandante
Ernesto Guevara. (15) Por el contrario, quien sí tenía claro
de qué se trataba la revolución que se preparaba en Sudamérica,
era el enemigo español. El apelativo que la policía política y
el poder inquisitorial peninsular puso a nuestros
revolucionarios, no deja dudas sobre sus objetivos; ellos –el
enemigo imperial- los llamaba ‘los
Tupamaros’, es decir partidarios de Túpac Amaru.
Ya en 1803 Juan José Castelli era juzgado por el poder español
como ‘el más peligroso Tupamaro del Río de la Plata’. (3)
El revisionismo
que falta
Esta línea de pensamiento, que hoy se abre camino
impetuosamente al calor de la revolución indígena que conmueve a
los Andes y a México, si bien poco desarrollada en nuestra
historiografía, cuenta con aportes de otros países hermanos y de
algunos intelectuales argentinos como Boleslao Lewin, Eduardo
Astesano, Rodolfo Kusch, Ernesto Giúdici, Enrique Dussel, Felipe
Pigna, Hugo Chumbita y Alcira Argumedo, entre otros. También es
la línea desarrollada por el peruano José Carlos Mariátegui,
Germán Arciniegas, César Vallejo, Gabriela Mistral, José M.
Arguedas y Pablo Neruda entre otros pensadores. En nuestro país
Eduardo Astesano, señaló con claridad las limitaciones de las
dos corrientes principales de nuestra historia: ‘La
historiografía liberal argentina se fue fijando en sus trabajos,
por imperio de los hechos políticos que le dieron vida, un
límite territorial reducido: reconstruir el pasado de la nación
Argentina. A su vez el revisionismo, acentuó el contenido
unitario americanista del hispanismo, defendiendo el
nacionalismo español en su enfrentamiento a los portugueses e
ingleses. Esta saludable polémica histórica se ha venido
desarrollando estrictamente dentro de los límites de la Cultura
Occidental, considerando al Imperio Incaico como precivilizado.
Otro panorama mental encontramos en el Perú, Bolivia y, a veces
en el Norte argentino. Allí la presencia de la numerosa
población indígena, más la fuerte tradición de la cultura
incaica, superior en la época de la conquista a la europea que
trajeron los españoles -revitalizada posteriormente por las
misiones Jesuíticas- constituyen la base para una revisión
indigenista que rectifique algunos de los acontecimientos
pasados. El continentalismo español había sido precedido por un
continentalismo quichua, que debía necesariamente pesar en el
nacimiento de la nueva nación americana planteado en 1780 y en
1810.’(2) Es realmente notable que Astesano empalme
naturalmente la rebelión de Túpac Amaru en 1780 con el proceso
liberador iniciado en 1810 (1809), como puntos de partida de la
Emancipación Americana, cuestión negada por Mitre y Sarmiento,
pero también por el revisionismo de cuño hispano-católico. Ambas
líneas europeístas de nuestra historia, derivan el proceso
independista de las invasiones inglesas, es decir de un factor
externo de origen europeo y no de la propia lucha de las masas
americanas. Por su parte, el revisionismo de cuño católico-rosista
oculta, y en el peor de los casos justifica, el genocidio indio
y la guerra a muerte seguida contra ellos. De allí las fuertes
dificultades de los historiadores revisionistas para comprender
la Revolución de Mayo, y no ver en ella más que un ‘golpe
británico’ contra la ‘sagrada y católica’ España. José María
Rosa, negando toda la evidencia histórica en contrario señaló:
‘La dominación española no fue la violenta sustitución de un
pueblo vencido por otro vencedor como ocurrió con la
colonización inglesa de América del Norte. Fue una imposición
que hizo a los españoles señores de la tierra, pero mantuvo a
los indígenas, convertidos y más o menos mestizados, como capa
proletaria de la sociedad americana.’(12)(Tomo I pag 8) Sólo
entre 1492 y 1605, la población americana que rondaba los cien
millones de seres felices y libres, descendió a dos millones de
esclavos harapientos. El mayor genocidio que conoce la historia
de la humanidad, y él mismo, fue realizado en soledad por la
España católica. Gran Bretaña comenzó su parte de la tarea sucia
recién a mediados del siglo XVII, cuando el grueso de la masacre
ya se había completado. España sometió a pueblos altamente
civilizados y organizados –mucho más educados y cultos que los
bárbaros españoles que los masacraban, que a diferencia de los
Mayas desconocían el número cero o creían que el sol y las
estrellas giraban alrededor de la tierra- como Incas, Mayas y
Aztecas. Hubo allí un exterminio masivo, un estupro masivo de
las jóvenes indias sobrevivientes –las madres y embarazadas eran
despanzurradas junto con sus crías- tal cual lo relataran el
Padre Las Casas o Fray Montesinos, entre otros y como figura en
el relato de los invasores y especialmente en las tradiciones
orales –y escritas mayas- de los pueblos invadidos, que son los
que cuentan para estudiar la invasión. ¿O es qué vamos a
estudiar las guerras de Vietnam o de Irak desde la perspectiva
que nos den los generales norteamericanos?. Más tarde, los
sobrevivientes e hijos mestizos y remestizados, se constituyeron
en ‘subproletarido’ indígena. Pero en aquellos lugares –como el
Plata- donde no había pueblos organizados, no hubo reemplazo
sino exterminio continuo, y corrimiento de los sobrevivientes
hacia la pampa infinita, tal cual lo ordenara Garay al refundar
Buenos Aires. La matanza fue tan grande que uno de sus soldados
preguntó: ‘Señor si la matanza es tan grande, ¿Quién ha de
quedar para nuestro servicio?’(22)(pag 33) Y así siguió
hasta después de 1879. El reemplazo a que se refiere Rosa recién
ocurrió en los Estados Unidos, en el siglo XIX, de la misma
manera que en nuestro territorio –de eso se trata la invasión de
la nación Ranquel-Tehuelche-Mapuche por Roca y luego la de los
Wichis, Chiriwanos, Tobas y Mocovíes-, en el resto de la América
española y en otros lugares del mundo, cuando el nuevo amo
imperial –Gran Bretaña- necesitaba ‘despejar’ territorios para
instalar ‘la mano de obra sobrante europea’ que producía la
segunda etapa de la revolución industrial. Eso que Marx
explicara al señalar que ‘la Marcha al Oeste diluye la lucha
de clases en Europa.’(18) Ese proceso que conocemos como
‘inmigración europea’. Otro historiador de la corriente
hispano-católica, defensor del genocidio indio, Ernesto Palacio
va más allá, y directamente señala: ‘Somos la continuación de
España en América y la patria empieza con la conquista. A esa
empresa de tres siglos debemos el ser. La guerra posterior por
la independencia -larga, cruenta y gloriosa- fue un episodio
incidental: guerra civil si la hubo, lo cual no implica
desmerecerla, sino clasificarla técnicamente, y que debía
terminar con una reconciliación definitiva, porque con España no
hay frontera.’(13) (pag 81) Tal vez, si Palacio viviera,
disfrutaría de la Argentina actual, donde luego de la increíble
traición menemiana, la presencia dominante de Repsol, Iberia,
Telefónica, el Bilbao-Vizcaya, el Santander, el control de
rutas, pesca y otros rubros centrales de nuestra economía por
empresas españolas, sea parte de lo que él señalaba como una
‘reconciliación con el Imperio español’ al que derrotamos en un
‘larga, cruenta y heroica guerra’, -seguramente
innecesaria, para él- para devolverles 180 años más tarde, el
control de nuestro país. El mismo Palacio se refiere a la
gloriosa gesta de Túpac Amaru con tres renglones en un libro de
cinco tomos, diciendo: ‘Nada ocurrió aquí (se refiere a
nuestro país como si sólo fuera Buenos Aires, y aun cuando el
Alto Perú era parte del Virreynato no lo consideraba ‘aquí’,
repitiendo el mismo error metodológico de centralización
portuaria del mitrismo), sin embargo comparable a los
episodios que conmovieron a otras regiones del Nuevo Mundo y en
los que no era difícil advertir la presencia de agentes
británicos. Así la sublevación de Túpac Amaru en el norte de
1780 a 1783 y las de los ‘comuneros’ de Nueva Granada
encabezados por José Antonio Galas.’ (14) (pag TomoI 233)
Palacio juzgaba a Túpac de peor manera que el Imperio Español y
su Inquisición, ya que no lo considera cono un ‘vasallo
rebelde’, sino como ‘agentes subversivos al servicio
extranjero’. Palacio usaba el mismo argumento que luego
utilizaría la dictadura genocida contra los 30.000
desaparecidos. El mismo Palacio se refiere despectivamente a los
pueblos originarios denominándolos ‘salvajes, herejes, o
infieles,’ apelativos los dos últimos que también utiliza
para árabes, judíos y protestantes.
La
Revolución era total y continental
Completando a
Astesano, cabe agregar que, en la mirada americanista de
Castelli, Moreno y Belgrano y demás revolucionarios del núcleo
duro, que su proyecto implicaba la revolución social y nacional
del continente entero, incluyendo la insurrección del Brasil
esclavista. De ninguna manera su mirada podía centrarse en los
42.000 habitantes poseía por entonces Buenos Aires, sino en los
dos millones quinientos mil que lo habitaban desde Córdoba hasta
Lima. Claro que las cuatro quintas partes de éstos eran indios o
mestizos. De allí, que el sujeto revolucionario para ellos,
fueran obligadamente las masas indias y no sólo la burguesía
criolla. Por ello Moreno propondrá en el Plan de Operaciones,
que para insurreccionar la Banda Oriental participaran ambas
partes de la revolución: Artigas por los indios, gauchos,
mestizos y negros, -es decir la plebe, la chusma- y
Rondeau por la ‘gente decente’. Exactamente eso haría
Belgrano al hacerse cargo del mando del Ejército Oriental.
Mientras eso ocurriera, la Revolución marcharía sobre rieles.
Puede decirse que fue el accionar decisivo y sin pausa de
Moreno, Castelli y Belgrano el que salvó nuestra independencia
de todas las traiciones posteriores, tal como expresara Moreno
en carta a Belgrano, poco antes de ser derrocado: ‘no importa
si me matan, con lo que hemos hecho,
el camino de la independencia es ya irreversible.’(19)
Traiciones que sin embargo no permitieron que España
reconquistara nuestro territorio liberado –pese a las propuestas
en ese sentido de Rivadavia y Rondeau, por ejemplo. Por el
contrario cuando luego del golpe de estado saavedrista de abril
de 1811, Belgrano fuera derrocado y el mando del ejército
Oriental entregado a Rondeau, la ‘gente decente’ cambió
el rumbo y dijo no, la ‘revolución es sólo para nosotros’.
A partir de allí todo habría concluido, la Revolución ya no
recuperaría el impulso vehemente y triunfal impregnado por el
proyecto de los tres jefes liminares. Y esta expresión no es
antojadiza, sería Vicente Fidel López quien lo dijera más tarde
con todas las letras: ‘La revolución no se había hecho para
los criollos pobres, los mestizos, los negros, los mulatos ni
los indios. “El gobierno de Mayo había sido concebido por
sus fundadores como república de patricios y para patricios.’(5)
Cerrado el camino de Moreno, Belgrano y Castelli nuestro destino
sería la factoría británica, el genocidio, la servidumbre, la
exclusión y la brutal explotación de las mayorías. Las dos
revoluciones habían sido derrotadas: al no permitir la redención
de las masas indias y pobres y buscar su exterminio, la
burguesía criolla tampoco se realizaría a sí misma, sino que
sería un apéndice parasitario del imperio británico hasta 1945,
cuando otra vez el subsuelo mestizo, indio y negro de la patria
irrumpiera, juntándose por un breve tiempo con algunos sectores
de las burguesías criollas. Para volver a ser traicionada y
volver a insurreccionarse otra vez en 1959, 1969, 1973 y por
último en el 2001 Para decirlo en términos más actuales, si
‘piquete y cacerola’ marchan juntos, podemos avanzar en
transformaciones profundas, en caso contrario nos seguirán
devorando los de afuera. No en vano, la mirada estructural y
profunda del maestro Scalabrini Ortiz percibió la tragedia
ocurrida con el derrocamiento de Moreno, el abandono y traición
a Castelli, y la derrota de la línea del Plan de Operaciones.
‘Con la caída de Moreno, una ruta histórica se clausura... La
Nación debe constituirse entera en la concepción de Moreno... La
ruta de perspectivas que abrió la clarividencia de Moreno estaba
definitivamente ocluida... El presintió una grandeza y una
manera de lograrla precaviéndose de la artera logrería de
Inglaterra. La otra ruta está encarnada en Rivadavia.’ (4)
Tiempos corren –después de haber atravesado un
nuevo genocidio, esta vez con aportes de hijos de gringos, tal
como predijera Scalabrini- repensar la historia
argentina-americana en dos nuevos sentidos: por un lado
retomando el verdadero programa y camino de los patriotas
fundantes de la argentinidad -en tanto americanidad, programa
continental, indiano, igualitario, proteccionista,
autosuficiente, agrario y soberano. Ninguno de ellos pensó jamás
en la existencia de la Argentina separada de sus hermanas del
continente. Y también en un sentido, el Indiano –hoy diríamos
indigenista- que ellos le dieron al proyecto revolucionario y
que de hecho incendió el continente por más de medio siglo: es
decir la revolución debía permitir la redención de las masas
indias, negras y mestizas de todo el continente, incluidas las
de Brasil. En segundo lugar debemos recuperar la memoria y la
historia india de nuestra América como punto central de
reconstrucción de una historia de los pueblos y no de las
oligarquías, sean ellas de corte hispano-católico o
liberal-británico. Esa es la tarea pendiente de una nueva mirada
americana, que por suerte nuestros pueblos están escribiendo por
sí mismos. Final
de la Primera Parte
1.- Pigna Felipe, Los
mitos de la Historia Argentina. Tomo I. Norma 2004.
2.- Astesano
Eduardo, Juan Bautista de América. El Rey Inca de
Belgrano. Edic. Castañeda. 1979.
3.- A. J. Pérez Amuchástegui, Crónica Histórica
Argentina, Tomo I, Codex 1968. BsAs
4.- Scalabrini
Ortiz Raúl, conferencia en FORJA, Las dos Rutas de Mayo, agosto
1937.
5.- López Vicente F. Historia de la República
Argentina. Sopena 1949, pag264. Citado por Paz Carlos en Poder
negocios y corrupción en los tiempos de Rivadavia, de Alejandría
2000.
6.- Lewin Boleslao,
Rosseau en la Independencia de Latinoamérica, De Palma, 1980,
Bs. As.
7.-
Moreno Mariano, en Disertación Jurídica sobre el servicio
personal de los indios, su tesis doctoral de 1802. Citado
por Pigna Felipe en (1)(pag21.
8.-
Lewin Boleslao, La rebelión de Túpac Amaru y los Orígenes de
la Independencia Hispanoamericana. SELA. Buenos Aires. 2004.
9.- Giúdici Ernesto,
Cuando Hitler Conquistó América. 1938
10.- A. J. Pérez
Amuchástegui, op.cit.T. II.
11.- Ferns Harry, La
Argentina, Sudamericana, 1972
12.-
José María Rosa, Historia Argentina, 1964,
citado por Chumbita H., Historia Argentina, UNLM, 2004
13.- Palacio Ernesto, Historia de la Argentina,
Alpe, BsAs.1954
14.- Palacio Ernesto, Historia de la Argentina,
Abeledo-Perrot, 1987, 5 tomos
15.- Galasso Norberto Mariano Moreno, Edic, del
Centro Discépolo. 2000
16.- Ramos Jorge Abelardo, Las Masas y las
Lanzas, Hyspamérica, BsAs., 1986
17.- Cifras originadas en las investigaciones de
Uslar Petri y denunciadas en la cumbre de Sevilla de 1992 por
una delegación de Pueblos Originarios americanos que impugnaron
los ‘festejos’ por los 500 años de la invasión española.
18.- Marx Karl, Engels Federico, Obras Escogidas,
Cartago 1974
19.- Citado por Casco Marcos en, La Argentina un
tigre en acecho, Corregidor, BsAs. 1996
20.- Citado por Lewin Boleslao en Rousseau y la
independencia argentina y americana, EUDEBA, 1967
21.- Cháves Julio C., Castelli el Adalid de Mayo
Leviatán, BsAs., 1957
22.- O’ Donnell Pacho, Historias argentinas,
Sudamericana, 2006.
23.- Paltrinieri Amanda Laura Túpac Amaru y el
noroeste argentino... Publicado en
revista Nueva Nº 512, 06/05/2001
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