201008 - El
péndulo de La Nación
En un reciente artículo publicado por el matutino La Nación -órgano
vinculado al poder económico concentrado en nuestro país, y sostén de
cuanto golpe militar ocurriera desde 1930 en adelante- sugestivamente
titulado ‘el regreso del péndulo de la política’, se convoca sin ambages
a reemplazar el mandato de la presidenta
Cristina Kirchner por alguna variante ‘que debe ser hecha con
urgencia, de mayor calidad institucional con la necesidad de garantizar
la gobernabilidad.
Estamos hablando de contar con gobiernos fuertes, firmes, pero no
arbitrarios, que no traspasen los límites de la división de poderes y,
al mismo tiempo, tengan claro que la ley está hecha para ser cumplida y
hacerla respetar, y que ningún sector puede disputarle el monopolio en
el ejercicio de la fuerza. Sea cual sea su signo ideológico, estamos más
cerca.’ Si bien el autor, Fernán Saguier, habla de las elecciones de
2011 el llamado a reemplazar con ‘urgencia’ la actual situación parece
hacerle perder el equilibrio en el respeto constitucional que dice
defender. La mención no es gratuita. El genocida Corres, escapado de la
prisión marplatense con complicidad militar, se refugió en casa de su
hermana pues, según relató la misma, sus amigos militares le habían
asegurado ‘que el gobierno de Cristina sería reemplazado a la brevedad
por uno de signo más amigo de los militares perseguidos’ por delitos de
lesa humanidad.
Apelando a una encuesta de la cual no cita la fuente, pero que señala
‘intachable’, concluye que: ‘Un último sondeo de una encuestadora
intachable despierta murmuraciones por estos días en despachos
empresarios y políticos.
Julio Cobos, Mauricio Macri,
Carlos Reutemann, Roberto Lavagna, Sergio Massa y Felipe Solá
aparecen allí, en ese orden, con la mejor imagen en centros urbanos del
país de más de 10.000 habitantes.’ Si de citar encuestas ‘intachables’
se trata, poseemos una de CEOP, que aseguraba que el 89.7% de los
encuestados se manifestó en contra del paro propuesto por la SRA, el
72.3% creía que la medida produciría aumentos de precios, mientras el
66% de los mismos pensaba que el sector rural debiera sentarse a
negociar con el gobierno y no cortar rutas. Los pobres resultados de
adhesión que los ruralistas han conseguido en estos días de nueva
protesta, parecen mostrar que el sondeo no estaba equivocado.
El artículo de Saguier fue publicado el 14 de setiembre, unos días antes
del estallido de la crisis de
Wall Street, crisis que como reconocen la mayoría de los economistas
del mundo, se llevará consigo la pesadilla neoliberal alumbrada por
Ronald Reagan y Margaret Tatcher, allá por los ’80, conocida como
Consenso de
Washington, y que tan catastróficos resultados produjera en nuestro
país. Resultados que el matutino para el que Saguier escribe, defendiera
como el retorno del capitalismo del ‘laissez faire’ que nunca debió
haberse abandonado por los modelos dirigistas, estatistas e
intervensionistas. De haberlo escrito unos días más tarde tal vez
debiera haber medido más las palabras usadas pues, los políticos a los
que Saguier reivindica son los más vinculados al modelo que está
colapsando en el mundo, arrasando como fichas de dominó a la mayoría de
los grandes bancos del sistema financiero occidental, abriendo una nueva
etapa de la historia económica mundial, del cual surgirán seguramente,
nuevas hegemonías multipolares. De tal forma, si bien
Cobos,
Reutemann o Solá pueden disfrutar de alguna fama entre los sectores
de derecha de la ciudadanía por su apoyo a los sectores concentrados del
agro negocio en el largo lock out patronal, que complicó la vida de los
argentinos y debilitó al legítimo gobierno de la Dra. Cristina
Fernández, difícilmente el señor Cobos perdure más allá del efecto de
una fama efímera, como ocurriera ya con Aldo Rico o con el
falso ingeniero Blumberg. Prueba de ello puede ser la debilidad y
aislamiento mostrado por el nuevo lock-out sojero.
Macri, el desgobierno de la derecha.
El caso de Macri es distinto.
Su gobierno está más cerca del papelón que de una política basada en la
‘gestión seria y la resolución de los problemas de los vecinos’, tal
cual prometiera en su cara campaña electoral. Lo que aparece como
‘administración macrista’ es un desgobierno de la Ciudad de Buenos
Aires, un desconocimiento de los problemas y de la institucionalidad de
la misma, el avasallamiento continuo de la división de poderes, el
avance continuo sobre su Constitución, la incapacidad absoluta de
dialogo y de búsqueda de consensos. El autoritarismo es la forma elegida
por el señor Macri -a quien
algunos atrevidos han calificado como el ‘barrabrava de Barrio Parque’-,
para imponer sus políticas contrarias a los intereses de la mayoría. Ha
llegado a la corruptela caricaturesca de frenar obras de bien público
–viviendas populares- para cederle dichos terrenos al club Boca Junios
del cual fuera su presidente por una década. Peor aun, cesantea a miles
de empleados -algunos sólo por haber cumplido 60 años- que promedian
sueldos de 1500 pesos para reemplazarlos por amigos de la ‘gente PRO’,
con sueldos cercanos a los 8000 pesos. Mientras comunica que no va a
poder hacer las obras que prometió en su campaña, porque el gobierno
nacional no le firma los avales para endeudar al erario público, él y
sus ministros se aumentan los sueldos a sumas cercanas a los 40.000
pesos mensuales. No envía suministros a los hospitales porteños pues
‘las provincias le llenan los hospitales con pacientes’ de más allá de
la General Paz. Macri no inaugura las seis estaciones de subte ya
concluidas de las líneas A y B, para no perjudicar a las empresas del
autotransporte a las cuales está vinculado. Es decir, Macri hace todo lo
contrario a lo que Saguier le reclama al gobierno nacional y que dice
que sus exitosos encuestados garantizan. Parecería ser al revés. No es
Macri causalmente una garantía de respeto institucional, dialogo,
consenso y respeto al otro sino todo lo contrario.
Pero sí es Macri, una garantía de lo otro que pide La Nación, que en
realidad es la esencia del artículo enmascarado detrás del ‘respeto a
las instituciones’, lo cual ambos gobiernos Kirchneristas han cumplido,
sólo que en una dirección estructural opuesta a la que La Nación quiere.
Así el artículo asume aquello que la derecha reclama desde diciembre de
2001: mano dura y un gobierno firme que reprima a la protesta callejera.
Protesta a la cual Macri considera la mayor plaga a combatir, al grito
de ‘el espacio público no se negocia’. Olvidando que el espacio público,
como su nombre lo indica, pertenece al pueblo. Pero claro el pueblo de
Macri parece ser aquel que tan claramente definiera su admirado
D. F. Sarmiento allá por 1879, y que nítidamente excluía de él a
‘los gauchos, los pobres, los negros y los indios’ y sólo incluía ‘a la
gente decente’, por lo cual es lógico que sus medidas se basen en
reprimir al pueblo para favorecer con acciones hasta risibles, por lo
clasistas y torpes, a sus vecinos de Barrio Parque.
Respecto de
Reutemann, es claro que el santafesino –cuyo gobierno concluyó con
las mayores inundaciones de la historia provincial, producidas por la
depredación ambiental de la
sojización
unida al desmadre del Estado provincial y sus órganos de control- acaba
de llegar a un acuerdo para encabezar como Senador nacional la lista de
candidatos de Santa Fe, con el ex presidente Kirchner con todos los
sectores del PJ detrás, lo cual lo saca del esquema de Saguier.
Mano dura con al protesta social.
Pero el artículo da pie a una reflexión más profunda sobre una línea muy
cara a los argentinos, cual es un permanente reclamo de la derecha
vernácula, que añora la represión abierta a la acción directa del
pueblo. En un párrafo que no tiene desperdicio Saguier, pide un gobierno
que no sea ‘condescendiente con la protesta prepotente. El sentir
general clama por un posicionamiento más firme ante el reclamo
callejero. Impera ya cierto clima de estudiantina irresponsable en la
vía pública tras cinco años de omisiones que avalaron la acción directa.
Pocas cosas redituarán más que atender -y responder con imaginación- la
sensación de hartazgo reinante ante tanta indisciplina. Seguir
demostrando pasividad frente al desborde será como sacar credencial de
timorato, rehuir responsabilidades. En este aspecto, la clase dirigente
se quedó ya sin margen para mirar hacia otro lado.’ Es decir, acabar con
la gente en la calle reclamando, táctica que desde 2001 da por
resultado, ser superado por cada vez mayor cantidad de gente en la
calle. Sin embargo no es la primera vez que la derecha llama
desembozadamente a la represión contra el pueblo. Fue el gobierno
delarruista, a quien La Nación apoyaba sin ambages, quien se despidió
matando a más de treinta ciudadanos que protestaban en el centro
porteño, sin que al matutino se le cayera una lágrima. Un poco más tarde
Eduardo Duhalde debió abandonar su sueño presidencial electivo, debido a
los asesinatos de Santillán y
Kostecky. Con anterioridad en 1975, luego de la expulsión por parte
del pueblo de José López Rega y sus cómplices, mediante la gran rebelión
obrera de junio, los sectores del poder económico concentrado y de la
derecha política encabezados por el dirigente radical Ricardo Balbín,
junto al sempiterno Mariano Grondona –quien había apoyado a Lopecito,
como un dique seguro contra el marxismo- y La Nación, comenzaron a
reclamar el ‘fin de la guerrilla fabril’, que según ellos impedía el
avance del país. Es decir, el conglomerado de Cuerpos de Delegados,
Comisiones Internas de Fábricas y Coordinadoras Sindicales de Base, que
abarcaban al 90% del movimiento obrero organizado y que habían producido
tal rebelión de las bases obreras contra López Rega, Isabel y su
ministro Rodrigo que arrasaron toda forma de contención política de la
burocracia sindical vandorista, la que tuvo que acompañar el movimiento
con el mayor paro general que recuerda la historia argentina. Sin
embargo el pedido de acabar con la guerrilla fabril reclamado por
Balbín, Grondona y La Nación se cumpliría a rajatabla unos meses más
tarde. La dictadura antiindustrialista establecida por las fuerzas
armadas con fuerte apoyatura civil, el 24 de marzo de 1976, cumpliría
con creces la consigna de ‘acabar con la guerrilla fabril’. De los
30.000 desaparecidos, el 55% son dirigentes sindicales de base, es decir
unos 18.000 dirigentes sindicales. La dictadura detendría a 300.000 de
ellos y expulsaría 800.000 delegados de fábrica, cerrando en su curso
50.000 establecimientos fabriles, cifra que llegaría a 217.000 en
diciembre de 2001, al final del ciclo desindustrializador.
Vale la pena la comparación con el momento actual. Ahora cuando después
de una etapa tan dolorosa, donde tantos argentinos han padecido hambre,
desempleo, desnutrición, abandono social y exclusión de todo tipo,
incluida la muerte por causas vinculadas al hambre, ahora cuando un
nuevo curso económico busca recuperar un modelo productivo, La Nación
vuelve a reclamar el fin de la protesta callejera y de la presencia del
pueblo en la calle. Si bien se dice ‘cualquiera sea su signo
ideológico’, se vio con claridad que cuando los empresarios rurales
cortaban salvajemente las rutas, llegando a provocar incluso dos
muertes, La Nación no reclamó que se los desalojara de las rutas, sino
que por el contrario clamaba para que el gobierno tomara en cuenta sus
reclamos, sin importarle la ilegalidad y el brutal autoritarismo
antidemocrático de sus métodos. Claro, La Nación y el sector social al
que representa no puede escapar a la fábula del escorpión y la rana, la
larga historia padecida por los argentinos desde 1916 parecen
confirmarlo.
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