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220408 -
Estamos ante el fin de un siglo y ante el
fin de un milenio. Es preciso entonces plantear una visión histórica de
mediano y largo plazo, que nos permita marcar la irracionalidad profunda de
los proyectos neoliberales y sus dramáticas consecuencias para América
Latina, en el contexto del llamado proceso de globalización. Porque, además,
no sólo se cierran cronológicamente un siglo y un milenio sino que
atravesamos un corte de época, en tanto la profundidad y extensión de las
actuales transformaciones clausuran también una Edad de la historia: la Edad
Contemporánea. Tomando ese esquema occidental, un poco simplista, de
división histórica entre Antigua, Media, Moderna y Contemporánea,
presenciamos la finalización del ciclo iniciado en las últimas décadas del
siglo XVIII, donde se conjugan la Revolución Industrial con la Revolución
Francesa dando lugar a intensas conmociones y cambios cualitativos, que
implican una solución de continuidad con la anterior Edad Moderna, comenzada
hacia los siglos XV y XVI.
En grandes rasgos, puede comprobarse que en esos
momentos de corte histórico donde nacen respectivamente la Edad Moderna
y la Contemporánea, se conjugan diversos procesos sociales, económicos,
políticos, militares y culturales de gran complejidad, habilitando o
impulsando la emergencia de nuevos instrumentales tecnológicos, capaces
de establecer un hito, un punto de inflexión en términos de
potencialidades técnicas que, a su vez, permiten acelerar esos procesos
produciendo transformaciones cualitativas, cuya magnitud rompe la
inercia anterior y marca la apertura de un nuevo ciclo de la historia.
Es lo que sucediera con el paulatino pero contundente desarrollo del
comercio y el crecimiento de las ciudades en Europa que, frente al
cierre del Mediterráneo debido a la invasión otomana y a la caída de
Constantinopla, se encuentran ante la necesidad de establecer nuevas
rutas comerciales con Oriente; lo cual se une a la secular guerra contra
los musulmanes y a la reconquista de la península ibérica; junto a otros
procesos impulsados por las nacientes burguesías; que favorecen la
revolución tecnológica de los siglos XV y XVI, centrada principalmente
en las artes de la navegación y de la guerra y unidas a la imprenta, que
será esencial para las tareas de evangelización y las luchas religiosas.
Pero estos cambios históricos y estas revoluciones tecnológica siempre
plantean una pregunta fundamental, que hoy tiene tanta vigencia como
entonces: quiénes son los seres humanos en este mundo. Porque esa
revolución tecnológica y ese cambio de época que diera lugar a la
expansión hispano-portuguesa, fue acompañada de definiciones acerca de
dos de los principales troncos que -a través de diversas mestizaciones y
entrecruzamientos entre sí y con la población de origen blanco-
conformarán las clases populares de América Latina. Por una parte, se
establecía que los negros no tenían alma; es decir, no eran considerados
seres humanos; y así, durante tres siglos se los pudo someter a la más
aberrante esclavitud por parte de católicos y protestantes, sin ofender
a Dios. En segundo lugar, a los indígenas se les reconocería el alma y
podían ser evangelizados pero, al mismo tiempo, eran concebidos como "amentes",
faltos de razón, un poco tontos; por lo tanto, deben someterse a la
encomienda, serán encomendados a grandes propietarios de hombres y
tierras, que debían garantizar su evangelización y también una inhumana
expoliación: se calcula que en los primeros cien años de la conquista
-debido a las guerras, a la ruptura de los equilibrios ecológicos y
sociales de las culturas nativas, a las pestes introducidas por los
europeos y a una explotación laboral brutalizada- muere cerca del 80% de
la población americana originaria. Es el primer genocidio de la cultura
occidental en nuestras tierras. Donde las clases dominantes que se
constituyen a partir de la conquista, sostendrán en el transcurso de los
tres siglos de dominio colonial -con las particularidades propias del
Brasil y de las distintas regiones del imperio español- esta
diferenciación entre seres humanos, seres menos que humanos y seres
simplemente no humanos. Los tiempos no son tan lejanos; en Brasil, los
bisabuelos de nuestros hermanos negros de hoy, eran esclavos.
Hacia mediados y fines del siglo XVIII, también
confluyen diversos procesos económicos, sociales, políticos, militares y
culturales, que favorecen la emergencia de la Revolución Industrial -el
telar mecánico, la máquina a vapor, más tarde la electricidad y
similares- con vigorosos impactos en la composición de las sociedades,
que alimentan, entre otros movimientos, el estallido de la Revolución
Francesa. Esta Revolución muestra una gran paradoja: por un lado, se
impone una nueva ética solidaria como base de organización de las
sociedades -la libertad, la igualdad, la fraternidad (fraternidad
reemplazada más tarde como valor por la propiedad, cuando la Revolución
se hace hegemónicamente burguesa)- donde la paradoja está en que esos
valores de libertad e igualdad, eran al mismo tiempo requisitos
técnico-económicos para desplegar los potenciales de la Revolución
Industrial, que no podían alcanzarse con trabajo esclavo o servil, con
aristocracias de sangre y monarquías absolutas. En ese contexto se irán
consolidando las revoluciones democráticas del Occidente central, que
también serán altamente restrictivas en el alcance del concepto de lo
humano. Por ejemplo, la revolución democrática de los Estados Unidos y
su Constitución liberal luego de obtenida la independencia, señala que
los hombres son libres, iguales, propietarios, representativos,
republicanos, federales; eso sí, los negros son esclavos y los indígenas
deberán ser exterminados. Esta definición básica acerca de quiénes son
los seres humanos, propia del pensamiento occidental, se reproduce en
todas las experiencias democráticas europeas hasta fechas tan cercanas
como 1962. Recordemos que la igualdad, la libertad y la democracia eran
para los franceses blancos, no para los argelinos o indochinos; eran
para los ingleses blancos, no para los hindúes o africanos; para los
holandeses, no para los indonesios; para los belgas, no para los
congoleños; y así sucesivamente.
En lo referido a la situación que atravesamos y al
actual corte de época, debe tenerse en cuenta que el ciclo de la Edad
Contemporánea comienza a cerrarse a partir de la finalización de la
Segunda Guerra Mundial. En el período comprendido entre l945 y l973
-tomando este último como un año que condensa complejos procesos
sociales, similar a ese l789- se produce lo que podemos llamar la
"Revolución Francesa" de los pueblos periféricos del Tercer Mundo. Por
primera vez en quinientos años, estos dos tercios de la humanidad
considerados seres inferiores por el dominio euroamericano -que hasta
entonces habían manifestado su resistencia a través de luchas aisladas-
cuestionan los poderes coloniales o neocoloniales y llevan adelante
procesos de liberación nacional y social, consolidando bajo diversas
formas gobiernos anti-occidentales en China, en Indonesia, en la India,
en Vietnam, en Argelia, en Cuba, en distintos países asiáticos,
africanos y de América Latina. Promueven nuevos valores de una ética
solidaria junto a la libertad y a la igualdad: las autonomías
nacionales, la justicia social, la reivindicación de su dignidad, el
respeto a las identidades culturales, la cooperación horizontal entre
naciones soberanas sobre principios de mutuo beneficio. Son procesos
sociales, económicos, políticos, militares y culturales que cuestionan
las raíces mismas del dominio occidental y su idea de que la cultura del
l5% de la población mundial es la única civilizada, la verdadera
"cultura universal", mientras los demás son bárbaros o primitivos. De lo
cual se deducía que el "único camino" válido era la subordinación a los
dictados y a la expoliación por parte de esas grandes potencias, para
poder acceder a la civilización, para "entrar al Primer Mundo". Por el
contrario, los nuevos movimientos afirman que lo mas rico y
característico de lo humano es precisamente la multiplicidad de lenguas,
de creencias, de expresiones artísticas, de concepciones del mundo;
donde el respeto a las diferencias debe ser la base de la igualdad y no
del desprecio o la discriminación. Crítica contundente de esos nuevos
protagonistas del escenario internacional frente a la cultura
occidental, que sin duda a lo largo de su historia ha exhibido
deslumbrantes manifestaciones, pero también una sistemática veta racista
y de desprecio hacia el resto de la humanidad.
Ese período de casi treinta años donde se desarrollan
las luchas de liberación nacional y social, marcado por la presencia de
grandes líderes como Mao, Tito, Gandhi, Sukarno, Lumumba, Nasser,
N¨Krumha, Cabral, Fidel y el Che Guevara, Allende, Velasco Alvarado y
tantos otros a quienes masivamente sustentaron las clases populares
-junto a los movimientos de protesta estudiantil, de demandas obreras,
de derechos civiles para las minorías negras en Europa Occidental o en
los Estados Unidos- culminan en el año 1973 golpeando duramente núcleos
decisivos del poder de las potencias occidentales, por primera vez en la
historia. La derrota norteamericana en Vietnam; el aumento de los
precios del crudo y el embargo petrolero impuestos por la OPEP, que
comienza a quebrar las bases del desarrollo capitalista basado en
energía barata, cuyo golpe final será la revolución islámica de 1979 en
Irán; la Conferencia de los Jefes de Estado y Gobierno de los Países No
Alineados en Argelia, donde plantean la necesidad de establecer un Nuevo
Orden Económico Internacional más equilibrado -para frenar el histórico
drenaje de riquezas en sentido Sur-Norte y las secuelas del
colonialismo- y de un Nuevo Orden Mundial de la Información y las
Comunicaciones que permitiera hacer oír sus voces: algo tan escandaloso
que llevaría a los Estados Unidos y a la Inglaterra de Margaret Thatcher
a retirarse de la UNESCO denunciando la "dictadura de las mayorías".
Porque pretendían neutralizar el peso cuantitativo de los nuevos países
independientes en los organismos internacionales, hasta entonces
férreamente controlado por ellos. A tales cuestionamientos se unía la
presencia en América Latina de gobiernos de orientación popular, que
intentaban promover procesos de integración continental -uno de los más
serios en términos de una perspectiva de afirmación nacional y en favor
de los intereses sociales, sería el Pacto Andino impulsado por Salvador
Allende y Velasco Alvarado- en alianza con otros gobiernos que, con
mayor o menor grado de radicalidad o de conflictos, estaban hostigando
la hegemonía norteamericana en la región.
Esta situación altamente desfavorable para las
potencias capitalistas llevará a los Estados Unidos a impulsar una gran
restauración conservadora; algo muy semejante a lo que fuera la
restauración conservadora de la Santa Alianza entre 1815 y 1848 en el
continente europeo, que permite reimplantar las monarquías absolutas
afirmando que la Revolución Francesa, los nuevos valores, los cambios
políticos, no eran más que un equívoco de la historia; y que una verdad
eterna e incuestionada daba fundamento a las formas de dominio del
Antiguo Régimen, a las aristocráticas de sangre, a la existencia de
seres humanos superiores e inferiores. Con un espíritu similar -aunque
aggiornado por las Comisiones Trilaterales y más tarde los
tanques de pensamiento neoconservador- juntamente con el retiro
norteamericano de Vietnam, a comienzos de los años setenta se despliega
esa ola sincrónica de dictaduras militares en América Latina, que
complementan las ya existentes en Brasil, Paraguay, Nicaragua, Salvador
o Guatemala. Como parte de esa estrategia, caen bajo regímenes militares
Uruguay, Bolivia, Chile, Argentina, Perú, Ecuador y otros países, hasta
casi completar un esquema altamente represivo y de imposición de un
terror político-militar aberrante, como condición inexorable para la
implantación de los nuevos modelos económicos que, bajo diversas
modalidades, culminan en el actual predominio neoliberal y sus métodos
de saqueo. Porque no hubiera sido posible consolidar las políticas
económicas del neoliberalismo -que sistemáticamente alimentan un
descomunal traslado de recursos públicos y sociales hacia los grandes
grupos económico-financieros locales o extranjeros- sin el ejercicio del
terrorismo de Estado por parte de esas dictaduras y las secuelas del
terror y la desarticulación política y social que afectaron a la mayoría
de nuestras naciones.
En ese marco histórico se generan las condiciones que
habilitarán la emergencia de la Revolución Científico-Técnica, como
respuesta de las potencias centrales para revertir las nuevas relaciones
de poder en el campo internacional, que estaban cuestionando su
predominio: ya no controlaban el recurso de la energía barata, debido al
incremento de los precios del crudo impuesto por la OPEP luego de la
nacionalización del petróleo en la mayor parte de las naciones
productoras; encontraban graves dificultades para contener el aumento
del precio de las materias primas provistas por distintos países del
Tercer Mundo; los modelos económicos fordistas, que tendían al pleno
empleo con significativos beneficios sociales para los trabajadores,
redundaban en un incremento de los salarios reales directos e
indirectos, afectando las tasas de ganancia empresaria; el equilibrio en
la carrera armamentista y espacial con la Unión Soviética y la derrota
en Vietnam, planteaban la necesidad de reforzar los potenciales
militares. En tal sentido, la crisis iniciada en 1973 -que se manifiesta
agudamente en términos económico-financieros- es consecuencia de este
cambio en las relaciones de poder político global, en detrimento de los
principales países capitalistas y en particular de los Estados Unidos.
Durante el transcurso de la década del setenta, la declinación relativa
del poder norteamericano se hace evidente ante la URSS, que en esos
momentos era productora y exportadora de petróleo; lo cual le permitirá
incrementar sus lazos económicos con la mayoría de las naciones europeas
y distintos países de América Latina bajo dictaduras militares y
alcanzar una importante presencia en las áreas de influencia de los
Estados Unidos: son las derechas europeas encabezadas por Helmuth Kohl o
Giscard D¨Estaigne las que se niegan a participar en el boicot de los
Juegos Olímpicos de Moscú promovido por los norteamericanos, debido a
que el comercio y las inversiones en el bloque socialista son una clave
para salir de su crisis; es la dictadura militar argentina la que se
niega a participar en el boicot cerealero, también promovido por ellos.
Un incremento relativo del poder soviético que culminará con la decisión
de invadir Afganistán en l979, el mismo año en que triunfaban la
revolución islámica en Irán y los sandinistas en Nicaragua.
Pero este recurso del petróleo, que en el decenio de
los setenta constituyera una importante ventaja relativa para la URSS,
se transformará en los ochenta en su talón de Aquiles. Porque el Japón,
fuertemente acosado por sus carencias petroleras y poco después los
Estados Unidos, aceleran el desarrollo de nuevas tecnologías de
avanzada, especialmente en el campo de la teleinformática, la
biotecnología y los nuevos materiales, que determinan un salto
cualitativo en términos tecnológicos, equivalente al significado de los
ferrocarriles frente al transporte tirado por caballos o bueyes. Las
tecnologías de punta van a permitir la implementación de un nuevo
paradigma productivo, de servicios, de comunicaciones e información y de
administración económica y social, que desplaza aceleradamente las
tecnologías de la Revolución Industrial; reduce cada vez más los
requerimientos energéticos petroleros y de materias primas
tradicionales; e impone una disminución promedio cercana al 75% en la
participación del tiempo humano de trabajo en las diversas áreas de la
producción, los servicios, las finanzas, la comercialización, la
administración, las comunicaciones y la información. Asimismo estas
tecnologías de punta significan un decisivo avance en el campo
militar-espacial, debido a la miniaturización, eficiencia y aceleración
de sus componentes esenciales; lo cual transforma a la Revolución
Científico-Técnica en un sustancial instrumento de poder para revertir
las relaciones de fuerzas internacionales, que venían socavando el
predominio de los Estados Unidos y los principales países capitalistas.
El triunfo de la propuesta neoliberal de Ronald Reagan
al comenzar los ochenta, fortalece la decisión de recuperar la hegemonía
absoluta de los Estados Unidos a nivel mundial, a partir de tres
lineamientos principales de acción orientados a profundizar la
restauración conservadora, inspirada en la década anterior por Nixon-Kissinger
y luego la Comisión Trilateral. Sobre la base del monopolio de las
nuevas tecnologías, el primer eje de confrontación lleva a la definición
de una nueva etapa de Guerra Fría y al lanzamiento de la Guerra de las
Galaxias contra la URSS que, en términos de la magnitud de los recursos
materiales destinados a su despliegue, puede considerarse una real
Tercera Guerra Mundial y será uno de los factores determinantes de la
desintegración del poderío soviético a partir de 1989. En lo referido al
campo civil, se intentará frenar el creciente predominio económico
alcanzado por el Japón en el mercado mundial, mediante una política
económica que impulsa la reconversión tecnológica en gran escala de la
producción, los servicios, las finanzas, las comunicaciones y la
información, favoreciendo a las grandes corporaciones transnacionales
-definidas como protagonistas por excelencia en la nueva etapa- mediante
una marcada reducción impositiva y de los costos laborales y una
desarticulación creciente del Estado de Bienestar, reemplazado por una
nueva forma de Estado cuyas principales funciones serán garantizar la
acumulación empresaria y la carrera armamentista y espacial. Los
descomunales montos requeridos para llevar adelante estas estrategias
transforman a los Estados Unidos en un gran polo de atracción de
capitales financieros, utilizando para ello el incremento unilateral de
las tasas de interés decretado por la Reserva Federal en 1981; y cuya
contrapartida será la crisis del endeudamiento externo de América Latina
y otros países del Tercer Mundo e incluso del bloque socialista, como
Polonia o Hungría. El debilitamiento de la mayor parte de las naciones
periféricas -principalmente en América Latina y el continente africano-
debido a la crisis producida por el peso de su deuda externa, permitirá
consolidar el poder del FMI y el Banco Mundial sobre sus economías y la
imposición de diversos mecanismos de expoliación de recursos sociales y
públicos, que se inician con la estatización de las deudas privadas y
culminan con la privatización de las empresas, los servicios y los
principales recursos estratégicos estatales; unidos a otras medidas no
menos escandalosas. La hipócritamente denominada "década perdida" en los
ochenta es consecuencia de esas políticas; y la especulación financiera
de los noventa, al transformarnos en "países emergentes" y privatizados
-es decir, en propiedad privada de megacorporaciones
económico-financieras "globalizadas"- termina de colocarnos al borde de
la catástrofe, como anuncian las crisis financieras en Corea, Malasia,
Tailandia, Singapur, Indonesia, Rusia y hasta en el propio Japón. Porque
no estamos meramente ante una debacle coyuntural; se trata de una crisis
orgánica, de un corte de época histórica, debido al antagonismo profundo
entre la lógica de depredación y exclusión social propia de los procesos
de globalización neoliberales; y los potenciales y requerimientos
planteados por la Revolución Científico-Técnica, que están produciendo
un brutal efecto boomerang sobre quienes inicialmente la
impulsaron.
En este sentido, la Revolución Científico-Técnica
presenta diversas características y requerimientos vinculados con la
emergencia del conocimiento -que supone educación, información,
capacidad innovativa, diversos saberes en general- como el recurso
estratégico por excelencia, equivalente a lo que fuera el petróleo, la
industria pesada, la petroquímica y similares para la Revolución
Industrial. Hoy las ramas más dinámicas del mercado mundial son las
llamadas conocimiento-intensivo; y se tiende a superar la histórica
división entre trabajo manual e intelectual, ya que se calcula que en no
más de 10 años el 95% de las tareas normales de una sociedad van a
requerir una formación básica equivalente al secundario completo y deja
de tener sentido el esfuerzo físico en lo laboral. A su vez, es preciso
remarcar que, cuando se señala que los nuevos paradigmas tecnológicos
requieren un 75% menos de tiempo de trabajo humano, se está hablando de
tiempo de trabajo y no de personas. Esto último es fundamental, en tanto
se abren dos grandes alternativas polares hacia el futuro: porque se
puede reducir echando al 75% de los trabajadores; o mediante una
disminución en gran escala de la jornada laboral -donde se cambia tiempo
por calidad del trabajo- acompañada de diversos mecanismos de
redistribución de la riqueza social, lo cual requiere otro modelo de
sociedad y Estado como condición para un ingreso viable en las
coordenadas históricas y tecnológicas del próximo siglo. El anacronismo
histórico de la globalización neoliberal, su orientación a contramano de
la historia, su objetiva inviabilidad en el mediano plazo, se derivan de
estas características y opciones planteadas por la actual Revolución
Tecnológica.
La opción neoliberal impulsa un modelo de reconversión
tecnológica salvaje -tendiente a expulsar trabajadores bajo diversos
mecanismos de precarización, desocupación, subempleo, exclusión, brutal
disminución de los salarios reales, incremento de los niveles de
pobreza, eliminación de los derechos sociales básicos- que, al
combinarse con una lógica de acumulación caracterizada por la acelerada
concentración y polarización de la riqueza, está gestando una inmensa
masa de población excedente absoluta, supernumeraria, inservible desde
la perspectiva de los intereses hegemónicos: no les sirven como mano de
obra barata, porque son reemplazados por sistemas automatizados más
baratos y eficientes; ni como productores de determinadas materias
primas, desplazadas por la composición de los nuevos materiales; ni
mucho menos como consumidores, dados sus niveles de miseria e
indigencia. No es simplemente una masa de población pobre, se trata de
excluidos, de pobreza sin salida, de seres humanos que sobran en este
mundo. En la dinámica de la globalización neoliberal, esta masa de
hombres y mujeres excedentes está en peores condiciones que los
esclavos, los siervos de la gleba o los proletarios de Marx; porque para
poder obtener lucro de estas tres grandes categorías históricas de
explotados, se necesitaba que estuvieran mínimamente vivos, mínimamente
alimentados y mínimamente sanos. Por el contrario, cuando se trata de
población sobrante, lo mejor para los grupos dominantes es que
desaparezcan, que se mueran; exterminarlos, como hicieran con los
pueblos nativos en Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda o la
Argentina, para enviar a esos territorios su propia población sobrante
europea en la etapa madura de la Revolución Industrial, hacia mediados y
fines del siglo XIX. Nuevamente se pretende que una parte minoritaria de
la humanidad es verdaderamente humana y el resto son menos que humanos;
para colmo, cada vez más peligrosos. Así, hemos llegado a la situación
explosiva de la cual dan cuenta, entre muchos otros, los datos del
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, donde se demuestra
que el 20% más rico de la población mundial concentra más del 85% de las
ingresos y la riqueza; mientras la dinámica de la globalización
neoliberal determina que el flujo de recursos continúe drenando desde
los pobres hacia los ricos y desde el Sur hacia el Norte. El problema
adicional es que entre los pobres se produce el 97% de los nacimientos
en el mundo y, de continuar estas mismas tendencias, en no más de 10 a
15 años tendremos a un 10% de la población concentrando el 90% de la
riqueza terrenal, en tanto un 75% o más de los habitantes quedarían como
población excedente, excluida, sobrante, sin posibilidades de futuro y,
por consiguiente, barbarizada, obligada a conductas de desesperación que
se manifiestan de diferentes maneras.
La realidad muestra que, frente a la globalización de
la producción, la comercialización, los servicios, las finanzas, los
recursos estratégicos, las comunicaciones y la información, lo que se
vive en los territorios es un proceso de feudalización, donde se
construyen murallas feudales para defenderse de los nuevos bárbaros.
Murallas en sentido Norte-Sur u Occidente-Oriente como en la Europa
actual, nuevamente acosada por los musulmanes, los turcos y los eslavos;
y también como en los Estados Unidos blancos -que han construido una
muralla en términos estrictamente literales en su frontera Sur- ante la
presión migratoria de mexicanos y otros morochos de América Latina. Pero
asimismo hay una feudalización de las ciudades, tanto en las del Norte
como en las del Sur, en sentido ricos-pobres: es posible apreciar este
neofeudalismo urbano en Nueva York o en París, como en Buenos Aires,
Lima, México, Río o Saö Paulo. La clave es que, si los sectores
dominantes pretenden continuar profundizando estas tendencias
neoliberales de concentración de la riqueza y exclusión social, en no
más de 10 años las sociedades van a dejar de ser vivibles aún para los
privilegiados, más allá de la altura de sus muros feudales. Un ejemplo
fue Río de Janeiro hace unos años: muchos privilegiados con bellísimos
apartamentos en Copacabana mirando el mar, el morro, el sol, un día no
pudieron bajar porque estaba el arrasträo; esa invasión de las playas
por parte de niños y jóvenes que en otro modelo de sociedad deberían
estar estudiando, trabajando, haciendo deportes, dedicándose al arte o a
otras actividades creativas; pero que en estos modelos neoliberales, al
ser transformados en población excedente absoluta, están condenados a
ejercer conductas de desesperación para poder sobrevivir. Ese día los
privilegiados no pudieron bajar; pero si las cosas siguen así, más allá
de la represión que alguna vez ejercieran sobre los niños esos
siniestros Escuadrones de la Muerte, antes de 10 años los suben a
buscar.
Las respectivas proporciones demográficas y la
magnitud de la concentración y la polarización de la riqueza, indican
que si Europa Occidental y los Estados Unidos pretenden continuar con la
histórica dinámica de extracción de recursos desde las áreas
periféricas, su situación se hace cada vez más similar a la de la etapa
anterior al feudalismo, la del Imperio Romano. Hay que recordar que en
la caída de Roma confluyeron dos factores principales: en primer lugar,
antes del ataque final y de su llegada en masa, los bárbaros se fueron
infiltrando poco a poco, penetrando como hormigas en el interior del
Imperio; y actualmente hay que pasar por París, Londres o Nueva York,
para ver que están allí, han comenzado a penetrar en el Imperio. El
segundo factor decisivo fue la decadencia moral de las clases
aristocráticas y dirigentes romanas; y es también lo que observamos
actualmente en las concepciones hegemónicas del capitalismo en Occidente
(así como en Oriente y en el Sur): junto al incremento de la corrupción,
el narcotráfico y las mafias de diverso tipo, predomina una ideología
que expresa las facetas más pobres de la cultura occidental en todas sus
épocas: el lucro, el egoísmo individualista, la competencia desleal, el
consumismo, la hipocresía, la carencia de todo sentido solidario, las
xenofobias, el racismo. Son los rasgos de una profunda decadencia
espiritual. Cuando Bautista Vidal afirma que estamos en manos de mafias
y delincuentes, está empleando correctos y rigurosos términos
académicos: a modo de ejemplo, 400.000 millones de dólares anuales
ingresan a los grupos financieros internacionales a través del lavado de
narcodólares -ya sea en los paraísos fiscales o en bancos de los Estados
Unidos- y esto es un poder mafioso que alimenta la globalización de las
finanzas y sus métodos de especulación y saqueo. En este sentido, no es
cierto que la DEA quiera erradicar el narcotráfico; lo que quiere es
monopolizarlo: se trata de un mercado de 700.000 millones de dólares
anuales y para controlarlo debe desplazar, como en cualquier otro
negocio, a sus competidores de los cárteles de Cali, Medellín, Siria,
etc.
Y si estos proyectos hegemónicos no son viables por
sus consecuencias catastróficas, al mismo tiempo se muestran
disfuncionales, en términos estrictamente técnico-económicos y por
encima de los valores, frente a los requisitos planteados por el
despliegue de la Revolución Científico-Técnica y a las características
intrínsecas del nuevo recurso estratégico del conocimiento. Por una
parte, a diferencia de los recursos estratégicos de la Revolución
Industrial que promovían una tendencia a la concentración -dadas las
modalidades de la industria pesada, el petróleo, las economías de
escala, etc.- este recurso sólo adquiere sus potencialidades en cuanto
está distribuido en el conjunto de la sociedad. Si únicamente es
patrimonio de una minoría, no sirve: cuando el 95% de las tareas
normales requieren una formación básica equivalente al secundario
completo, la sociedad no puede funcionar con una población que carezca
de ese nivel. Y como se sabe que el saber es poder, la redistribución
del conocimiento supone necesariamente una redistribución del poder
social. Por otra parte, las principales fuentes de incorporación,
procesamiento, producción, reproducción y distribución de este recurso,
también son esencialmente democratizantes. En primer lugar, un sistema
educativo primario y secundario de alto nivel de calidad para el
conjunto de la población, además de un derecho social es un factor
económico indispensable; cumple un papel estructural y requiere
inversiones públicas equivalentes a las que en otros momentos se
realizaran en carreteras, ferrocarriles o represas hidroeléctricas. La
segunda fuente esencial supone una recapacitación laboral de amplio
alcance, de la totalidad de la mano de obra, para garantizar un acceso
directo o indirecto a la operación de las nuevas tecnologías; ello
supone nuevas formas de organización laboral y esencialmente la
conformación de equipos de trabajo donde se articulen diversos saberes,
ya que al trabajar en cooperación -y especialmente durante una etapa de
transición- no es preciso que todos los integrantes dominen esas
tecnologías: si algunos del equipo las dominan, todo el grupo tiene
acceso. Es el ejemplo de Chiapas con las redes Internet y la capacidad
de utilizar con inteligencia determinadas tecnologías de punta para
promover los propios fines.
La tercer fuente de este recurso estratégico son las
universidades articuladas con los sistemas científicos y tecnológicos,
porque allí se procesa el conocimiento en su más alto nivel de calidad y
en toda la gama de los saberes. Lo cual obliga a un replanteo en
profundidad acerca del papel de las universidades; porque el modelo de
Universidad -sus funciones esenciales y la determinación de quiénes
serán los beneficiarios principales de su actividad, la formación de los
cuadros universitarios, el tipo de conocimiento que se transmite, la
orientación de las investigaciones y otros aspectos que definen los
grandes lineamientos del modelo de universidad- está intrínsecamente
relacionado con el modelo global de sociedad: político, socio-económico
y cultural, predominante en una determinada etapa de la historia. A modo
de ejemplo, en la Argentina se ha conformado un modelo socioeconómico
global que llamamos "la Argentina privada": por una parte, hay un 15% de
la población privilegiada, que tiene altos niveles de educación privada,
universidades privadas, salud privada, seguridad social privada,
espacios de recreación privados, televisión codificada privada,
teléfonos privados y así sucesivamente; utilizando el término privado en
sentido neoliberal, de apropiación. Por otra, el 80% o el 85% restante
se encuentra crecientemente privado de educación, privado de salud,
privado de seguridad social, privado de viviendas, privado de trabajo,
privado de teléfonos, privado de espacios de recreación y así
sucesivamente, en el sentido privado de privación, de carencia. Esto se
vincula intrínsecamente con el modelo de Universidad que se pretende
imponer y se hace evidente a partir de datos muy simples. Tomando el
campo de la Arquitectura, nuestro país tiene un déficit cercano a los
tres millones de viviendas en los estratos sociales de menores ingresos;
por lo tanto, si el modelo político global está dispuesto a cubrir ese
déficit, reconociendo el derecho a una vivienda digna como un derecho
esencial de todos y cada uno de los ciudadanos, tendría que formar
muchos más arquitectos que los que tiene; pero si la idea es que
solamente se van a construir shoppings, countries o viviendas de lujo,
sobran más del 85% de los arquitectos que forman las universidades. Algo
similar sucede con los médicos, odontólogos, ingenieros, biólogos,
físicos, sociólogos, antropólogos, comunicadores sociales y demás
disciplinas duras o blandas.
A su vez, el tipo de conocimiento requerido por la
Revolución Científico-Técnica ha cambiado substancialmente; y así como
se han vuelto anacrónicas las calificaciones laborales de la cinta de
montaje del taylorismo frente a los nuevos requisitos de polivalencia
funcional; también se muestra anacrónica la "taylorización" del
conocimiento, la división entre disciplinas como compartimentos
estancos, la hiperespecialización en determinados temas, ignorando el
contexto global en el cual tales temas cobran su sentido más ajustado.
La formación que ahora se necesita son cabezas transdisciplinarias,
capaces de articular la información estratégica de los diversos campos,
de manejar encuadres complejos y abarcadores, que después se
especializan o toman determinadas problemáticas en profundidad. Pero
como este tipo de formación supone incorporar un amplio espectro de
conocimientos, el modo de lograrla es a través del pensamiento
colectivo, el trabajo en equipo, la cooperación, el intercambio de
ideas. Es decir, una formación sustentada en valores de una ética
solidaria, donde el egoísmo individualista, la competencia, esa lucha de
todos contra todos que promueve el neoliberalismo, son altamente
disfuncionales y nocivos para la producción del nuevo tipo de
conocimiento: generan universitarios e investigadores que rápidamente se
vuelven obsoletos. La ruptura en el tipo de conocimiento es tal que
quienes trabajan en matemáticas del caos o fractales -la avanzada de las
matemáticas y otras áreas de las ciencias duras- plantean la necesidad
de incluir en la formación de los matemáticos unos dos años de
literatura; porque la literatura obliga a un desarrollo casi
inconsciente de la imaginación que luego permite tener una actitud
creativa, ingeniosa, capaz de formular cuestiones desde ópticas
diferentes, con mayor sensibilidad y capacidad crítica. Incluso muchas
grandes empresas están descubriendo que les sirven más como ejecutivos
los filósofos o historiadores -que tienen una formación capaz de brindar
miradas más abarcadoras- que los hiperespecializados economistas
neoliberales doctorados en Harvard o en Chicago.
Pero debe tenerse en cuenta que el conocimiento no es
neutro; y que las universidades no deben actuar como si fueran élites
iluminadas, como las únicas poseedoras de la verdad. Es el caso de
dirigentes agrarios y sociales o de simples trabajadores, que pueden no
haber terminado la escuela primaria; pero el conocimiento, los saberes
prácticos, la sabiduría que ellos poseen, tienen un inmenso valor. Se
trata por lo tanto de establecer las bases de una articulación entre
diferentes tipos de conocimientos y saberes que deben ser
complementados, mutuamente enriquecidos a través del diálogo, el
respeto, el intercambio y la experiencia en común. Este intercambio de
conocimientos académicos y sociales es esencial para redefinir el papel
de las universidades en los procesos de reconstrucción económica, social
y cultural. Especialmente en esta etapa, dado que las universidades y
los sistemas de ciencia y tecnología son los únicos espacios en América
Latina donde se concentra la masa crítica del recurso estratégico del
conocimiento. A ello se une como ventaja adicional su capacidad
potencial para dar respuestas integrales -desde estrategias comprensivas
y multidisciplinarias- a procesos de recuperación económica y social en
las distintas regiones donde se encuentran situadas. Tienen además una
gran agilidad potencial para el intercambio de experiencias y
conocimientos a nivel nacional y son los instrumentos más dinámicos para
impulsar un proceso de integración continental autónoma, federativa y
basada en relaciones horizontales, pluralistas y democráticas. Son los
nuevos yacimientos de petróleo con que cuenta este continente para
ingresar en la nueva Edad de la historia, partiendo de la definición de
que todos los latinoamericanos tienen alma, son integralmente humanos y
capaces de hacerse cargo de su propio destino. Porque si bien ninguno de
nuestros países cuenta con los recursos materiales y humanos
imprescindibles para desarrollar tecnologías de avanzada, el conjunto de
las universidades y sistemas científico-técnicos de América Latina sí
los tiene.
De este modo, los potenciales de la Revolución
Científico-Técnica, el carácter del recurso del conocimiento y sus
fuentes de producción y reproducción -que son requisitos inexorables
para diseñar los nuevos esquemas productivos y de servicios, en
inteligente combinación con otros tipos de tecnologías y recursos, de
acuerdo con los objetivos trazados- obligan a impulsar procesos de
amplia democratización política, socioeconómica y cultural. Porque no es
posible democratizar la educación, la recalificación laboral y el
ingreso a las universidades y a los
sistemas de ciencia y técnica, sin democratizar los
otros espacios de la vida social: la salud, la distribución del ingreso,
la vivienda y el hábitat, las comunicaciones y la información, el
bienestar general. Lo cual mostraría una vez más la irracionalidad del
neoliberalismo: dado que, al deteriorar los sistemas educativos
primarios y secundarios; al anular la posibilidad de una efectiva
recalificación laboral ante el crecimiento del desempleo, el subempleo,
la precarización y la exclusión social de los trabajadores (en la
Argentina actualmente cerca del 75% de la mano de obra está
descalificada para operar con las tecnologías de avanzada); al acosar a
las universidades y desarticular los sistemas de ciencia y tecnología,
como lo están haciendo en la Argentina con la Comisión Nacional de
Energía Atómica y otros importantes institutos de investigación, lo cual
también está sucediendo el Brasil; el modelo neoliberal se transforma en
una propuesta semejante a la de envenenar el ganado, tirar salitre sobre
las tierras fértiles, derramar el contenido de los pozos de petróleo
sobre los ríos o el mar; dinamitar las represas hidroeléctricas y
similares. Es decir, se trata de un proyecto global orientado a destruir
los recursos estructurales indispensables para entrar en una nueva etapa
de la historia. No estamos entonces ante el único camino posible;
estamos ante una dinámica de poder de una profunda irresponsabilidad
social y nacional, que se mueve únicamente por la lógica del lucro, las
ganancias extraordinarias y la especulación; y que es imprescindible
revertir porque está llevando a nuestros países hacia una verdadera
catástrofe.
El
problema fundamental es cómo se construye un poder político-social y
cultural; un poder de afirmación nacional y social y de integración
continental autónoma, que permita revertir estas tendencias. Cómo llevar
adelante una batalla contra la cooptación de políticos, universitarios e
intelectuales orgánicos, característica de las estrategias neoliberales;
de esos antiguos cuadros progresistas, socialistas, nacional-populares,
que se han "modernizado" y adoptado la idea de que "la globalización
neoliberal es el único camino", acompañando el discurso monocorde de una
parte mayor de las dirigencias políticas y de los principales medios de
comunicación de masas. En este sentido, así como Maquiavelo frente a la
mutación -a la celeridad de las transformaciones que presenciaba
en los comienzos del siglo XVI, cuya magnitud daba cuenta de los inicios
de la Edad Moderna- apeló a la propia historia romana en sus escitos
sobre Los Discursos de Tito Livio, como base para diseñar alternativas
hacia el futuro; nosotros debemos apelar a las grandes tradiciones
populares de América Latina. Recuperar las bases de ese debate acerca de
quiénes son los seres verdaderamente humanos, los ciudadanos en estas
tierras; aquéllos capaces de construir democracias integrales
-políticas, sociales, económicas y culturales- y de aportar a una unidad
continental autónoma, como respuesta a los desafíos planteados entonces
por los inicios de la Edad Contemporánea. Porque en esas ideas de
democracias avanzadas y de integración continental, están las claves de
nuestras alternativas frente al porvenir. Es admirable la actualidad que
tienen hoy las ideas de Artigas, de Petión, de Hidalgo y Morelos, de
Dorrego, de Bolívar y San Martín, entre tantos otros líderes de la
emancipación; y en especial, las concepciones educativas de un Simón
Rodríguez, ante los requisitos del conocimiento impuestos por la
Revolución Científico-Técnica. Artigas y los sistemas flexibles de
producción o las redes teleinformáticas; Simón Rodríguez y la formación
de mentes creativas y libres a través de la educación; Bolívar y San
Martín en la construcción de una unidad federativa y autónoma de todo el
continente, para ingresar con dignidad y ser protagonistas de nuestro
propio destino en las coordenadas del siglo XXI. Porque allí están las
raíces de los nuevos modelos de sociedad, basados en una democratización
de todos los espacios de la vida social, que en la actualidad conforman
la condición inexorable -en términos fríamente técnico-económicos- para
desplegar los potenciales de la Revolución Científico-Técnica en esta
nueva Edad de la Historia.
Mayo 1999
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