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Fidel Castro y el futuro del marxismo: En busca de un socialismo inculturado
Alexander Drusborck - Otros textos del autor

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0905 - Fidel Castro es un símbolo. Intelectual, militar, icono de la izquierda occidental, incondicional apoyo de la Unión Soviética (no en vano recibió el premio Lenin de la Paz, como lo hicieran personalidades de la talla de Linus Pauling, Picasso, Neruda o Dolores Ibárruri), promotor de la internacionalización de la revolución y de la emancipación de los pueblos americanos, ha sido, sin embargo, bastión del incumplimiento de los Derechos Humanos y de la libertad de opinión en la perla del Caribe.

 

        Fidel Castro es ambiguo y contradictorio, pero ante todo fascinante. ¿Qué puede aportar y qué ha aportado de hecho Fidel, el comandante, al pensamiento y al progreso de los pueblos ahora que estamos a comienzos del siglo XXI? Lejos quedan ya los heroicos años de la revolución cubana, de las guerrillas que se afanaban por liberar a Cuba de la cruenta dictadura de Fulgencio Batista y de la opresión ejercida por el emporio comercial estadounidense, que utilizaba la otrora colonia española como dominio propio. En un mundo globalizado, es necesario replantearse el papel del marxismo y de la revolución.

 

        Para empezar, hemos de desmitificar el papel de Occidente, y en particular de España, en el desarrollo de los pueblos americanos. Como ha dicho María López Vigil (20 nombres para la Utopía, 1993, 93), la fecha de celebración no es el 12 de octubre: el 11 de octubre hemos de conmemorar el último día en que los pueblos nativos de América permanecieron libres, dueños de sus destinos y forjadores de culturas tan relevantes como la maya, la azteca o la inca, muchas de ellas literalmente aplastada por la voracidad y la miopía de los conquistadores, que sólo el genio de Las Casas o de Montesinos pudo denunciar. La noción misma de “Descubrimiento” esconde la miopía historiográfica occidental, el euro centrismo y el cerrazón cultural, antitéticos a todo espíritu de búsqueda y de apertura intelectual. Hasta el siglo XX, o más propiamente, hasta el movimiento emancipatorio del XIX (con Hidalgo, Bolívar o San Martín), Ibero América no había aportado nada sustancial a la conciencia occidental. Pero en el siglo XX, con la creación de las teologías de la liberación y con la revolución cubana, somos los occidentales quienes hemos tenido que acudir a Latinoamérica en busca de ideales. La teología de la liberación plantea una nueva visión del cristianismo desde la clave de la integración entre teoría y praxis, y Fidel Castro y el Che Guevara constituyen una genuina personificación de la capacidad de los pueblos americanos para ser fuente de un pensamiento original y fecundo, y para ser bastiones de resistencia contra la extensión del pensamiento único que va parejo a la expansión incontrolada del neoliberalismo.

 

        Ahora bien, ¿es compatible el programa castrista con la libertad? ¿Es compatible la vivencia coherente del socialismo en Cuba con la libertad de opinión y con la disidencia política e ideológica? Quizás no de facto, pero sí debería serlo de iure. Si el régimen de Fidel Castro no ha sido capaz de conciliar el programa socialista con la libertad es por su incapacidad de comprender la esencia genuina del socialismo. Karl Marx afirma en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 (una obra fundamental de la que emanan, cuan inmensos torrentes, las ideas de un joven renano que habría de convertirse en una de las mayores mentes de la Historia): “el comunismo es la forma necesaria y el principio dinámico del próximo futuro, pero el comunismo en sí no es la finalidad del desarrollo humano, la forma de la sociedad humana”. Por ello, absolutizar el sistema comunista como se ha venido haciendo en Cuba es un craso error. El espíritu de resistencia frente al dominio intempestivo del capital, frente a la deshumanización de la cultura y del trabajo y frente a la extensión de la pobreza y de la desigualdad no puede significar la uniformidad y el dogmatismo políticos. El socialismo y el marxismo, si quieren sobrevivir en el plano teórico y en la esfera práctica, deben divorciarse de toda alianza, aparentemente inevitable, con formas dictatoriales de gobierno. La utopía es posible, y Cuba simboliza el empeño genuino de Latinoamérica por resistir frente a un imperialismo asfixiante que ha encontrado inesperados aliados en Europa (como el último gobierno del “Partido Polar”, el PP, en España). Pero la utopía cubana, que ya ha dado muestras de notables posibilidades (la extensión de la educación, la calidad de la sanidad...), debe renunciar cuanto antes, en aras de la credibilidad y de la supervivencia del marxismo en Occidente, al totalitarismo, a la pena de muerte y a la supresión de las libertades y de las disidencias. Su fuerza no emana de la imposición, sino de la vigencia constante del ideal de construir un mundo nuevo.

 

        El teólogo G. Girardi, que conoce la realidad de la isla por experiencia propia,  escribe al respecto de los logros del socialismo en Cuba:

 

        “Cuba ha eliminado el hambre, la mendicidad, el analfabetismo, la ignorancia, el desempleo, etc. Ha creado un sistema sanitario capilar, de gran eficiencia, y que ofrece un servicio gratuito a toda la población. Ha prestado particular atención a los niños y a los ancianos. Ha reducido drásticamente la mortalidad infantil (del 60 al 10,7 por 1000 nacidos vivos), ha elevado la edad media de 60 a los 75 años, poniendo este país pobre al nivel de los países ricos. Ha creado un sistema de enseñanza pública gratuita para todos, ofreciendo a los más capaces amplias posibilidades de estudios superiores y universitarios. Los libros (numerosísimos en tiempos normales) impresos en Cuba se venden a precios ridículos y se agotan enseguida. La revolución ha creado centros de investigación superior extremadamente avanzada, por ejemplo, de biotecnología, en los que la ciencia es puesta decididamente al servicio del país, en particular de la salud y de la economía. Ha prestado particular atención a los disminuidos psíquicos, creando para su servicio una red de escuelas especiales. Ha abierto hospitales psiquiátricos dotados de gran competencia y humanidad. Ha instaurado un sistema económico y social que asegura trabajo para todos (...). Estas conquistas están a la vista y aparecen tanto más significativas si las comparamos con el resto de América Latina, del Tercer Mundo y, también con los países ricos de Occidente. Y demuestran que un sistema solidario como éste es posible, conduce a resultados netamente superiores y es, por lo mismo, alternativo al capitalismo” (20 nombres para la Utopía, 1993, 241-242). En efecto: ¿qué futuro se ofrece a amplios sectores de la juventud europea y norteamericana? ¿Un futuro superior al que se ofrece en Cuba y en un país donde el socialismo intente vivirse de modo real y efectivo –y, esperemos que en breve se haga de forma libre y genuina? Pasamos, al menos en España, de sectores juveniles desarraigados, que reniegan de la formación superior, de la educación y de la cultura y que en gran medida caen en el desierto de la criminalidad y de la delincuencia, en los que el nihilismo triunfa decididamente, a otros grupos (al estilo de los militantes en juventudes populares o socialistas, en movimientos neocatólicos o neocristianos) absolutamente acríticos, donde prima la uniformidad sobre el pensamiento propio, donde se practica el adoctrinamiento por encima de la necesaria predisposición a la autonomía intelectual y social. Con esto no sostengo que en Cuba se haya conseguido  inculcar la búsqueda individual en solidaridad con todos los hombres y mujeres de la verdad y de la paz, con la investigación libre y rigurosa, pero sí creo que las alternativas en los países del mundo desarrollado no son muy halagüeñas. Se trata también de transformar los narcóticos sociales e intelectuales que fascinan e ilusionan a millones de personas (los deportes en masa, el cine...) en verdaderos puentes de igualdad, libertad y fraternidad, en puentes de solidaridad y de crítica a la uniformidad que conlleva el sistema único de mercado: supone cambiarlos radicalmente, humanizarlos de tal modo que en lugar de privilegiar a unas personas sobre otras, por mucho talento que puedan tener, acerque a todos los hombres y mujeres y fomente el intercambio cultural. La sociedad actual, que focaliza gran parte de su energía en los estadios de fútbol o en las salas de cine, debe adquirir conciencia de la gran tarea que le aguarda: ante todo, la consecución de la libertad en todos los pueblos, ligada a la búsqueda de la igualdad efectiva entre todas las personas y a la supresión de la pobreza (labor ésta que no representa un ideal, sino una realidad que debe definir el progreso intelectual y social) y en último término a la instauración de una cultura de la fraternidad.

 

        Cuba no debe desistir. Cuba puede convertirse en el primer país auténticamente humanista, donde los caminos abiertos en su momento por Karl Marx y por una ilustre tradición filosófica, sociológica, económica, científica y teológica posterior encuentren un suelo fecundo desde el que brotar. La revolución se hizo en su momento, y permitió “volver a empezar”, buscar un punto cero desde el que construir un auténtico Estado social. Fidel Castro aún no lo ha conseguido, como tampoco lo han conseguido los líderes del primer mundo que, sin capacidad de pensar el mundo desde categorías más amplias y humanas que las de interés o mercado, han sucumbido a la ilusión de la “unidimensionalidad”, que ya denunciara H. Marcuse, a creer que la utopía no es posible y que hemos de resignarnos a realizar arreglos parciales en la sociedad y en la cultura, sin ir a la raíz de los problemas y sin proponer situaciones que alcancen un mínimo de universalidad. Una razón crítica, ciertamente, que no confía absolutamente en sí misma sino que es consciente de la influencia de lo cultural y de lo contingente en su constitución, pero que no niega la posibilidad de que la razón solidaria, que se nutre de la comunión de todos los hombres y mujeres del mundo, pueda elevar al hombre por encima del hombre, pueda intelectualizar al hombre, pueda hacer de su apertura a horizontes que lo trascienden no una alineación desde su espacio propio sino una muestra de superación, de libertad y de absolutización. 

 

        Es necesario buscar un socialismo solidario, de proyección universal, pero que brote de la libre decisión y del empeño autónomo de los pueblos y de las culturas. Sólo un marxismo inculturado, un marxismo asimilado y que penetre en las estructuras religiosas, histórica y sociales de las realidades geográficas, puede transformar el mundo o más bien hacer evolucionar al mundo a un horizonte ulterior, como le corresponde de manera esencial y constitutiva, ya que el ser es, por concepto, superación de sí mismo, posibilidad con respecto a sí mismo, integración con respecto a sí mismo. Un marxismo hecho cultura y no fundado en un universalismo abstracto y ficticio, que acaba siendo un soterrado localismo (como, a mi juicio, ocurre con las interpretaciones inspiradas en Marx –pero que ni de lejos son fieles ni a sus textos ni su espíritu- de Lenin, Trotsky y Mao), y que en la línea del Che Guevara se presente no tanto como alternativa sino como espacio necesario para la auténtica promoción de la persona. El marxismo puede contribuir enormemente a que se produzca una ansiada evolución-revolución en lo religioso en cuanto tal, que se arriesgue a contemplar a Dios y a lo divino no como una respuesta, como un datum, como algo externo al hombre, sino como personificación de la pregunta que define el existir humano. Sólo así se comprende y atisba la igualdad radical entre todas las religiones, y la igualdad entre ateísmo y teísmo, entre increencia y creencia, la síntesis entre lo finito y lo infinito que percibiera Hegel con legendaria perspicacia y que nos permite liberar al hombre de lo supremo, al convertirle a él en sujeto de lo supremo, que de algún modo habita en él y nace de él, al tiempo que le abre nuevos espacios de vivencia y de reflexión.

 

        De esta forma, en Cuba podemos apreciar una apelación a una decidida transformación del marxismo en:

 

1)    un socialismo solidario y universal, que respete la identidad cultural de los pueblos del planeta,

2)    una convicción profunda de que siempre hay otro mundo posible, que no se agota ni en el capitalismo ni en la supresión del mercado, sino que el marxismo es, propiamente, una llamada, un estímulo al progreso y al cambio continuo que tienen origen en el ser mismo de la persona como un trans-ser, como una superación constante de sí misma, como una apertura a la alteridad y a la ulterioridad, como una pregunta incesante e interminable,

3)    un socialismo que sirva tanto para el Tercer Mundo como para los países desarrollados,

4)    un socialismo que devuelve la imagen más genuina de Marx: el filósofo y el utópico, que no redujo al hombre a lo estructural-económico, sino que buscó ante todo su capacidad de transformación, de renovación y de superación. ¿No encuentran aquí los cristianos el eco de la palabra “conversión”, quizás el concepto más importante que dimana de los Evangelios? Marx, con su crítica a la sociedad y con su apuesta por el progreso y el dinamismo humano, aparece así como un santo cristiano y de todas las religiones en general.

 

El Che, y la revolución cubana, simbolizan el inconformismo y la búsqueda: “El Che es un hombre inconformista, que no accede a dejarse gobernar por los valores dominantes. De ahí su búsqueda, su ansia de viajar, su pasión por la libertad. Esta libertad le exige, ante todo, confrontar su ambiente, salirse de él, abrirse a nuevos horizontes. El egoísmo, el dinero, los valores dominantes no le satisfacen, no le ofrecen sentido a la vida. De ahí su inquietud, su propensión al riesgo, su desprecio de la seguridad establecida. Digamos que el Che busca ser él mismo, desde una profunda afirmación de su autonomía” (B. Forcano, El Evangelio como horizonte, 1999, 172-173). El Che es, asimismo, la antítesis de la corrupción del socialismo en los regímenes totalitarios que ha padecido el que E. Hobsbawm ha llamado “el siglo breve”. El Che encarna un no decidido al establecimiento de elites dentro del sistema, un no decidido a la uniformidad cultural y artística a la que el socialismo real (al menos en la Unión Soviética, extrapolado a lugares como la Brasilia de Niemeyer) sometía a los creadores, un no a la vulgaridad y a la ociosidad,  un sí a la verdadera aristocracia (la aristocracia de la cultura y de la solidaridad), un no al falso izquierdismo, un no a la falta de sinceridad, un no a la riqueza extrema y al mercado incontrolado al menos hasta que se haya alcanzado un equilibrio y unos cánones de vida dignos para todos los hombres y mujeres del planeta: un sí al compromiso, un sí a la búsqueda, un sí a la conciencia de límite, un sí a la fraternidad y al diálogo, un sí a la pluralidad.

 

La Economía es una ciencia humana, y por ello la voluntad de Marx de integrar economía y filosofía sigue vigente. Ser marxista hoy significa, ante todo, creer en la posibilidad efectiva de esa síntesis entre lo humano y lo natural, entre lo antropológico y lo científico. Marx se dio cuenta de que en el control de los medios de producción se decide el futuro de la sociedad. Pero los verdaderos medios de producción no se encuentran en el terreno económico o político, sino en el cultural, científico y religioso. Estas tres dimensiones de lo humano han conformado civilizaciones y han regido la Historia. Desde el momento en que todos seamos partícipes de su control, que debe ser servicio y comunión con los otros (comunión entre la identidad y la alteridad), y ellos pasen a un contexto universal, entonces ser alcanzará la sociedad sin clases, que es un límite, una plasmación del ideario utópico, pero que, al igual que lo infinito, brota de lo finito y se encuentra ya, aunque imperfectamente y de manera incompleta, en lo finito. Por otra parte, la dinámica del progreso, que lleva a la continua superación y transformación de la realidad dada o construida, a la búsqueda y a la realización de la ulterioridad, no se caracteriza por una dialéctica bipolar entre opuestos claramente definidos (del tipo burguesía/proletariado, globalizador/globalizado, Estado/individuo, poder/rebelión...), sino que conviven e interaccionan pluralidades dialécticas, dialécticas múltiples y pluralidad de opuestos. No es por tanto tarea sencilla predecir el cauce del progreso o la estructura de la sociedad ideal, sino que es necesario integrar las aportaciones de las ciencias sociales y naturales, junto con un estudio crítico de la realidad histórica y presente, para atisbar y encauzar el desarrollo de la Humanidad de modo que conduzca a una superación y a la vez a una universalización de lo humano.  La síntesis es, en primer lugar, diálogo de posturas, y por tanto no es posible alcanzar una superación auténtica de la oposición sin un reconocimiento de la diversidad como constitutivo del existir humano. Un marxismo abierto, universal e integrado en las culturas y en las sensibilidades de los pueblos debe catalizar decisivamente el desestancamiento del actual modelo social e intelectual (que se caracteriza por la falta de visión, de utopía, de alternativas, de creatividad..., que no aprovecha suficientemente lo científico a la hora de construir un mundo más amplio y más intelectualizado, y que parece abocado a cerrarse sobre sí mismo y no es capaz de incluir conceptos como solidaridad o fraternidad-sororeidad en sus estructuras antropológicas).

 

        El marxismo hoy no debe buscar como primer objetivo la supresión de la propiedad privada. Esto sólo funciona como ideal, como límite asintótico, pero ignora la contingencia de lo histórico y de lo humano en general: un sueño, una utopía que debe servir como “idea reguladora” (en el sentido que I. Kant atribuía a diversos conceptos de la razón pura): lo que ahora necesitamos es limitar, racionalizar, humanizar la propiedad privada. Poner la propiedad privada al servicio del desarrollo íntegro humano, del hombre y de la mujer, al servicio de la Ciencia, de la investigación y del conocimiento, y al servicio del entendimiento entre pueblos y religiones. En los países subdesarrollados, al no haberse producido el tránsito de una sociedad dominada (en este caso por la globalización inmisericorde, por las grandes potencias políticas y financieras) a una sociedad autónoma y libre, urge primero efectuar un cambio de paradigma inspirado en las revoluciones comunistas, pero que se base no en la toma violenta del poder manu militari sino en la alianza consciente de los sectores sociales y culturales del país. De la toma de las riendas del poder por parte de los sectores sociales debe pasarse a la institucionalización de un sistema socialdemócrata que garantice la igualdad, la libertad y la racionalización de la propiedad privada. Por socialdemocracia no quiero referirme a la práctica concreta de los partidos socialdemócratas en Europa, sino a la conjunción de socialismo y de democracia, de una democracia que no sea lo que Roger Garaudy ha llamado “monoteísmo de mercado”: debe tratarse de una democracia fundada en los principios sociales, de fraternidad y de solidaridad, de conocimiento y de igualdad, libre de la mercatocracia y de la mediocracia (el dominio implacable de los medios de comunicación), al abrigo de ideas nuevas y con vocación humanitaria universal. Una democracia que se defina, en esencia, por su autocontrol y por su deseo de trascenderse a sí misma y de buscar formas que converjan hacia la utopía de un mundo justo, igualitario, libre e intelectualizado. Una democracia que institucionalice la fraternidad, la solidaridad y  el libre intercambio de ideas, amparada en el respeto a la dignidad humana como condición de posibilidad de todo progreso y aun de toda reflexión o debate, y que actúa como límite efectivo a la divergencia ideológica. La actual utilización acrítica del término “democracia” (por ejemplo, en relación a los países árabes y en especial a la guerra de Irak, símbolo de la penuria intelectual y política del imperialismo neoliberal) olvida estos supuestos y se blinda en una noción impersonal, deshumanizada y deshumanizadora, estrecha y localista de lo que significa la igualdad y la libertad de elección. La democracia debe ser el cauce eminente del progreso humano y social, del entendimiento entre los pueblos y las culturas, y en último término del alcance de la sociedad de la fraternidad que supera lo propio e individual y lo colectivo-social: la sociedad sobre-humana y sobre-evolucionada donde los individuos adquieren conciencia de tomar las riendas de la Evolución y del desarrollo. La democracia, en cuanto compromiso en la convergencia hacia la utopía, debe tender a la limitación de la propiedad privada y a la regulación, racionalización y humanización del sistema de mercado: una democracia inculturada que lleve a la realización del ideal humano, a saber, la conjunción plena entre libertad, igualdad y fraternidad. Una democracia comprometida en la desaparición del armamento y de los ejércitos, inútiles y contrarios a la tendencia efectiva a la sociedad fraterna y humana, tal que todo presupuesto destinado a la investigación militar se invierta en investigación civil, científica y cultural.

 

        ¿Y qué papel desempeñan las religiones en un proyecto de sociedad de la fraternidad que renueva el auténtico marxismo y se define, ante todo, por el carácter constitutivo del diálogo intercultural y de la diversidad de concepciones del mundo? Una pregunta similar seguramente se hayan formulado personas como Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Helder Camara, Óscar Romero, Juan XXIII, Samuel Ruiz, Pedro Casaldáliga, Rigoberta Menchú, Teresa de Calcuta o el mártir Ignacio Ellacuría. ¿Tiene futuro la religión en un mundo que busca globalizar la fraternidad, la solidaridad, la utopía? Depende de lo que entendamos por religión. La búsqueda a la que nos referimos exige una revolución en lo religioso, una conciencia decidida de que Dios es la pregunta que acompaña a todos los hombres, y de que el mundo, aun en su contingencia, contiene ya lo infinito, aunque no lo realice o agote, y por ello hemos de ser capaces de actualizar lo infinito en lo finito, aun percibiendo que todo proyecto será por esencia ampliable y reformable pro las generaciones futuras. En suma, lo religioso debe aportar una conciencia de ulterioridad, de capacidad de superación, de finitud, de límite, de apertura, de trascendencia-inmanencia, de progreso, de comunión (noción ésta profana y religiosa, profana porque significa la convergencia entre todos los hombres y mujeres, la convergencia entre lo finito y lo infinito; y religiosa porque en confesiones como el cristianismo Dios es visto como Trinidad, como perichoresis, como amor recíproco en igualdad y en libertad: es el Dios-fraternidad). El ser humano se caracteriza por vivir en un estado de pregunta, pregunta que es una particular mezcolanza de admiración (Aristóteles) y de crítica (I. Kant). Las religiones son expresiones posibles de esa pregunta, en tradiciones culturales, económicas y geográficas. En último término, las religiones, aunque no deducibles estricta o directamente de las sub-estructuras socio-económicas (del mismo modo que la tendencia a lo infinito o lo infinito mismo no se deduce, sin más, de una finitud dada, aunque esté incoado en la finitud, como lo universal está ya dado en cierto sentido en lo particular, y negar lo particular supone negar lo universal, y borrar todo rastro de universalidad supone aislar y a efectos prácticos aniquilar toda particularidad), sí se entienden desde los espacios sociales generados a lo largo de la Historia, siendo lo material y lo espiritual términos convergentes, como finitud e infinitud, que designan a una misma realidad dinámica.

 

        Las religiones deben ser también conciencia activa, voz crítica contra la opresión, la injusticia, la manipulación y la desigualdad. Deben proclamar la vigencia profética de la utopía, de lo infinito que se atisba ya en lo finito. Hay justificación evangélica, en el caso del cristianismo, para la limitación de la propiedad privada en aras de la universalización del progreso y de la dignidad. Fue Jesús de Nazareth quien dijo: “Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque Dios os saciará. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis” (Lc 6, 20-22). No se trata de reducir la ortodoxia a ortopraxis, el mensaje propio de cada religión a la transformación revitalizadora del mundo, sino de comprender que la síntesis de finitud e infinitud corresponde también a la síntesis de doxa y praxis, de contemplación y de acción, de trascendencia y de inmanencia. Una interpretación excluyente limitaría el término “pobre” a la pobreza de espíritu, pero dicha hermenéutica ignoraría la síntesis entre lo contingente y lo universal, entre lo material y lo espiritual. Sería una hermenéutica ajena al mundo y al tiempo, ajena en última instancia al kairós de la Encarnación como unión de lo absoluto y de lo humano. Mientras no cesen la pobreza y la marginación y no se deshagan las estructuras que las justifican y las consagran, no podrá lograrse al camino certero hacia la utopía y la cultura de la fraternidad, y la persona no podrá ser persona. La labor de las confesiones religiosas, como la de todo hombre y toda mujer, es ejercer la crítica profética a todo lo que aliena al hombre, a todo lo que lo aparta de la apertura y del progreso. En particular, el capitalismo se muestra como algo en principio contrario a toda religión. El ideal es la sociedad fraterna que vive en libertad e igualdad. La igualdad, claro está, no se reduce a lo puramente material, si bien también comprende esta dimensión, y supone no el que todos posean los mismos bienes (quizás sí en última y lejana instancia), sino que la diferencia relativa no se base en el aumento del desequilibrio y de la divergencia, sino en la convergencia. Es decir: que para que haya hombres y mujeres prósperas, no deba haber cada vez más pobres, sino que ellos prosperen y que su prosperidad se manifieste también en el aumento de la prosperidad relativa para los demás. Supone, por tanto, alterar los pilares del actual sistema de mercado y sustituirlos por una búsqueda de la convergencia real y del crecimiento progresivo, acumulado y universal, e implica un control y una racionalización de las actividades socio-económicos. En suma, una nueva visión del mundo y de lo humano a la que la obra de Karl Marx puede y debe aportar no sólo principios, sino verdaderos espacios de reflexión.

 

        Cuba se inclinó en su momento hacia el socialismo, y hoy puede ejercer de plataforma privilegiada hacia la cultura de la fraternidad. Ojalá Cuba no cese en su empeño de resistir a la diabólica voluntad de ciertos sectores de hundirla y de integrarla forzosamente en la senda del neoliberalismo. Ojalá cesen los injustos e inhumanos embargos, que desacreditan al sistema capitalista, incapaz de convencer a los cubanos con ideas y que se ve obligada a usar medios coercitivos. Ojalá en Cuba el marxismo sea vivido de una forma humana, real, originaria y universal, respetuosa con otras formas de pensamiento y con los sentimientos religiosos de quienes habitan en esta isla caribeña. Ojalá Cuba evolucione por los caminos de la libertad, y que, como proclamara Juan Pablo II, “Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba”.
 

 

 

 

 

 

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