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231006 -
El siglo XXI se nos presenta como
una etapa fascinante. Claro está que todo el mundo habrá pensado que su
tiempo era el más sugestivo de cuantos se habían dado, y en el que
verdaderamente merecía la pena vivir. Y no andaban errados, porque al menos
desde la Ilustración, la idea de progreso ha dominado el pensamiento
occidental. Vano es ya aludir a mitos gloriosos y a tiempos idílicos como
hiciera Platón: el ser humano ha tomado conciencia de que él lleva las
riendas de su propia evolución, y de que, asumiendo y superando el pasado,
debe esforzarse por hacer del futuro un espacio donde poder ser más hombre,
donde poder sobre-evolucionar. La utopía es una peculiar síntesis de pasado
y de futuro que aspira a darse en el presente: la utopía aprende del pasado,
lo estudia, y hace de las ciencias sociales y en especial de la Historia
ramas del saber imprescindibles para todo humanista auténtico, preocupado
por el bien de las personas. Contra la estigmatización cartesiana de lo
histórico como ajeno a la racionalidad en su grado eminente (que él
reservaba para las matemáticas y las ciencias que se valen de este método),
hoy sabemos que las pretensiones absolutas y de exactitud milimétrica fallan
clamorosamente, que la probabilidad y la indeterminación son conceptos
necesarios para describir el orden fundamental que compone el Cosmos (como
se puede comprobar en la mecánica cuántica), y que los problemas humanos
requieren de una reflexión que trascienda, pero que integre, el trabajo
estrictamente científico.
En cualquier caso, podemos prever
que el siglo XXI no defraudará. Un siglo en el que hemos entrado con paso
tambaleante, casi al tiempo que veíamos desplomarse las Torres Gemelas de
Nueva York, y sin habernos recuperado de semejante conmoción, nos
preocupábamos aún más por la deriva belicista e inhumana que seguía la
política internacional al son de las guerras de Afganistán y de Irak; un
siglo que prometía mucho pero que, por el momento, ha dado más bien poco. Un
siglo que ha confirmado los peores presagios: extensión del espíritu de la
anti-Ilustración, con la difusión generalizada de la ignorancia, del
fanatismo, del antipacifismo, de la discordia... Y de nada vale tratar de
refugiarse, como intentara Schopenhauer hace ya casi dos siglos, en el Arte
y los supra-mundos. Todas las esferas de la vida, intelectual o práctica,
deben contribuir al progreso del hombre y de la mujer; todas están llamadas
a lograr un universo, un espacio y un tiempo, donde el ser humano se supere
constantemente a sí mismo y haga del conocimiento su más eminente posesión.
En realidad, una división entre lo intelectual y lo práctico, entre ciencia
y acción, adolece de serios defectos: ¿por qué desligar lo intelectual de lo
práctico? ¿No han sido acaso filósofos, teólogos, historiadores y poetas
quienes han cambiado el mundo, quienes han legado ideas como la de
separación de poderes o de autonomía de lo humano, quienes han ofrecido a
cada época una imagen de Dios acorde con el Zeitgeist, o quienes han
posibilitado con sus ideas y fantasías –véase Julio Verne o los escritores
de ciencia-ficción- que muchos sueños se hicieran realidad? El saber no
exige acción a priori, pero es su fuente más preciada y originaria.
Karl Marx pasó largas horas en la biblioteca del Museo Británico estudiando,
comparando, investigando, indagando, divagando, especulando... Antes de
pasar a la acción tuvo que sumergirse en un mundo fascinante, el del saber,
y sólo gracias a eso pudo luego erigirse en símbolo del ansia de un mundo
nuevo. Desde un oscuro despacho de la Oficina de Patentes de Berna, el joven
Albert Einstein puso los cimientos a una concepción revolucionaria del
Universo y de lo material.
Cuatro son los objetivos
prioritarios de la Humanidad en el siglo XXI:
1)
Ejercicio consecuente y radical del diálogo
interreligioso e intercultural como condición de posibilidad del progreso de
todos los hombres y mujeres de la Tierra. Un diálogo abierto, sin
exclusiones, interior, lingüístico, político-liberador, mítico, religioso,
integral y permanente, como hace ver R. Panikkar (El diálogo
indispensable, 2001). Un diálogo libre de ataduras ideológicas y
dogmáticas (en este sentido, es absolutamente imprescindible que en cada
credo, en cada religión, se instituyan “escuelas de Frankfurt”,
independientes del pensamiento oficial y de la autoridad, que abran nuevos
cauces de reflexión frente al peligro del fundamentalismo).
2)
Una humanización de la propiedad privada y del
sistema de mercado a fin de lograr una mayor convergencia entre pueblos e
individuos.
3)
Extensión del progreso científico y
tecnológico, exploración de los nuevos terrenos abiertos por la Ciencia y un
deseo firme de afrontar los desafíos que esto supone, especialmente en el
campo de las biociencias, para todos nosotros.
4)
Un respecto integral hacia el medio ambiente,
buscando un desarrollo sostenible y una concienciación global del valor y de
la necesidad de la Tierra para el progreso, y de su importancia decisiva
para el conocimiento y la ciencia aplicada.
En suma: difundir una concepción dinámica,
evolutiva y científica, del mundo y de la Historia, que permita a todos los
hombres y mujeres tomar conciencia de su capacidad de progreso y de
innovación., y de su autonomía, libertad e igualdad, todo ello en el marco
de una cultura de la fraternidad que canalice las diferencias y las utilice
para bien (es decir, para posibilidad de avance y de afirmación del hombre)
de la Humanidad. En palabras de K. Marx, “algún día a la ciencia natural se
incorporará la ciencia del hombre, del mismo modo que la ciencia del hombre
se incorporará a la ciencia natural; habrá una sola ciencia” (Manuscritos
de economía y de filosofía, 3, IX). Hoy estamos cada vez más preparados
para ofrecer una visión unitaria y dinámica de la realidad, donde la
tradicional dualidad entre materia y mente, o entre materia y espíritu, es
contemplada desde la óptica de la convergencia de lo finito en lo infinito,
del infinito como límite de lo finito pero que ya está incoado en lo finito.
Advertimos en nuestros días la creciente convergencia entre todas las
disciplinas hacia preguntas similares, métodos análogos y amplios... Y K.
Marx constituye un valioso ejemplo del deseo de integrar ciencias humanas y
naturales: en ambas, es el mismo ser humano quien piensa e indaga.
A nivel ético, esta propuesta
implica una opción clara: un relativismo inspirado en la izquierda solidaria
y científica, un relativismo que para ser tal requiere como condición de
posibilidad la dignidad de la persona humana, ya que quien piensa y quien
relativiza, para hacerlo, necesita ser ante todo persona libre. Supone no
dar preferencia a ningún programa ético sobre otro, o a ninguna ideología o
religión sobre otra, mientras no alteren ese fundamento de relatividad que
es la dignidad humana. Así, por ejemplo, el sistema hindú de castas es
insostenible desde argumentos culturales o etnográficos, ya que atenta
contra la dignidad de la persona, negando a ciertos individuos el carácter
de persona sin más razones que el de obsoletas tradiciones, contrarias al
progreso y a la Ciencia, y defenderlas sería contribuir a esa violación de
los Derechos Humanos –formalización del principio de dignidad humana- e
ignorar el genuino espíritu de la religión hindú, amparándose en tradiciones
históricamente contingentes. Lo mismo podría decirse de otras religiones que
lesionan gravemente la dignidad de la mujer o restringen sus derechos y
deberes. Hoy verdaderamente podemos decir, con Protágoras (aunque los
griegos, por su cosmocentrismo, no habrían compartido nuestra
interpretación), “el hombre es la medida de todas las cosas”, y no tanto el
hombre como la posibilidad del hombre. El ser humano y sus posibilidades son
las fuentes de la Ética y del Derecho. Afirmación tan tajante no contradice
el relativismo, sino que actúa como condición necesaria del mismo: el
humanismo genuino funda el relativismo auténtico.
Nuestro relativismo supone un
acto de valentía intelectual, un decir “no” a los miedos e inseguridades que
se deriven de la pérdida de certezas, y un “sí” a la persona, un “sí” al
hombre y a la mujer. Nada es definitivo, ni siquiera la izquierda, pero sí
es la posibilidad humana, insoslayable pero inagotable en categorías
rígidas. Por tanto, el verdadero humanismo conlleva analizar atentamente
cada situación y cada tiempo para ver qué dan de sí las posibilidades
humanas y a qué horizontes y espacios llevan, en lugar de presentar teorías
apriorísticas y deterministas del progreso humano. Un humanismo temporalista,
abierto al futuro, con previsión y con conocimiento de lo pasado, que se
preocupe más por ampliar su juicio (por “ver más y más allá”) que por
defender a ultranza sus postulados. Implica, en última instancia, abandonar
todo postulado que no sea el de la posibilidad humana. Los existencialistas
(descollando Heidegger y Sartre) definieron al hombre como existencia antes
que esencia, como potencia antes que acto, y ciertamente percibieron que lo
más característico del ser humano es esa indeterminación y esa apertura que
los hace capaces de ser sobre-humanos y trans-humanos, capaces, en
definitiva, de progreso.
La utopía es relativizable, pero
como no es algo cerrado, es condición necesaria y suficiente para la
vivencia auténtica del relativismo. La democracia es expresión máxima de ese
relativismo humanista, pero una democracia que no caiga en el error, en la
falsedad y en la corrupción a la que se ven abocadas las democracias
actuales, como se deduce de las siguientes consideraciones:
1)
La no universalidad de la Justicia. En el
sistema presente, quienes más tienen, quienes más poder y dinero acaparan,
pueden conseguir a los mejores abogados e incluso evadirse de la ley. Hasta
los Estados caen en atroces crímenes sin que sus gobiernos o dirigentes sean
por ello juzgados (véase en la guerra de Irak, o en las acciones de la CIA,
y de la KGB en su momento, contra pueblos, individuos y culturas).
2)
El control político, ideológico y mercantil de
los medios de comunicación, que en lugar de cauces de expresión libre se
convierten en adalides y corifeos acríticos del partido o del grupo al que
sustentan, sin valentía para afrontar los verdaderos retos de una sociedad
plural, ni tampoco para denunciar la injusticia. Exponen lo que les interesa
y ocultan lo que les perjudica. Es necesaria una revisión urgente de los
contenidos y de las formas de todos los medios de comunicación: un sí a la
pluralidad, un no al partidismo caciquil y retardatario.
En suma: urge, para que nuestras democracias
no tengan sólo de verdadero el nombre, una reforma profunda, social, plural
e intelectual, con posibilidades de discutirlo todo, sin tabúes de lo
políticamente correcto. Urge decir no a los ejércitos, a la inversión en
armamento en lugar de desarrollo, a la inversión en investigación civil en
vez de en tecnología militar. Un no a las agencias secretas, a los paraísos
fiscales, al ocultamiento de información y al secretismo, un no al control
global de las economías (con instancias como el FMI o el Banco Mundial) que
han sellado la divergencia y la desigualdad, con una miopía social y
científica sin iguales, incapaces de proponer alternativas a la brecha que
surge entre países ricos y países pobres, más preocupados por extender un
capitalismo salvaje que por difundir “salvajemente” y sin temores el
conocimiento y la Ciencia a todos. Un sí a la alianza de civilizaciones, a
la alianza contra el hambre, el terror, la ignorancia, el despotismo y el
imperialismo. Un sí al humanismo, que entronca con las tradiciones más
genuinas de todas las culturas, de la Ilustración a China.
El mayor descrédito contra la
democracia y el humanismo social y político (que es, en definitiva, la
cultura de la fraternidad) sería los intentos de imposición a la fuerza de
este sistema, como se han efectuado en los últimos años en países como
Afganistán o Irak. En palabras de Juan Pablo II, “las ideas no se imponen,
se proponen”, y el escritor y premio Nobel ruso A. Solshenitsen ha señalado
que la democracia no puede ser exportada y extrapolada, sino que debe brotar
del sentir y de la firme y pacífica determinación de los pueblos. Antes que
imponer una democracia que, además, es en muchos aspectos un fraude, más
valiera que los estados y los ejércitos se esforzasen por extender la
educación. Hemos de buscar una democracia en sentido pleno, libre de
dominios (J. Habermas), y con un fondo social irrenunciable. El rechazo a la
Constitución Europea por amplios sectores de Francia y de Holanda es prueba
fehaciente de que numerosos colectivos del continente europeo (que goza de
una importante tradición filantrópica y de una estela de pensamiento de
izquierdas que atenta directamente contra la ideología de la uniformidad
exportada de los think tanks norteamericanos: no en vano el
socialismo en su dimensión filosófica y científica nació en Europa, y desde
allí ha podido inspirar a multitud de intelectuales en todo el mundo,
tratando de inculturar ese socialismo) rechazan frontalmente las prácticas
neoliberales, el capital por el capital y el mercado por el mercado, y
comprenden que el individuo sólo se comprende plenamente a sí mismo en
interacción con la dinámica social. El verdadero progreso es el progreso
social, posibilitado por los progresos individuales, ciertamente, pero que
emerge como un progreso autónomo: el de la sociedad en cuanto tal, y es por
ello que el Estado debe afanarse por humanizar lo individual. El crecimiento
económico no es real si no se traduce en un crecimiento convergente y
equilibrador, gobernado por las necesidades de las personas (el ser humano,
decía K. Marx, es un ser de necesidades, y más aún podríamos avanzar
diciendo que el ser humano es un ser de posibilidades, y que la sociedad
debe dar cauce a todas las posibilidades de todos los individuos). El
socialismo científico es perfectamente compatible con el espíritu
democrático (Salvador Allende, marxista y demócrata, lo ejemplificó con su
vida y con su injusta muerte), ya que la democracia puede constituirse sobre
un sustrato teórico y práctico socialista, que consagre políticas sociales y
de progreso. Urge entonar un sí rotundo a la democracia, que signifique
institucionalizar también la igualdad y la fraternidad, y no sólo una
libertad que en muchas ocasiones guarda poca relación con el concepto
genuino de libertad como posibilidad y al mismo tiempo como liberación
de las ataduras y de las enajenaciones económicas, sociales, ideológicas y
morales que alienan a la persona, impidiéndole desarrollar plenamente su
humanidad, su capacidad, sus opciones. Libertad y liberación deben ir
necesariamente parejas, ya que no puede existir libertad sin justicia,
libertad verdadera sin que quienes sufren presos de lo infraestructural o de
lo supraestructural, y no pueden encontrar su lugar al margen de estas dos
dimensiones creadas por los hombres, logren emanciparse de la esclavitud que
les paraliza y desarrollen su auténtico potencial. Por otro lado, una
democracia en sentido pleno exige la vivencia profunda del multipartidismo,
y en ningún caso de un bipartidismo (como ocurre en Estados Unidos y en
menor medida en España) que ciega el horizonte político y resta
posibilidades de desarrollo, ahoga la creatividad y excluye
injustificadamente opciones. Además, el bipartidismo conlleva dominio
informativo y manipulación. Firmeza asimismo en el mercado y en los medios,
y un compromiso con el equilibrio dinámico global y sostenible y con la
solidaridad: estos objetivos deben estar presentes en toda democracia.
El fin del progreso es erradicar
el sufrimiento, la alineación, lo que resta posibilidades al ser humano (el
brillante teólogo E. Schillebeeckx dedica un capítulo memorable a la
cuestión del sufrimiento en “Una praxis capaz de vencer el sufrimiento”,
Cristo y los cristianos, 1982, 653-697). Esta visión, genuinamente
socialista, se aleja en sus grandes líneas de la reciprocidad que se parece
derivar de la teoría hindú del karma y del drama, de la
regulación y del fijismo. ¿Dónde situar en un escenario tan fatalista la
solidaridad, la utopía, la “gracia”? El ser humano, con su inteligencia y su
visión de futuro, debe realizar una crítica profética a esta religión de la
India, y a todas las religiones en general, desde el fundamento de la
persona y de sus posibilidades. Karl Marx, profeta también para el siglo XXI,
comprendió que el sufrimiento no es algo arbitrario, enigmático o
misterioso, algo que se escape a la capacidad humana de entender causas,
fines y medios, sino que está motivado por injusticias sobrepuestas o
infrapuestas, cuyo responsable inmediato es el propio hombre, y en
particular los espacios socio-económicos que ha legitimado históricamente.
En particular, sufrimiento se nos muestra (por la inercia del egoísmo
humano) sinónimo de plusvalía.
En la noción de plusvalía reside
la clave de la obra de K. Marx y de la Economía en su globalidad. Toda una
visión del hombre, de la sociedad y del mundo se derivan de este concepto.
Conviene, por tanto, ir a sus raíces, cuestionarlo, criticarlo, advertir las
posibilidades que de él se derivan y las soluciones en el ámbito de la
praxis que ofrece. Plusvalía equivale a valor añadido con respecto al
valor originario resultado del trabajo productivo de un individuo. Si el
capitalista (es decir, quien en último término controla los medios de
producción) pagase al trabajador exactamente lo que su trabajo realizado
merece, no habría lugar para el beneficio. En efecto, no habría posibilidad
de ganancia, sólo de retribución precisa: el equivalente de trabajo del
obrero se intercambio por el equivalente en términos de dinero que el
capitalista otorga al obrero. Pongamos que su trabajo, objetivamente (si es
que se pueden encontrar métodos objetivos para medir el trabajo, quizás a
partir de los efectos), valga x. El capitalista vende el producto del
trabajo del obrero a x+y. Podría decirse que el capitalista
está siendo injusto, porque si lo vende a x+y es que, en
realidad, el trabajo del obrero valía o podría haber valido x+y.
Pero esto no es así, ya que el capitalista le ha retribuido al trabajador lo
que objetivamente vale su trabajo. Que él lo quiera vender a un precio más
elevado es su problema: el trabajador ya ha recibido el valor exacto de lo
que ha producido, el valor justo. La oferta y la demanda, que no pueden
considerarse leyes universales como las científicas (aunque, si nos ceñimos
a un criticismo radical, tampoco éstas lo serían, y en su raíz estaría, como
puso de relieve K. Popper) o las lógicas (si es que los primeros principios
lógicos, como el de contradicción-identidad, son tales, ya que nada impide
pensar que en otro universo posible la contradicción se superase y no
existiesen opuestos, y por otra parte, al enunciar estos principios,
empleamos conceptos siempre discutibles), pero constituyen tendencias
generalizadas, regulaciones empíricas: la ley de la demanda afirma que a
menor precio del bien, aumenta la demanda, y la de oferta que a mayor
precio, mayor cantidad ofrecida del mismo. La libertad de decisión y de
acción del capitalista le permite vender lo que él obtiene del trabajo del
obrero al precio que él considere oportuno, y la justicia estricta y
matemática radicará en que él remunere al obrero con el valor exacto de su
trabajo. Nada impide que el trabajador, el que controla los medios de
producción y retribuye al empleado en función de equivalentes de dinero (y
el obrero en equivalentes de trabajo), exija más en el mercado.
Ciertamente hay ya una injusticia
a ese nivel: la injusticia del egoísmo. El capitalista, sensu stricto,
si no se guiase por la lógica del beneficio sino por la de la equidad,
pagaría al obrero el valor objetivo de su trabajo y vendería el producto a
ese valor. No habría, por tanto, beneficio ni desigualdad económica, sino
una red de trueques, de intercambios exactos, sin plusvalores ni intereses.
Pero el respeto a la libertad supone respetar, en cierta medida, ese egoísmo
casi imperceptible que K. Marx atisbó con tanta claridad. Sólo una
conversión moral del hombre lo alejaría del egoísmo, pero esa corrección
nunca sería científica y universal. La cultura de la fraternidad, que haría
que libertad (que el capitalista pudiese vender el producto al precio que él
quisiera) e igualdad (que el obrero recibiese exactamente el valor de cambio
de su trabajo, su valor en el mercado, y así no habría diferencias entre
capitalista y obrero) conviviesen, es mera utopía si no se hace a nivel
global. Porque, como hemos visto, a nivel individual, “atómico” en términos
sociales, esa injusticia primigénea nos es esquiva, ambigua y discutible.
Sin embargo, a nivel global sí es claramente visible, obvia para todos, y
además pueden proponerse soluciones que, si bien no atacan el problema de
raíz (quizás porque la raíz resulta teórica y prácticamente escurridiza),
regulan y equilibran el sistema actuando como correcciones universales que
revierten también a nivel individual o “atómico”. La plusvalía se asemeja,
en cierta medida, a la probabilidad: sólo funciona en grandes números. La
solidaridad efectiva y real debe operar a nivel global, y la moralidad y la
educación, principalmente, a nivel del individuo.
Un reajuste global debe
ser el cauce para acabar con los desequilibrios económicos y sociales. Es en
el ámbito de lo global donde se perciben con mayor nitidez las
desigualdades, y de ahí la importancia de la globalización como fenómeno que
permite ver lo positivo y lo negativo de la extensión del modelo de mercado.
Una corrección de inspiración socialista es capaz de convivir con los logros
del sistema de mercado (en especial, el de la libre iniciativa del
individuo), ya que todo crecimiento posible lo transforma en un crecimiento
convergente, necesariamente limitado mientras existan focos de pobreza y de
marginación, pero que, al distribuir el crecimiento global y al difundir los
ideales de la fraternidad y de la solidaridad (el “no hay un yo sin un tú”,
de L. Feuerbach), a la larga conlleva una convergencia entre personas y
naciones, un desarrollo sinérgico. La fuerza, la energía creativa de la
Humanidad, debe proyectarse, más que en la acumulación del capital, en la
búsqueda de la convergencia. Los hombres de nuestro tiempo proyectan en el
dinero su ilusión, su poder: lo toman como fin, como algo intransitivo,
cuando el dinero es una realidad transeúnte, que no se agota en sí misma. Es
expresión de la enajenación, y es por ello que debe ser controlado y
equilibrado: humanizado. En palabras de K. Marx, “La universalidad de su
cualidad es la omnipotencia de su esencia” (Manuscritos de economía y
filosofía, 1844, 3, XLI).
El ansia de universalidad, y ante
todo, el ansia de humanidad, lleva a contemplar el socialismo, en sus
tentativas científicas y políticas, como un espacio de reflexión y de
vivencia, de crítica y de utopía (siguiendo a W. Benjamin, la utopía está en
la raíz de la Historia). Albert Einsten, cuyos méritos no se reducen
exclusivamente a haber sido el padre de la incipiente ciencia cuántica y,
ante todo, a haber formulado dos teorías (la relatividad especial –de la que
se deduce la equivalencia entre masa y energía- y la relatividad general)
que han modificado sustancialmente los conceptos tradicionales desde los que
mirábamos al mundo, sino que también fue un paladín teórico y práctico del
pacifismo y del socialismo, escribió: “Creo que el peor daño que ocasiona el
capitalismo es el deterioro de los individuos. Todo nuestro sistema
educativo se ve perjudicado por ello (...) Estoy convencido de que existe un
único camino para eliminar estos grandes males, que pasa por el
establecimiento de una economía socialista, acompañada por un sistema
educativo que esté orientado hacia objetivos sociales. Dentro de este
sistema económico, los medios de producción serán propiedad del grupo social
y se utilizarán según un plan (...) Una economía planificada podría ir unida
a la esclavización completo de la persona” (¿Por qué el socialismo?,
en Monthly Review, Nueva York, mayo 1949). Claro está que el propio
Einstein nos advierte del peligro de un sistema socialista: enajenar a la
persona (justamente lo que el socialismo había pretendido evitar y
erradicar: la alienación, el extrañamiento del hombre con respecto al
hombre), impedirle ser persona, recortar su libertad, controlarla,
utilizarla como medio y no como fin. Sólo una educación en la fraternidad
democrática y una institucionalización de la misma en un espacio social
puede hacer frente a este riesgo.
Proponemos, en consecuencia, una
reflexión profunda sobre los fundamentos del sistema de mercado y los
orígenes de la injusticia social y material que propicia. Como hemos visto
anteriormente, tal injusticia, aunque se perciba ya a nivel
infraestructural, toma forma en la escala global, supraestructural, y por
tanto las correcciones, que no son sino intentos de humanizar la propiedad
privada como eje del sistema de libertad económica, deben efectuarse a este
nivel. Cabe postular, así pues, un factor funcional G que represente
la superación positiva de la propiedad privada. Marx creyó que anulándola se
alcanzaba la verdadera síntesis, pero ésta consiste en mantener los opuestos
en un equilibrio dinámico (igualmente, la síntesis no se logra aniquilando
la religión, sino superándola, dándole un nuevo contenido, integrándola en
la dinámica humana y transformándola al servicio del hombre y del
Dios-comunión) . G, una función global de corrección, que canalice la
totalidad de las plusvalías en inversiones y programas de desarrollo
obligatorios a fin de lograr el equilibrio entre las distintas sociedades,
G posibilitará la institucionalización de una cultura de la
fraternidad, que no será una mera utopía dependiente del buen hacer de los
individuos, sino que tomará raíz en la estructura misma de la sociedad,
determinará la economía como economía de la solidaridad, limitará la
propiedad privada para humanizarla y ponerla al servicio de todos, fijando
el alcance máximo de las posesiones que un solo individuo pueda acumular, y
distribuyendo los excedentes (auténticos plusvalores) en programas de
desarrollo en las zonas más desfavorecidas. Una función, por tanto variable,
pero determinable en cada momento y en cada situación geopolítica, que
humanice el proceso globalizador. Una función que, en consecuencia, varíe de
forma inversa con la población: a mayor población, menor será la cantidad
máxima de bienes (líquidos, inmuebles o financieros) que pueda adquirir un
único individuo, ya que se necesita una mayor distribución.
La igualdad buscada no consiste en conseguir una renta
equivalente para todos los individuos, aunque este objetivo pueda constituir
un límite, un ideal. Sería injusto, por otra parte, que quienes trabajan con
más intensidad o se esfuerzan más fuesen discriminados a favor de una falsa
concepción de la igualdad humana. Igualdad significa aquí, ante todo,
solidaridad, comunión entre personas, liberación del sufrimiento, y la
humanización de lo privado que proponemos no destruye lo privado en aras de
lo común, sino que lo regula y lo canaliza al servicio de la sociedad. Los
que trabajen más y mejor seguirán teniendo más, ciertamente, pero la
diferencia relativa será necesariamente menor que la que existe actualmente.
La reducción de la desigualdad potencia el desarrollo social, científico,
cultural, político y religioso. Reducir el coeficiente de Gini al mínimo
valor posible que mantenga la libre iniciativa individual y remunere en
justicia, es el objetivo de la reestructuración a nivel global de la
Economía. Reestructuración que es imposible sin una extensión del
conocimiento y del espíritu democrático, ya que, como ha mostrado A. Sen, la
democracia efectiva (el control popular, y no el mediático o financiero) es
condición sine qua non (aunque no suficiente) para el crecimiento y
la lucha contra la desigualdad.
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