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231006 -
Acaban de conceder el premio Nobel de
Literatura al dramaturgo británico
Harold Pinter. Indudablemente me alegra, no sólo por la incuestionable
calidad de su obra literaria, juzgada por la Academia Sueca, sino también
por el compromiso reiterado de este autor con causas sociales y ante todo
por sus críticas a las políticas belicistas de Estados Unidos y de Gran
Bretaña (de las que, afortunadamente, España se ha retirado a tiempo: era un
verdadero insulto a al cultura española que su gobierno apoyase de forma
acrítica, seguidista y en todo momento ridícula unas maneras unilateras,
contrarias al buen uso de la inteligencia e involutivas que en lugar de
ofrecer respuesta eficaz al terrorismo, lo potenciaban, justificaban y
engrandecían.
El
galardón a
Pinter me lleva a reflexionar sobre la relación entre intelectualidad y
política. Cuando el comunismo parecía una alternativa real al sistema
capitalista, grandes intelectuales occidentales como
J.P. Sartre,
H. Marcuse o L. Althusser empleaban su potencia teórica al servicio del
marxismo, la “filosofía insuperable de nuestro tiempo”, a juicio del propio
Sartre. Hoy, cuando sólo Cuba, Vietnam, Corea del Norte y China (aunque este
comunismo sea muy “sui generis”) son oficialmente marxistas, el concepto de
“intelectual comprometido” parece haber perdido prestigio. Sin embargo, ello
no debe llevarnos a creer que no existen ya más intelectuales comprometidos,
y que tan sólo abundan escritores ávidos de lectores con poco o escaso
sentido crítico, cuyo único objetivo es el lucro personal, y que no sirven a
causa que trascienda su éxito personal. El marxismo real falló, ciertamente,
pero no por la ineficacia del sistema en cuanto construcción intelectual,
que consiste en una tentativa de integración de teoría y praxis (el marxismo
no debe tomarse como un bloque fijo centrado sólo en la lucha de clases y en
el materialismo histórico: a mi juicio, lo fundamental del pensamiento de
K. Marx es su intento de integrar teoría y praxis desde categorías
socio-históricas, por lo que el marxismo, más allá de las interpretaciones
oficiales, es un marco o espacio de reflexión aun hoy válido desde el que
analizar, con voluntad de apertura y de superación, todo lo que rodea a la
vida humana), sino por la inoperatividad de quienes lo aplicaron, que
cayeron en peores vicios que los denunciados.
Es por ello que
todavía en nuestros días abundan intelectuales comprometidos con la
izquierda: es decir, con la voluntad firme y decidida de humanizar al
hombre, de abrirle nuevos horizontes para eliminar toda alineación, para que
pueda ser realmente libre sin el dominio del capital, del mercado, de la
tecnología, del fanatismo… La izquierda simboliza el ansia de realizar
proyectos que tengan como centro al hombre, sus necesidades pero ante todo
sus posibilidades. Izquierda es sinónimo de apertura intelectual, de ruptura
de fronteras, de búsqueda de vínculos fraternos, de respeto a la pluralidad
cultural y humana en general. No daré nombres concretos, pero estoy
convencido de que entre los últimos premios Nobel y en amplios sectores de
la cultura humanística y científica crece, clamorosamente estimulada por
acontecimientos recientes que están poniendo en peligro el progreso humano y
social, y que nos devuelven a formas sociales regresivas (como el
neoliberalismo radical o el belicismo) y anulan la creatividad humana.
¿Y qué decir de
España? Nuevamente, no daré nombres concretos. Sobradamente conocido es que
en España hay grandes intelectuales de izquierda, filósofos, literatos,
científicos, están abriendo la izquierda a planteamientos más amplios
centrados, principalmente, en el diálogo intercultural y en la relación del
ser humano con el medio
Fruto de la
existencia de una plataforma consolidada de pensamiento de izquierdas (que
debe evitar el dogmatismo y el sectarismo, ya que por concepto debe ser
apertura intelectual a horizontes nuevos desde la perspectiva del progreso
de todos los hombres) es que haya surgido lo que, opinión mía, es la
propuesta política y cultural más importante que en las últimas décadas de
ha producido en España y probablemente a nivel internacional: la
Alianza de Civilizaciones.
La Alianza de Civilizaciones no es una idea exclusiva de Zapatero, si bien
hemos de agradecer a nuestro presidente que en lugar de propagar la guerra
entre civilizaciones, como hiciera su antecesor (de infausta memoria para
los intelectuales), haya utilizado su influencia, su prestigio internacional
(por mucho que los grupúsculos de la derecha radical se esfuercen en darnos
la idea de un Zapatero anodino, ignorante y superficial: evidentemente, no
es de esperar que Zapatero tenga prestigio en los sectores conservadores de
Estados Unidos que votan a George Bush, pero pregúntese a intelectuales –por
ejemplo, a los filósofos P. Storledjik y G. Váttimo-, y responderán que es
uno de los pocos líderes auténticamente de izquierdas) y sus intervenciones
en la ONU para difundir esta noble idea. Ya R. Garaudy (famoso por los
diálogos cristiano-marxistas en los ’60) habló de “diálogo entre
civilizaciones”, pero la Alianza va más allá: busca una integración fecunda,
en el marco de una cultura del progreso y de la fraternidad (esto es, en el
marco de una cultura de izquierdas, multicultural, donde el socialismo no es
algo abstracto sobre impuesto, sino algo que se incultura por la libre
iniciativa de los pueblos –es de esperar que esta inculturación del
socialismo cuaje en Cuba, símbolo de que hay modelos alternativos de
organización política en el mundo, pero que debe servir de verdad al
progreso y a la libertad del hombre para ser auténticamente socialista,
respetando los derechos humanos, ya que humanismo y socialismo son términos
necesariamente sinónimos, nunca separables-).
¿Aplicaciones
concretas de la Alianza de Civilizaciones? Sin duda, la integración de
Turquía en la UE. Turquía debe progresar mucho en el respeto a los derechos
humanos, pero, ¿no ha de hacerlo también un país supuestamente más avanzado
como Estados Unidos, donde la pena de muerte es legal en diversos estados y
desde donde se han promovido guerras ilegales, genocidios culturales,
dictaduras –como la de Pinochet en Chile-, represiones? Es de esperar que la
rica tradición cultural de Turquía, por la que han fluido el Islam y el
Cristianismo, converjan en un país que fomenta el progreso humano, y que,
aun siendo mayoritariamente musulmán, se integra en territorios otrora
enemigos, manifestando que para el espíritu humano no existen fronteras,
tradiciones, herencias, más allá que sus posibilidades y sus ansias. Hemos
de tener en cuenta la Historia, claro está, pero no anclarnos en ella: la
Historia es ante todo una llamada al futuro, a la acción futura, y por tanto
los argumentos que excluyen a Turquía de la UE por razones religiosas o
históricas son anti-históricos y anti-religiosos.
Un último apunte.
La Alianza de
Civilizaciones se ha propuesto en la ONU, pero evidentemente, no se
circunscribe a este ámbito. Es una propuesta cultural, y como tal, debe
calar en los foros culturales. Quienes pretenden desacreditar esta propuesta
alegando que al ONU está sumida en escándalos de corrupción, muestran una
seria miopía intelectual. La corrupción es escandalosa y delictiva, y debe
ser perseguida, pero ello no borra, ni de lejos, los éxitos pasados y los
horizontes y perspectivas que todavía tiene por delante la ONU como espacio
de libertad frente al despotismo de ciertos estados. Y es de lamentar que
los colectivos de derechas, incapaces de dar propuestas sociales, se ceben
sobre Kofi Annan o sobre Lula en Brasil porque sus gobiernos y comités
directivos se hayan visto envueltos en escándalos de corrupción. Critiquen
ideas, no personas, y eviten la demagogia. Sólo así se logra rigor
intelectual.
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