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231006 -
La historia de las religiones, al menos en Occidente, es la historia del
gozo y de la tragedia, de la grandeza y de la miseria, de lo más bello y de
lo más horrendo: una historia de santidad y de crimen, de libertad y de
intolerancia.
La historia de las religiones es, en
definitiva, la historia de los hombres y mujeres que a lo largo de milenios
han buscado respuestas a sus interrogantes más profundos. Siempre he
considerado la religión como una expresión legítima de ese constante
preguntar que define el ser humano. Pero nunca la he considerado la única
vía legítima. Filosofías, sistemas de pensamiento, culturas diversas…,
pueden actuar como sustitutos o, en mi sincero juicio, como complementos
necesarios a la religión en cuanto tal.
Si queremos que nuestro mundo, que
aspira a progresar, a superar a lo anterior, a hacer en muchos casos borrón
y cuenta nueva para abrir horizontes totalmente genuinos de reflexión y de
apertura; si queremos un mundo más humano, más esperanzado en las
posibilidades del ser humano y en sus logros efectivos, donde la idea
dominante sea la de fraternidad y solidaridad, que adquiere fuero en
instituciones y civilizaciones, hemos de repensar la religión. Actualmente,
la religión está de moda. No en cuanto convicción o práctica, sino en cuanto
objeto de interés y de curiosidad. En Occidente asistimos al auge de
religiones y de espirituales de procedencia oriental, al surgimiento de
sectas y de grupos inspirados en la New
Age, a una relativa
revitalización del Cristianismo en amplios sectores de América…, pero
también a la decadencia más dolorosa y sonora de lo religioso en Europa
occidental, la que antaño fuera promotora de evangelizaciones en todo el
mundo.
Y es que, en efecto, el hombre de
nuestros días se plantea interrogantes nuevos, peor en el fondo, análogos a
los de sus antepasados. Si las religiones quieren tener sentido hoy y
sobrevivir, escapar del frío sótano en que se encuentran ahora, sumidas en
la desesperación de la sangría imparable de fieles y de la pérdida de
confianza, deben replantearse su papel, su origen y sus fines. Las
religiones no pueden aspirar a constituir la única vía de expresión de la
pregunta que define al ser humano, el único canal para nuestras ansias y
anhelos de algo que nos trascienda. La pluralidad, que existe entre ellas
mismas y más aún entre las formas culturales de la Humanidad, exige hoy
meditar con seriedad, con rigor pero con apertura de mente el papel de la
religión.
¿Por qué tomar al hombre de nuestros
días como referente? Ciertamente, casi todas las religiones tienen como
fundamento acontecimientos supuestamente históricos que, en cualquier caso,
representan la fuente de la que manan sus tradiciones y sus creencias. En
este sentido, toda religión posee una aspiración supra-histórica, afirma ser
independiente del decurso histórico y se enorgullece de basarse en lo pasado
para, desde ello, mirar al futuro. Una religión comprendida sólo desde esa
óptica es incapaz de asimilar el moderno concepto de progreso, la convicción
de que es el hombre quien hace la Historia y el futuro, y de que el pasado
no tiene por qué determinar el futuro, sino en todo caso iluminarlo. Las
religiones deben esforzarse por desarrollar una teología de la Historia y
del tiempo que integre lo tradicional con lo progresivo, lo originario con
lo dinámico, porque, en realidad, no hay más tiempo que el ahora, y en cada
ahora se resume todo lo pasado y se comienza todo lo futuro.
Pero, más aún, las religiones deben
plantearse qué imagen de Dios transmiten al hombre. Un Dios que funcione
como una respuesta a todos los problemas e interrogantes de la Humanidad, un
Dios que no deje resquicio para la duda y que sólo ofrezca seguridad,
intelectual y práctica, no puede ser el Dios del Amor del que hablan tantas
confesiones.
Urge, en suma, llevar a cabo una
revolución en lo religioso, que nos ofrezca un Dios-pregunta y no un
Dios-respuesta: no un Dios que responda a todos los enigmas de la Ciencia y
del intelecto (desde el origen del Universo hasta la Evolución, desde el
porqué de las sociedades hasta el modo en que éstas deben organizarse), sino
un Dios que avive las preguntas más propiamente humanas y que, ante todo,
nos transmita “fe, esperanza y caridad”. Un Dios que, como pregunta de las
preguntas (el Dios-Amor), camine junto a los hombres y mujeres de todo
tiempo siendo partícipe de sus interrogantes y angustias. Un Dios a quien no
le son ajenos ni los hombres ni sus ansias.
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