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Buda, Jesús y Marx
Alexander Drusborck
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0106 - Fue Siddharta Gautama, Buda, el “Iluminado”, uno de los hombres más grandes y admirados que han vivido, y en muchos sentidos, el ideal de humanidad. En él se condensa lo más bello del Oriente.

Buda nos enseñó que el sufrimiento, el dolor, la desidia y la infelicidad del ser humano, residen en su incapacidad de liberarse del deseo. El deseo nos carcome, nos hunde, nos ahoga, nos impide ver la luz de lo pleno. Así, Buda nos propuso anular, o al menos modular, los deseos que tantas veces acaban escapándose de nuestros dominios. Nos creemos poderosos, pero hasta nosotros somos capaces de vencernos. Al igual que Pascal, para quien los problemas del hombre se solucionarían si éste aprendiera a esperar, Buda proclama también hoy que todos necesitamos de la ascesis, del sacrificio, de la renuncia, de la búsqueda, de la paz, de la armonía con nuestros hermanos con el mundo y con nuestro interior, para alcanzar el nirvana, la comunión perfecta entre unidad y plenitud, la perijóresis que los cristianos usan para describir la vida de la Trinidad, la contradicción máxima que lleva en sí su superación, la síntesis de ser y de no ser, donde la persona logrará finalmente ser lo que es y lo que puede ser. En una cultura del consumismo y de la insolidaridad, Buda nos exhorta a llevar a cabo una ascesis cultural, una cultura de la sobriedad y de la fraternidad, donde prime el ansia de conocimiento y de progreso, y donde sepamos estar por encima de nuestros deseos más inmediatos para anhelar, en todo momento, lo que sacia de verdad.

¿No hablaba Jesús, aquel rabí de Nazareth que conmovió a la Historia con sus palabras repletas de poesía, del mismo modo que su hermano Buda cuando nos decía que teníamos que aprender a renunciar a nosotros mismos, a amar a nuestros enemigos y a perdonar hasta setenta veces siete? Pero poco aprendemos del Nazareno quien, como Buda, hizo de la contradicción, del “escándalo”, el símbolo de la Humanidad nueva, donde se superarían todas las diferencias y donde todos los hombres y mujeres de la Tierra se reconocerían como hermanos. ¡Cuán lejos estamos de cumplir sus sueños, los sueños del que cantó la belleza de los lirios del campo y nos hizo ver que Dios sólo se revela a los humildes y limpios de corazón, a los que no persiguen el poder o la opresión, sino la paz, la igualdad, la justicia, el progreso y la liberación! Porque Jesús, aunque sea el Hijo de Dios para los cristianos, es el hombre por excelencia para los humanos, el prototipo de santo, de asceta y de héroe, patrimonio ya de todos los que buscan el bien.

Y vino, otros muchos siglos después, un sabio, un intelectual, un genio que recorrió inmensos campos del saber intentado promover la dignidad y el progreso de los que estaban relegados por una sociedad que sólo buscaba poder e interés. Desmitificó estructuras económicas y sociales que muchos creían (con clara intencionalidad) naturales, proclamó un mundo nuevo y una sociedad nueva sin desigualdades que, como los ideales de Buda y de Jesús, aún no se ha realizado. No creía en Dios. Es más, negaba su existencia. Pero ¿no nos invita acaso su filosofía a llegar a una imagen de Dios más pura, límpida y humana, de un Dios que en lugar de tiranizar al hombre, lo eleve a su plena humanidad, saque de él todo su potencial y lo libre de las cadenas de la alienación, del extrañamiento de su auténtico ser, el ser de fraternidad y de conocimiento? Marx enseñó que sólo acabando con la propiedad privada cesarían los males del hombre. Esto quizás no se pueda alcanzar en el mundo de lo finito, donde los propios tiempos y espacios, las culturas y los egoísmos nos impiden lograrlo. Pero sí debe funcionar como ideal, como utopía, porque las utopías mueven la Historia, nos ofrecen límites infinitos que elevan nuestras ansias a plenitud y que nos permiten unir lo absoluto y lo relativo. Negar el egoísmo y buscar una intelectualidad que pone todo su talento y todo su afán de saber al servicio de los más necesitados y de los que sufren es sin duda una meta noble que, siguiendo la senda por la que caminaron Buda y Jesús, hoy nos compele más que nunca.

En estos tres momentos culminantes de la historia de las ideas, apreciamos la fina línea que va de Buda a Marx, y que pasa por Jesús. Ojalá construyamos hoy un mundo de grandes ideales, vividos en libertad, y demos a luz un nuevo humanismo.

Vocabulario

Ascesis
Reglas y prácticas encaminadas a la liberación del espíritu y el logro de la virtud. Real Academia Española

Perijóresis - Antonio González SJ - Universidad Centroamericana
¿Qué significa perijóresis? Prescindiendo ahora de un estudio detallado de la historia del concepto, que se remonta a los capadocios y sobre todo a San Juan Damasceno, podemos decir que se trata fundamentalmente de un proceso de interpenetración de las divinas personas, en virtud del cual "el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre y todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre y todo en el Hijo; ninguno precede a otro en eternidad o lo excede en grandeza o lo sobrepuja en potestad", tal como afirma el concilio de Florencia (DS 1331). Esta perijóresis no es primariamente una mera presencia pasiva en el sentido de la cincuminsessio, sino verdadera interpenetración activa, circumincessio, como bien formuló el primer traductor de San Juan Damasceno, el juez de Pisa Burgundio a mediados del siglo XII: el sedere de unas personas en otras es resultado de un primario cedere activo, que traduce correctamente el griego . En este sentido bien se puede decir que la "comunión pericorética" de la que nos habla Boff no es otra cosa que el amor. Naturalmente, esto supone una concepción activa del amor, no como mera fruición contemplativa en el amado, sino como verdadera interpenetración activa en apertura esencial y en autoentrega permanente.

 

 

 

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