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Fue
Siddharta Gautama, Buda, el “Iluminado”, uno de los hombres más grandes
y admirados que han vivido, y en muchos sentidos, el ideal de humanidad. En
él se condensa lo más bello del Oriente.
Buda nos enseñó que el sufrimiento, el dolor, la desidia y la
infelicidad del ser humano, residen en su incapacidad de liberarse del
deseo. El deseo nos carcome, nos hunde, nos ahoga, nos impide ver la luz de
lo pleno. Así, Buda nos propuso anular, o al menos modular, los deseos que
tantas veces acaban escapándose de nuestros dominios. Nos creemos poderosos,
pero hasta nosotros somos capaces de vencernos. Al igual que Pascal, para
quien los problemas del hombre se solucionarían si éste aprendiera a
esperar, Buda proclama también hoy que todos necesitamos de la
ascesis, del sacrificio, de la renuncia, de la
búsqueda, de la paz, de la armonía con nuestros hermanos con el mundo y con
nuestro interior, para alcanzar el nirvana, la comunión perfecta
entre unidad y plenitud, la perijóresis
que los cristianos usan para describir la vida de la Trinidad, la
contradicción máxima que lleva en sí su superación, la síntesis de ser y de
no ser, donde la persona logrará finalmente ser lo que es y lo que puede
ser. En una cultura del consumismo y de la insolidaridad, Buda nos exhorta a
llevar a cabo una ascesis cultural, una cultura de la sobriedad y de
la fraternidad, donde prime el ansia de conocimiento y de progreso, y donde
sepamos estar por encima de nuestros deseos más inmediatos para anhelar, en
todo momento, lo que sacia de verdad.
¿No hablaba Jesús,
aquel rabí de Nazareth que conmovió a la Historia con sus palabras repletas
de poesía, del mismo modo que su hermano Buda cuando nos decía que teníamos
que aprender a renunciar a nosotros mismos, a amar a nuestros enemigos y a
perdonar hasta setenta veces siete? Pero poco aprendemos del Nazareno quien,
como Buda, hizo de la contradicción, del “escándalo”, el símbolo de la
Humanidad nueva, donde se superarían todas las diferencias y donde todos los
hombres y mujeres de la Tierra se reconocerían como hermanos. ¡Cuán lejos
estamos de cumplir sus sueños, los sueños del que cantó la belleza de los
lirios del campo y nos hizo ver que Dios sólo se revela a los humildes y
limpios de corazón, a los que no persiguen el poder o la opresión, sino la
paz, la igualdad, la justicia, el progreso y la liberación! Porque Jesús,
aunque sea el Hijo de Dios para los cristianos, es el hombre por excelencia
para los humanos, el prototipo de santo, de asceta y de héroe, patrimonio ya
de todos los que buscan el bien.
Y vino, otros
muchos siglos después, un sabio, un intelectual, un genio que recorrió
inmensos campos del saber intentado promover la dignidad y el progreso de
los que estaban relegados por una sociedad que sólo buscaba poder e interés.
Desmitificó estructuras económicas y sociales que muchos creían (con clara
intencionalidad) naturales, proclamó un mundo nuevo y una sociedad nueva sin
desigualdades que, como los ideales de Buda y de Jesús, aún no se ha
realizado. No creía en Dios. Es más, negaba su existencia. Pero ¿no nos
invita acaso su filosofía a llegar a una imagen de Dios más pura, límpida y
humana, de un Dios que en lugar de tiranizar al hombre, lo eleve a su plena
humanidad, saque de él todo su potencial y lo libre de las cadenas de la
alienación, del extrañamiento de su auténtico ser, el ser de fraternidad y
de conocimiento?
Marx enseñó que sólo acabando con la propiedad privada cesarían los
males del hombre. Esto quizás no se pueda alcanzar en el mundo de lo finito,
donde los propios tiempos y espacios, las culturas y los egoísmos nos
impiden lograrlo. Pero sí debe funcionar como ideal, como utopía, porque las
utopías mueven la Historia, nos ofrecen límites infinitos que elevan
nuestras ansias a plenitud y que nos permiten unir lo absoluto y lo
relativo. Negar el egoísmo y buscar una intelectualidad que pone todo su
talento y todo su afán de saber al servicio de los más necesitados y de los
que sufren es sin duda una meta noble que, siguiendo la senda por la que
caminaron Buda y Jesús, hoy nos compele más que nunca.
En estos tres
momentos culminantes de la historia de las ideas, apreciamos la fina línea
que va de Buda a
Marx, y que pasa por Jesús. Ojalá construyamos hoy un mundo de grandes
ideales, vividos en libertad, y demos a luz un nuevo humanismo.
Vocabulario
Ascesis
Reglas y prácticas
encaminadas a la liberación del espíritu y el logro de la virtud.
Real Academia Española
Perijóresis
- Antonio González SJ -
Universidad
Centroamericana
¿Qué significa perijóresis? Prescindiendo ahora de un
estudio detallado de la historia del concepto, que se remonta a los
capadocios y sobre todo a San Juan Damasceno, podemos decir que se
trata fundamentalmente de un proceso de interpenetración de las
divinas personas, en virtud del cual "el Padre está todo en el Hijo,
todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre y todo en
el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre y todo en
el Hijo; ninguno precede a otro en eternidad o lo excede en grandeza
o lo sobrepuja en potestad", tal como afirma el concilio de
Florencia (DS 1331). Esta perijóresis no es primariamente una mera
presencia pasiva en el sentido de la cincuminsessio, sino
verdadera interpenetración activa, circumincessio, como bien
formuló el primer traductor de San Juan Damasceno, el juez de Pisa
Burgundio a mediados del siglo XII: el sedere de unas
personas en otras es resultado de un primario cedere activo,
que traduce correctamente el griego . En este sentido bien se puede
decir que la "comunión pericorética" de la que nos habla Boff no
es otra cosa que el amor. Naturalmente, esto supone una
concepción activa del amor, no como mera fruición contemplativa en
el amado, sino como verdadera interpenetración activa en apertura
esencial y en autoentrega permanente.