230106 -
¿Un artículo más sobre el
Estatut? ¡Sí! Sé que han corrido verdaderos ríos de tinta al respecto, y
que incluso en periódicos progresistas como EL PAÍS o EL MUNDO (en ABC o LA
RAZÓN, que son “regresionistas”, doy por supuesto que nadie escribirá
apoyando el Estatut. Ahí se ve su tan ansiada pluralidad informativa)
numerosas voces se han alzado en contra del proyecto de Estatuto que casi el
90% del Parlamento catalán (todas las fuerzas políticas excepto el PP, como
siempre a contracorriente) ha apoyado y ha remitido a las Cortes Españolas.
Quiero
exponer, brevemente, las razones que me llevan a sumarme a quienes
consideran que Cataluña necesita un nuevo Estatut y que este Estatut
satisface tal requerimiento. Quiero adherirme a los que han apoyado desde el
púlpito de los medios de comunicación un Estatut que Cataluña quiere y que
Cataluña se merece (recientemente, 200 intelectuales españoles de la talla
de José Luis Sampedro, Caballero Bonald, Arcadi Oliveres o Rosa Régas,
además de premios Nobel extranjeros como José Saramago, Rigoberta Menchú o
Adolfo Pérez Esquivel):
1)
Cataluña es una nación. Así de simple. Decía
hace unos unos días Santiago Carrillo (figura política revitalizada en los
últimos tiempos, y que sin duda por su larga trayectoria mucho puede
enseñarnos para que la crispación política no lleve a los trágicos
resultados que en otras etapas de nuestra historia; con respecto a su
supuesta implicación en Paracuellos, bien vale leer la investigación
exhaustiva que recientemente ha publicado el hispanista Ian Gibson) que
España debe hacerse desde abajo, no desde arriba. El pueblo catalán posee
una conciencia clara de su identidad, de su diferencia pero al mismo tiempo
de su pertenencia a una historia común con el resto de España. Cómo
conjugarlo implica entender de un modo más amplio y a la vez profundo
términos como “nación”; sobre los que nadie, y menos aún ningún partido
político, tiene el monopolio. No nos podemos quedar ni en arcadias
conceptuales decimonónicas, ni tampoco en comprensiones arbitrarias. Pero es
evidente que, en este caso, la palabra “nación” puede y debe ser susceptible
de un entendimiento más amplio, para que también integre la identidad
diferenciada con la pertenencia a un mismo estado (España)
2)
No es cierto, como proclama el Partido Popular
y sus adalides mediáticos, que la Constitución se hiciese en un ambiente de
total libertad. Recién salidos de un régimen dictatorial opresivo y que
tanto desdijo de España, donde partidos como Esquerra Republicana no podrían
participar en las Cortes Constituyentes por ser todavía ilegales, donde el
franquismo había sido un régimen autoritario y no una dictadura… Como decía
J.M. Terricabras en EL PERIÓDICO DE CATALUNYA no hace mucho, Rajoy tiene muy
mala memoria. Hay que agradecer al PP que “se haya dado la vuelta al
calcetín” y que ahora sea un firme defensor de la Constitución, cuando ni lo
fue ni ha sido la tónica general de su madre política (AP). El problema de
los conversos (en este caso, del espíritu antidemocrático al constitucional)
es que se convierten con tanta intensidad que olvidan que, en la Tierra,
nada es eterno, y menos una constitución. Pretenden inmunizarla frente a
todo cambio, transformarla en una inmaculada criatura que en nada tiene
mejorar, como si en el mundo actual 27 años no fuese mucho tiempo, máxime
para un país que progresa a ritmos agigantados y que está plenamente
insertado en Europa.
3)
La Constitución, por tanto, aunque contó con el
respaldo y el consenso de gran parte de los españoles, no dio alternativas
(por ejemplo, a una España republicana), no fue totalmente plural, estuvo
cautiva de ciertos residuos del anterior régimen, y se redactó con poca
experiencia en lo que concierne al dinamismo propio de las democracias.
Reformarla es, por tanto, una necesidad. Lo que se aplica a la Iglesia (Ecclesia
semper reformanda) puede decirse de la Constitución: Constitutio
semper reformanda. La estrechez de miras de la derecha, su fanatismo y
su intolerancia, su miedo al cambio, su falta de confianza en las
instituciones democráticas y en las autonomías, su ignorancia histórica y su
ceguera mental ante el progreso contribuyen poco a la buena convivencia.
Ciertamente, tampoco un separatismo ingenuo y radical puede ayudar a hacer
de España un país más plural, más dinámico, donde se integre más a los
pueblos (de dentro o de fuera –la inmigración) y donde se favorezca más la
diversidad cultural, ideológica, religiosa…
En suma. No niego
que el Estatut adolezca de graves defectos y que deba ser sometido a ciertos
cambios. Lo contrario, pretender que el texto del Estatut fuese un texto
inamovible, sería una sacralización ridícula impropia de una democracia.
Pero los noes a priori, las enmiendas a la totalidad, las negaciones
radicales no amparadas en razonamientos convincentes, y los rechazos totales
a toda posible alteración no son de recibo. Cataluña se considera a sí misma
una nación, y España tiene que sentirse en la obligación moral de
reconocerla como tal o al menos de permitirle que se reconozca como tal.
Ello no viola el principio de igualdad de todos los españoles, porque
ahondar en lo propio no es anular al contrario, sino buscar nuevos cauces de
integración. La Historia está repleta de dialécticas entre apertura y
cerrazón. Y creo que, de poder, es bueno apostar por la apertura en todo:
cultural, lingüística, religiosa, científica… El progreso de las sociedades
acontece, precisamente, cuando es capaz de hacer de esa dialéctica
inevitable una vía a un espacio nuevo donde cada vez haya mayor armonía y a
la vez mayor diferenciación.
Considero, además, que
los pasos dados por las fuerzas políticas catalanas pueden contribuir a
des-fanatizar a España, a librarla de apriorismo absurdos propios de la
derecha más intransigente, y a corregir algunos de los lastres que ha
arrastrado desde el franquismo.