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Irresponsabilidad criminal de los Kirchner
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010409 -
 En varios artículos anteriores toqué directamente o indirectamente este tema. En el mismo sostenía que para cualquier construcción exitosa es necesario comenzar con una base firme, sólida y fuerte.

En la construcción política, principalmente en un régimen democrático, esa base, entre otros aspectos, debía ser primordialmente lograr la paz social.

En consecuencia, la primera obligación de un líder es pacificar a la ciudadanía, buscando un adecuado clima y  armonía entre todos los sectores de un país a través del diálogo constructivo y  consensuar las decisiones políticas.

Solo cuando hay consenso, es decir el acuerdo logrado a través de la persuasión y la concesión entre los sectores en pugna, se asegura el cumplimiento y acatamiento de estas a lo largo del tiempo.

El gobierno de Néstor Kirchner comenzó  en el año 2003 con polémicas medidas de neto corte autoritario y personalista.

Y no sólo en su discurso sino también en su incipiente acción de gobierno sus medidas han sido parciales, discriminatorias, realmente perjudiciales y negativas para reencontrar el rumbo que la Argentina necesitaba urgentemente.

Simplemente por conveniencia política, reabrió heridas, ya cicatrizadas, de la guerra del 70; anulando medidas de pacificación implementadas por gobiernos anteriores de diferentes signos, que con mucho esfuerzo y pagando un alto precio político, buscaban cerrar definitivamente aquellos aspectos que dividían a los argentinos.

Recordemos otro ejemplo, apenas empezada su gestión, la disposición en la cual mandaba a retiro obligatorio a toda la cúpula de las FF.AA. Decenas de prestigiosos oficiales de las mismas, pasaron a la pasividad simplemente porque se le antojó.

Esta decisión entre otras de igualmente polémicas, se interpretó inicialmente como una forma de construir poder político dada la escasa legitimidad de origen de Kirchner, al  asumir la primera magistratura del país. Recordemos que se impuso en los comicios con solo el 22% de los votos y de estos más de la mitad eran de su mentor, Eduardo Duhalde.

Pero al poco tiempo los analistas políticos y la ciudadanía en general descubrieron que esas decisiones polémicas, algunas veces inexplicables, casi irracionales, no se debían solo a su propósito de  “acumular poder”, sino a la compleja personalidad de Kirchner.

No deberíamos sorprendernos de su estilo de gobierno ya que es el que llevó a cabo a lo largo de sus muchos años al frente del gobierno de la provincia de Santa Cruz.

En realidad el entonces presidente Duhalde, a efectos de impedir una nueva reelección de Menem, eligió como candidato a su sucesión en el sillón presidencial, por descarte, a este ignoto gobernador de una lejana provincia, desconocido por la mayoría de la ciudadanía, después de la negativa de otros personajes políticos más prestigiosos y conocidos, a los cuales les hizo ese ofrecimiento previamente.

En el transcurso de la gestión de la presidencia de Kirchner fue surgiendo cada vez con mayor claridad la verdadera personalidad del presidente.

Un verdadero paranoico
con mezcla de egocentrismo, megalomanía, una paranoia de delirios de una época pasada y una incipiente (¿) esquizofrenia y otros tipos de complejos similares.

Su autoritarismo, autismo y personalismo,
se traduce en un estilo de gobierno confrontativo alejado de todo esquema democrático.

La agresión, la descalificación, la extorsión, la amenaza, el insulto, la mentira y el engaño, la compra de conciencias y voluntades y otras bajezas de ese tenor constituían y constituyen actualmente el famoso y triste estilo
Kirchner.

Pero estas inadmisibles falencias en un líder, fue minando la confianza y la credibilidad y generando un estado de temor, violencia y crispación.

La marcha cada vez más negativa del país, el creciente aumento de la pobreza, de la indigencia, la desocupación, el descomunal aumento de la inseguridad y otros parámetros desalentadores, son diversos conflictos que estallan día a día. Otros se mantienen irresolutos durante muchísimo tiempo como el del campo, hacen que en el aire se perciba una violencia contenida.

Mientras ello ocurre la pareja real insiste en no ver la realidad existente y en vez de echar paños fríos a la situación para calmar o encausar los conflictos, azuza los ánimos mediante la violencia verbal y actos cada vez más descabellados.

Es sabido que la violencia comienza en la boca, con la palabra. Y a la presidente le sobran palabras ya que su gestión se destaca por la abundancia de discursos prácticamente a diario (¿cuándo trabajará?). Su violencia verbal es sutil y disfrazada en sus mentiras y engaños. Frecuentemente deja entrever  una inexistente lucha de clases ¿...? y  diferentes teorías conspirativas.

A tal punto que en su desesperación, empezó una etapa de una seguidilla de anuncios, uno más disparatado o mentiroso que el otro, que solo hace que se incremente la violencia social que existió prácticamente desde la misma iniciación de la gestión de los Kirchner.

Pero su consorte, cuando habla, por supuesto ante sus partidarios previamente seleccionados, no puede disimular su paranoia, su odio y rencor por la virulencia y agresividad en su discurso.

Se percibe la violencia, hay un caldo de cultivo para hechos de violencia en casi todos los sectores en conflicto.

Un prestigioso y reconocido periodista manifestó que el gobierno aplica la “política del rencor”.

La Iglesia por su parte, expresó públicamente “que la paz social está alterada” y que en “situaciones complejas, alimentar la confrontación puede parecer el camino más fácil. Pero el modo más sabio y oportuno es prevenirlas y abordarlas en procura de consensos a través del diálogo”. También expresó en la necesidad de “…cicatrizar las heridas y no alentar nuevas exasperaciones y polarizaciones”.

Como no podía ser de otra manera, conceptos sabios, prudentes y de equilibrado sentido común.

El gobierno inmutable en su burbuja, no se percata y pareciera que ni le interesa, que de aumentar la violencia social se traduzca en violencia física y de hecho como ya se empezaron a producir, amenazas, forcejeos, escenas de pugilato, etc. es el principal responsable, ya que es función del gobierno lograr la paz social. Tienen el deber de unir y no de seguir dividiendo como lo están haciendo actualmente.

Esta irresponsable actitud del gobierno no puede menos que calificarse como criminal, al seguir tensando la cuerda y de poner en riesgo la continuidad de su estabilidad, no deberían quedar dudas, que tanto los sectores como las instituciones agredidas o damnificadas pasarán a cobrarles la factura.

Los argentinos exigimos solamente un mínimo de equilibrio, racionalidad y prudencia. ¿Será esto tan difícil?
 


 

 

 

 

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