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280911 - El triste final de los
enemigos del Imperio, y máxime después del peliculero asesinato
“manu militari” del líder de
Al
Qaeda,
Bin Laden, y del ahorcamiento público, tras una parodia de
juicio sumarísimo a cargo de los títeres iraquíes del genocida
Bush, de
Sadam Hussein, ya sabemos todos cuál es: la horca, el tiro
en la nuca, el bombardeo selectivo, la bomba lapa, el
fusilamiento al amanecer, la desaparición guantanamera, el
pseudojuicio con cadena perpetua por tráfico de drogas, el
comando asesino de los Navy seal,s, los fantasmales “Consejos
Nacionales de Transición” pagados y organizados por la
CIA o, más
recientemente (no se sorprenda en demasía el lector), el cáncer
fulminante de etiología desconocida.
(Ver:
Haití, país ocupado)
Como el que acaba de aparecerle recientemente y sin que nadie
sepa cómo ha sido al, en estos momentos y junto a la cúpula
iraní, nuevo enemigo público nº 1 de la superpotencia global
dirigida en la actualidad por el “bronceado”
Obama: el
presidente venezolano Chávez. Por lo que yo aconsejaría a
los pocos enemigos mortales del
Imperio USA que quedan
en la actualidad sobre el tablero mundial que se aten bien los
machos y a poder ser se doten con urgencia de túnicas de vestir
perpetuas tipo Demis Roussos que les cubran de los pies a la
cabeza, pero no de tela más o menos vistosa, que no se trata de
que aparezcan con un talante más moderno y desenfadado ante sus
ciudadanos de a pie, sino de plomo.
(Ver:
5
grandes mentiras sobre el 11-S)
Sí, sí, de plomo, para protegerse adecuadamente de eventuales
ataques radiológicos provenientes del exterior pues aunque yo,
evidentemente, no quiero, aquí y ahora, acusar a nadie de nada,
lo cierto es que la tecnología de punta yanqui (al servicio, por
supuesto, del Pentágono) hace ya muchos años que es capaz de
tener permanentemente controlada y ubicada en su espacio vital
(con un error de centímetros) a la persona que representa un
objetivo a batir, es decir, a aquella que no es grata o, pura y
simplemente, enemiga de los intereses sacrosantos del Imperio, y
además ha desarrollado armas secretas de destrucción masiva y
selectiva, absolutamente indetectables a día de hoy, capaces de
eliminar o neutralizar (un vocablo este último de corte más
castrense, pero que significa lo mismo para los servicios
secretos) a esa persona “non grata”, previamente localizada y
controlada, con un simple clic de ordenador (militar, por
supuesto). Un clic que activará, en cuanto los altos intereses
del Imperio así lo aconsejen, la sofisticada arma que a bordo
del satélite militar mejor posicionado para cumplir la “sagrada
misión” pueda hacerlo en el más absoluto de los secretos e,
incluso, sin que la propia víctima sea consciente del ataque
sufrido. Que no tiene por qué ser de efectos fulminantes, pues
hoy en día los ingenios químicos, biológicos y, sobre todo, los
radiológicos, permiten deshacerse de cualquier objetivo enemigo
a distancia y, si es necesario, con resultados a corto o medio
plazo a través de enfermedades generadas o potenciadas en el
mismo.
(Ver:
Ban Ki-moon: Todo un record de
fracasos y traiciones)
¡Esto es ciencia/ficción! pensará en este momento algún
sorprendido lector. ¿Adónde quiere llegar este antiguo militar
de Estado Mayor metido a escritor políticamente incorrecto,
dando a entender que la enfermedad oncológica del “gorila”
venezolano enemigo de USA ha podido ser propiciada o generada
por alguna radiación disparada ad hoc desde alguno de los
numerosísimos satélites operativos del Ejército norteamericano?
Pues voy a tratar de contestar a esta su teórica y no formulada
pregunta, amigo lector, aún a riesgo de enrollarme más de lo
prudente en esta espinosa cuestión. Y para ello voy a comenzar
transcribiendo un párrafo de mi libro “El Ejército español. De
poder fáctico a ONG humanitaria”, publicado en Mayo del 2004, un
año largo después de la invasión de Irak por parte del Ejército
norteamericano.
Así relataba mi pobre pluma lo acontecido en ese país, en el
plano puramente operativo, durante el primer año de la
contienda, y el estupor consiguiente suscitado en mi persona, un
veterano estratega y militar de carrera del Ejército español con
experiencia de guerra y amplios estudios militares de Estado
Mayor tanto en España como en el extranjero:
“A día de hoy, un año después de que el alto mando aliado diera
por finalizada la guerra en Irak (en realidad la guerra, como
todos sabemos, no ha terminado, ni mucho menos), existen
indicios racionales de que en esa desigual contienda bélica el
Ejército norteamericano, como hiciera en la
II Guerra Mundial con la bomba “A”, en la de Vietnam con el
napalm y el “agente naranja”, y en la I Guerra del Golfo con los
proyectiles de uranio enriquecido, ha vuelto a utilizar armas de
destrucción masiva o prohibidas por leyes u organismos
internacionales para conseguir sus fines estratégicos: acortar
drásticamente la duración de la guerra y evitarse miles de bajas
de sus soldados. En esta ocasión (los tiempos adelantan que es
una barbaridad) los halcones de la Casa Blanca habrían echado
mano de ingenios nucleares tácticos de “reducida potencia”, de
los llamados “limpios”, desarrollados a partir de aquellas
famosas bombas de neutrones dadas a conocer al mundo hace años
por
USA (que anulan
todo tipo de vida orgánica dentro de su radio de acción sin
afectar para nada a las infraestructuras civiles) y susceptibles
de “enmascararse” adecuadamente en el amplio operativo de
bombardeos masivos sobre la nación iraquí, para masacrar desde
el aire sin ninguna piedad, para volatilizar, para incinerar en
una orgía de destrucción y muerte a miles y miles de soldados de
las Unidades de elite de
Sadam Hussein. Destruyendo así en cuestión de días,
como prometió en su momento el
halcón/asesino yanqui Rumsfeld, la espina dorsal del Régimen
iraquí y propiciando su desmoronamiento inmediato”.
(Ver:
Libia, el caos y
nosotros)
Estas denuncias sobre la misteriosa desaparición o
aniquilamiento de la flor y nata del Ejército iraquí (cinco
Divisiones de la Guardia Republicana, dos de ellas, entre las
que se encontraba la mítica División Medina con fama de
invencible desde su heroica actuación en la guerra con
Irán, en la defensa
de la primera línea de defensa de Bagdad y otras tres en el
intento de recuperar el aeropuerto de la capital iraquí,
defendido por un pequeño destacamento yanqui de apenas
quinientos soldados), vertidas en mi libro sobre el Ejército
español que acabo de señalar y en bastantes artículos de prensa,
y realizadas por mi humilde persona a partir de las
declaraciones de algunos analistas militares y políticos
iraquíes que no podían comprender el rápido desmoronamiento de
las Unidades combatientes mejor preparadas y con más experiencia
de su Ejército ante un invasor diez veces menor que él, serían
recogidas y analizadas a nivel mundial durante meses en páginas
web de numerosas instituciones de defensa de los derechos
humanos, militares, políticas y hasta de la Iglesia católica,
sin que hasta la fecha nadie, a nivel oficial u oficioso, se
haya atrevido a desmentirlas o descalificarlas de algún modo. Lo
que sí confirmarían oficiosamente algunas fuentes militares
estadounidenses es que en la I Guerra del Golfo (enero de 1991)
sus Fuerzas Armadas llegaron a utilizar, con carácter
experimental, al menos un ingenio nuclear táctico contra
determinado objetivo castrense de
Sadam Hussein.
A este historiador militar no le cabe la menor duda a estas
alturas de la siniestra película de la invasión de
Irak por parte de las
huestes del
genocida Bush, de que decenas de miles de soldados iraquíes
(concretamente 70.000 pertenecientes a sus mejores Unidades
acorazadas, victoriosas en la larga lucha de ocho años con Irán)
fueron masacrados desde el aire en cuestión de minutos por armas
secretas de destrucción masiva lanzadas al socaire de los
grandes bombardeos de saturación que sufrió la capital iraquí
durante los primeros días (mejor cabría decir noches) de guerra
tras la invasión norteamericana del 20 de Marzo de 2003. Y es
que ya durante su etapa de profesor de Estrategia e Historia
Militar en la Escuela de Estado Mayor, a finales de los años
ochenta del pasado siglo, tuvo la oportunidad de recibir
abundante información secreta tanto sobre la llamada Estrategia
MAD (Destrucción Mutua Asegurada), en la que andaban enfrascados
las dos grandes superpotencias que se repartían el mundo en
aquellos dramáticos momentos, como de la denominada popularmente
“guerra de las galaxias” (técnicamente “Iniciativa de Defensa
Estratégica”) que el
presidente Reagan se sacó de la manga para defender los
cielos del gigante norteamericano de los misiles balísticos
intercontinentales y de los satélites soviéticos. Muralla
defensiva que contemplaba el empleo, desde satélites espaciales
propios, de cañones lumínicos de alta potencia, desarrollados a
partir de la tecnología láser, capaces de destruir blancos
espaciales que se movieran a grandes velocidades de crucero y
objetivos en tierra de cualquier tamaño y protección. Y,
también, el uso de ingenios atómicos y nucleares susceptibles de
enviar a larga distancia radiaciones letales, tanto contra
estructuras militares o civiles como contra personas, protegidas
o no.
(Ver:
Derecho Internacional y la ocupación de Irak)
Así es que, amigo lector, no hablo por hablar. Y lo hago con
conocimiento de causa y, desde luego, con mesura y prudencia
para no alarmar en demasía al personal (absolutamente
mayoritario) al que no le gusta ni poco ni mucho el imperialismo
yanqui, actualmente en decaimiento progresivo e imparable. ¡Ojo
al dato, pues, próceres de este mundo globalizado, que los
adláteres del emperador
USA (en la
actualidad el
bronceado” Obama), del Pentágono y la
CIA,
no se paran en barras ni en estrellas y son capaces y están
dotados de los medios técnicos y profesionales necesarios para
darle un susto (mortal) a cualquier homo (sapiens o no) que se
oponga a sus deseos imperiales! Y no digamos nada si el
susodicho mortal es un charlatán que larga una barbaridad por
radio, televisión e Internet contra los sacrosantos designios de
los Estados Unidos de
Norteamérica y, encima, ostenta el cargo de presidente de
una pequeña nación en vías de desarrollo, rica en petróleo,
antigua vasalla del Imperio y posteriormente reciclada como
mosca cojonera del ídem.
Por cierto, extrapolando políticamente un montón y seguramente
con exageración manifiesta, me viene a la cabeza que nuestro
amado líder de los últimos años, el conocido electoralmente como
ZP, se pudo salvar por los pelos, al enviar a toda prisa
soldaditos españoles (pero nacidos en Sudamérica) a
Afganistán, de
recibir, vía satélite espacial norteamericano, el
correspondiente castigo yanqui. Por haber retirado nuestra
aguerrida tropa a toda prisa de
Irak sin la
oportuna autorización imperial. Aunque, obviamente, no se puede
estar absolutamente seguro de ello, visto cómo está el pobre en
la actualidad. ¿No habrá sido atacado, en lugar de con los
terroríficos rayos gamma procedentes de satélite geoestacionario
ad hoc, con algún arma psicológica de la amplia panoplia que
posee la División de Inteligencia del Pentágono
USA, capaz de
enviar a cualquier mortal al indeseable nivel 9 de los llamados
“daños colaterales”: irrecuperable antes de cincuenta años, o
sea, tonto de por vida?
Fdo: Amadeo
Martínez Inglés
Coronel del Ejército Español. Escritor. Historiador.
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