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110208 - Publicado el 30 de Enero
de 2008
El fiscal general Michael Mukasey,
inquieto, bebía a sorbos su agua. Era la primera vez que
declaraba ante el Comité Judicial del Senado desde la
controvertida confirmación de su nombramiento. Lo qué estaba en
debate en aquella ocasión, al igual que en esta: la tortura.
¿Considera él que la técnica conocida como el "submarino" es una
forma de tortura? Edward Kennedy, senador demócrata de
Massachussets, lo convirtió en un asunto personal: “¿El
submarino sería una forma de tortura si se lo hicieran a usted?”
“Sentiría que sí”, respondió Mukasey. Aunque esquivó preguntas,
antes y después de la de Kennedy, su respuesta a la pregunta
personal sonaba auténtica.
Nuestro Fiscal General no debería necesitar ser sometido al
submarino para saber que es una forma de tortura. De igual modo,
los estadounidenses no deberían tener que sufrir una dictadura
brutal para saber que está mal apoyar a dictadores de otros
países.
Tomemos por ejemplo al perenne dictador de Indonesia, Suharto.
Ha muerto esta semana a los 86 años, una edad que no alcanzaron
la mayoría de sus más de 1 millón de víctimas. Suharto gobernó
Indonesia durante más de 30 años, tras ser llevado al poder por
el país más poderoso del planeta, Estados Unidos. Suharto llegó
al poder en 1965 mediante un golpe de estado que contó con el
apoyo de la
CIA, la que le proporcionó listas de disidentes, a los que
el ejército indonesio asesinó, uno a uno. Fue expulsado del
poder en 1998, tras un levantamiento a favor de la democracia.
Durante todo el régimen de Suharto, las administraciones
estadounidenses —demócratas y republicanas — armaron, entrenaron
y financiaron al ejército indonesio. Además del millón de
indonesios asesinados, otras cientos de miles de personas fueron
también asesinadas durante la ocupación indonesia de Timor
Oriental, un pequeño país 480 kilómetros al norte de Australia.
Timor Oriental es un país que conozco bien, ya que he realizado
la cobertura informativa sobre ese país durante años. El 12 de
noviembre de 1991, mientras cubría una marcha pacífica de
timoreses en Dili, la capital de Timor, el ejército de ocupación
de Suharto abrió fuego contra la multitud, matando a 270
timoreses. Salí de esa situación con cierta suerte: los soldados
me patearon con sus botas y me golpearon con las culatas de sus
rifles M-16, de fabricación estadounidense. Fracturaron el
cráneo a mi compañero Allan Nairn, que por aquel entonces
escribía para la revista The New Yorker. Y aquella masacre fue
una de las más pequeñas que ocurrieron en Timor. Sin embargo, el
presidente
George H.W. Bush siguió proporcionando armas a Indonesia, al
igual que su sucesor, Bill Clinton. Lo único que logró que se
detuviera la venta de armas estadounidenses fue el fuerte
movimiento de base que se desarrolló en Estados Unidos.
Además de ser brutal a niveles inimaginables, Suharto también
era un corrupto. La organización Transparencia Internacional
calculó que la fortuna de Suharto se situaba entre los 15.000 y
los 35.000 millones de dólares. El actual embajador
estadounidense en Indonesia, Cameron Hume, alabó esta semana la
memoria de Suharto, declarando: “El presidente Suharto estuvo al
frente de Indonesia durante más de 30 años, un periodo durante
el que Indonesia alcanzó un notable desarrollo económico y
social...A pesar de que pueda haber cierta controversia sobre su
legado, el Presidente Suharto fue una figura histórica que dejó
una marca perdurable en Indonesia y en la región del sudeste de
Asia”. Figura histórica que dejó una duradera ¿Marca perdurable?
Sí, siempre que eso se refiriera a arrancarle las uñas a la
gente, hacer desaparecer a los disidentes indonesios, o eliminar
a un tercio de la población de Timor Oriental, uno de los
grandes genocidios del siglo XX. Pero está claro que eso no es a
lo que Hume se refería.
Sea que se trate del submarino, de lanzar una guerra ilegal, o
de retener a cientos de prisioneros sin cargos durante años en
la Bahía de Guantánamo o en cárceles secretas de la
CIA en todo el mundo, eso me hace recordar las palabras de
Mahatma Gandhi, uno de los mas grandes líderes de la no
violencia en el mundo. “¿Qué les importa a los muertos, los
huérfanos y los que pierden sus hogares,” preguntaba, “si la
destrucción sin sentido se lleva a cabo en el nombre del
totalitarismo o en el santo nombre de la libertad o la
democracia?”
La audiencia de Mukasey casualmente coincidió con el 60º
aniversario del asesinato de
Gandhi. También ese mismo día, Rudolph Giuliani y John
Edwards se retiraron de la carrera por la presidencia. En su
discurso de despedida, Edwards dijo: “Ha llegado la hora de la
transformación de Estados Unidos”. A medida que se estrecha la
carrera electoral, llega un momento clave para reflexionar: uno
de los candidatos favoritos,
John McCain, fue realmente torturado (a diferencia de
Mukasey, aunque McCain apoyó la confirmación de este último).
McCain pronosticó que podríamos permanecer en Irak durante
100 años. Él se enfrenta a Mitt Romney, que dijo que duplicaría
el tamaño de Guantánamo. Ninguno de los candidatos demócratas
restantes demanda la retirada inmediata de las tropas de Irak.
Sí, es un momento clave para reflexionar sobre las enseñanzas de
Gandhi. Cuando se le preguntó qué pensaba de la civilización
occidental, Gandhi respondió: “Pienso que sería una buena idea”.
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Amy Goodman es la presentadora de
Democracy Now! (www.democracynow.org/es), noticiero
internacional diario emitido por más de 650 emisoras de radio y
TV en Estados Unidos y el mundo.
© 2007 Amy Goodman
traducido por: Ángel Domínguez y Democracy Now! en español,
spanish@democracynow.org
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