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Las nuevas formas de los síntomas
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140611 - Los síntomas psíquicos, además de ser un sufrimiento y un motivo de goce (de extraña satisfacción en el malestar), tienen la característica de un mensaje dirigido al Otro de la cultura, constituyen una forma de interpelación, de reclamo, inclusive de extorsión. Nadie hace un síntoma psíquico exclusivamente para sí mismo, sino que el síntoma es su estrategia, su manera particular de tramitar el malestar y de arreglársela frente a las respuestas de ese gran Otro de su entorno, de su vida cotidiana y de su época.


En este sentido el síntoma aparece como una metáfora, es decir, como la sustitución de otra cosa. Donde debería haber un deseo inconsciente hay un síntoma. Por eso una de las vertientes del síntoma es lo que se llama su envoltura formal, su cobertura, su vestimenta por decirlo de algún modo, la forma en que se presenta ante los otros, el recipiente en el que se encierra un modo particular de gozar en el dolor y el infortunio. Esa envoltura, que está hecha de lenguaje, de palabras, encontrará su condición de posibilidad y dependerá de las condiciones del Otro de su tiempo. Dicho de otro modo, los síntomas cambian a través de las diferentes épocas, y si bien no cambia la estructura (las estructuras histérica, obsesiva, etc. siempre son las mismas), es el envoltorio formal el que se ve modificado, esto es, el atuendo simbólico, el modo cómo se presenta en sociedad cada neurosis. En la Edad Media por ejemplo, donde el Otro de la época estaba signado, y enteramente dominado, por un discurso teocéntrico, las histéricas hacían síntoma en función precisamente de esas condiciones simbólicas; sus formaciones sintomáticas se presentaban con la apariencia de posesiones demoníacas como un modo de interpelación al discurso amo del momento (y de ese modo iban a parar a la hoguera). Luego, a finales del siglo XIX o a principios del siglo XX, cuando el discurso dominante pasaba por la idealización de la razón y la ciencia como vehículos de progreso y bienestar, las histéricas en sus “crisis” aparentaban “ataques epilépticos” como una forma de interpelar, y hacer fracasar, a ese Otro moderno.

Podríamos afirmar que hoy el Otro de la cultura está marcado por el desarrollo de la tecnología, por las redes cibernéticas y las comunicaciones electrónicas, en articulación con el discurso capitalista y las lógicas del mercado, etc. Lo simbólico de nuestro tiempo se equipara cada día más a los espacios cibernéticos virtuales donde las relaciones interpersonales aparecen quizá demasiado mediatizadas y desexualizadas y donde el Otro no está ya tan dispuesto a escuchar los sonidos verbales de la singularidad y el malestar de los sujetos. Es que el ideal de la objetividad científica marca hoy el acontecer de lo simbólico y dificulta el alojamiento de la subjetividad humana. En muchos ámbitos, por ejemplo en los Bancos, en las empresas y hasta en los lugares de recreación y diversión, los seres humanos comenzamos a parecernos a los contestadores automáticos, a los cajeros electrónicos y no escuchamos ya la singularidad, la queja, el malestar, la demanda de los otros. En este contexto de creciente deshumanización y rotura del lazo social ¿cómo realizar un síntoma en un sentido clásico del término, es decir, como mensaje?

En una época en la que las redes cibernéticas son el modelo de los intercambios humanos ¿ante quienes podremos quejarnos, llorar, relatar nuestros padecimientos y desdichas? El Otro de nuestro tiempo es cada vez más indiferente a las manifestaciones de la subjetividad humana e impermeable al alojamiento del sujeto en su campo. No hay ya vecinos que vengan a vernos a casa ni sillas en la vereda ni visitas sin aviso ni largas conversaciones ni pechos solidarios para derramar las lágrimas ni bares en donde cantar el infortunio por la traición de la mujer amada. Por el contrario, los vecinos se han transformado en individuos peligrosos, las altas rejas recuerdan la distancia y han desplazado las sillas, las visitas de los pocos amigos que aún nos quedan se anuncian con días de anticipación y en función de las posibilidades horarias y de las urgencias de la agitada vida cotidiana, los bares del arrabal desaparecen para dar lugar a los shopping y los espacios neutros, a los “no lugares”, en definitiva, la ciudad es hoy como un gran manicomio de puertas abiertas donde los congéneres que se cruzan en la calle pasan a ser considerados en muchos casos agentes de inseguridad, potenciales delincuentes, exagerando un poco las cosas en el afán de ser explicativos. Sabido es que los más pudientes se apartan y se encierran en los countries y en los barrios privados pero que aún así prosiguen sospechando del vecino “de al lado”, aumentando las distancias, las tapias divisorias, las alarmas y los sistemas satelitales de monitoreo de la propiedad privada. En otras palabras, la paranoia tiende a ganar la batalla y a sentar su dominio en la interacción social. ¿Cómo hacer entonces un síntoma como mensaje o como una demanda en esta contemporaneidad en la que ese Otro casi no existe?

Y si ya no hay casi nadie a quien se pueda dirigir un síntoma como mensaje, si ese Otro de la cultura ya no escucha, entonces el malestar tiende a derivarse por otras vías muy diferentes a las de la formación de los síntomas clásicos. En síntesis, donde no hay palabras, donde no hay un Otro dispuesto a escuchar, sólo queda la posibilidad del acting-out, es decir, de la descarga directa, del cortocircuito del lenguaje, incluso el pasaje al acto. De allí las nuevas formas de los síntomas, la manera actual de tramitar la castración y el malestar de la cultura. Proliferan así las adicciones, las toxicomanías, los ataques de pánico (que es la angustia en estado puro, sin posibilidad de ser tramitada por el lenguaje ni transformada en un síntoma fóbico), el aumento de los casos de suicidios, la violencia de género, la violencia familiar, la intolerancia a la frustración, los modos psicopáticos de relacionarse con el prójimo y de solucionar los problemas de la cotidianeidad por una vía ajena a las construcciones simbólicas.


 

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