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131209 -
Barack Obama tomó algunos cursos de teoría política en
Harvard. Pero el discurso que pronunciara
al recibir el Premio Nóbel de la Paz –inmerecida distinción
que todavía hoy suscita reacciones que van desde la hilaridad a
la indignación- revela que no aprendió bien la lección y que su
viciada interpretación de la doctrina de la “Guerra Justa”
justifica su reprobación.
Tal como lo afirma una de las más rigurosas especialistas en el
tema, Ellen Meiksins Wood, esa doctrina se caracterizó desde
siempre por su enorme elasticidad para ajustarse a las
necesidades de las clases dominantes en sus diversas empresas de
conquista. Si bien su formulación original se remonta a San
Agustín y Santo Tomás, fue la pluma del dominico español
Francisco de Vitoria la que produjo una oportuna justificación
de la conquista de América y la sumisión de los pueblos
originarios, mientras que el jurista holandés Hugo Grocio, hizo
lo propio con los saqueos practicados por las compañías
comerciales lanzadas a repartirse el nuevo mundo.
Buscando apoyo en esta tradición Obama sentenció que una guerra
es justa “si se libra como último recurso o en defensa propia;
si la fuerza utilizada es proporcional; y, cuando sea posible,
los civiles son mantenidos al margen de la violencia.” De este
modo la versión original de la doctrina experimenta una nueva
redefinición para mejor responder a las necesidades del imperio
y culmina mimetizándose con la teoría de la “Guerra Infinita”
pergeñada por los reaccionarios teóricos del “Nuevo Siglo
Americano” y fervorosamente adoptada por
George W. Bush Jr. para justificar sus tropelías a lo ancho
y a lo largo del planeta. Es que aún después de sus sucesivos
deslaves los imperialistas desconfiaban de la doctrina de la
“Guerra Justa” porque no creían que fuese lo suficientemente
flexible como para otorgar una justificación ética a su rapiña.
Había que ir más allá y la teoría de la “Guerra Infinita” fue la
respuesta.
Pese a las modificaciones que fueron debilitando su
argumentación, la doctrina de la “Guerra Justa” sostenía la
necesidad de satisfacer ciertos requisitos antes de ir a la
guerra:
(a) tenía que haber una causa justa;
(b) la guerra debía ser declarada por una autoridad competente,
con el propósito correcto y una vez agotados todos los otros
medios;
(c) tenía que existir una elevada probabilidad de lograr los
fines perseguidos; y
(d) los medios debían estar en proporción a esos fines.
A lo largo de los siglos los periódicos aggiornamentos
introducidos por los teóricos de la “Guerra Justa” fueron
relajando estas condiciones a tal punto que perdieron todo
importancia práctica.
En su discurso Obama hizo una encendida defensa de la guerra de
Afganistán –secundada, dijo, por otras 42 naciones, entre ellas
Noruega- al paso que en un alarde de optimismo declaró que la
guerra en Irak estaba próxima a su fin. Por lo visto la
interminable sucesión de muertes, sobre todo de civiles
inocentes, que a diario ocurren en ese país por culpa de la
presencia norteamericana es para el ocupante de la Casa Blanca
una nimiedad que no puede ensombrecer el diagnóstico
triunfalista que el establishment y la prensa propalan en
Estados Unidos con el ánimo de manipular a la opinión pública de
ese país.
Pero aún dejando de lado estas consideraciones es evidente que
ni siquiera los amplísimos criterios esbozados por Obama en su
discurso son respetados por Washington en los casos de las
guerras de Irak y
Afganistán: la
ocupación militar no fue un último recurso, pues la casi
totalidad de la comunidad internacional insistía –y sigue
haciéndolo hoy- en la posibilidad de hallar una salida
diplomática al conflicto; no se puede hablar de defensa propia
cuando el enemigo del cual hay que defenderse –el terrorismo
internacional- está definido de modo tan difuso que torna
imposible su precisa identificación y la naturaleza de su
amenaza; la falta de proporción entre los agredidos y el agresor
adquiere dimensiones astronómicas, toda vez que la mayor
potencia militar de la historia de la humanidad se ensaña contra
poblaciones indefensas, empobrecidas y dotadas de rudimentarios
equipamientos bélicos; y, por último, si hay alguien que no ha
sido mantenido al margen de la furia destructiva de las fuerzas
armadas de Estados Unidos es la población civil de Irak y
Afganistán.
En suma: no hubo ni hay una causa justa para desencadenar estas
masacres, algo crucial para la teoría tradicional. Salvo que
Obama crea todavía que había “armas de destrucción masiva en
Irak” (una perversa mentira urdida por Bush Jr., Cheney,
Rumsfeld y compañía, con la complicidad de la dirigencia
política y la “prensa libre” de Estados Unidos); o que Osama bin
Laden y
Saddam Hussein –enemigos mortales- compartían un proyecto
político antiimperialista; o que la población afgana encomendó
al primero cometer los atentados del 11-S y por eso merece ser
castigada. No hay causa justa para ninguna de estas aventuras
militares de Estados
Unidos -como no la hubo antes en Vietnam, o en Corea, o en
Granada, o en Panamá,
o en
República Dominicana- y no es mera casualidad que Obama
obviara toda mención a esta tradicional cláusula en su discurso.
En su peculiar visión –que es la visión de los círculos
dominantes del imperio- la “Guerra Justa” se convierte en la
“Guerra Infinita”.
En línea con esta doctrina Obama también viola la cláusula
tradicional que establecía que al entrar en guerra una nación
debe tener una razonable probabilidad de alcanzar el objetivo
acordado. Y si hay algo que la historia reciente ha demostrado
hasta la saciedad es que el terrorismo no desaparecerá de la faz
de la tierra haciéndole la guerra. Obama citó en su discurso un
pasaje de
Martín Luther King “la violencia nunca traerá paz
permanente. No resuelve ningún problema social: sólo crea otros
nuevos y más complicados.” Pero a renglón seguido argumentó que
como jefe de estado, juramentado para proteger y defender a su
país, no puede solamente guiarse por las enseñanzas de King o
del
Mahatma Gandhi ante las amenazas que atribulan a los
estadounidenses.
El discurso paranoico, patológico hasta la médula, de los
ideólogos neoconservadores reaparece en labios del paladín del
progresismo norteamericano: siempre la amenaza, sea de los
comunistas, del populismo, del narcotráfico, del fundamentalismo
islámico o del terrorismo internacional. Pero estas amenazas,
más imaginarias que reales, son un ingrediente necesario para
justificar la ilimitada expansión del gasto militar y la enorme
rentabilidad que esto ocasiona para los gigantescos oligopolios
que giran en torno al gran negocio de la guerra. Sin aquellas
sería imposible justificar el predominio del complejo
militar-industrial y los fabulosos subsidios que recibe, año
tras año, del dinero aportado por los contribuyentes
norteamericanos. Tampoco hubiera sido posible la desorbitada
militarización de la sociedad norteamericana, que se proyecta
hacia afuera con su agresiva política exterior y hacia adentro
en la abrumadora presencia de las fuerzas represivas y de
inteligencia, facilitada por la legislación “antiterrorista” de
Bush Jr. que conculcó buena parte de las libertades civiles y
políticas existentes en Estados Unidos.
El resultado de esta indiferencia ante la cláusula tradicional
que exigía que la acción bélica tuviera altas probabilidades de
alcanzar los fines trazados no es otro que la total
autonomización de la iniciativa militar. Como agudamente lo
señalara Meiksins Wood en Empire of Capital en esta nueva
versión de la teoría la respuesta militar se justifica aún
cuando no exista ninguna posibilidad de que la misma sea
exitosa. O, lo que es aún peor, bajo estas nuevas condiciones la
agresión militar del imperialismo ya no requiere de ninguna meta
específica o de algún enemigo claramente definido e
identificado. La guerra no necesita de objetivos claramente
delimitados y se torna un fin en sí mismo; un fin inalcanzable,
y por lo tanto, infinito. Lejos de ser una situación excepcional
la guerra se convierte en una actividad permanente: una guerra
infinita contra un enemigo inidentificable cuyos cambiantes
contornos –hoy un comunista, mañana el populista, después el
“terrorismo internacional”, etcétera- lo dibuja, con absoluta
arbitrariedad, el Ministerio de la Verdad del imperio, cuya
misión no es otra que falsear la realidad y fabricar el consenso
que necesitan los dominantes. No sería exagerado decir que las
peores predicciones de
George Orwell acerca de la producción de desinformación no
sólo se vieron confirmadas sino sobrepasadas por el aparato
cultural norteamericano. Gracias a este dispositivo de
manipulación y control ideológico el gran negocio de la
producción y venta de armamentos se inmuniza contra los avatares
del ciclo económico. Guerra infinita es otro modo de decir
ganancias infinitas y permanentes.
El ácido comentario de la ex Secretaria de Estado de Bill
Clinton, Madeleine Albright, sintetiza muy bien el espíritu y
las premisas que subyacen a esta postrera degradación de la
doctrina tradicional: “para qué sirve tener tan formidable
ejército si luego no lo podemos usar.” De eso se trata, pues el
uso y la periódica destrucción de esa impresionante maquinaria
militar es lo que se necesita para que prosperen los negocios
del complejo militar-industrial. Con su soberbio desparpajo
Albright reveló lo que muchos ideólogos del imperio se cuidan
muy bien de callar.
El discurso de Obama fue decepcionante. Por más que el premio
Nóbel de la Paz se haya devaluado –recuérdese que se lo
otorgaron a un criminal de guerra como
Henry Kissinger- el presidente de Estados Unidos tendría que
haber sido capaz de elaborar un argumento que sin caer en un
inverosímil pacifismo se hubiera por lo menos distanciado en
algo de la tónica ideológica impuesta por Bush Jr. y sus
compinches. No lo hizo. Es más: existen fundadas sospechas de
que algunos de sus speech writers también lo hayan sido de su
nefasto predecesor.
No sería de extrañar esta continuidad. Obama ratificó en su
cargo al Secretario de Defensa designado por Bush Jr., Robert
Gates y, en fechas recientes, propuso como Secretario de Estado
Adjunto de Investigación e Inteligencia a
Philip Goldberg, expulsado de Bolivia por el presidente
Evo Morales el 10 de Septiembre de 2008 por su descarada
participación en las intentonas separatistas del prefecto del
Departamento de Santa Cruz, Rubén Costas. Así las cosas, las
esperanzas alimentadas por la irracional “Obamamanía” cultivada
por las buenas almas progresistas parecen hoy más ilusorias y
absurdas que nunca -
Atilio
Boron
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