|
|

Sebastián Piñera y su amigo José
María Aznar |
220110 - Para la
Concertación el triunfo de la derecha (en realidad, de su
variante más virulenta: la pinochetista) en las elecciones
presidenciales chilenas podría considerarse como un ejemplo más
de una “crónica de una muerte anunciada.” La progresiva
asimilación del legado ideológico de la dictadura militar por
los principales cuadros de la alianza democristiana-socialista
hizo que la diferenciación entre la Concertación y los herederos
políticos del régimen militar: Renovación Nacional (su ala
“moderada”, si es que un “pinochetismo moderado” puede ser otra
cosa que un oxímoron) y la Unión Demócrata Independiente, sus
batallones más cavernícolas, fuera desvaneciéndose hasta
tornarse imperceptibles para el electorado. Fernando Henrique
Cardoso -mejor sociólogo que presidente- gustaba repetir a sus
alumnos que “a la larga, los pueblos siempre van a preferir el
original a la copia.” Y tenía razón. En este caso, el original
era el pinochetismo y su heredero:
Sebastián Piñera; la
Concertación y su inverosímil candidato, la copia.
¿Constituye esto una injusta exageración? Para nada. Oigamos lo
que decía Alejandro Foxley, quien entre 1990 y 1994 se desempeñó
como Ministro de Hacienda del gobierno de Patricio Aylwin, ni
bien inaugurada la “transición democrática”. En ese cargo Foxley
se esmeró en preservar y profundizar el rumbo económico impreso
por la dictadura. Senador por la Democracia Cristiana entre 1998
y 2006 y Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de
Michelle Bachelet entre el 2006 y el 2009, toda su actuación
pública estuvo marcada por una incondicional sumisión a las
orientaciones establecidas por Washington y sus representantes
locales en
Chile.
Este altísimo personero de la Concertación declaraba en Mayo de
2000 que “Pinochet realizó una transformación, sobre todo en la
economía chilena, la más importante que ha habido en este siglo.
Tuvo el mérito de anticiparse al proceso de globalización... Hay
que reconocer su capacidad visionaria (para) abrir la economía
al mundo, descentralizar, desregular, etc. Es una contribución
histórica que va perdurar por muchas décadas en Chile... Además,
ha pasado el test de lo que significa hacer historia, pues
terminó cambiando el modo de vida de todos los chilenos para
bien, no para mal. Eso es lo que yo creo, y eso sitúa a Pinochet
en la historia de
Chileen un alto lugar” [1]. ¡Pinochet
visionario,
Pinochet creador del Chile moderno,
Pinochet
cambiando a Chile, para bien! Los horrores del pinochetismo con
su secuela de miles de muertos, desaparecidos, torturados,
asesinados, las libertades conculcadas, el terrorismo de Estado
y la violación sistemática de los derechos humanos: todo es
mañosamente invisibilizado en la sofistería del tecnócrata
“progresista”.
Con dirigencias que sostenían un discurso como éste (que muchos
compartían si bien pocos se atrevían a manifestar con tanto
descaro) y con políticos que, en muchos casos, fueron
abiertamente golpistas y facilitadores del zarpazo que
perpetraría Pinochet en 1973 (cosa que algunos parecen haber
olvidado), ¿podía la Concertación ser creíble como una
alternativa superadora del pinochetismo? En realidad, lo que
habría que encontrar es la razón por la cual la ciudadanía
chilena no se decidió mucho antes a sustituir la copia por el
original.
Pero la continuidad entre el pinochetismo y sus sucesores
“democráticos” no se verifica sólo en la admiración, abierta o
vergonzante, por la obra y el legado histórico de Pinochet.
También se demuestra en las políticas económicas “pro mercado” y
“pro inversión” (y, por lo tanto, “antijusticia y antiequidad”)
implementadas por la Concertación a lo largo de dos décadas y en
el supersticioso respeto por la Constitución de 1980, una obra
maestra del autoritarismo y formidable barrera contra cualquier
pretensión seria de democratizar la vida política chilena. En
sus treinta años de vida ese cuerpo constitucional sólo
experimentó reformas marginales, la más importante de las cuales
fue la reducción del mandato presidencial a cuatro años y la
imposibilidad de una inmediata reelección. Pero la camisa de
fuerza que esclerotizó un sistema partidario que en las
elecciones del pasado domingo terminó de morir, el régimen
binominal, permaneció incólume al igual que las escandalosas
prerrogativas de unas fuerzas armadas que, aún hoy, distan mucho
de estar supeditadas al poder civil [2]. Esa Constitución hace
que Chile incurra en un exorbitante gasto militar, varias veces
superior, por ejemplo, al de Venezuela, cuya cuantía desvela los
sueños de la Secretaria de Estado
Hillary Clinton.
Con el triunfo de Piñera el sistema partidario urdido por el
régimen pinochetista fue herido de muerte. La implosión de la
Concertación parece ser su destino inexorable, y con ello el fin
de su espurio bipartidismo. Una parte importante de la
democracia cristiana se acercará al nuevo gobierno mientras que
otro sector procurará encontrar un difícil y poco promisorio
camino propio. No muy diferentes son las perspectivas que
enfrenta el socialismo chileno, escindido entre un sector
mayoritario que se adhirió sin reservas al neoliberalismo y
otro, muy minoritario, que aún conserva una cierta fidelidad al
noble legado de Salvador Allende, que debe de estar revolcándose
en su tumba al ver lo que hicieron sus supuestos herederos
políticos. El futuro del PS no parece muy distinto del que tuvo
en su momento el Partido Radical chileno, poderoso en los años
treinta y cuarenta para luego languidecer hasta su completa
irrelevancia. Veinte años de gobiernos “progresistas” no fueron
suficientes para consolidar un bloque histórico alternativo,
pero lograron unificar a una derecha que ahora se enseñorea de
la vida política del país, completando exitosamente un tránsito
desde el predominio económico-financiero -fomentado por las
políticas económicas de sus predecesores en La Moneda- hacia la
preeminencia política.
La supremacía derechista se verá facilitada por la
descomposición del polo del “centro izquierda” y su atomización
en varios partidos, ninguno de los cuales, al menos hoy, tendría
condiciones de desafiar la hegemonía de la derecha. Queda por
ver de qué forma reaccionará el heterogéneo espacio político que
se encolumnó tras la candidatura de
Marco Enríquez Ominami, cuyo
desempeño en la primera vuelta electoral barrió con todos los
pronósticos alcanzando un notable 21 por ciento de los votos,
principalmente de los jóvenes. Un dato nada menor que habla con
elocuencia de la frustración ciudadana es el desinterés por la
política de los jóvenes: se calcula que unos tres millones y
medio de ellos no se registraron para votar, desalentados por la
despolitización que la Concertación promovía en la gestión de
los asuntos públicos. De haberlo hecho, los resultados del
pasado domingo bien podrían haber sido diferentes, pero esto ya
es un ejercicio contrafactual que no viene al caso proseguir
aquí. A guisa de ejemplo: en el rico distrito de Las Condes se
registró para votar algo más del cincuenta por ciento de los
jóvenes entre 18 y 19 años. En cambio, en la comuna obrera de La
Pintana sólo 300 de los más de 8.000 jóvenes que allí viven
hicieron lo propio, es decir, poco más del 3 por ciento. En
resumen: Chile tiene un electorado envejecido, cada vez más
conservador, con pocos jóvenes que, además, sobrerepresentan a
los sectores más acomodados de la sociedad chilena [3].
La derrota de la Concertación pone de manifiesto los límites del
llamado “progresismo”, una suerte de tercera vía que habiendo
fracasado estruendosamente en Europa –sobre todo en el Reino
Unido y Alemania- procuró, sin éxito, tener mejor suerte en
América Latina. Lo que caracteriza a los gobiernos de ese signo
político es su incondicional sometimiento a las fuerzas del
mercado y la debilidad de su vocación reformista, carente de la
osadía necesaria para traspasar las fronteras trazadas por el
capitalismo neoliberal. Una de las claves para entender las
desventuras electorales del centro izquierda en esta parte del
mundo la ofrece la dispar fortuna que la separa de los gobiernos
que emprendieron con decisión el camino de las reformas
-sociales, económicas e institucionales- como Venezuela, Bolivia
y Ecuador. Mientras que éstos parecen ser máquinas imparables de
ganar elecciones por cifras abrumadoras, en Chile el progresismo
ha sido derrotado al paso que en la Argentina y Brasil se
enfrenta a la eventualidad de ser desalojado del poder en los
próximos recambios presidenciales. Conclusión: si un gobierno
quiere ser ratificado en las urnas el camino más seguro es
avanzar sin dilaciones ni titubeos por el camino de las reformas
y, de ese modo, cristalizar una base social de apoyo popular que
le permita triunfar en las contiendas electorales. Quienes no
estén dispuestos a seguir este curso de acción pavimentan con su
claudicación el camino para la restauración de la derecha.
Una última consideración: la derrota de la Concertación
gravitará y mucho en el escenario sudamericano. Las cosas se
pondrán más difíciles para los gobiernos de Venezuela, Bolivia,
Ecuador y Cuba; la ampliación del MERCOSUR con la plena
incorporación de Venezuela sufrirá renovados tropiezos, si bien
no de manera directa puesto que Chile no es miembro pleno de ese
acuerdo; y con el triunfo de Piñera el bloque derechista
controla, con la honrosa excepción del Ecuador, todo el flanco
del Pacífico latinoamericano. Además, el “efecto demostración”
del desenlace electoral chileno podría llegar a ejercer un
cierto (y negativo) influjo sobre las elecciones presidenciales
de octubre de 2010 en Brasil y las que tendrán lugar el año
siguiente en Argentina, en ambos casos dando pábulos a los
candidatos de la derecha.
Por otra parte, la belicista contraofensiva imperial de Estados
Unidos (Cuarta Flota, bases militares en Colombia, golpe en
Honduras, reconocimiento de las fraudulentas elecciones de ese
país, etcétera) contará a partir de marzo con un nuevo aliado,
liberado de cualquier compromiso, aunque sea retórico, con el
proyecto emancipatorio latinoamericano. Hay que recordar que aún
bajo los gobiernos “progres” de la Concertación el papel que
éstos desempeñaron fue siempre el de un operador privilegiado de
Washington en América del Sur . En la Cumbre de Mar del Plata
que culminó con el naufragio del ALCA las voces cantantes a
favor de ese acuerdo fueron las de Ricardo Lagos y Vicente Fox,
bajo la complacida mirada de George W. Bush. Ahora esa tendencia
“aislacionista” -y, en el fondo, antilatinoamericana- se
acentuará aún más, revirtiendo una profunda vocación
latinoamericana que Chile supo tener y que bajo la presidencia
de Salvador Allende llegó a su apogeo. Pero ese país ha
cambiado, “para bien” como lo recordaba el ex Canciller de la
Concertación y hoy es el verdadero campeón del neoliberalismo,
título ganado entre otras cosas mediante la firma de tratados
bilaterales de libre comercio que regulan sus relaciones
económicas con más de 70 países.
Desde la época de la dictadura militar el desdén de La Moneda
por América Latina ha sido proverbial y continúa hasta el día de
hoy. Una muestra rotunda de este desinterés la brinda el hecho
de que Chile prefiere importar petróleo desde Nigeria antes que
hacerlo desde Venezuela o llegar a un acuerdo con Bolivia. Hace
apenas un par de días Sebastián Edwards, uno de los publicistas
del neoliberalismo latinoamericano y seguramente futuro
consultor del nuevo gobierno, ratificaba la vigencia de la
doctrina pinochetista diciendo que “económicamente nuestro
futuro está en el mundo y no en América Latina. Debemos dejar de
compararnos con nuestros vecinos. América Latina es nuestra
geografía; nuestras aspiraciones deben ser llegar a ser como los
países de la OCDE” [4]. Por eso los necesarios procesos de
integración supranacional actualmente en marcha en América
Latina -desde el MERCOSUR hasta la UNASUR, pasando por el Banco
del Sur y otras iniciativas semejantes que el imperio
invariablemente se ha esmerado en postergar o desbaratar- no
habrán de cobrar nuevos bríos con Piñera instalado en La Moneda.
Con Frei las cosas no hubieran sido muy diferentes, pero al
menos éste tenía un vago compromiso con el electorado que en el
caso de su contendiente no existe. Lo que hay detrás de Piñera,
en cambio, es la rabiosa gritería de sus partidarios celebrando
la victoria de su candidato con imágenes y bustos de Pinochet y
cánticos exhortando a acabar de una buena vez con los
“comunistas” infiltrados en el gobierno de la Concertación. Nada
nuevo bajo el sol. La década no podía haber comenzado peor. Más
que nunca en tiempos como estos adquiere vigencia, para quienes
quieren cambiar un mundo que se ha vuelto insoportable y no solo
insostenible, aquel sabio consejo de Gramsci: “pesimismo de la
inteligencia, optimismo de la voluntad”.
[1] Cf. Cosas, 5 de Mayo del 2000. Reproducido en Marcos Roitman
Rosenmann, Pensar América Latina. El Desarrollo de la sociología
latinoamericana (Buenos Aires : CLACSO, 2008)
[2] Sobre el carácter eternamente inconcluso de las transiciones
democráticas en América Latina remitimos al lector a nuestro
Aristóteles en Macondo. Notas sobre el fetichismo democrático en
América Latina (Córdoba: Ediciones Espartaco, 2009)
[3] Ver “ El espejismo del voto voluntario”, que Qué pasa?, http://www.quepasa.cl/articulo/19_1944_9_2.html
En ese mismo reporte se consigna que “los investigadores
chilenos Alejandro Corvalán y Paulo Cox concluyen que la
proporción de jóvenes chilenos del quintil más pobre, entre 18 y
19 años, que se inscribe en los registros electorales, es la
mitad de la que lo hace en el quintil más rico.”
[4] Cf. El Mercurio, Martes 19 de Enero de 2010, p. B-14.
|