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030511 - Un signo
más de los muchos que ilustran la profunda crisis moral de la
“civilización occidental y cristiana” que
Estados Unidos dice representar lo
ofrece la noticia del asesinato de
Osama Bin Laden.
Más allá del rechazo que nos provocaba el personaje y sus
métodos de lucha, la naturaleza de la operación llevada a cabo
por los Seals de la Armada de los
Estados Unidos es un acto de
incalificable barbarie perpetrado bajo las órdenes directas de
un personaje que con sus conductas cotidianas deshonra el
galardón que le otorgó el Parlamento noruego al consagrarlo como
Premio Nobel de la Paz del año 2009. De acuerdo con lo
establecido por
Alfred Nobel en su testamento esta distinción, recordémoslo,
debía ser adjudicada, “a la persona que haya trabajado más o
mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la
abolición o reducción de los ejércitos existentes y la
celebración y promoción de procesos de paz.”
El energúmeno que anunció al pueblo estadounidense la muerte del
líder de Al-Qaida diciendo que “se ha hecho justicia” es la
antítesis perfecta de lo estipulado por Nobel. Un comando
operativo es lo menos parecido al debido proceso, y arrojar los
restos de su víctima al mar para ocultar las huellas de lo que
se ha hecho es propio de mafiosos o genocidas. Lo menos que
debería hacer el Parlamento noruego es exigirle la devolución
del premio.
En la truculenta operación escenificada en las afueras de
Islamabad hay múltiples interrogantes que permanecen en las
sombras, y la tendencia del gobierno de los
Estados Unidos a desinformar a la
opinión pública torna aún más sospechoso este operativo. Una
Casa Blanca víctima de una enfermiza compulsión a mentir
(recordar la historieta de las “armas de destrucción masiva”
existentes en
Irak,
o el infame
Informe Warren que sentenció que no hubo conspiración en el
asesinato de Kennedy, obra del “lobo solitario” Lee Harvey
Oswald ) nos obliga a tomar con pinzas cada una de sus
afirmaciones. ¿Era Bin Laden o no? ¿Por qué no pensar que la
víctima podría haber sido cualquier otro? ¿Dónde están las
fotos, las pruebas de que el occiso era el buscado? Si se le
practicó una prueba de ADN, ¿cómo se obtuvo, dónde están los
resultados y quiénes fueron los testigos? ¿Por qué no se lo
presentó ante la consideración pública, como se hizo, sin ir más
lejos, con los restos del comandante
Ernesto “Che” Guevara? Si, como se asegura,
Osama se ocultaba en una mansión convertida en una verdadera
fortaleza, ¿cómo es posible que en un combate que se extendió
por espacio de cuarenta minutos los integrantes del comando
estadounidense regresaran a su base sin recibir siquiera un
rasguño? ¿Tan poca puntería tenían los defensores del fugitivo
más buscado del mundo, de quien se decía que poseía un arsenal
de mortíferas armas de última generación? ¿Quiénes estaban con
él? Según la Casa Blanca el comando dio muerte a
Osama Bin Laden, a su hijo, a otros dos hombres de su
custodia y a una mujer que, aseguran, fue ultimada al ser
utilizada como un escudo humano por uno de los terroristas.
También se dijo que dos personas más habían resultado heridas en
el combate. ¿Dónde están, qué se va a hacer con ellas? ¿Serán
llevadas a juicio, se les tomarán declaraciones para arrojar luz
sobre lo ocurrido, hablarán en una conferencia de prensa para
narrar lo acontecido? Por lo que parece esta “hazaña” pasará a
la historia como una operación mafiosa, al estilo de la matanza
de San Valentín ordenada por Al Capone para liquidar a los capos
de la banda rival. (Ver:
¿Es el mundo demasiado grande para caer?)
Osama vivo era un peligro. Sabía (¿o sabe?) demasiado, y es
razonable suponer que lo último que quería el gobierno
estadounidense era llevarlo a juicio y dejarlo hablar. En tal
caso se habría desatado un escándalo de enormes proporciones al
revelar las conexiones con la
CIA, los
armamentos y el dinero suministrado por la Casa Blanca, las
operaciones ilegales montadas por Washington, los oscuros
negocios de su familia con el lobby petrolero estadounidense y,
muy especialmente, con
la familia Bush, entre otras nimiedades. En suma, un testigo
al que había que acallar sí o sí, como
Muammar Gadafi. El problema es que ya muerto
Osama se convierte para los yihadistas islámicos en un
mártir de la causa, y el deseo de venganza seguramente impulsará
a las muchas células dormidas de Al-Qaida a perpetrar nuevas
atrocidades para vengar la muerte de su líder.
Tampoco deja de llamar la atención lo oportuna que ha sido la
muerte de
Osama bin Laden. Cuando el incendio de la reseca pradera del
mundo árabe desestabiliza un área de crucial importancia para la
estrategia de dominación imperial, la noticia del asesinato de
Osama bin Laden reinstala a Al-Qaida en el centro del
escenario. Si hay algo que a estas alturas es una verdad
incontrovertible es que esas revueltas no responden a ninguna
motivación religiosa. Sus causas, sus sujetos y sus formas de
lucha son eminentemente seculares y en ninguna de ellas -desde
Túnez hasta Egipto, pasando por
Libia, Bahrein, Yemen,
Siria y Jordania- el
protagonismo recayó sobre la
Hermandad Musulmana o en Al-Qaida. El problema es el
capitalismo y los devastadores efectos de las políticas
neoliberales y los regímenes despóticos que aquél instaló en
esos países y no las herejías de los “infieles” de Occidente.
Pero el imperialismo estadounidense y sus secuaces en Europa se
desvivieron, desde el principio, para hacer aparecer estas
revueltas como producto de la malicia del radicalismo islámico y
Al-Qaida, cosa que no es cierta.
Santiago Alba Rico observó con razón que en pleno auge de
estas protestas seculares -anti-políticas de ajuste del
FMI y el
Banco Mundial- un grupo fundamentalista desconocido hasta
entonces asesinó al cooperante italiano Vittorio Arrigoni,
activista del Movimiento de Solidaridad Internacional, en una
casa abandonada en la
Franja de Gaza. Pocas semanas después un terrorista suicida
hace estallar una bomba en la plaza Yemaa el Fna, uno de los
destinos turísticos más notables no sólo de Marruecos sino de
toda África, y mata al menos a 14 personas. “Ahora –continúa
Alba Rico- reaparece
Osama bin Laden, no vivo y amenazador, sino en toda la
gloria de un martirio aplazado, estudiado, cuidadosamente
escenificado, un poco inverosímil. ‘Se ha hecho justicia’, dice
Barack Obama, pero la justicia reclama
tribunales y jueces, procedimientos sumariales, una sentencia
independiente.” Nada de eso ha ocurrido, ni ocurrirá. Pero el
fundamentalismo islámico, ausente como protagonista de las
grandes movilizaciones del mundo árabe, aparece ahora en la
primera plana de todos los diarios del mundo y su líder como un
mártir del Islam asesinado a sangre fría por la soldadesca del
líder de Occidente. La Casa Blanca, que sabía desde mediados de
Febrero de este año que en esa fortaleza en las afueras de
Islamabad se refugiaba
Osama bin Laden, esperó el momento oportuno para lanzar su
ataque con vistas a posicionar favorablemente a
Barack Obama en la inminente campaña
electoral por la sucesión presidencial.
Hay un detalle para nada anecdótico que torna aún más inmoral a
la bravata estadounidense: pocas horas después de ser abatido,
el cadáver del presunto
Osama bin Laden fue arrojado al mar. La mentirosa
declaración de la Casa Blanca dice que sus restos recibieron
sepultura respetando las tradiciones y los ritos islámicos, pero
no es así. Los ritos fúnebres del Islam establecen que se debe
lavar el cadáver, vestirlo con una mortaja, proceder a una
ceremonia religiosa que incluye oraciones y honras fúnebres para
luego recién proceder al entierro del difunto. Además se
especifica que el cadáver debe ser depositado directamente en la
tierra, recostado sobre su lado derecho y con la cara dirigida
hacia La Meca. ¿Con qué celeridad tuvieron que ser hechos el
combate, la recuperación del cadáver, su identificación, la
obtención del ADN, el traslado a un navío de la Armada
estadounidense, situado a poco más de 600 kilómetros del
suburbio de Islamabad donde se produjo el enfrentamiento y
finalmente navegar hasta el punto donde el cadáver fue arrojado
al mar como para respetar los ritos fúnebres del
islam? En
realidad, lo que se hizo fue abatir y “desaparecer” a una
persona, presuntamente
Osama bin Laden, siguiendo una práctica siniestra utilizada
sobre todo por la dictadura genocida que asoló la Argentina
entre 1976 y 1983. Acto inmoral que no sólo ofende a las
creencias musulmanas sino a una milenaria tradición cultural de
Occidente, anterior inclusive al cristianismo. Como lo atestigua
magistralmente Sófocles en Antígona, privar a un difunto de su
sepultura enciende las más enconadas pasiones. Esas que hoy
deben estar incendiando las células del fundamentalismo
islámico, deseosas de escarmentar a los infieles que ultrajaron
el cuerpo y la memoria de su líder.
Barack Obama acaba de decir que después
de la muerte de
Osama bin Laden el mundo es un lugar más seguro para vivir.
Se equivoca de medio a medio. Probablemente su acción no hizo
sino despertar a un monstruo que estaba dormido. El tiempo dirá
si esto es así o no, pero sobran las razones para estar muy
preocupados.
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