280109 - Comunicado de
ATTAC sobre la crisis financiera y
las alternativas democráticas
“¡Desarmemos los mercados!”. Este eslogan se acuñó cuando se fundó
Attac en 1998, con el trasfondo
del derrumbe financiero en Asia Oriental. Desde entonces, hemos sido
testigos de otras crisis desencadenadas por los mercados financieros: en
Rusia,
Brasil,
Turquía,
Argentina y el estallido
de la burbuja de la “Nueva Economía” en 2001.
En la actualidad, el mundo rico se encuentra en medio de una crisis, la
más grave desde la
Gran Depresión de 1929. El desplome de septiembre de 2008 en
Wall Street marca el fin de un periodo histórico: el sistema del
capitalismo financiero -un sistema guiado por la sola búsqueda del
máximo beneficio- se ha hundido. Se ha destruido a sí mismo como
resultado de sus propias e inherentes contradicciones. Las ondas del
shock financiero están llegando a la economía real.
Estados Unidos ha entrado en
recesión y la
Unión Europea (UE) le sigue. Toda la economía global se verá
afectada.
La contracción de la actividad económica aumentará el desempleo y la
desigualdad. Los asalariados sufrirán nuevas presiones para obtener más
“flexibilidad en los mercados de trabajo”, esto es: salarios más bajos y
menor protección social. La disminución de la demanda acumulada de los
países ricos también alcanzará a las economías vulnerables del mundo en
desarrollo y aumentará la pobreza. Los Objetivos del Milenio y los
objetivos de un desarrollo mundial social y medioambientalmente
sostenible quedarán completamente fuera de alcance.
El
derrumbe financiero y la recesión coinciden con un fuerte incremento
en los precios del petróleo y de los alimentos, lo que ha provocado una
severa crisis social en algunos países en desarrollo y revueltas por
hambre. Ambas cosas, tanto el aumento de los precios de las materias
primas como el de los alimentos, tienen múltiples causas. Pero una vez
más la especulación de los hedge funds o fondos de cobertura, y otros
inversores institucionales, ha contribuido considerablemente a alcanzar
máximos en los precios y a la inestabilidad.
El desencadenante de la crisis actual fue la excesiva concesión de
hipotecas subprime a los propietarios norteamericanos, y los
correspondientes procedimientos defectuosos de titulización con los que
esos préstamos arriesgados fueron vendidos a instituciones financieras y
propietarios en los
Estados Unidos y en todo el mundo. La subsiguiente ola de
quiebras tuvo dramáticas consecuencias en instituciones financieras
tales como los bancos de inversión y bancos comerciales minoristas, o
los fondos de cobertura. Actualmente, el sector no financiero también
está enormemente afectado. Las perspectivas económicas, sociales y
medioambientales para 2009 son sombrías para buena parte del mundo.
Pero se podría haber previsto. El derrumbe desgraciadamente confirma los
pronósticos de expertos heterodoxos, como el Premio Nobel
Joseph Stiglitz, los de Attac,
los de los movimientos sociales y los de otros críticos. Incluso los
supervisores sabían que el sistema estaba en riesgo, pero no hubo
voluntad de actuar debido a la creencia hegemónica en la autorregulación
de los mercados.
Ahora, bajo la presión de la crisis, incluso la corriente mayoritaria de
la comunidad financiera pide reformas. Sin embargo, estas propuestas no
son lo bastante avanzadas desde el momento en que no abordan los
problemas sistémicos que están tras la crisis. Van dirigidas
principalmente al sector financiero y están orientadas hacia los
problemas de estabilidad del sistema. Esto no es suficiente. El
capitalismo financiero tiene también consecuencias desastrosas sobre la
distribución de la riqueza y la democracia. Los banqueros piden la
intervención del Estado pero esto significa socialización de las
pérdidas mientras los beneficios se quedan en bolsillos privados. Las
actuaciones de rescate por parte de
Estados Unidos con más
de 700 mil millones –la mayor en la historia de la humanidad- y los
paquetes de rescate en el
Reino Unido, Alemania
y otros países muestran claramente esta lógica. Cuando la comunidad
financiera habla de reformas quiere decir, en el mejor de los casos, una
puntual (re) regulación y gestión a corto plazo de la crisis, intentando
mantener la deriva neoliberal y volviendo al negocio habitual pasado un
breve tiempo.
Lo que se necesita en interés de la gran mayoría de la gente son cambios
reales hacia otro paradigma, donde las finanzas tienen que contribuir a
la justicia social, la estabilidad económica y el desarrollo sostenible.
No podemos permitirnos volver al statu quo anterior en los años
venideros.
La crisis no es el resultado de algunas circunstancias desafortunadas,
ni puede reducirse a un fallo en la supervisión, en las agencias de
calificación o al mal comportamiento de actores singulares. Tiene raíces
sistémicas y por tanto pone en cuestión la estructura y los mecanismos
del sistema en general.
Los mercados financieros constituyen el centro y la fuerza conductora de
la globalización. El sector financiero ha evolucionado hasta convertirse
en dominante en la economía tras la introducción del sistema de tipos de
cambio flotantes entre las divisas más importantes en 1973, la abolición
de los controles de capital y la subsiguiente liberalización y
desregulación de los mercados financieros y del sector financiero,
incluyendo la creación de supervisores llamados independientes, pero en
la práctica sujetos a una fuerte y exitosa presión del lobby del sector
financiero. Desde entonces, el sector y los mecanismos financieros han
experimentado una fase de rápida expansión: el volumen de activos
financieros, de deuda y la búsqueda mundial de beneficios financieros
han crecido a la par. Es importante recordar que la aguda aceleración de
este proceso ocurrió tras las secuelas del 2001, cuando la economía
norteamericana se recuperaba de la crisis de las punto-com, en
particular el dramático aumento tanto de la deuda privada norteamericana
(especialmente la de los hogares) como del creciente déficit exterior de
este país, financiado por el resto del mundo.
Estas tendencias unidas llevaron al establecimiento de un nuevo modelo
económico, una nueva forma de capitalismo denominada por algunos
globalización financiera, por otros capitalismo financiero y aún por
otros capitalismo de accionistas. Comoquiera que se llame, una cosa está
clara: mientras que antes los mercados financieros tenían un papel
subordinado e instrumental respecto de la economía real, ahora esta
relación se ha invertido. El poder de los “intereses financieros” sobre
la economía “real” ha aumentado enormemente, subordinando todas las
actividades económicas a obtener beneficios en los mercados financieros
y creando instrumentos financieros para obtener beneficios sólo a través
de los mercados financieros, fracasando a la vez en dar servicio a la
producción y agricultura sostenibles, y al ahorro estable de los
clientes “normales”. La lógica y la dinámica de la maximización del
beneficio a corto plazo han penetrado en todos los poros de la vida
social y económica. La perfecta movilidad del capital financiero,
resultado de las políticas neoliberales, desempeña hoy día un papel
crucial en el mundo económico. Crea una competición global no sólo entre
empresas multinacionales, sino también entre naciones, entre sus
sistemas fiscales y sociales, y entre trabajadores de distintas partes
del planeta. Al crear una relación de fuerzas favorable a las grandes
empresas respecto de sus trabajadores, este predominio del capital ha
llevado a aumentar las desigualdades, a disminuir los niveles laborales,
sociales y medioambientales, así como a la privatización de bienes y
servicios públicos.
En dos palabras, la “libertad” de los agentes financieros se ha
extendido a costa de la gran mayoría del pueblo y ha llevado a
actividades económicas que degradan el medio ambiente. El fracaso del
este modelo nunca ha sido tan obvio como hoy en la crisis alimentaria,
climática y energética. Este modelo, que ha sido apoyado por los
gobiernos de todo el mundo, está completamente desacreditado. Por tanto,
se deben extraer las evidentes consecuencias para que los decisores
políticos y económicos reconduzcan este sistema financiero insostenible
e injusto hacia las necesidades de la gente, la igualdad y la
sostenibilidad .
Se abre una ventana histórica de oportunidad. El que se consiga un
verdadero cambio de rumbo dependerá de la presión de la opinión pública.
Otro sistema financiero es posible: estabilidad y solidaridad por
delante de los beneficios
Debido a la complejidad del actual sistema financiero, es imposible
resolver sus problemas con un sólo instrumento. No hay un punto de apoyo
arquimediano. Hace falta un conjunto de instrumentos. Sin embargo, ante
los cientos de propuestas concretas que surgirán en el futuro inmediato,
todas controvertidas, podemos definir algunos requisitos básicos que
deben reunir dichas propuestas concretas para que sean aceptables como
reformas emancipadoras:
A. Cambios del sistema en vez de arreglos puntuales.
Está demostrado que todo el sistema financiero en su formulación
neoliberal es económicamente inestable e ineficiente así como
perjudicial para la igualdad, el bienestar general y la democracia. Por
tanto son necesarios cambios sistémicos. Uno de nuestros objetivos
principales es romper los pilares del neoliberalismo, en particular la
movilidad mundial del capital. Son inaceptables: tanto algunas medidas
reguladoras que, protegiendo a los ricos, están dirigidas a mantener la
acumulación de capital basada en activos financieros y la mera
estabilidad financiera; como las reformas superficiales dirigidas, por
ejemplo, a la mera “transparencia”.
B. Un nuevo
Bretton Woods en vez de “fuerzas del mercado autorreguladas”.
La crisis demuestra que dejar solos a los mercados sin regulación
política ni responsabilidad democrática lleva a resultados desastrosos.
Por tanto, son necesarios el control democrático y la cooperación
internacional en vez de la competencia destructiva entre economías
nacionales. En la toma de decisiones económicas y financieras, se debe
dar prioridad al desarrollo sostenible y a los derechos humanos de
primera, segunda y tercera generación.
Se debe crear un conjunto apropiado de instituciones bajo los auspicios
de la ONU para regular y
reorientar el sistema financiero. Será necesario aplicar las
precauciones debidas para que ese conjunto de instituciones sea
políticamente responsable y pro-activo respecto de la igualdad y la
sostenibilidad, y para que sea capaz de evitar (más que reaccionar ante)
las crisis financieras. Por ejemplo, las discusiones para dar al
FMI un mandato para supervisar
la relación entre los mercados financieros y la economía real debería
trasladarse a la
ONU, y debería evaluar la
relación entre los mercados financieros, la pobreza y el desarrollo
sostenible. Debería apoyarse una fuerte intervención internacional para
prevenir la creación de grandes superávits comerciales y de balanza de
pagos en algunos países y grandes déficits comerciales, de deuda y de
balanza de pagos en otros (como ocurre entre
Estados Unidos y
China). Dicho órgano de la
ONU podría también ser el
foro para la toma de decisiones sobre hasta qué punto se deben
liberalizar las empresas de servicios financieros y los
productos/servicios financieros, y hasta qué punto limitar la libertad
de circulación de capitales. Esto supondría que tales decisiones no se
tomarían en la OMC/GATS ni en los acuerdos de libre comercio (ALC), como
ocurre en la actualidad.
La supervisión nacional y la cooperación internacional entre organismos
reguladores y supervisores, especialmente a nivel de la
UE, debe fortalecerse, democratizarse y ampliarse con un
mandato para servir a las necesidades sociales. Se debe asegurar la
participación en la regulación de sindicatos, consumidores y otros
actores. La calificación de inversiones debe pasar a ser competencia de
la supervisión pública, con un mandato para evaluar también el impacto
sobre la sociedad (por ejemplo, impedir productos financieros, préstamos
y empresas que destruyan el medio ambiente).
Para la gestión inmediata de la crisis es necesaria una estrecha
cooperación internacional a escala europea, incluyendo a Suiza y
Rusia, y a nivel
trasatlántico.
Se deben poner límites al libre comercio irrestricto y a la libre
circulación mundial de capitales. La “apertura” dogmática de los flujos
de entrada y salida de mercancías, de servicios y financieros debe ser
sustituida por un punto de vista muy distinto. Nuevos acuerdos
internacionales deben poner otros objetivos -como la estabilidad
financiera, la justicia fiscal o la justicia social y la sostenibilidad-
por encima del libre flujo de capitales, bienes y servicios. Los
derechos sociales y las conquistas históricas de los trabajadores no
deben ser puestos en peligro por estos tratados; al contrario, deberían
fomentar la solidaridad internacional en vez de la competencia.
C. Romper el predominio de los mercados financieros.
La orientación básica para un cambio real tiene que apuntar a la ruptura
del dominio de los mercados financieros sobre la economía real. Algunos
instrumentos adecuados para este propósito son:
- Tasación de todo tipo de transacciones financieras incluyendo las de
divisas, a fin de reducir la especulación, desacelerar la velocidad de
los mercados financieros y reducir el cortoplacismo, mientras que
debería estimularse la financiación del comercio, producción y consumo
justos y sostenibles. Esto incluye un impuesto multilateral sobre todas
las transacciones de divisas para desalentar las transacciones
especulativas a corto plazo entre países. En segundo lugar, las
autoridades nacionales deberían imponer unilateralmente un impuesto
apropiado a las transacciones en bolsa con el fin de detener la
especulación y asegurar una fiscalidad más progresiva.
- Prohibición de crear conglomerados financieros (en todo el mundo) que
sean demasiado grandes como para permitir que naufraguen o demasiado
interconectados como para permitir que fallen, y demasiado complejos
para poder gestionar todos sus riesgos potenciales.
- Tasación progresiva de las ganancias del capital. Un factor
significativo que contribuye a la inflación de los mercados financieros
es la concentración de riqueza. Así que, a fin de desacelerar y
estabilizar los mercados financieros, se requiere una sustancial
redistribución de las ganancias y de la riqueza de los ricos a los
pobres así como una reducción de los incentivos a la realización de
ganancias excesivas y de los mecanismos de evasión fiscal usados por los
ricos e incluso por el mismo sector financiero.
- Antes que la redistribución, la política económica tiene que facilitar
una distribución justa: los salarios no deben crecer por debajo de la
productividad (excepto si se reduce el tiempo de trabajo) y el trabajo
tiene que estar justamente repartido.
- Deben detenerse las privatizaciones de los sistemas sociales y de las
principales infraestructuras, como las de energía y ferrocarriles, y
revertirse allí donde ya se hayan producido. Debe revisarse la
privatización de los fondos de pensiones en tanto ha conducido a la
creación de capitales errantes por el mundo en busca de altos beneficios
invirtiendo en acciones de empresas que son social y medioambientalmente
irresponsables.
D. Mitigar los efectos de la crisis sobre la economía real y aplicar
el “principio de que quien especula, paga”.
En tanto el actual sistema financiero y su desplome han afectado a la
economía real y a la sociedad, son urgentemente necesarios programas de
emergencia para mitigar sus efectos sobre la economía real y la
sociedad.
Dada la profundidad de la crisis, puede que sean inevitables los
paquetes de rescate para evitar el colapso total del sistema financiero.
Sin embargo, esos paquetes de rescate deben estar sujetos a una estricta
condicionalidad, excepto causas de fuerza mayor. En aquellos casos en
los que el rescate sea exitoso sin nacionalización, sus costes deberían
ser pagados por los accionistas, incluyendo los intereses. Donde esto no
sea posible, el estado debe adquirir acciones o nacionalizar
completamente la empresa.
El coste total de las inyecciones de liquidez y de la medidas de rescate
o de mitigación debería recaer principalmente sobre quienes son
responsables de la crisis y han amasado fortunas. Por lo tanto, debería
crearse un fondo especial contra la crisis en cada país. El fondo se
cubriría a través de una contribución extraordinaria y puntual sobre
todas las ganancias de capital superior a los 50.000 euros y con un
impuesto extraordinario de un 1% sobre todos los beneficios
empresariales del sector financiero.
Una parte de este fondo debería utilizarse a nivel internacional para la
asistencia de aquellos países pobres que sufren los efectos del derrumbe
y están afectados por la crisis de precios de los alimentos y las
materias primas.
Además, deberían emprenderse sustanciales inversiones públicas en la
infraestructura social, educación, cultura y medioambiente, en tanto
estos sectores han sufrido carencia de inversiones, crearán empleo e
impulsan el desarrollo sostenible.
E. Reformar la UE, control democrático sobre el Banco Central Europeo
(BCE).
Debe prestarse especial atención a la
Unión Europea . Las dimensiones financieras en el Tratado de
Lisboa y otros tratados se ajustan al dogma neoliberal. Se debe
modificar el Artículo 63 del Tratado sobre el Funcionamiento de la
Unión Europea (antiguo art. 56 del Tratado de la CE) que
prohíbe cualquier restricción sobre los flujos de capital, no sólo
dentro de la UE sino también hacia todos los demás países, y por ello
fija las condiciones perfectas para la abrumadora sujeción de la
sociedad a las finanzas. Hay buenas razones para restringir parcialmente
los movimientos de capitales: garantizar la estabilidad financiera,
evitar la evasión fiscal y la competencia fiscal, desarrollar una
política monetaria favorable al empleo sin riesgo de huidas de
capitales. También reivindicamos la restricción de la libertad de
establecimiento (art. 49), que permite al capital migrar allí donde las
condiciones sean más favorables y a las instituciones financieras buscar
asilo en la City de Londres o en cualquier otro lugar que prefieran.
La toma de decisiones sobre la supervisión y las regulaciones
financieras a nivel de la
Unión Europea y a nivel de sus países miembros debe ser
completamente revisada y reorientada en un sentido alejado de apoyar
principalmente el crecimiento y la competitividad del sector financiero.
Debería implantarse un sistema común de regulación y supervisión que se
ajuste a los estándares más altos y no a la lógica de una carrera de
mínimos.
Los parlamentos deben evaluar periódicamente si son correctas las
regulaciones en vigor sobre los mercados y las entidades financieras. El
Parlamento Europeo debe tener derecho a introducir regulaciones. Las
regulaciones de la UE deberían incluir todos los criterios necesarios
para el sector financiero (préstamos, evaluación de riesgos,
inversiones, emisión de activos / inversiones de actividades bancarias)
de tal manera que tales medios y servicios financieros sean solamente
proporcionados para actividades sostenibles y para la erradicación de la
pobreza.
Más aún, es necesario alterar la política monetaria del BCE. El banco
está en el mismísimo centro del neoliberalismo en Europa. Se basa por
completo en la ideología monetarista, al encomendarse a sí mismo la
estabilidad de precios en primer lugar, a costa del empleo, la justicia
social y la estabilidad económica. En coherencia con la ideología
neoliberal, se autodenomina independiente y no está sujeto en absoluto a
control democrático. Reclamamos el control democrático sobre esta
institución, cuyas políticas influyen drásticamente en el devenir de los
ciudadanos. Estamos en desacuerdo con el objetivo del BCE de mantener la
inflación de los precios al consumo por debajo del 2%: este es un pilar
central de la política neoliberal. En vez de ello, queremos que el BCE
se centre sobre el empleo y la distribución justa. Incluso el informe
anual del Bank of International Settlements (BIS, junio 2008) aconseja
que la política de tipos de interés de los bancos centrales se fije no
sólo en las cifras de inflación para mantener los tipos bajos sino
también en evaluar el impacto de los tipos de interés sobre los
“crecimientos excesivos e imprudentes del crédito”, la creación de
burbujas y los modelos de producción y gasto que sean excesivos.
El aumento del tipo de interés por el BCE como reacción al incremento de
los precios del petróleo estuvo completamente en la línea del dogma
neoliberal. Aunque el aumento de los precios relativos, como en el caso
del petróleo, no debería confundirse con inflación (la cual es un
aumento de todos los precios), Frankfurt ha estado agitando el fantasma
de la inflación. Sin embargo, en la coyuntura actual la inflación no es
el problema, sino la recesión y el desempleo. La política del BCE está
acelerando y profundizando la crisis a la que se dirige la UE.
La toma de decisiones favorables a la sociedad en el ámbito financiero,
monetario y económico mejorará con un control pleno y transparencia de
los lobbies, y con la restricción y la petición de responsabilidades
políticas (empezando por la plena transparencia) sobre las “consultas”
al sector financiero y a otras grandes empresas.
F. Reformas en partes centrales del sistema.
A la luz de la crisis, algunos fundamentos del sistema actual
requieren una atención especial, a saber:
a. Requisitos de capital y prácticas prudentes en el sector
bancario. Hay que aumentar los requisitos de capital para los bancos. A
ese respecto, Basilea II fue un paso en la dirección equivocada. Por
ello es necesario un Basilea III que saque consecuencias del desplome.
Se deben prohibir las operaciones “fuera de balance” que están en el
corazón de la crisis actual.
Los procedimientos de titulización deben limitarse a instituciones bajo
estricto control de los Gobiernos. Hay que prohibir los procedimientos
arriesgados de titulización, como son las “Obligaciones de Deuda
Colateralizada” (Collateralized Debt Obligations), cuyo propósito era la
reventa masiva de hipotecas subprime.
Deberían prohibirse los productos financieros especulativos,
especialmente sobre alimentos, y allí donde tengan un efecto
desestabilizador. Cómo mínimo, cuánto más grande sea el conglomerado
financiero, menos productos especulativos debería poder vender o
negociar.
Todos los nuevos productos financieros deben ponerse a prueba por parte
de los supervisores para medir su impacto sobre la estabilidad
financiera y la sociedad.
La banca de inversión debe reducirse hasta un punto en el que su volumen
no constituya un riesgo sistémico. Lo que queda de la banca de inversión
debe someterse por completo a regulación y supervisión, y debe separarse
de otros servicios financieros. Todas las actividades de la banca de
inversión deberían incluir criterios que promuevan el desarrollo
sostenible de las sociedades, por ejemplo, promover las acciones de
aquellas empresas que produzcan productos respetuosos con el medio
ambiente.
Todos los conglomerados financieros, desde la banca de inversiones y al
por menor a los que comercian con títulos y las compañías de seguros
deben reestructurarse o separarse, y la supervisión debe adaptarse a las
estructuras de los conglomerados resultantes.
El sistema de elevadas gratificaciones complementarias [bonus] de los
directivos debería prohibirse en tanto que incita al comportamiento
arriesgado hasta en la alta dirección, sin posibilidad de pedir
responsabilidades cuando se provocan cuantiosas pérdidas a la empresa
financiera o a sus (pobres) clientes.
b. Fortalecimiento del sector bancario público y sin ánimo de
lucro. Después de la Segunda Guerra Mundial, en Europa, el sector de la
banca pública y sin ánimo de lucro cumplió una buena función. En las
últimas dos décadas, estos bancos se fueron fusionando y se
transformaron en bancos comerciales cuyas acciones cotizaron en los
mercados de valores, evolucionando hacia el sistema financiero de
inspiración anglosajona. Debe invertirse esta tendencia, debe
fortalecerse la banca pública y sin ánimo de lucro y eximirla de las
normas sobre competencia de la UE. El sector público debería poseer al
menos algunos de los bancos para proporcionar financiación estable al
desarrollo sostenible y justo.
Los bancos renacionalizados y aquellos en los que el estado ha adquirido
acciones como consecuencia de actuaciones de rescate deberían
reestructurarse para servir a las necesidades de la sociedad, incluyendo
créditos asequibles para proyectos sostenibles y empresas, acceso
universal a buenos servicios financieros básicos, etc.
c. Agencias de calificación bajo control público. Las agencias de
calificación (que fallaron gravemente en la crisis actual, así como en
casi todas las crisis de las últimas décadas) deberían estar bajo
control público. No deberían seguir cobrando de las firmas que
califican, sino ser financiadas por un fondo pagado por todos los
usuarios de las calificaciones y por los emisores de productos
financieros. No deberían calificar sólo los aspectos financieros, sino
también tomar en consideración los riesgos sociales y medioambientales.
Los contables han fallado en revelar la debilidad de los sistemas de
control de riesgos de las instituciones financieras. Los contables
permitieron que quedaran fuera de los balances algunas actividades en el
mercado de hipotecas subprime, de derivados y de otros activos. La
determinación de las reglas de contabilidad debe convertirse de nuevo en
un asunto (inter) gubernamental.
d. Regulación de los fondos, especialmente los fondos de
cobertura (“hedge funds”) y los fiondos de alto riesgo (“private equity
funds”). ¿Quién necesita fondos de cobertura y qué beneficio aportan a
la economía? Cuando en la Cumbre del
G-8 de 2007 los
alemanes pidieron más transparencia para los fondos de cobertura, les
replicaron que esos fondos tienen una función útil, ya que asumen los
riesgos que otros no están dispuestos a asumir. En realidad, estos
riesgos son los riesgos de la especulación sólo al servicio del máximo
beneficio. No hay beneficio para la economía derivado de esas
operaciones, al contrario, desestabilizan el sistema. El riesgo se
transfiere a los bancos a través de las prácticas de apalancamiento. Por
ello no deberían practicarse bajo ningún concepto y la prohibición
actual de las operaciones con posiciones cortas es insuficiente. Decir
que los fondos de cobertura son un instrumento de prevención de riesgos
es lo mismo que hacer bombero a un pirómano. Los fondos de cobertura
deberían prohibirse. Los reguladores y supervisores tienen que impedir
que los bancos operen con fondos de cobertura ubicados en paraísos
fiscales. Nadie necesita fondos de cobertura, salvo los ricos y las
instituciones de inversión que buscan el máximo beneficio con alto
riesgo.
Los fondos de alto riesgo también se han revelado como un riesgo, valga
la redundancia, para la estabilidad y han servido como correa de
transmisión del capitalismo de accionistas a la economía real. Hay que
detener este modelo empresarial opaco. Como alternativa deberían crearse
incentivos para involucrar mucho más a los bancos en la financiación de
empresas y en la provisión de capital riesgo, en particular para
pequeñas y medianas empresas. Los bancos públicos deben jugar un papel
clave en la financiación de las empresas.
Más en general, la UE debería regular todo tipo de fondos con una
directiva. Todos los fondos deben publicar sus estrategias de inversión
y sus tablas de incentivos para los directivos. Algunas estrategias de
inversión deberían prohibirse (por ejemplo, ventas al descubierto),
deben limitarse las tomas de crédito (efecto apalancamiento) y debe
fijarse un techo a los activos bajo control. Los beneficios de los
fondos deben tributar más que los ingresos por trabajo. Los fondos que
no tengan residencia legal en la UE (por ejemplo, en centros
extraterritoriales) o que no cumplan con los estándares de la UE no
deben tener acceso al mercado de la UE.
e. Limitar severamente los productos derivados. Los derivados
deberían negociarse solamente en bolsa, normalizados y autorizados por
un organismo supervisor, de la misma manera que se evalúan los impactos
negativos (a largo plazo) de los productos farmacéuticos. Los derivados
de naturaleza puramente especulativa deberían prohibirse. Las
operaciones extraoficiales (Over The Counter, OTC) deberían prohibirse.
f. Centros extraterritoriales (“Offshore”). ¿Quién necesita
Centros Bancarios Extraterritoriales (OFCs, por sus siglas en inglés) y
paraísos fiscales? Sólo los ricos y las instituciones de inversión que
quieren ocultar sus activos a las autoridades tributarias, la mafia, los
terroristas, los traficantes de armas y otras fuerzas criminales que
quieren blanquear su dinero. No hay un argumento económico razonable a
favor de mantener el status económico de esos territorios. Por lo tanto,
su función económica debería ser totalmente clausurada.
En la medida de que esto no sea posible, ya que algunos grandes países
ricos funcionan ellos mismos como OFCs y protegen a otros, puede
recurrirse a un conjunto de medidas unilaterales, que van desde levantar
el secreto bancario de los bancos bajo su soberanía, obligando a los
bancos a cerrar las sucursales situadas en paraísos fiscales, hasta
imponer una tasación elevada a las transacciones con los OFCs.
La “Directiva sobre los Ahorros” de la UE tiene que extenderse a todos
los ingresos del capital (actualmente, sólo al pago de intereses), a las
personas jurídicas (actualmente sólo a personas físicas) y al sistema de
intercambio automático de información a Austria, Bélgica y Luxemburgo
(actualmente a 24 países). La cobertura de estas lagunas es una
condición para ejercer una presión creíble sobre otros paraísos
fiscales, como Suiza o Liechtenstein, para que levanten el secreto
bancario y cooperen en un intercambio internacional de información.
g. Medidas contra las políticas de valor a corto plazo para los
accionistas. John Maynard Keynes recomendaba “casar a los inversores con
sus activos” para animarles a que invirtieran a largo plazo e impedir
las perjudiciales especulaciones a corto plazo. El poder de los
accionistas cortoplacistas podría limitarse vinculando los derechos de
voto accionarial a un período mínimo de posesión de la acción (5 – 10
años) y a través de la prohibición de las “stock options” (que incitan a
los directivos a cuidarse sólo del precio de las acciones).
En su lugar, las gratificaciones a los directivos deberían tener un tope
y estar parcialmente vinculadas a un indicador de bienestar general. Más
aún, los sindicatos, consumidores y otras partes interesadas deberían
tener derechos de participación efectiva en la toma de decisiones de las
empresas.
f. Regulación del endeudamiento de las familias. En cada país se
deben establecer límites regulatorios al endeudamiento, en primer lugar
el de las familias, a través de un techo a la proporción de amortización
más intereses respecto de los ingresos. La vivienda de las capas
sociales con peor poder adquisitivo es un componente de los programas
sociales de los Gobiernos. No debe convertirse en el privilegio de los
peores segmentos de las instituciones financieras privadas. Apoyamos
enérgicamente las propuestas para crear un nuevo procedimiento de
ejecución hipotecaria que permita a los propietarios de viviendas sobre
endeudados convertirse en arrendatarios. Sin embargo, el acceso a la
propiedad de la vivienda no debería ser el objetivo de los programas
sociales. Demandamos una auténtica política de vivienda pública social,
con gran diversidad social y estándares ecológicos.
FIRMANTES DE ESTE COMUNICADO: Attac Austria, Attac Dinamarca, Attac
Finlandia, Attac Flandes, Attac Francia, Attac Alemania, Attac Hungría,
Attac Italia, Attac Marruecos, Attac Noruega, Attac Polonia, Attac
España, Attac Suecia, Attac Suiza, Attac Grecia, Attac Países Bajos,
Attac Togo.
ATTAC DE EUROPA