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Dios como pregunta, no como respuesta |
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La historia de las religiones es, en definitiva, la historia de los hombres y mujeres que a lo largo de milenios han buscado respuestas a sus interrogantes más profundos. Siempre he considerado la religión como una expresión legítima de ese constante preguntar que define el ser humano. Pero nunca la he considerado la única vía legítima. Filosofías, sistemas de pensamiento, culturas diversas…, pueden actuar como sustitutos o, en mi sincero juicio, como complementos necesarios a la religión en cuanto tal. Si queremos que nuestro mundo, que aspira a progresar, a superar a lo anterior, a hacer en muchos casos borrón y cuenta nueva para abrir horizontes totalmente genuinos de reflexión y de apertura; si queremos un mundo más humano, más esperanzado en las posibilidades del ser humano y en sus logros efectivos, donde la idea dominante sea la de fraternidad y solidaridad, que adquiere fuero en instituciones y civilizaciones, hemos de repensar la religión. Actualmente, la religión está de moda. No en cuanto convicción o práctica, sino en cuanto objeto de interés y de curiosidad. En Occidente asistimos al auge de religiones y de espirituales de procedencia oriental, al surgimiento de sectas y de grupos inspirados en la New Age, a una relativa revitalización del Cristianismo en amplios sectores de América…, pero también a la decadencia más dolorosa y sonora de lo religioso en Europa occidental, la que antaño fuera promotora de evangelizaciones en todo el mundo.
Y es que, en efecto, el hombre de nuestros días se plantea interrogantes nuevos, peor en el fondo, análogos a los de sus antepasados. Si las religiones quieren tener sentido hoy y sobrevivir, escapar del frío sótano en que se encuentran ahora, sumidas en la desesperación de la sangría imparable de fieles y de la pérdida de confianza, deben replantearse su papel, su origen y sus fines. Las religiones no pueden aspirar a constituir la única vía de expresión de la pregunta que define al ser humano, el único canal para nuestras ansias y anhelos de algo que nos trascienda. La pluralidad, que existe entre ellas mismas y más aún entre las formas culturales de la Humanidad, exige hoy meditar con seriedad, con rigor pero con apertura de mente el papel de la religión.
¿Por qué tomar al hombre de nuestros días como referente? Ciertamente, casi todas las religiones tienen como fundamento acontecimientos supuestamente históricos que, en cualquier caso, representan la fuente de la que manan sus tradiciones y sus creencias. En este sentido, toda religión posee una aspiración supra-histórica, afirma ser independiente del decurso histórico y se enorgullece de basarse en lo pasado para, desde ello, mirar al futuro. Una religión comprendida sólo desde esa óptica es incapaz de asimilar el moderno concepto de progreso, la convicción de que es el hombre quien hace la Historia y el futuro, y de que el pasado no tiene por qué determinar el futuro, sino en todo caso iluminarlo. Las religiones deben esforzarse por desarrollar una teología de la Historia y del tiempo que integre lo tradicional con lo progresivo, lo originario con lo dinámico, porque, en realidad, no hay más tiempo que el ahora, y en cada ahora se resume todo lo pasado y se comienza todo lo futuro.
Pero, más aún, las religiones deben plantearse qué imagen de Dios transmiten al hombre. Un Dios que funcione como una respuesta a todos los problemas e interrogantes de la Humanidad, un Dios que no deje resquicio para la duda y que sólo ofrezca seguridad, intelectual y práctica, no puede ser el Dios del Amor del que hablan tantas confesiones.
Urge, en suma, llevar a cabo una revolución en lo religioso, que nos ofrezca un Dios-pregunta y no un Dios-respuesta: no un Dios que responda a todos los enigmas de la Ciencia y del intelecto (desde el origen del Universo hasta la Evolución, desde el porqué de las sociedades hasta el modo en que éstas deben organizarse), sino un Dios que avive las preguntas más propiamente humanas y que, ante todo, nos transmita “fe, esperanza y caridad”. Un Dios que, como pregunta de las preguntas (el Dios-Amor), camine junto a los hombres y mujeres de todo tiempo siendo partícipe de sus interrogantes y angustias. Un Dios a quien no le son ajenos ni los hombres ni sus ansias. |
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