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Bienvenido sea el Estatut |
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¿Un artículo más sobre el Estatut? ¡Sí! Sé que han corrido verdaderos ríos de tinta al respecto, y que incluso en periódicos progresistas como EL PAÍS o EL MUNDO (en ABC o LA RAZÓN, que son “regresionistas”, doy por supuesto que nadie escribirá apoyando el Estatut. Ahí se ve su tan ansiada pluralidad informativa) numerosas voces se han alzado en contra del proyecto de Estatuto que casi el 90% del Parlamento catalán (todas las fuerzas políticas excepto el PP, como siempre a contracorriente) ha apoyado y ha remitido a las Cortes Españolas. Quiero exponer, brevemente, las razones que me llevan a sumarme a quienes consideran que Cataluña necesita un nuevo Estatut y que este Estatut satisface tal requerimiento. Quiero adherirme a los que han apoyado desde el púlpito de los medios de comunicación un Estatut que Cataluña quiere y que Cataluña se merece (recientemente, 200 intelectuales españoles de la talla de José Luis Sampedro, Caballero Bonald, Arcadi Oliveres o Rosa Régas, además de premios Nobel extranjeros como José Saramago, Rigoberta Menchú o Adolfo Pérez Esquivel): 1) Cataluña es una nación. Así de simple. Decía hace unos unos días Santiago Carrillo (figura política revitalizada en los últimos tiempos, y que sin duda por su larga trayectoria mucho puede enseñarnos para que la crispación política no lleve a los trágicos resultados que en otras etapas de nuestra historia; con respecto a su supuesta implicación en Paracuellos, bien vale leer la investigación exhaustiva que recientemente ha publicado el hispanista Ian Gibson) que España debe hacerse desde abajo, no desde arriba. El pueblo catalán posee una conciencia clara de su identidad, de su diferencia pero al mismo tiempo de su pertenencia a una historia común con el resto de España. Cómo conjugarlo implica entender de un modo más amplio y a la vez profundo términos como “nación”; sobre los que nadie, y menos aún ningún partido político, tiene el monopolio. No nos podemos quedar ni en arcadias conceptuales decimonónicas, ni tampoco en comprensiones arbitrarias. Pero es evidente que, en este caso, la palabra “nación” puede y debe ser susceptible de un entendimiento más amplio, para que también integre la identidad diferenciada con la pertenencia a un mismo estado (España) 2) No es cierto, como proclama el Partido Popular y sus adalides mediáticos, que la Constitución se hiciese en un ambiente de total libertad. Recién salidos de un régimen dictatorial opresivo y que tanto desdijo de España, donde partidos como Esquerra Republicana no podrían participar en las Cortes Constituyentes por ser todavía ilegales, donde el franquismo había sido un régimen autoritario y no una dictadura… Como decía J.M. Terricabras en EL PERIÓDICO DE CATALUNYA no hace mucho, Rajoy tiene muy mala memoria. Hay que agradecer al PP que “se haya dado la vuelta al calcetín” y que ahora sea un firme defensor de la Constitución, cuando ni lo fue ni ha sido la tónica general de su madre política (AP). El problema de los conversos (en este caso, del espíritu antidemocrático al constitucional) es que se convierten con tanta intensidad que olvidan que, en la Tierra, nada es eterno, y menos una constitución. Pretenden inmunizarla frente a todo cambio, transformarla en una inmaculada criatura que en nada tiene mejorar, como si en el mundo actual 27 años no fuese mucho tiempo, máxime para un país que progresa a ritmos agigantados y que está plenamente insertado en Europa. 3) La Constitución, por tanto, aunque contó con el respaldo y el consenso de gran parte de los españoles, no dio alternativas (por ejemplo, a una España republicana), no fue totalmente plural, estuvo cautiva de ciertos residuos del anterior régimen, y se redactó con poca experiencia en lo que concierne al dinamismo propio de las democracias. Reformarla es, por tanto, una necesidad. Lo que se aplica a la Iglesia (Ecclesia semper reformanda) puede decirse de la Constitución: Constitutio semper reformanda. La estrechez de miras de la derecha, su fanatismo y su intolerancia, su miedo al cambio, su falta de confianza en las instituciones democráticas y en las autonomías, su ignorancia histórica y su ceguera mental ante el progreso contribuyen poco a la buena convivencia. Ciertamente, tampoco un separatismo ingenuo y radical puede ayudar a hacer de España un país más plural, más dinámico, donde se integre más a los pueblos (de dentro o de fuera –la inmigración) y donde se favorezca más la diversidad cultural, ideológica, religiosa… En suma. No niego que el Estatut adolezca de graves defectos y que deba ser sometido a ciertos cambios. Lo contrario, pretender que el texto del Estatut fuese un texto inamovible, sería una sacralización ridícula impropia de una democracia. Pero los noes a priori, las enmiendas a la totalidad, las negaciones radicales no amparadas en razonamientos convincentes, y los rechazos totales a toda posible alteración no son de recibo. Cataluña se considera a sí misma una nación, y España tiene que sentirse en la obligación moral de reconocerla como tal o al menos de permitirle que se reconozca como tal. Ello no viola el principio de igualdad de todos los españoles, porque ahondar en lo propio no es anular al contrario, sino buscar nuevos cauces de integración. La Historia está repleta de dialécticas entre apertura y cerrazón. Y creo que, de poder, es bueno apostar por la apertura en todo: cultural, lingüística, religiosa, científica… El progreso de las sociedades acontece, precisamente, cuando es capaz de hacer de esa dialéctica inevitable una vía a un espacio nuevo donde cada vez haya mayor armonía y a la vez mayor diferenciación. Considero, además, que los pasos dados por las fuerzas políticas catalanas pueden contribuir a des-fanatizar a España, a librarla de apriorismo absurdos propios de la derecha más intransigente, y a corregir algunos de los lastres que ha arrastrado desde el franquismo |
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