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El cristianismo posee una aspiración universal. El anuncio del Evangelio trasciende toda cultura y toda mentalidad, pero al mismo tiempo es capaz de penetrar en toda cultura y en toda mentalidad. El Evangelio no está destinado a ningún hombre o mujer en particular, pero al mismo tiempo le pertenece a todo hombre y a toda mujer en particular.
Y es que el rabí de Nazaret, que habló del Dios de los padres de Israel, del Dios por tantos venerados y por tantos desconocidos, como Abbá, como “papá”, dejó una honda huella en la espiritualidad humana. Nadie antes que Él en Israel había llamado al Dios Supremo, Señor de los Ejércitos, como Padre, como la ternura y la misericordia que todos los que han disfrutado del afecto familiar han podido vivir, y que constituye una experiencia insólita e irrepetible, que ningún tipo de amistad o de relación humana acabará suplantando. El Ab-soluto, lo “separado”, abstraído, alejado, quedaba ahora definitivamente ligado a la existencia humana, al hoy de los hombres y mujeres que se afanan por dar sentido a sus vidas. Y ese sentido, que Jesucristo reveló como sentido de salvación, es la Buena Nueva, el Evangelio.
El lenguaje sencillo y limpio de Jesús, sus ipssisima Verba que con tanto ahínco han tratado de identificar figuras tan eminentes de la Exégesis como el erudito protestante J. Jeremías, sean o no las palabras auténticas que pronunció el rabino de Nazareth, traslucen ya una limpieza, una pulcritud de espíritu, una armonía, un sosiego, una paz, en pocas ocasiones igualada. Quien lee atentamente las palabras de Jesucristo, sus cantos a la naturaleza, a los lirios del campo y a los pájaros del cielo, sus peticiones de perdón y de misericordia, sus denuncias de la injusticia y de la cerrazón de un poder que, en lugar de servir a los hombres, los oprime; quien, en suma, se sumerja en el relato evangélico sin otro prejuicio que el de la constante búsqueda humana del bien, de la verdad y de la belleza, encontrará en las palabras de Cristo un manantial de agua pura, transparente a todo sentimiento humano, a todo dolor y a todo gozo. Palabras que, por ser tan humanas, tan sencillamente humanas, manifiestan un origen más profundo que sitúa a lo humano en la comunión con lo divino.
El cristianismo no tiene ni armas, ni plataformas, ni propagandas, ni ambiciones, ni ases en la manga... El verdadero as en la manga del cristianismo, su mejor baza, es la escucha serena, atenta, receptiva y apelante de las palabras de Jesucristo. La escucha de la palabra, que tanta relevancia adquirió en el terreno teológico con K. Barth, no es tanto una alternativa a la reflexión crítica y científica sobre la fe, como un replanteamiento del problema esencial, un situar en su correcto lugar todas las disputas, controversias y dudas intelectuales que puedan turbarnos. De nada sirve elaborar una teología, dialogar con la Filosofía, buscar cauces interdisciplinares para que la fe conecte con las ciencias o descubrir novedosos métodos de evangelización y de inculturación, si no somos capaces de escuchar al Padre que nos habla a través de su Hijo, si no somos capaces de abrirnos a un don que siempre nos superará, pero que, al irrumpir en lo temporal, es analizable, abordable e incluso cuestionable desde una perspectiva netamente humana. Y es que tan humana es la crítica como la escucha, la perplejidad como la admiración. En la existencia humana converge la Ciencia y el Arte, la crítica y el ensimismamiento. Y al escuchar la Palabra, más allá de toda labor exegética, crítica o histórica, veremos una luz que ilumine y dé sentido a nuestra existencia si realmente estamos abiertos a recibir tal luz. La Teología o la Exégesis no nos harán creer o no creer. Simplemente nos ayudarán a profundizar en una realidad histórica y humana, pero la fe exige un sí, una voluntad, un querer creer. Y escuchar a la Palabra es ya un querer escuchar, un querer gozar con la sinfonía divina que puebla las palabras de Jesucristo.
Jesús fue un maestro. Un maestro de la palabra y del amor. Un maestro más cercano a la sabiduría oriental que al intelectualismo de Occidente. Me ha impresionado mucho leer el libro Testigos de esperanza, del cardenal vietnamita F.X. Nguyen van Thuan, ya difunto, que padeció interminables años de encarcelamiento en su país de manos de un cruel e inhumano régimen comunista. La obra recoge los ejercicios espirituales que el entonces obispo vietnamita predicó a Juan Pablo II y a la Curia el año 2000, el año del Jubileo. La profundidad de las palabras de este pastor del Lejano Oriente se ve, particularmente, en la sencillez y claridad de su mensaje. Me interesó especialmente un apartado que dedica a los “defectos de Jesús”. Dice, en efecto, que Jesús tuvo defectos.
Jesús no tenía buena memoria: enseguida olvidó los pecados de quienes clamaban por misericordia, como el padre del hijo pródigo. Además, Jesús no sabía matemáticas. ¿Cómo si no iba a dejar noventa y nueve ovejas por una sola que se escapó? Está claro que Jesús no era economista, ni inversor, ni político utilitarista. Está claro que Jesús era un maestro que buscaba el bien de todos los hombres, que amaba a todos con un amor infinito e insaciable, y que no se dejó engañar por el interés puramente material que acaba anulando el dinamismo de la Historia y que a tantos hombres y mujeres de la Tierra sumerge en la desesperanza. Además, Jesús no sabía lógica. Una mujer pierde un dracma y organiza una fiesta para celebrarlo. Claro que Jesús no sabía lógica: lógica humana, porque el hombre, al fin y al cabo, ¿puede asegurar que su lógica, sus contradicciones, afirmaciones y negaciones, son universalmente válidas, o rigen solamente en su reducido universo mental? Bien hace van Thuan en traer a colación la feliz frase de Pascal: “el corazón tiene sus razones que la razón no conoce”. Jesús era un aventurero: esto sí que es un defecto, y un defecto que le costó la vida (¿o quizás se la ganó para siempre?). Era un aventurero arriesgado, que no dudó en llamar “zorro” al rey Herodes ni en criticar duramente a otros poderosos. Es más: despreció el poder. La Cruz es el desprecio máximo del poder, de la limitación que lleva asociada el poder, pues aleja de los demás hombres y mujeres, fomenta el egoísmo, nos hace mirarnos a nosotros mismos, y por tanto nos cierra, nos esconde en una caverna sin luz para contemplar un mundo mucho más amplio y más fascinante que nuestro mundo. Y, concluye van Thuan, tampoco sabía de finanzas: ¡pagó lo mismo a todos los obreros de la viña, aunque algunos habían trabajado menos horas!
Tantos hombres, mujeres, ancianos y niños de nuestro tiempo, que sufren o que gozan, pueden encontrar en las palabras del Evangelio palabras de vida. De esas palabras sólo debe brotar la paz, el amor y la fraternidad. |
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