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El diseño inteligente no es una teoría científica
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101010 - La comunidad científica debe alegrarse por el fallo del juez John. E. Jones III, de Pennsylvania, en contra de la enseñanza de la teoría del diseño inteligente en las escuelas, al mismo nivel que la selección natural de Darwin.

Resulta evidente, en todos los sentidos, que bajo la etiqueta aparentemente ilustrada de “diseño inteligente”, sus creadores y sus corifeos mediáticos (como el Instituto Discovery, de Seattle) ocultan de un modo inexplicablemente descarado las antiguas tesis creacionistas que han quedado absolutamente desacreditadas no ya en la investigación científica, sino en el propio terreno teológico. Porque el problema del neoconservadurismo religioso, visceralmente ideológico y que pretende introducirse en el campo científico conforme a una planificada estrategia, no es tanto la ignorancia abisal de la Ciencia y de sus métodos, sino una peor e injustificable ignorancia de teología y exégesis histórico-crítica.

Proponer el diseño inteligente como una alternativa, en igual plano, al neodarwinismo es, como muy bien ha dicho el genetista Francisco Ayala, “un insulto a la Ciencia”. Para que una teoría científica merezca semejante calificativo debe reunir, al menos, tres condiciones: explicar unos hechos debidamente documentados (en este caso, las variaciones en el registro fósil y la estrecha relación entre los genomas de las diversas especies: el hombre y el chimpancé comparten coinciden aproximadamente en un 96% de su dotación genética); establecer unos varemos de comprobación empírica de las tesis propuestas: qué experimentos puede efectuar un investigador independiente para llegar a las mismas conclusiones que el autor de la hipótesis; y, en último lugar, dicha teoría debe ser capaz de efectuar predicciones empíricamente verificables.
 

Pues bien, el diseño inteligente no cumple ninguna de las tres características que acabo de mencionar. No explica unos hechos innegables, porque introduce causas (y toda explicación es, lógicamente, la determinación de una relación causa-efecto) y conceptos que no tienen nada que ver con el mundo empírico y material. Me refiero a las ideas de “diseño”, “complejidad”, “inteligencia”, etc. Dichos conceptos no son científicamente manejables. No hay modo empírico de llegar a ellos. No son cuantificables. Son explicaciones teóricas que, en todo caso, pertenecerán a otros campos del saber (como puedan ser la teología, la filosofía...), pero no a lo que se entiende por ciencias naturales, que operan sobre la facticidad del mundo material y elaboran sus explicaciones en base a dicha facticidad (es decir, utilizando conceptos que pueden deducirse o inducirse de dicha facticidad: así, cuando en química hablamos de polarizabilidad, sabemos perfectamente a qué nos referimos, al tener un correlato material, matematizable o no –la matematización se hace más ardua en los sistemas biológicos- pero circunscrito al ámbito de los conceptos científicos amparados en la realidad material). El diseño inteligente, por tanto, ni siquiera explica las variaciones en el registro fósil o en la dotación genética. Al emplear en su explicación conceptos no manipulables empíricamente, se sitúa fuera del circuito científico. Puede valer como hermenéutica científica, como interpretación de tipo cultural o especulativo sobre la Ciencia, pero en ningún caso cumple los cánones del método científico (es, digámoslo así, una afirmación extrametódica, al no fijar ni criterios de verificación y ni siquiera operar con conceptos empíricos).
 

Más información:
La teoría del diseño inteligente sostiene que la vida en la Tierra y el origen del hombre son el resultado de acciones racionales emprendidas de forma deliberada por uno o más agentes inteligentes. Si bien sus defensores argumentan que se trata de una propuesta científica legítima, capaz de sustentar un programa de investigación metodológicamente riguroso, la mayoría de los científicos considera que el diseño inteligente es simplemente una justificación a posteriori de la creencia en un creador absoluto y trascendente (el dios de las religiones monoteístas), en una versión superficialmente secularizada.

El debate, especialmente intenso en Estados Unidos se ha extendido a otros países por medio de la influencia de iglesias evangélicas y otros grupos religiosos fundamentalistas. El diseño inteligente también se ha convertido en una posición de creciente fuerza en varios países latinoamericanos. Sin embargo, la posición de la Iglesia Católica, mayoritaria en los países hispanohablantes, es la de respetar la autonomía de la ciencia y respetar sus hallazgos, resituando la discusión, sobre la verdad de las Escrituras y la justificación de las creencias, en un plano cada vez más metafísico.

La frase diseño inteligente fue popularizada por Phillip E. Johnson al utilizarla en su libro de 1991 Proceso a Darwin. La posición de Johnson, y la base para el movimiento en apoyo a la creencia sobre el diseño inteligente es que consideran falso el naturalismo filosófico. Los proponentes del diseño inteligente argumentan que el modelo científico de la evolución por selección natural es insuficiente para explicar el origen, la complejidad y la diversidad de la vida, y que el universo está demasiado bien adaptado para las criaturas vivientes como para pensar que es así por pura casualidad. Los proponentes del diseño inteligente no toman partido explícito sobre la identidad del o de los creadores o sobre los medios que utilizaron para diseñar y luego crear la vida, pero son respaldados por la mayoría de los partidarios de la lectura literal de la Biblia. - Wikipedia

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El diseño inteligente tampoco cumple la segunda condición: no dice qué tipo de experimentos habría que efectuar para comprobar que, en el aumento de la “complejidad” en el cosmos material, ha tenido que existir un plan urdido por una inteligencia superior que guiase decididamente y con una finalidad concreta dichos pasos.

Cuando en la teoría neodarwiniana se habla de aleatoriedad, está claro que no nos referimos a un concepto filosófico (al estilo del “azar” que encabezaba el título de la ya célebre obra del premio Nobel de Medicina J. Monod), sino a la constatación de que las mutaciones genéticas acaecen según varemos de probabilidad. “Aleatoriedad” en la Ciencia no se opone a “diseño inteligente”, como si se tratase de una explicación atea encubierta. Simplemente alude a un hecho y al modo de tratarlo matemáticamente. Para comprobar la teoría del diseño inteligente, ¿qué tipo de experimento deberíamos realizar? ¿Tendríamos que analizar registros fósiles distintos y comprobar que en todos se ha incrementado la complejidad? El problema es que “complejidad” es un concepto valorativo, no científico. Si por complejidad entendemos el aumento de “complicación”, es decir, que conforme avanza temporalmente la Evolución nos cuesta más a los humanos comprenderla o encontrar relaciones causa-efecto, entonces no estamos ante un hecho científico sino ante la epistemología humana, ciertamente limitada, pero no por ello insolvente. ¿O es acaso la complejidad el aumento de la “anentropía”, del orden? En cualquier caso, hablar de complejidad como de anentropía (esto es, de lo contrario a la entropía) no implica hacer divagaciones sobre la necesidad de que una inteligencia lo controle. Es simplemente constatar un hecho, pero para explicar ese hecho no podemos acudir (si queremos ser coherentes con el método científico) a una explicación extracientífica, como la alusión a una inteligencia, que no es comprobable empíricamente. Aceptar o no aceptar el método científico conlleva moverse o no moverse en el plano científico. Si no aceptamos aquí el método científico, ¿por qué no sostener que son unos duendes los que lanzan la manzana y no la fuerza de la gravitación universal? Es como si en el campo de las ciencias sociales, que tienen un método análogo al científico, se tomasen por verdaderas las historias de los semidioses de Manetón o la misteriosa concepción de Augusto que relata Suetonio. Sería abrir una caja de Pandora (la de la especulación infructuosa) de consecuencias fatales para la credibilidad de la Ciencia y para los cánones de racionalidad humanos.

 

Por último, la teoría del diseño inteligente no ofrece predicciones dignas de mención. Darwin, en El Origen de las especies, fue ya capaz de predecir que todas las especies que habitan sobre la Tierra procedían de un antepasado común del que habían evolucionado por distintas rutas. Hoy en día, con los avances en el campo de la Genética y de la biología molecular, hemos podido “cuantificar” o sistematizar dicha predicción al establecer los grados de interrelación genética entre especies diversas. Podemos “cuantificar la Evolución”. Así, recientemente se ha comprobado que, al comparar el código genético de unos restos de hace 6000 años de unos pingüinos Adelia de la Antártida con el Adelia moderno, se ha producido una microevolución: las secuencias de ADN de algunos de los genes se habían vuelto más largas con el tiempo, y las frecuencias relativas de algunos de los genes habían cambiado. La genómica actual, por tanto, no sólo ofrece comprobaciones muy precisas de las teorías de Darwin resistematizadas por el neodarwinismo (es más: podemos saber en qué fechas se dieron determinados cambios, y así elaborar mapas cronológicos de la Evolución), sino que constituye un fructífero campo para “verificar” (o “falsear”, en la línea de K. Popper) las predicciones que consecuentemente se deriven de las teorías del gran naturalista británico.

 

Es cierto que la teoría de la Evolución presenta aún hoy numerosos interrogantes por responder. Esto ocurre en todo los campos de la Ciencia, y es precisamente la base para futuros progresos. Pero, desde luego, las soluciones de emergencia que además escapan al método científico son soluciones en falso y no contribuyen en nada a aclarar las dudas. Hay que explicar, no lo niego, por qué en los sistemas biológicos se viola, por lo general, el segundo principio de la termodinámica, al generarse entidades cada vez energéticamente más complejas. La explicación creacionista, o la más refinada del diseño inteligente, no resuelve nada. Atribuir lo que ignoramos a causas sobrenaturales o no científicamente manipulables es un error de bulto, un lastre al progreso de la Ciencia: postular nuevos Deus ex machina que socavan la credibilidad de la Ciencia (¿Por qué aquí sí y en otros interrogantes no? ¿Por qué no apelar al Deux ex machina en el movimiento planetario o en la dinámica del electrón? También ahí quedan problemas por resolver).

 

No quiero terminar sin esbozar unas reflexiones de tipo filosófico y teológico (no científico) al respecto de la teoría del diseño inteligente. La Ciencia y en general el conocimiento humano, proceden de tal modo que lo complejo queda explicado y estructurado según líneas epistemológicas más sencillas. Se reconoce a un sabio por dar una solución lo más sencilla posible a un problema complejo, es decir, por advertir cómo de lo simple se pueden generar entidades más desarrolladas en todos los ámbitos. Por tanto, afirmar que en el orden evolutivo existen saltos cualitativos que no son accesibles al método científico es no entender cómo opera la Ciencia. ¿Acaso alguien diría que la curvatura del espacio que postula la relatividad general de Einstein constituye un salto cualitativamente nuevo con respecto al universo tridimensional y estático de Newton? No: simplemente es emplear un instrumento matemático más sutil, una interrelación más sutil de los mismos conceptos básicos (como puedan ser energía, masa, tiempo, espacio..., también presentes en la mecánica clásica) para explicar observaciones más precisas y que, en ocasiones, puede trastocar toda nuestra imagen del Universo. Pero el método es el mismo. No hemos tenido que dar saltos cualitativos (esto es, extraños o ajenos al método científico) para explicar órdenes objetivamente más complejos. Simplemente hemos tenido que aprender a usar las herramientas de la Ciencia con mayor agudeza. Con el método científico se llega a la química de Lavoisier o a las teorías más complejas de la química cuántica implicada en los compuestos de coordinación. Habrá una distinción de grado, pero no de fundamento. Por tanto, acudir a causas no manejables científicamente y de clara inspiración en la “teología natural” (que no es ni ciencia, ni teología: es simplemente un modo filosófico, muy desacreditado, que acaba negando la autonomía de lo temporal, el dinamismo de la realidad) constituye una solución poco honrosa tanto científica como filosóficamente.

 

Un último apunte. Es realmente demoledor comprobar cómo los que en teoría más se afanan por defender la doctrina cristiana frente a los –supuestos- ataques “materialistas y ateos” sean quienes más ignoren la propia doctrina cristiana. Se vio en el caso Galileo (Galileo se adelantó a sus censores no sólo en el plano científico, sino en el exegético, al reconocer que la Biblia no está escrita como un libro de historia natural: “enseña cómo ir al Cielo, no cómo es el cielo”), y se evidencia en las controversias sobre la Evolución. La exégesis moderna desmonta totalmente no sólo la historicidad de amplias secciones del Antiguo Testamento, sino que es capaz de descubrir las interdependencias de esos pasajes con respecto a las mitologías del Oriente Antiguo (esto es, su no-originalidad), y las contextualiza mucho. Los relatos de la Creación son esencialmente mitológicos, comunes a otros textos religiosos del mundo antiguo como, por ejemplo, la teología menfita en Egipto o los relatos mesopotámicos. No pretende determinar un modo de explicación de cómo se ha ido desarrollando lo “creado”, sino manifestar que todo procede del poder creador de la Divinidad, que encuentra su fundamento único en la Divinidad, pero en ningún momento pretende imponer un orden (ya sea el evolutivo o el del diseño inteligente: es una cuestión propia de la investigación humana y no de la revelación divina) sobre cómo explicar el dinamismo de la Creación.

 

A los defensores del diseño inteligente más les valdría considerar en qué consiste la actividad científica, y repensar mejor los fundamentos de su fe.
 


 

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