|
|
|
Otros textos del autor |
|
El día 27 de enero se cumplen doscientos cincuenta años del nacimiento del que puede ser considerado, casi sin lugar a dudas, el mayor genio de la historia de la Música: Wolfgang Amadeus Mozart.
Se ha escrito ya mucho sobre la vida, la obra, las aficiones, los gozos, las tristezas y las ansias de este gran hombre que alumbró a la Europa del siglo XVIII, a la Europa que se iluminaba con el refulgir de las Luces, con una nueva forma de hacer música, y ante todo, con un espíritu tal de vivacidad, de alegría y de belleza, que todavía hoy, a más de dos siglos de distancia, seguimos personificando en ese joven músico austriaco la esencia del Arte más elevado.
¿Por qué nos fascina Mozart? ¿Qué extraña magia ejerce todavía un hombre que no vivió más de treinta y cinco años, en cuya vida convergen la grandiosa madurez musical ya desde su niñez, y el misterio de una existencia que no siempre respondió a lo que entendemos por un genio? Quizás sea su figura solitaria, frágil, sincera y auténtica, que se extasiaba ante la belleza de la ópera, de la que brotaban sin cesar y casi sin esfuerzo algunas de las melodías más hermosas que ha conocido la Humanidad, de quien sólo podía salir bondad, y que era capaz de plasmar ideas y pensamientos en compases y silencios.
Quizás sea, como la reina de la noche cuya aguda voz se apodera de nosotros cuando escuchamos La Flauta Mágica, el éxtasis que produce lo grandioso, lo estruendoso, lo monumental. O quizás sea la paz y la serenidad, el sosiego indescriptible que crea la dulzura de un piano a la luz de la luna, como en Eine kleine Nachtmusik. ¿Es la noche o el día, la luz o la tenue oscuridad que nos permite pensar en lo sublime? En Mozart confluyen ambos, lo grandioso y lo pequeño, pero en todos, en lo grande y en lo minúsculo, resuena una armonía que a nadie dejará nunca indiferente, porque quizás el secreto de Mozart, como el de los grandes genios, es que supo contemplar lo sencillo, supo mirar a lo que otros no miraban, supo pensar en lo que otros no pensaban, supo oír como otros no oían… Y Mozart será siempre símbolo del misterio de lo humano, de por qué ciertos hombres y mujeres vienen al mundo con unos dones asombrosos, y no hacen sino maravillarnos. Más que envidia o aversión, debe causar la admiración del que es consciente de que Mozart usó su genio, su prodigio, su magnificencia, al servicio de la Humanidad: nos legó tanta belleza, que aún en tiempos de dolor siempre podremos mirar a lo alto con orgullo. |
|
|
|
|
Principal-|-Consulta
a Avizora |-Sugiera
su Sitio |
Temas Que Queman |
Libros Gratis |
|
AVIZORA |