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¿Qué significa o, más bien, qué puede significar ser progresista hoy? La cuestión no es fácil, máxime cuando los tópicos abundan, y cuando se quiere identificar el progresismo con una u otra corriente política o, lo que es peor, con un partido político determinado. El progreso es, sin lugar a duda, una de las nociones clave para comprender la evolución intelectual de Occidente. Aunque con precedentes, la gran “explosión” de la idea de progreso se produjo con la Ilustración. Las Luces plantearon de forma directa el problema de que el hombre, si realmente quería ser hombre, debía ser el único árbitro y juez de la Historia. Ni el pasado, ni las tradiciones, ni las autoridades supra-seculares podían erigirse en intérpretes auténticas del destino de la Humanidad: sólo el hombre, que ante todo es razón (la res cogitans cartesiana será lo definitorio del ser humano), construye su autoconciencia, y por tanto su devenir histórico. Sólo el hombre es sujeto y responsable de la Historia, y por tanto, para vivir humanamente, debe mirarse a sí mismo, a sus posibilidades, ansias y capacidades. En nuestro tiempo, la Humanidad necesita una conciencia crítica del progreso. No basta con soñar; no basta con imaginar; no basta con crear. El progreso debe ir acompañado de una verdadera reflexión, de una crítica que abarque todos los campos de la acción humana y que tenga como centro al propio hombre, y el objetivo constante de desalienación de todo dominio que cercene el libre ejercicio de la razón. Progreso debe ser, por tanto, sinónimo de actitud crítica, de construir el futuro con vistas a subsanar los errores del presente. Incluye la convicción de que el ser humano es, por sí mismo, capaz de superarse; de que es un ser en continua auto-constitución y de que la Historia es escenario de su acción, y por tanto, de sus posibilidades, pero no es el criterio principal para juzgar lo humano. No podemos mirar al pasado para buscar una solución a nuestros problemas. En el pasado encontraremos la pedagogía del tiempo, que siempre enseña, y testimonios de grandes mujeres y hombres que en su momento contribuyeron a hacer realidad la idea de progreso. Pero hoy, somos nosotros los únicos responsables de que la Humanidad se abra cada vez más a horizontes nuevos donde se logre una auténtica emancipación del ser humano, donde seamos capaces de reflexionar sin obstáculos y de ser hombres sin las barreras de la imposición ideológica o de la servidumbre socio-económica. |
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J. Habermas ha puesto de relieve, siguiendo la genuina línea trazada por los grandes pensadores de la Escuela de Frankfurt (Adorno, Horkheimer, Benjamin...), que al pensamiento, y, en última instancia, a la Humanidad en cuanto conjunto de seres libres que actúan en el mundo, sólo puede moverle el interés emancipativo de la razón. Ser hombre, y ser libre, y ser hombre que progresa, no son más que afirmaciones del objetivo fundamental que marca Habermas: que seamos capaces de razonar de modo crítico sin dominios, sin imposiciones, sin fronteras. Sólo una simbiosis profunda de la teoría crítica, aplicada a todos los niveles, y de una perspectiva pluricultural que acabe de una vez por todas con una idea unívoca de progreso, puede contribuir a hacer realidad el progresismo como bandera de la acción social, política y cultural. Ser críticos con el presente y ser críticos con nosotros mismos y con nuestra cultura; aprender a relativizar lo que es relativo, y a absolutizar lo que realmente tenemos que suponer que es absoluto si queremos ser hombres que progresan: la dignidad humana, su libertad, su responsabilidad, su conciencia crítica. El centro del progresismo es el ser humano en cuanto capaz de superarse y de cambiarse; el ser humano no sujeto a lo dado, a las estructurales sociales, económicas o políticas que simplemente “están ahí” como hechos consumados, sino que analiza, critica, indaga en esas estructuras para ver qué es lo que tienen de ficticio y de mudable, con el criterio de la emancipación del hombre en todas sus dimensiones. Ahora bien, ¿es compatible una teoría crítica y un pluralismo cultural con la suposición necesaria de que hay unos ideales firmes que todo el mundo debe compartir? Y mi respuesta es que ambas posiciones son perfectamente compatibles. Sin suponer que la dignidad humana y lo que conlleva en el campo de la libertad de acción y de pensamiento son valores en sí mismos, es imposible ejercer crítica alguna o pedir tolerancia para otros universos culturales. El pluriculturalismo no debe implicar cerrazón cultural, como si las culturas estuviesen aisladas: el pluriculturalismo, si quiere sobrevivir racionalmente, debe convertirse en una afirmación tácita de que lo más definitorio de una cultura está tanto en sí misma como en su capacidad –efectiva- de intercambio con otras culturas. Las culturas no se constituyen solas, sino que se definen en interacción, en relación dinámica con otras culturas, aunque en ocasiones dicha relación haya sido de opresión y avasallamiento. Por tanto, el auténtico perspectivismo cultural, lejos de absolutizar una cultura determinada (y menos aún sus prácticas religiosas, éticas o sociales), absolutiza lo que es verdaderamente común a todas ellas y a todo ser humano: la interacción, la “relación”. ¿Qué conlleva esto? Obliga a buscar las condiciones de posibilidad (concepto que es una de las grandes aportaciones de I. Kant a la epistemología) que permiten dicho intercambio y hacen factible que el ser humano piense de modo crítico y reflexivo. ¿Cuáles son dichas condiciones de posibilidad? Ante todo, la dignidad humana, porque sin ser humano que exista no puede existir conciencia crítica. Y, del mismo modo, es necesario resaltar el valor único e inalienable de la libertad, expresión de la identidad del sujeto, de una libertad que es poseída por muchos sujetos, que es vivida socialmente. Y, en tercer lugar, la suposición de que todo ser humano tiene la capacidad y el derecho de progresar y de realizarse. Si la idea de progreso ha entrado en una crisis casi irremediable en nuestro tiempo, se debe, principalmente, a que el progreso se ha entendido de forma unilineal y eurocéntrica. De esta manera, más que servir a la emancipación del hombre y de su razón crítica, se ha convertido en arma arrojadiza contra la pluralidad y legítima diversidad cultural. Sin embargo, un acercamiento más amplio al progreso como efectiva capacidad humana y, más aún, como derecho humano más allá de toda “tabuización” del orden económico, moral, político o social que trate de absolutizar una determinada práctica cultural, olvidando que no es la única, permitirá recuperar esta valiosa idea, teniendo en cuenta que no sólo se progresa al modo occidental, sino que el progreso es una realidad que existe en muchos ámbitos culturales. El progreso es, más bien, la auto-afirmación del hombre por encima de lo no-humano, de lo que le impide ser persona libre, responsable y crítica. El progreso es la crítica del hombre hacia la Historia, la sociedad y el mundo con el objetivo de ampliar sus horizontes vitales. Y, de esta manera, el progreso sólo puede ser diálogo e intercambio: progreso conjunto. Serán progresistas aquellas fuerzas sociales, políticas y económicas que se esfuercen por mostrar que los órdenes establecidos no son definitivos y que, de hecho podemos cambiarlos sin con ello logramos una mayor autonomía y emancipación para la persona. Serán progresistas aquellas fuerzas sociales, políticas y económicas que comprendan que el progreso es progreso inter-cultural. En suma: serán progresistas aquellas fuerzas sociales, políticas y económicas que contribuyan a desarrollar una conciencia crítica y pluricultural en todo ser humano. |
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