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La terrible noticia que hemos recibido hoy, 30 de julio de 2006, y que ha conmocionado a la opinión pública mundial (que, afortunadamente, no resiste ante la injusticia), sobre la muerte de más de 50 civiles, muchos de ellos niños, a manos de los ataques de la aviación israelí en Qaná, exige una condena urgente y unánime por parte de la comunidad internacional. En los últimos días hemos asistido, impertérritos, a cómo los sutiles juegos diplomáticos, las salidas en falso (como la conferencia de Roma), la incompetencia más absoluta de la secretaria de Estado Condolezza Rice (no sabemos si su ineficacia es congénita o producida por el exiguo deseo de dar una prórroga a Israel para proseguir en su estrategia de estrangulamiento de la sociedad civil libanesa), que nos hace pensar que cualquier tiempo pasado en la política internacional norteamericana fue mejor, y, en definitiva, un sinfín de despropósitos claramente intencionados y un miedo generalizado a condenar sin paliativos a Israel, no han hecho sino agravar una crisis ya de por sí compleja, y aumentar la sensación de odio y el ansia de venganza entre los pueblos árabes. Nuevamente, como en el caso de la guerra de Irak, todos los objetivos iniciales han fracasado. Parece como si (algo que ya constató el sociólogo alemán M. Weber), los actores se volviesen en contra de sus creadores. Lo que Israel y Washington pretendían en un principio no sólo no se ha cumplido, sino que se ha convertido en un peligrosísimo boomerang de consecuencias impredecibles en estos momentos. Lo único claro es que si Israel no convoca un alto el fuego inmediato (que, como muchos analistas habían dicho ya, aunque fueran inexplicablemente ignorados por las autoridades políticas, más atentas a otro tipo de intereses espurios que a la consecución del bien de los inocentes y de la búsqueda de la justicia, es una conditio sine qua non para iniciar cualquier tipo de negociación), no tendremos más remedio que ponernos en el peor de los escenarios y en la peor de las consideraciones: un Estado terrorista que combate a un grupo igualmente terrorista con métodos absolutamente terroristas. Israel, cuya credibilidad (como la de su estrechísimo aliado Estados Unidos) ha caído en picado en todo el mundo (hoy, prácticamente nadie puede sentir simpatía por este estado), aún tiene la oportunidad de hacer, al fin, algo bien: convocar un alto el fuego. Lo demás viene después, nunca antes ni durante. Lo primero es acabar con la violencia. |
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