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¿Qué es ser cristiano? Quizás sea ésta la pregunta clave que ha inspirado a un nutrido grupo de teólogos y filósofos desde el siglo XIX hasta la actualidad, tanto en el ámbito protestante (clásico es ya el ensayo Das Wesen des Christentum de A. von Harnack) como en el católico (con las obras de H. Küng o J. Ratzinger), e incluso en los círculos ateos herederos de L. Feuerbach y de su ya celebérrimo tratado (que, para la mayoría de los estudiosos, fue una de las influencias determinantes que recibió K. Marx).

            La vigencia de la pregunta sigue intacta, máxime con el espectacular desarrollo y progreso que han experimentado los métodos científicos, histórico-críticos, de acercamiento a la figura de Jesús de Nazareth[1]. Hoy en día, y gracias a los innumerables trabajos que se han realizado en esta dirección ya desde el siglo XVII (con la obra pionera de R. Simon), pero principalmente a raíz de la revolución intelectual y teológica que supuso la Ilustración (que, con su defensa de la sospecha y de la crítica, nos liberó de la ingenuidad que supone pensar que “lo dado” es simplemente algo neutro, un “factum” que hay que aceptar sin más; por el contrario, la filosofía crítica de I. Kant se propuso descubrir los antecedentes y consecuentes a lo dado, las condiciones de posibilidad del objeto en cuanto tal, que residen en nuestras estructuras mentales), contamos con elementos –nunca suficientes, ni mucho menos- para volver a plantear el interrogante inicial: ¿qué es ser, o más bien, qué puede significar hoy ser cristiano?

            El problema reside, normalmente, en las mediaciones o, por así decirlo, en los intermedios que estemos dispuestos a aceptar para llegar a una imagen de Jesús lo más cercana posible al Jesús de carne y hueso que vivió en Palestina en el s. I. Y, ¿qué nos puede interesar de ese Jesús pre-teológico o, si se me permite, pre-dogmático? Sobre todo, lo que pensó, lo que sintió, lo que predicó, su visión del hombre, del Cosmos y de la Historia, que en mi opinión son tres temas esenciales a analizar en toda gran figura de la Humanidad.

            La discusión no es, en absoluto, sencilla. ¿Qué nos queda del mensaje de Jesús después de prescindir –o depurar- las sucesivas interpretaciones teológicas que se han hecho después de Jesús y de las que muy probablemente el propio Jesús no tuvo conciencia? Los estudios científicos (de crítica histórica y literaria de los Evangelios, de estudios sociológicos sobre el contexto judío del s.I, de análisis sobre la génesis de las primitivas comunidades cristianas con sus rivalidades internas y la emergencia de teologías muchas veces contrapuestas, de las que sólo surgirá una “gran teología”, una ortodoxia, tras la asimilación de la comunidad cristiana a las estructuras del poder político romano a partir del s. IV, muy influenciada ya por conceptos procedentes de la mentalidad helenista o del ámbito jurídico latino) son cada vez más alentadores en este sentido, ya que mediante una labor crítica y de estudios comparados, hemos sido capaces de acercarnos cada vez más al Jesús de Nazareth previo a la elaboración teológica que llevaron a cabo sus seguidores. Analizando fuentes tan diversas como los textos evangélicos más primitivos (especialmente Marcos y la hipotética pero más que probable fuente Q, hoy en día reconstruida gracias al Proyecto Internacional Q) y  los primeros escritos del Nuevo Testamento (1 Tesalonicenses y otras epístolas paulinas), así como a obras apócrifas que reflejan también que ya desde el período de gestación del cristianismo convivieron distintas visiones teológicas, y el descubrimiento de influencias de todo tipo en éstos y en los demás escritos (así como de su autenticidad, que nos permite decir, por ejemplo, que el Evangelio de Juan no pudo ser escrito por el supuesto discípulo de Jesús llamado Juan, o que la segunda epístola de Pedro es de, aproximadamente, el 120 d.C. y por tanto no fue escrita por Pedro, sino que es pseudoepigráfico; y lo mismo se ha podido determinar respecto de numerosas epístolas paulinas o de pasajes evangélicos que, para la crítica, no pudieron salir de boca de Jesús, partiendo, además, del hecho casi unánimemente aceptado de que ninguno de los evangelistas conoció personalmente a Jesús), podemos llegar a la conclusión de que en la predicación de Jesús, con independencia de las construcciones o estructuras teológicas posteriores, hay una serie de constantes que nos ofrecen una idea bastante plausible de lo que pensó Jesús de Nazareth:

1)      Jesús predicó la llegada inminente del Reino de Dios. En este sentido, Jesús se inscribe dentro de las grandes corrientes de la apocalíptica judía.

2)      Al mismo tiempo, Jesús confiere a este Reino unas características que, aunque ya hubiesen sido puestas de relieve con anterioridad, con Jesús adquieren una fuerza propia: es un Reino en el que el ser humano puede convivir con el Dios de Israel contemplado como Abbá; es un Reino que, si bien se presenta con tintes escatológicos, también tiene una dimensión interior, en los corazones de cada persona.

3)      Jesús fue un profeta activo, que denunció incoherencias, injusticias y potestades; un piadoso judío que abogó por una vuelta a lo nuclear de las tradiciones de Israel. Aunque esté todavía sujeto a discusión si perteneció formalmente o al menos intencionalmente a movimientos de la época como el celotismo, lo que parece probable es que fue discípulo de un predicador profético anterior llamado Juan. Su activismo profético, y el peligro de que suscitase esperanzas mesiánicas entre el pueblo judío, llevó a las autoridades romanas a ejecutarlo.

Estos tres aspectos (inminente llegada del Reino de Dios, dimensiones interiores o personales de este Reino, y su activismo profético) pueden, a mi juicio, resumirse en una consideración teológica, ética y humana más fundamental aún: Jesús predicó la cercanía de lo divino al hombre y a la mujer.

            Esta conclusión es sin duda provisional, porque precisamente la grandeza de los métodos histórico-críticos radica en que siempre pueden profundizar más, mejorar más, ampliar más nuestro horizonte intelectual. En este sentido, cada época verá[2] en Jesús lo que esté preparada para ver: es un Jesús que nunca se agota, sino que siempre preserva una cierta perspectiva de futuro[3], y que así logra también una independencia con respecto a los prejuicios propios de cada tiempo.

            Jesús, en suma, proclamó la cercanía de lo divino a lo humano. El hombre no termina en sí mismo, sino que siempre puede divinizarse, puede superarse a sí mismo y alcanzar unos horizontes de apertura mayores. El ser humano es siempre capaz de mejorar, de salir de sí mismo y de abrirse a los demás, porque lo específicamente humano no se acaba en el hombre concreto, sino que siempre lo trasciende. Son muchas las implicaciones que de aquí se desprenden, sobre todo en lo referente a la creación de una cultura de la fraternidad/sororidad donde cada ser humano aprenda a ir más allá de sí mismo, a darse a los demás y así abrirse a una realidad siempre más amplia que la esfera de lo individual.

[1] Un libro paradigmático, en este sentido, es Guía para entender el Nuevo Testamento, A. Piñero, Madrid, 2006.

[2] En la obra, ya clásica, de J. Pelikan Jesús a través de los siglos, se apunta en esta dirección cuando se afirma, en la línea de A. Schweitzer, que cada tiempo ha interpretado la figura de Jesús según sus ideas, sensibilidades, inquietudes y proyectos de futuros.

[3] Perspectiva que ya advirtió con suma claridad E. Schillebeeckx en Gott –die Zukunft des Menschen, Maguncia, 1969.

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