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El rapto del serrallo, de W A Mozart: Una llamada al perdón y al entendimiento
Carlos Blanco
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W.A. Mozart Vida y obra - ¿Qué es el Diseño Inteligente? - Textos sobre Ciencias Sociales - México: Elecciones 2006

201006 - Desde España - El domingo 15 de octubre de 2006, tuve la oportunidad de asistir a la ópera El rapto del Serrallo (Die Entführung aus dem Serail), de W.A. Mozart, en el teatro Gayarre de Pamplona.

(Retrato no terminado de Mozart a los 26 años, por su cuñado Joseph Lange en 1782)

Todo fue espectacular, porque pocos dirán que lo que viene de Mozart escape a lo asombroso y a lo sublime. Además, la fidelidad a los diálogos originales en alemán, la extraordinaria actuación de la orquesta y la calidad de los cantantes contribuyó a rendir el merecido homenaje al genio de Salzburgo en el aniversario de su nacimiento.

         Se suele decir que las óperas de Mozart presentan una música divina y sobrecogedora, en la cima de la música occidental, junto a unos librettos que, si no absurdos, al menos no le hacen justicia. Pensemos en La flauta mágica. El argumento no es que sea elevadísimo, interesante o llamativo. Más bien parece un cuento infantil con poca cohesión interna y con un hilo conductor bastante deficiente (y esto con independencia de todos los elementos iniciáticos de sobra conocidos en la que fue la última ópera compuesta por nuestro genio, estrenada pocos meses antes de su muerte en Viena). Sin embargo, todo queda eclipsado por una música que escapa al poder de la palabra, porque sólo alcanza al alma mediante la fineza del oído que percibe en muchas de sus arias o en la obertura la presencia de la belleza con nombre propio.

         En el caso de El rapto del Serrallo, el libretto fue escrito por Andrea Gottlieb Stephanie, hijo, basándose en Belmont und Konstanze, de Christoph Friedrich Bretzner, y fue estrenada en el Burgtheater de Viena el 16 de julio de 1782 (año en que Mozart contrajo matrimonio con Constanze Weber, que pertenecía a una familia con gran tradición musical que daría nombres como el de Carl Maria von Weber). Nuevamente, la historia no es tan apasionante como la de muchas grandes obras de teatro. La trama es más bien sencilla, con poco cambio de escenario, con pocos personajes que realmente influyan en la obra (pues, ciertamente, hay un impresionante coro turco que canta al “gran Pachá” una de las melodías más famosas de esta ópera, inspirada en el exotismo de la música oriental). En cambio, la música vuelve a ser deslumbrante, las arias para soprano y tenor fabulosas, y algunos de los diálogos, que dan pie a composiciones mozartianas sólo superadas por él mismo en óperas posteriores, muy sugerentes.

         La ópera se abre con un aria que ha pasado a la historia de los grandes repertorios para tenor, y que han cantado los grandes nombres del siglo XX: el “hier soll ich dich denn sehen Konstanze, dich mein Glück”, donde el desdichado Belmonte entona un “no más”: no más sin ver a su amada Constanza, no más sin sufrir una lejanía que le rompe el corazón. Y es que la hermosa Constanza, española, ha sido llevada al harén del gran Pachá, en Estambul, la ciudad del Bósforo que fascina a orientales y occidentales (y que en adelante nos será mejor conocida gracias a las novelas del último premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk: notoria coincidencia). El aria es divina, serena pero a la vez melancólica, porque Mozart supo como nadie encontrar un espacio entre la alegría y la desdicha que expresa lo más profundo del espíritu, en un sutil equilibrio al que sólo el estilo propio del genio salzburgués ha podido dar forma. Los sonidos son mantenidos con esfuerzo por el tenor, para luego elevarse en una de las típicas combinaciones de notas de Mozart, donde lo que se había prolongado llega a una especie de altura a la que sube y de la que vuelve a bajar. Esta extraordinaria “circunvolución” aparece en muchas de las grandes obras de Mozart, y transmite el sentimiento de continuidad pero a la vez de dinamismo, de cambio, de avance que no rompe del todo con lo que le precede.

         Pero creo no equivocarme si sostengo que las arias para soprano (y, en general, para mujeres) son más grandiosas que las de tenor (a diferencia de otros compositores de ópera, donde quien asume un mayor protagonista musical es el tenor: pensemos en muchas de las óperas de Giaccomo Puccini, como Tosca o Turandot). La soprano puede destacar más y, de hecho, algunas de las arias de Konstanze poseen una dificultad técnica pero a la vez una perfección melódica que no deja a nadie impasible. Nuevamente, nuestro asombro sería mayor si no fuera porque el mismo Mozart se encargó de elevar aún más el listón para las sopranos en arias como las de la Reina de la Noche en La Flauta Mágica, que pocas sopranos en el mundo son capaces de entonar. Y es que, según cuentan, la sorpano Caterina Cavalieri le pedía a Mozart que compusiese arias lo suficientemente llamativas como para lucirse ella y, a tenor de lo conseguido, parece que Mozart tomó buena nota de las exigencias de la diva. La película Amadeus de Milós Forman (1984), que tantos óscars recibió en su día, caracteriza con suficiente expresividad la figura de la Cavalieri, en una ambientación operística casi sin parangón en el mundo del cine.

         Pero volvamos a algunos de los diálogos de la ópera, especialmente a los finales. Belmonte ha urdido un plan para rescatar a Constanza, con la ayuda de Pedrillo. Pero Osmín, siervo del pachá, los descubre. Belmonte, Constanza, Pedrillo y Blonde, la elegante inglesa que acompaña a Constanza y que se enamora de Pedrillo, le piden clemencia al gran soberano turco. El pachá Selim, sorprendentemente, evita vengarse de Belmonte (pues su padre, un militar español, la había arrebatado bienes y posesiones al pachá en Orán, en el norte de África) y dice, en una frase memorable a todas luces: “es wäre ein weit grösser Vergnügen eine erlittene Ungerechtigkeit durch Wohltaten zu vergelten, als Laster mit Lastren tilden”, “es una satisfacción pagar una injusticia sufrida con un acto generoso que pagar un crimen con otro crimen”, y “quien pueda olvidar tanta bondad, merece ser mirado con desprecio” (“Wer so viel Huld vergessen kann, den seh’man mit Verachtung an”, para acabar cantando: “Nichos ist so hässlich als die Rache…”: “No hay nada tan odioso como la ira. Ser bueno y humano, evitando todo género de egoísmo, es propio de un alma noble. Quien no pueda reconocer tal cosa, merece ser tratado con desprecio”

         Y es que, más allá de la música, del genio y del arte, Mozart quiso expresar el ideal humano más alto: el perdón, la fraternidad, la generosidad. Mozart es un hijo de la Ilustración, y como buen ilustrado, siente una intensa fascinación por lo que le es lejano y desconocido, por lo exótico, por el Oriente que tantos misterios oculta pero que al mismo tiempo ansía comprender. Y a propósito de ese Oriente que llama su atención, Mozart pone su genio musical al servicio de un mensaje claro: el auténtico progreso no se logra con guerras, rivalidades y venganzas, sino con compasión, con solidaridad, con hermanamiento. El Mahatma Gandhi o Martin Luther King dieron vida a esa enseñanza con su proclamación de la lucha pacífica, conscientes de que nada puede llegar a justificar la violencia y el odio, pues siempre son infinitos los caminos que se abren entre los seres humanos para la reconciliación y la superación de las diferencias. Lo que hace falta es encontrar caminos. Y esos caminos pasan, sin excepción, por transformar el egoísmo en cooperación y por hacer de la venganza amor.

         Sólo tenemos certeza de nuestra propia existencia. Pero esa certeza comporta, de modo inseparable, una certeza de la necesidad de apertura para realizar la propia existencia. Para auto-constituirme, tengo que abrirme, y debo tener un espacio de apertura, que es precisamente la sociedad, el mundo, el “otro”. El escenario lo construyen los actores (en esto coincido plenamente con el célebre sociólogo alemán Max Weber: no estamos absolutamente determinados por las estructuras sociales y culturales, porque al fin y al cabo, esas estructuras han tenido unos autores, por difíciles de identificar que resulten), pero los actores no existen sin escenario, sin lugar en el que puedan superarse y abrir nuevos horizontes. Y si no somos capaces de abrirnos a los demás, de escucharles, de conocerles y de comprenderles, no podremos descubrirnos a nosotros mismos. Y, más aún, si no somos capaces de perdonar, de vencer el resentimiento y el odio con el diálogo y el encuentro, cerraremos puentes y en el fondo nos traicionaremos a nosotros mismos. Mozart, con su música verdaderamente fascinante y celestial, nos enseña, más allá de todo, que la Humanidad no es tal sino logra vivir en fraternidad y derrotar el enfrentamiento con el amor, la misericordia y la grandeza moral. 

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