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0151106 - Desde España - No puedo dejar de admirar a uno de nuestros contemporáneos más famosos e ilustres: William Henry Gates III (1955-…), más conocido como “Bill Gates”. Y es que Gates no es sólo el hombre más rico del mundo, según la revista Forbes, desde hace trece años (siendo su familia la segunda más rica del globo después de los Walton, prolíficos herederos de una gigantesca fortuna por la red de supermercados Walton en Estados Unidos), o una de las cien personas más influyentes del siglo XX según la revista Time, o el cofundador de Microsoft y autor de una de las revoluciones más asombrosas de los últimos siglos (el auge de la informática, que se ha convertido en piedra angular del mundo actual), o un genio en todo grado, o uno de los hombres con más poder en el mundo… Bill Gates es, ante todo, un filántropo, y uno de los exponentes más notables de la rica tradición filantrópica americana. A diferencia de la imagen del “billonario” o del magnate como alguien derrochador, despilfarrador, cuyo único fin es producir dinero para disfrutarlo de manera inmediata, Bill Gates se ha convertido en el paradigma de la responsabilidad empresarial y social. Me alegro de que sea Gates y no otro (ya sea un jeque bañado en petrodólares, o un rico heredero que no ha aportado nada a la sociedad por sí mismo, o un especulador que no ha producido nada de valor al mundo…) quien ocupe el puesto de hombre más rico del mundo. Y me alegro porque, a pesar de lo que haya podido hacer mal (en toda biografía hay manchas negras, más cuanto más importante, reconocida y popular sea el personaje en cuestión; por ello, es lógico que se encuentren puntos oscuros e irregularidades en la vida de Gates) y de prácticas supuestamente monopolísticas que no han favorecido precisamente la competencia y el libre mercado (aspectos que en absoluto quiero negar), Gates constituye un símbolo del espíritu emprendedor y de la creatividad. Gates ha inventado algo, ha descubierto algo, ha creado algo. Un especulador, un jeque, un petrolero, un heredero… no han hecho nada de esto. Gates nos ha dado un poderosísimo sistema de software que está en casi todos los ordenadores del mundo, y ha continuado trabajando de manera infatigable en la dirección de Microsoft, aunque podría haber dejado de trabajar para dedicarse a “disfrutar” de lo ganado. Y aun así, probablemente seguiría siendo el hombre más rico del mundo, porque los que le siguen en el ranking de Forbes (Carlos Slim, el fundador de Ikea Ingvar Kamprad, Lakshmi Mittal… no hablo de Warren Buffet, el “oráculo de Omaha”, porque su espectacular donación a la Fundación Bill y Melinda Gates asciende al 85% de su fortuna: Buffet es otro Gates, y exigiría un artículo aparte, porque él es también una muestra única y casi insuperable de filantropía, de generosidad y de conciencia social) están muy por detrás de sus aproximadamente 53,000 millones de dólares. Y, aunque le superaran, ojalá también pudieran superarle en algo que, a mi juicio, ha destacado a Gates en los últimos años por encima de cualquier otro aspecto: la filantropía. Bill Gates ha anunciado que en 2008 dejará la dirección de Microsoft para dedicarse enteramente al trabajo en la Fundación Bill y Melinda Gates, recientemente galardonada con el premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional. Y, además de eso, Gates ha realizado cuantiosas donaciones a esta fundación que han permitido llevar a cabo proyectos en amplias regiones del planeta, especialmente en África, contra la malaria, el sida y otras enfermedades. La Fundación de Gates está a la cabeza en la lucha contra la pobreza, la difusión de la educación y, en suma, en el tan ansiado (y nunca efectuado, al menos de manera plena) cumplimiento de los Objetivos del Milenio de la ONU. Warren Buffet (hombre muy parecido a Gates, ya que no se ha caracterizado nunca por llevar una vida pretenciosa o exhibicionista: ha vivido en la misma casa de Omaha que compró en 1958 por 31,500 dólares… éste, y no otro, debe ser el prototipo, la figura del empresario, del emprendedor y del gran hombre en el mundo actual, frente a otras imágenes y estereotipos que, desgraciadamente, han calado hondo en la gente joven, y que se basan en el lujo, la ociosidad, la irresponsabilidad y la nula participación en la construcción de una cultura del conocimiento y de la fraternidad), por su parte, donó el verano pasado la ingente suma de aproximadamente 38,000 millones de dólares, que Buffet administrará de un modo “inteligente”: no se trata de donar sin más, sino de donar sabia y hábilmente para que se pueda sacar el mayor partido a esa donación. Nuevamente, hemos de expresar nuestra más profunda admiración por Buffet y por lo que su gesto significa. Ya quisieran otros, de muchísima menor valía empresarial y moral, mostrar el mismo grado de solidaridad y de implicación en los avatares de nuestro mundo. Gates y Buffet, en la línea de la más genuina tradición filantrópica (que pasa por Andrew Carnegie o por la célebre familia de los Rockefeller, sobre todo John D. y John D. Junior, quien donó los terrenos en Maniatan sobre los que se edificaría la sede de las Naciones Unidas diseñada, entre otros, por Le Corbusier y Niemeyer), han construido sólidos cimientos para levantar una cultura del conocimiento y de la solidaridad. Y lo han hecho desde el éxito económico. Han tomado una opción personal, que ninguna ley les exigía, sintiendo que quizás existía un sentimiento moral más profundo que lo estipulado por las leyes, y que les hacía estar en deuda con la sociedad. Esta deuda con sus contemporáneos y con las generaciones venideras, esta deuda con el progreso de la humanidad, no la han contraído sólo Gates y Buffet, sino muchos otros más, aunque no todos hayan seguido sus pasos por la senda de la filantropía. En realidad, toda persona tiene una deuda con la sociedad, porque es la sociedad la que nos da la posibilidad de progresar, de superarnos, de abrir nuevos horizontes y de descubrir nuevos mundos. Considero que lo ideal para esta etapa de la Historia que nos ha tocado vivir, un tiempo en perpetua mutación, es que decisiones como las tomadas por Gates o Buffet no dependiesen sólo del buen hacer de ciertos hombres y mujeres. En otras palabras: hay que lograr que lo ético adquiera dimensiones institucionales y trans-nacionales. Me explico. Considero que es un escándalo que convivan fortunas inmensas, casi ficticias, con miserias demasiado reales y en absoluto ficticias. La Economía, al menos como la concebimos desde el surgimiento del capitalismo, dotada de unas poderosas herramientas conceptuales y científicas consolidadas ya en la Ilustración, se ha decantado por dos alternativas en permanente dialéctica en un complejo binomio: libertad e igualdad. ¿Y la fraternidad? ¿Qué hemos hecho con el tercer término de la conocidísima proclama de los revolucionarios franceses? ¿Por qué hoy no se habla de la fraternidad –o de la sororidad: lo de menos es el nombre- y cuando se hace suena a discurso vago, vacío, hueco, sin relevancia práctica en un mundo utilitarista? ¿Por qué? ¿En qué hemos fallado? La fraternidad es la síntesis entre la igualdad y la libertad. No hay auténtica sociedad humana sin libertad, como no hay auténtica sociedad humana sin igualdad y sin justicia. Pero, más aún, no hay una auténtica sociedad humana sin fraternidad, sin que los hombres y las mujeres de ese tiempo y de ese lugar se sientan hermanos y hermanos, se sientan co-partícipes de un mismo destino y actores en un mismo escenario. La fraternidad, ciertamente, se quedará en el reino de lo utópico si no adquiere dimensiones sociales concretas. No basta con fijarla como un límite intelectualmente ideal al que deben tender todas las formas del pensamiento para promover la cooperación entre todas las personas: hay que institucionalizar la fraternidad, de la misma forma que hemos conseguido institucionalizar la igualdad y la libertad. Creo que Gates representa un excelente ejemplo de a qué me estoy refiriendo cuando hablo de institucionalización de la fraternidad. Afortunadamente, Gates se ha sentido en deuda con la sociedad y por ello ha donado dinero, tiempo y esfuerzo a su Fundación. Es una decisión, una opción, que en el fondo responde a la ética y a la moralidad propia de este hombre. Otros, teniendo también muchísimos, casi infinitos medios, no se han decantado por esa vía, y si lo han hecho muchas veces ha sido de una manera frívola y minúscula, para maquillar su insolidaridad con donaciones y fundaciones que en el fondo les servían a ellos para pagar menos impuestos y que, por tanto, no les suponían mucho. Esa hipocresía deslegitima la fraternidad. |
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Sin querer olvidar la grandeza de la
libertad humana, creo que la fraternidad debería
institucionalizarse, y que lo que hacen Gates o Buffet tendría que
pasar a ser la tónica habitual entre los billonarios. Y hablo de
billonarios porque 1000 millones de dólares es una cantidad más que
suficiente para aprovechar todas las ventajas que la riqueza y el
poder pueden ofrecer a unos seres, los humanos, que más que nada en
la Historia parecen haber ansiado eso: dinero y poder. En cualquier
caso, un equipo de economistas y de técnicos especializados podría
modificar esa cantidad. Lo importante es notar que cualquier hombre
o mujer que hubiese alcanzado una riqueza neta equivalente a esa
cantidad de dinero, debería obligarse moral y socialmente a invertir
el resto de lo que gane en fundaciones como la de Bill y Melinda
Gates, o al menos que de lo que ganasen, un alto porcentaje tuviese
que invertirse, necesariamente, en labores de desarrollo y de
promoción social. Sólo así se podrá humanizar el capitalismo y se
podrá avanzar por la senda de la cultura de la fraternidad, de la
igualdad y de la libertad, frente al escándalo de la riqueza y de la
pobreza extremas. ¿Supondría esto frenar la libre iniciativa e
incluso fomentar la inacción de los millonarios, que al haber
logrado una cantidad determinada de dinero y ver frustradas sus
esperanzas de ir multiplicando esa cantidad de manera casi
indefinida optarían por la inactividad y por la parálisis
empresarial y económica? No lo creo porque, ante todo, mantener una
gran fortuna supone, muchas veces, una labor más complicada que la
de ganarla o incrementarla. Por otra parte, esas personas no
dejarían de ganar y de producir dinero, sólo que tendrían que
invertir su dinero, necesariamente, en proyectos de cooperación y de
promoción social en todo el mundo. Apreciamos aquí la importancia de
una educación que ponga de relieve el compromiso de toda persona con
la sociedad y con el progreso más allá del egoísmo, el lucro y el
individualismo. Pero, en todo caso, los filántropos por necesidad
social serían los dueños de esas fundaciones, y por tanto se verían
ellos mismos obligados a gestionarlas de modo eficiente y a aplicar
los mejores criterios de responsabilidad empresarial a estas
iniciativas. Lo verían como algo suyo, propio, de su posesión, sólo
que estarían prestando un excelente servicio social a escala global.
La sociedad, la Historia y todo hombre y mujer, a buen seguro, lo
agradecerían. Sueño con que esta visión humanista y filantrópica del
orden económico llegue a hacerse realidad algún día. |
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