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La política internacional española y el futuro del progresismo
Carlos Blanco
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0151106 - Desde España - Se podrán criticar, por razones variadas, determinadas políticas de José Luis Rodríguez Zapatero en el ámbito estrictamente nacional. Pero considero que, a escala internacional, tales críticas son injustas, máxime si quienes las propalen se mueven en la órbita ideológica del principal partido de la oposición.

            Argumentaré mi posición centrándome en tres aspectos fundamentales del escenario internacional vistos desde la perspectiva española: la Unión Europea, la estabilidad en Oriente Próximo y las relaciones con Ibero América.

            Con respecto a la Unión Europea, Rodríguez Zapatero ha demostrado una inusual mezcla de independencia y de inclinación con los países hacia los que, por inercia política, debe escorarse. Pero, además, y esto me parece sumamente destacable, en contraposición a gobiernos anteriores, Zapatero ha dado pruebas de que la solidaridad no es sólo una idea etérea, sino que en el complejo y largo proceso de construcción europea todos tenemos que aprender a renunciar a algo. Lo hizo al rechazar que Madrid fuese la sede de la firma de un tratado constitucional que hoy se encuentra en punto muerto, a favor de  Roma. Lo hizo cuando accedió a modificaciones sustanciales en los repartos de cuotas de poder y de fondos estructurales, atendiendo a la nueva situación que suponía la entrada de países en unas condiciones socio-económicas precarias, que necesitan de nuestra ayuda urgente. España no hubiera progresado como lo ha hecho en los últimos años sin la solidaridad europea. Aunque nuestro progreso presente enormes deficiencias (una economía basada sobre el urbanismo desenfrenado, con graves fracturas sociales –un quinto de la población española en los umbrales de la pobreza- y medioambientales, por no hablar de la creciente corrupción; escasa o nula inversión en conocimiento, investigación y tecnología, y una mentalidad cortoplacista de la que son responsables, ante todo, las jerarquías empresariales, poco dadas a amplias visiones de futuro y más propensas al beneficio inmediato y rápido), hay logros indudables que sólo se explican con la incorporación de España a la Unión Europea. Análogamente, España debe emprender un camino de solidaridad y de generosidad con países que acaban de entrar en la Unión Europea y que, con un marco político estable y con la ayuda de los grandes países del continente, podrán progresar en todos los ámbitos.

            En contraposición a una actitud de solidaridad europea, el anterior ejecutivo de José María Aznar bloqueó el proyecto de tratado constitucional en diciembre de 2003, aliándose con Polonia (precisamente un “enemigo” de España en lo que hacía referencia al reparto de fondos estructurales) y aislándose totalmente en la esfera europea, con el único propósito de mantener un “statu quo” insostenible por la inminente incorporación de otras naciones a la Unión Europea. Además, la alianza unilateral con Estados Unidos provocó el recelo y la desconfianza hacia España por parte de las demás naciones europeas. Afortunadamente, la política exterior de Rodríguez Zapatero, sin duda de menores pretensiones pero más realista con el papel tradicional de España en la política internacional, ha ayudado a corregir estas deficiencias.

            La estabilidad de Oriente Próximo tiene, en la actualidad, dos ejes principales: el conflicto entre israelíes y palestinos, y la guerra de Irak. Sin ello no pueden explicarse otros escenarios enormemente problemáticos como lo son el Líbano, Siria o Irán. Una política internacional solidaria y realista tiene que defender, ante todo, al más débil, máxime si esa política quiere ser auténticamente socialista, progresista y de izquierdas. Nadie niega a Israel su derecho a la legítima defensa, pero los atropellos de los derechos humanos en la franja de Gaza y en la guerra del Líbano el pasado verano han calado en la opinión pública europea (que, heredera del espíritu de la Ilustración, se caracteriza por una actitud crítica con el poder). Las condiciones infrahumanas en las que viven miles de palestinos no justifican, pero sí son causa directa del auge del fanatismo terrorista. Por ello, es de agradecer la iniciativa de paz propuesta recientemente por el ejecutivo español en colaboración con Francia e Italia, aunque quizás se haya tratado con excesiva celeridad, sin realizar las consultas y contactos oportunas, y con un exceso de idealismo (que, por otra parte, ante los realismos belicistas e insolidarios, no viene nada mal). Hay que exigir al gobierno español que reemprenda esta iniciativa y que, integrándola en el contexto más amplio de las potencias implicadas en la región, contribuya, al menos, a tender cauces de diálogo entre palestinos e israelíes.

            La guerra de Irak constituye, a mi juicio, uno de los mayores errores estratégicos de los últimos años. No se explica que se haya podido mentir tanto, manipular tanto y presionar tanto para destruir un país. La política unilateral de la segunda administración Bush ha sembrado Irak de caos, de destrucción y de miseria. Las tropas de la coalición desmantelaron la administración civil para borrar todo rastro del partido Baaz, y hoy nos encontramos con un Irak en los prolegómenos de una sangrienta guerra civil y con un gobierno títere de Estados Unidos incapaz de reconstruir el país. No se atisba ningún horizonte de salida. Estados Unidos y Gran Bretaña están atrapados en Irak, atrapados en sus propios errores y presos de una situación insostenible que ellos, en gran medida, han provocado. La dimisión forzada de Donald Rumsfeld no parece suficiente: tienen que rodar más cabezas en la política norteamericana, y es de esperar que la reciente victoria demócrata en las legislativas permita reiniciar un camino de consenso y de multilateralismo en política internacional. Creo no exagerar si digo que la decisión más acertada en política internacional de Rodríguez Zapatero fue traer a las tropas españolas de Irak de vuelta a casa. Aznar, con un noventa por ciento de la población en contra, desoyó toda crítica y se embarcó en una aventura absurda que no ha llevado a nada. Se prometió libertad para Irak, en un acto de ingenuo idealismo que tradicionalmente se había reservado a los foros de la izquierda internacional. Hoy, en lugar de libertad, hay sangre, muerte, destrucción, corrupción e ignominiosos escándalos protagonizados por las tropas de la coalición en suelo iraquí. Zapatero hizo muy bien en rectificar la postura española, porque reconocer los errores nunca es una derrota, sino una victoria democrática.

            En el contexto del diálogo entre las culturas y las religiones se sitúa la iniciativa de la Alianza de Civilizaciones, asumida personalmente por el secretario general de la ONU Kofi Annan, y que representa, a mi juicio, un logro de la política internacional española. España nunca ha tenido un papel relevante a nivel internacional. Aznar creyó que lo conseguiría aliándose unilateralmente con George W Bush pero su seguidismo no tiene cabida en una sociedad plural, democrática y crítica. Parece más realista proponer cauces y mecanismos de entendimiento, como la alianza de civilizaciones, que con proyectos concretos (como, por ejemplo, el intercambio de estudiantes, foros de diálogo Islam-Occidente…), muestren que el racionalismo democrático no es patrimonio exclusivo de una sola cultura. La tarea es enormemente compleja, porque, por otra parte, Occidente no puede renunciar a compartir logros suyos (herencia de la Ilustración y de la Revolución Francesa, y de otras tradiciones culturales, humanistas y religiosas) que, lejos de ser una muestra de euro centrismo, son valores que ofrecen las condiciones de posibilidad de desarrollarnos como personas libres, autónomas y críticas, valores que, en tantas ocasiones, están lejos de cumplirse y de vivirse en las sociedades islámicas (y también en las nuestras: algo de autocrítica no viene mal). Pero la solución no es imponer esos valores por la fuerza, sino buscar vías de diálogo que, poco a poco, vayan haciendo mella en las distintas sociedades y que, a través de una educación pluricultural y humanista, se convierta en patrimonio de las generaciones futuras.

            Y, por último, la política de Rodríguez Zapatero en Ibero América se ha caracterizado por los intentos de acercamiento a una nueva realidad socio-cultural en este continente: la emergencia de la izquierda en países como Bolivia, Argentina o Chile. España no puede limitarse a propagar las ideas neoliberales en un continente que ha sufrido en sus propias carnes los estragos de políticas insolidarias guiadas exclusivamente por el interés del mercado. España debe ser motor e impulsora de la solidaridad en Ibero América. Por ello, la actitud mostrada con Bolivia me parece correcta. Un pueblo esquilmado, explotado por intereses internacionales que han saqueado sus recursos, ha decidido, por voluntad democrática, poner fin a esa injusticia gestionando sus materias primas y renegociando, de igual a igual, los contratos con las petroleras. Algunos pretendían que España rompiese relaciones diplomáticas con Bolivia, pero esa decisión habría sido irresponsable e insolidaria.

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            Lo correcto es buscar vías de diálogo que, ante todo, reconozcan el derecho del pueblo boliviano a ser agente y no un mero actor pasivo en la economía de su país, porque no hay otro dueño del país que la voluntad de la soberanía popular, que ni puede ni debe plegarse  a meros intereses de mercado. España, por tanto, debe aspirar a convertirse en el principal canal de solidaridad y de cooperación internacional con Ibero América, y de esperar que con la política internacional de Rodríguez Zapatero se avance en esta línea.

            Un gobierno no puede ser de izquierdas sólo en el nombre y en las siglas. Un gobierno debe demostrar que apuesta por el progreso, por la crítica y por la reforma social con los hechos. Y creo que la política internacional de Rodríguez Zapatero avanza en esta línea: promoción de la solidaridad frente a la unilateralidad de los intereses de mercado, diálogo con todas las culturas y religiones desde una perspectiva humanista y plural, apuesta decidida por la solución pacífica a los conflictos internacionales. Éste es el auténtico realismo en la política internacional española: el realismo de la paz y de la solidaridad. La izquierda, al tomar las riendas de los poderes públicos, debe ser consciente de que hay otros poderes fácticos, no elegidos por nadie, que no siempre trabajan en aras del interés general. Su deber es, por tanto, corregir ese desequilibrio (la primacía de la ideología conservadora en los poderes fácticos) con políticas progresistas y solidarias que impulsen el espíritu crítico de nuestras sociedades. Y esa crítica debe mostrarse implacable con el poder, ya sea de izquierdas o de derechas, porque es una tarea demasiado importante como para dejarla sólo en manos de los políticos.

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