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Argentina Al día |
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autor El último cuarto del siglo XX contribuyó, en la historia de los horrores de la humanidad, con una nueva forma de explotación del hombre por el hombre: el tráfico de órganos. Investigaciones realizadas por distintos medios, periodistas y organizaciones independientes han permitido echar luz, al despuntar el siglo actual, sobre esta aberrante realidad, una luz a la que de todas formas se empeña en cubrir de sombras una cadena de intereses metidos de lleno en este “negocio”. Es así como muchas veces se ha silenciado la difusión de los hechos denunciados o, cuando esto se torna imposible, se ha tratado de ridiculizar los mismos, argumentando una “psicosis” extendida sin ningún fundamento serio entre la población. Pero se han sucedido en los últimos 25 años tal cantidad de situaciones de este tipo en diversas regiones del mundo, incluida la Argentina, que ya es muy difícil que ellas puedan ser tomadas como fabulaciones. Por ejemplo, en Rusia el problema estalló cuando en 1993 se informó que una “empresa” de Moscú había extraído 700 órganos importantes, entre corazones, pulmones y riñones, 1.400 hígados, 18.000 timos y 2.000 ojos, todos destinados a pacientes que pagaban elevados precios e internados en hospitales muy importantes de todo el mundo. Los “donantes” eran miles de cuerpos no reclamados que van a parar a los depósitos de cadáveres.
Turismo sangriento
Al comenzar el siglo actual, en Afganistán aún reinaba el régimen de terror impuesto por los talibanes antes de que éstos fueran derrotados por los cruzados de George Bush. Entre las atrocidades cometidas por aquellos contra el pueblo afgano estaban las que sufrían, invariablemente, sus mujeres. Como se conoció en su momento, éstas eran consideradas poco menos que animales por los talibanes, exacerbados por conceptos de la religión islámica llevados a la máxima exageración, que contemplaba entre otras cosas que los egresados de las “madrasas” (escuelas islámicas) no mantuvieran relaciones sexuales. De allí que estos fundamentalistas se desquitaran secuestrando jóvenes, a las que pese a su fanatismo religioso en realidad deseaban, para hacerlas objeto de toda clase de vejaciones. Todo en el nombre de Alá y por detrás de la mezquita, claro. Y ello al margen de que los “mullahs”, o sacerdotes, tienen hasta cuatro esposas y se casan con niñas de 13 y 14 años. Quizás por haberles despertado la idea el olor a la sangre de sus víctimas, o bien porque el negocio del tráfico de opio se estaba volviendo algo incómodo por los cada vez más rigurosos controles en los países de tránsito, lo cierto es que los talibanes comenzaron a contemplar otro tipo de emprendimiento que pronto pusieron en práctica. Es así como estos adelantados de la fe islámica comenzaron a enriquecerse con los órganos humanos extraídos a los afganos más pobres y desesperados, y en especial a niños indocumentados, sobre todo a los pertenecientes a las etnias marginales tayica y hazara, a los que se les quitaba sus órganos y se los liquidaba, muchas veces antes de que despertaran de la anestesia (cuando ésta era utilizada). La Organización Revolucionaria de Mujeres de Afganistán, grupo clandestino conocido bajo el nombre de Rawa, ha denunciado estas atrocidades, entre otras cometidas por los talibanes. En los últimos meses del 2001 una de sus miembros, identificada con el nombre encubierto de Refit, reveló al diario español “El Mundo” que la mafia del tráfico de órganos humanos involucraba además a redes de zonas tribales y mafias del vecino Pakistán. Según Refit, el tráfico de órganos fue muy intenso entre los años 1992 y 1998, y refirió el testimonio de un taxista que transportó a dos personas que llevaban “una bolsa que sangraba”, en la que había un hígado humano. En 1994, tras el secuestro de un niño, se encontró su cadáver sin el hígado, y en 1998 otro menor apareció muerto sin sus riñones. Roma y Mabula, dos niñas afganas de cuatro años, fueron secuestradas cuando se encontraban jugando en la puerta de su casa y asesinadas. Días después aparecieron sus cuerpos mutilados. A ambas les habían quitado los ojos y a Roma, además, sus riñones. Como corolario de estas atrocidades, Refit señaló que los órganos eran adquiridos principalmente por pakistaníes y árabes ricos. Este aberrante tráfico se ha vuelto ostensible, por otra parte, en la India, Nepal, Filipinas y Tailandia. Y en China, hoy en día, se ofrecen órganos por internet, a través del portal “Netease”, donde al margen de bucear entre las subastas de artículos electrónicos y electrodomésticos, utilizando el buscador apropiado pueden hallarse, discretamente, ofertas de corazones, hígados, riñones o córneas, según descubrió el diario chino “Yangcheng”. Los responsables del sitio se defienden diciendo que no pueden hacer nada para evitar las “transacciones económicas entre particulares” en sus páginas. A este tráfico modernizado por el entramado cibernético no son ajenas, se dice en aquel país, las “tríadas” o mafias chinas con la complicidad de algunos hospitales, autoridades y tribunales, ya que también el abastecimiento de “donantes” se encuentra en las cárceles, entre los miles de condenados a muerte o a reclusión perpetua. Turquía es un bello país. Quien tuvo oportunidad de visitar Estambul, la ciudad apoyada sobre dos continentes unidos por el puente Gálata, no dejará de recordar no sólo la grandeza de la “Mezquita Azul” o mezquita del Sultán Ahmet, y Hagya Sophia o Santa Sofía, la mezcla de catedral y mezquita que reunió bajo su techo a dos religiones, la católica y la musulmana, fruto de su cambio de mano a través de las guerras entre ambas civilizaciones. También le quedará grabada en las retinas la incomparable puesta del sol sobre el Cuerno Dorado, un sector del estrecho del Bósforo. Pero a orillas del Bósforo se desarrolla también este sombrío negocio de la compra-venta de órganos. Este supermercado mafioso cuenta con ramificaciones en las cercanas Ucrania y Albania, según relató el diario “Hurriyet”, agregando que las organizaciones más poderosas están conformadas también por rusos e israelíes, además de los turcos. No se considera una fantasía la historia de barcos implicados en esta cuestión, que en los astilleros del Mar Negro cambian fácilmente de nombre y bandera. Quien primero se ocupó del tema fue el periodista Issam Ungur, del diario “Al Sabbah” (La Mañana), que siguió la pista a una nave con bandera rusa anclada en Tuzla sospechada de actuar como una verdadera carnicería, con sala de operaciones incluída. Este sucio mercado nació en 1993, cuando dieron el salto las organizaciones mafiosas dedicadas al tráfico de menores. Fue cuando comenzaron a desaparecer en Turquía niños discapacitados. Este tráfico no habría salido a la luz si un padre valiente no hubiese emprendido la búsqueda de Abdulhamit, su hijo desaparecido. Abdulhamit Ozbilicki era un “oziurliú”, un discapacitado mental conocido por todo el barrio que estaba jugando delante de la puerta de su casa, en Estambul, cuando una mañana desapareció ante los ojos de su madre: se acercó un coche, bajaron una mujer y un hombre, un arranque rápido y nunca más se volvió a saber de él. Sin dudarlo, su hermano Zafer dice: “Fue la mafia de los órganos”. Zafer hoy es presidente de la Asociación Turca de Familiares de Desaparecidos, fundada por su padre Ismet, un próspero comerciante que murió de pena tras gastar una fortuna en la vana búsqueda de su hijo. En su peregrinar por toda Turquía, Ismet habló con todo el mundo y se publicaron notas en los diarios del país. Después llegaron las llamadas anónimas: “Si quieres encontrar a tu hijo busca en el Egeo. Un barco recoge a los niños discapacitados. Es la mafia de los órganos”. Ismet interrogó a marineros y sus relatos hablaban de lanchas rápidas que se adentraban en el mar, con dos o tres personas a bordo. La explicación siempre era la misma: “Organ mafyasi”, la mafia de los órganos humanos. Hoy, ante la sede de la Asociación de Familiares, se observa estacionado un ómnibus empapelado con fotos de niños y jóvenes desaparecidos. Cuando hay dinero suficiente para gasolina, Zafer Ozbilicki recorre el país con la vana esperanza de encontrar alguno, “pero lo único que recojo son denuncias de niños desaparecidos”, dice, mientras no para de recibir amenazas. En Turquía, la historia de niños que desaparecen, discapacitados o no, es una atroz realidad, confirmada incluso por una circular del ministerio del Interior del 13 de diciembre de 2000 en la que se alertaba a todas las comisarías de policía sobre la desaparición de menores: “Algunos se han perdido, otros han sido raptados y están en peligro. De estos últimos, algunos han acabado en el mercado de la prostitución infantil y otros son utilizados para el tráfico de órganos”.
De los Apeninos a los Andes
Y así llegamos a América Latina. En mayo del 2000, las autoridades mexicanas decidieron abrir una investigación en relación a una red de tráfico de órganos puesta en evidencia por el trabajo de un equipo televisivo del diario español “El Mundo”, tras una tarea que les llevó cuatro meses previos para hacerse pasar por interesados en un transplante de riñón “sin pasar por los cauces normales”, cuyo resultado fue emitido en un programa especial bajo el título “Vampiros de órganos”. Al mismo tiempo, el gobierno mexicano había recibido la denuncia de la organización internacional Casa Alianza, cuya sede para América Latina se encuentra en San José de Costa Rica. La denuncia, en la que se basó el trabajo de los reporteros de “El Mundo TV” publicada por el diario mexicano “La Jornada”, revelaba la existencia de una red de tráfico de órganos que operaba en la ciudad de Ecatepec, cerca de la capital del país, y que estaba dirigida por un falso sacerdote, Martín Rubio, a quien apodaban “el Padrecito” y que tenía un albergue para niños de la calle a los que mantenía bajo llave. La mecánica descubierta era la siguiente: una vez que “el Padrecito” aseguraba tener un donante, se iba hasta un conocido hospital de la capital mexicana, donde al frente de la operación estaba el Dr. Arturo Gómez Muñoz. En una entrevista confidencial, éste aseguraba que “la operación es un secreto médico. Sólo lo sabremos el Dr. Espinosa, jefe de uno de los equipos, y yo, jefe del otro equipo. Al resto del personal les pagaré 35.000 dólares”. Como puede apreciarse, un mecanismo bien aceitado. Una vez que grabaron al falso sacerdote y al médico corrupto, los periodistas decidieron no correr más riesgos y regresar a España. Con ellos se llevaron una preocupante sospecha: ¿el riñón ofrecido saldría del cuerpo de un presunto donante o en realidad del de uno de los adolescentes que “el Padrecito” mantenía bajo candado en su albergue?. En Chile se ha detectado que una organización holandesa de enfermos terminales compra órganos humanos en la región, a través de representantes que se encargan de buscar a los vendedores, que por lo general son personas desesperadas económicamente. El diario “Las Ultimas Noticias” aseguró haber hablado con un individuo que se identificó solamente como “Iván”, quien reconoció que desde hacía cinco años buscaba a personas dispuestas a vender sus órganos y que lo había hecho, además, en otros países. En el país andino está prohibida la venta de órganos y sólo se permiten las donaciones. Según el diario, uno de los contactados fue el obrero del sur Manuel Muñoz Jorquera, de 49 años, que había quedado cesante, quien precisó que alguien llamado “Julio” le ofreció 30 millones de pesos chilenos, unos 46.000 dólares, por su riñón. Aunque una primera cita para negociar falló, Muñoz Jorquera siguió esperanzado en concretar esa venta: “Espero que se pongan en contacto conmigo porque necesito la plata y no me importa tener problemas de salud por la falta del riñón”, dijo. Por su parte “Iván” señaló que representa a la organización privada “Enfermos Terminales de Holanda”, la que cuenta con unos cinco mil pacientes dispuestos a comprar órganos, y que él está autorizado a pagar hasta 38 millones de pesos chilenos, unos 58.000 dólares, por un riñón, señaló la versión periodística. Además aseguró que ya ha concretado “unos veinte negocios” en Latinoamérica. La necesidad parece no admitir fronteras. Tampoco límites. Y de hecho, ya llama mucho la atención que los pedidos de un órgano, ya sea a las instituciones correspondientes o ante las cámaras de televisión, sean hechos sólo por gente de bajos o medios recursos, y nunca por personas adineradas. Tal parece que estas últimas pueden evitar, gracias a su dinero, ingresar en listas de espera.
Argentina, país generoso
En nuestro país existe una institución muy conocida cuya fachada no admitiría objeciones. Se trata del Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implantes, más conocido por su sigla: INCUCAI. Este organismo, que lidera las campañas para que todos donemos nuestros órganos, afirma rotundamente que el tráfico de los mismos no existe, seguramente porque admitirlo sería mala publicidad para conseguir donantes voluntarios. Aunque sea hoy en día un secreto a voces la existencia de ese “negocio”. Sin embargo, y tratando de aplicar toda la objetividad posible en el tema, hay que reconocer que existieron, y existen, muchas irregularidades en distintos hospitales y centros sanitarios del país, y que la población está sospechando de la cantidad de accidentes cuyos índices aumentan día a día, y de la forma también creciente en que están desapareciendo niños, adolescentes y hasta vagabundos. Es así como se va agrupando un conjunto de cosas que, más que en “mala publicidad”, podría hacer pensar en complicidades. Porque, para ser honestos, nadie puede garantizar hoy que la corrupción generalizada y tan enraizada en el país no alcance, si no al organismo encargado de la coordinación de transplantes, al menos a altos funcionarios y grupos de poder del Estado que cubran al tráfico de órganos con un manto de ocultamiento organizado. De hecho, trascendió que algunos sectores de la Policía Bonaerense habrían sido presionados y censurados para que no se investiguen ciertos indicios sobre casos como los antes mencionados. Por su parte, tiempo atrás hubo en el INCUCAI un incendio repentino que destruyó mucha documentación que podría haber resultado de interés como evidencia. Entre los pocos registros que se salvaron de ese incendio hubo cuatro archivos de personas que supuestamente habrían sido transplantadas, sólo que nunca se les realizó esa operación en tanto los órganos que deberían haber recibido fueron a parar a distintos hospitales privados. Pero veamos las irregularidades más notorias ocurridas en el país. Al menos las que fueron detectadas o en las que intervino la Justicia.
Consejo Asesor de Ablación e Implantes de Córdoba (CADAIC)
Armando Calero, de nueve años, murió en junio de 1992 cuando golpeó su cabeza al caer en el patio de su escuela. Su familia escuchó, en el Hospital de Urgencias, la discusión de dos médicos acerca de que una simple operación podría salvarlo. La intervención nunca se realizó, el niño cayó en coma y le fue colocado un respirador. Poco después el Dr. Edgar Lacombe le mostró a la madre un electroencefalograma (EEC) plano, diciéndole que su hijo había muerto e insistiendo para que donara los órganos. Sin embargo la madre de Armando sostiene que estuvo mirándolo todo el tiempo y que el EEC nunca se lo hicieron: “Yo me negué a donar los órganos porque mi hijo seguía mostrando signos vitales. El daba vuelta la cabeza cuando escuchaba mi voz, tenía una temperatura normal y además movía sus brazos y piernas, por lo tanto vi que no tenía muerte cerebral y no podía donar sus órganos... A pesar de que le quitaron el apoyo médico mi hijo vivió tres días más, y a nosotros siempre nos presionaban para que donáramos los órganos”. Este y otros casos fueron a un proceso en los Tribunales Federales de Córdoba. Veintidós médicos de diferentes hospitales fueron investigados por un equipo bajo las órdenes del juez Luis Rueda, quien testimonió: “Como juez puedo decir que las investigaciones hasta este momento han hallado serias irregularidades en el sentido de la manera y el momento en que se declara la muerte clínica o la muerte cerebral del paciente, y cómo las ablaciones de los órganos son hechas fuera de las normas que manda la ley. Como ciudadano y por las investigaciones que se han llevado a cabo en otras partes del país, podría decir que hay involucrado tráfico de órganos”.
Bruce Harris, periodista de la BBC de Londres que elaboró en noviembre de 1993 un informe titulado “El negocio de las partes del cuerpo”, que mostraba el tráfico de órganos en el mundo y dedicaba un capítulo a la Argentina, entrevistó al Dr. Eduardo Gasparini, médico forense que trabajaba con el Departamento de Justicia cordobés, quien le mostró los registros médicos. Entre ellos figuran tres casos en los que hay niños técnicamente vivos y aún así los doctores les sacaron sus órganos. El Dr. Gasparini dijo que “hasta el momento no han podido demostrar que tuvieran muerte cerebral. Aquí tenemos por ejemplo un caso que muestra un solo EEG, pero ese electro muestra que todavía había actividad cerebral. En otro caso se realiza un EEG y da plano, pero dos horas más tarde la persona estaba respirando e incluso movía un brazo, pero alguien tomó el libro y anotó que esa persona estaba muerta”. Harris consultó sobre el caso del niño Armando Calero, y la asistente del Dr. Gasparini le dijo: “Bueno, en el caso de este niño vemos que aunque la familia se niega rotundamente a donar los órganos, vemos la prescripción del médico de mantenerlo medicado con bolamina para incrementar la posibilidad de hacer la ablación de sus órganos. Esto fue prescripto por el Dr. Lacombe”. Alejandra Escribano es enfermera y trabajó en el CADAIC unos cinco años. En su testimonio dice que los EEG eran aplicados a pacientes a los que se les había suministrado drogas que deprimen los signos vitales del sistema nervioso, y pueden llegar a dar un electro plano, y que además las perillas de la máquina utilizada en los EEG también eran alteradas, aclarando: “Para evitar que una onda cerebral pequeña se vea en un electro se manipulaban los aparatos, y con una perilla se modificaba la amplitud de onda que registraba el aparato”. Literalmente, la enfermera definió que se hacía “mentir” a la máquina para mostrar que ya no había actividad cerebral cuando sí la había.
El Dr. Edgar Lacombe fue procesado como supuesto autor de abuso de autoridad en 66 hechos en forma continuada. Con los aportes del forense Eduardo Gasparini y tras analizar más de 200 historias clínicas, el juez Luis Rueda llegó al convencimiento de que había semiplena prueba en contra de Lacombe, quien habría autorizado y dirigido la ablación de los órganos cuando las condiciones técnicas y científicas no eran las determinadas por la ley de transplantes que regía entonces. Luego el caso pasó a manos del juez Ricardo Bustos Fierro, quien elevó las actuaciones a la Cámara Federal para que resolviera la apelación planteada contra el procesamiento de Lacombe. Con dos votos a favor, de los Dres. Gustavo Becerra Ferrer y León Feith, y uno en contra del Dr. Humberto Aliaga Yofre, la Cámara resolvió revocar dicho procesamiento, y así Lacombe fue liberado de su prisión preventiva. Becerra Ferrer expresó sus discrepancias con el juez Rueda ya que a su juicio, si bien existe en las historias clínicas “un serio desorden administrativo generalizado”, las pruebas reunidas en la investigación no fueron suficientes para fundamentar el procesamiento del médico con el grado de probabilidad requerido por la ley. Por su parte el Dr. Aliaga Yofre puntualizó: “La realidad irrefutable contenida en todas las historias clínicas habla por sí misma, y reviste en todos los casos tenidos en cuenta por el entonces juez del Juzgado Federal un cúmulo impresionante de anomalías, en algunos casos tan ostensibles que me autorizan a ubicarlas como colindantes con lo burdo, insolente e irreverente”. Para muchos ciudadanos comunes no muy experimentados en el lenguaje judicial, lo que quedó bien claro es que el Dr. Lacombe mostró una inusitada voracidad en querer -a toda costa y utilizando incluso la alteración deliberada de material sanitario y de análisis- quitarle sus órganos al niño Armando Calero y, de acuerdo a la investigación, a otros 66 pacientes. ¿Cuál sería su objetivo?. Muy probablemente nada que ver con un fin altruista como sería la donación voluntaria de órganos.
Colonia Montes de Oca, Open Door, Buenos Aires
El Instituto Psiquiátrico “Dr. Domingo Cabred”, también conocido como Colonia Open Door o Colonia Montes de Oca, cobró repentina fama en 1992, cuando desapareció la Dra. Cecilia Giubileo, una de sus médicas internas, de quien jamás se volvió a saber nada. A partir de allí comenzó una cadena de conjeturas, algunas de las más disparatadas y otras tendientes a “plantar” pistas falsas sobre el probable destino de la médica. Esta tendencia a pretender desorientar la investigación hizo pensar finalmente en que la Dra. Giubileo pudo haberse encontrado de pronto en el lugar equivocado y en el momento equivocado, viendo lo que no debió ver, o quizás pudo estar averiguando algo que provocó que la quitaran de en medio. No pasó mucho tiempo más para que comenzara a circular la frase “tráfico de órganos” y a surgir, de a poco, datos lindantes con lo terrorífico.
El informe antes citado de Bruce Harris para la BBC revela que Marcelo Ortiz, de 14 años, era discapacitado y fue internado en 1992 por su familia en la Colonia Montes de Oca, debido a su pobreza y a la imposibilidad de atenderlo. Tiempo después los familiares de Marcelo recibieron un telegrama diciendo que el adolescente había escapado, abandonando voluntariamente la Colonia. Sin embargo jamás podría haber huido, pues era parapléjico. Durante una investigación, se encontró el cuerpo de Marcelo mutilado: sus ojos habían desaparecido. Este caso y otros similares que fueron sucediendo decidió al Gobierno Nacional a intervenir, iniciando una investigación en la que puso al frente al Dr. Horacio Esbert, abogado del ministerio de Salud, quien reconoció: “Básicamente, a partir de gente que trabajaba allí, se empezó a tomar conocimiento de que había tráfico de córneas, y que éstas eran extraídas de pacientes que morían y que tenían a sus familiares muy lejos”. Se verificaron irregularidades de todo tipo y toda la sociedad quedó asombrada cuando se descubrió que muchos pacientes estaban desnudos y su alimento diario era, literalmente, basura. La totalidad de estos pacientes eran enfermos mentales, y muchos de ellos niños. Se descubrió además una mafia involucrada en el tráfico de bebés (paridos por internas y de padre desconocido), de sangre y de córneas. Todo consentido por el entonces director de la Colonia, el Dr. Florencio Sánchez. La cantidad de muertes en el lugar era, y sigue siendo, asombrosamente alta, y según los registros el 20 por ciento de la población de pacientes muere o “desaparece” cada año, pero ningún miembro del personal quiso hablar de lo que pasaba, y los testimonios de los pacientes psiquiátricos no son legalmente admisibles.
La investigación pasó a manos del juez federal Héctor Heredia, quien al preguntársele cuál era la cantidad de córneas manipuladas respondió: “De más de trescientas desde el año 1979 hasta 1983/1984. Quizás un poco más. Me han entregado una copia del testimonio del sr. Santini, quien trabajó en la Colonia por más de diez años, en donde dice cómo el Dr. Sánchez le enseñó a sacar las córneas de los pacientes en la morgue del establecimiento. El testimonio de Santini dice que él removía las córneas con una cucharita de café y que estaba orgulloso porque nunca se le había roto una córnea”. Se le preguntó al Dr. Esbert si él creía que en el país había una red traficando ilícitamente con órganos, a lo que respondió: “Más que una red hay en todo el país grupos que se dedican al transplante de órganos y dentro de estos grupos hay sin lugar a dudas gente inescrupulosa que se dedica al tráfico, y sin lugar a dudas esta gente es peligrosa”. Por su parte el director de la Colonia, Dr. Florencio Sánchez, fue a parar a la cárcel, donde poco después murió sin decir una palabra sobre cuál había sido su rol dentro de toda esa locura.
En sólo cuatro meses, entre enero y abril de este año 2005, estalló otra novedad digna de películas de terror: 315 internos desaparecieron de la Colonia Montes de Oca. En el lugar no permiten el ingreso a ningún periodista –sería bueno que explicaran el motivo- y sólo pudo ingresar el diputado nacional Héctor Polino, quien comprobó que la Colonia está asentada sobre 640 hectáreas propias, de las cuales 180 están conformadas por un bosque impenetrable, donde se han hallado restos óseos humanos. A Polino se le dijo que los pacientes salen libremente a caminar y que muchos de ellos se fugan. Pero los supuestos “fugados”, en lugar de aparecer en las casas de sus familiares o al menos en la calle, no aparecen jamás. Además se encontraron cinco cadáveres en el predio de la Colonia, y las causas de esos decesos estaba siendo investigada por la Policía Científica de General Rodríguez. De todas maneras, 315 “fugados” sin aparecer son demasiados como para instalar ya una seria sospecha. Todo ello motivó un proyecto de resolución en la Cámara de Diputados, dirigiéndose al Poder Ejecutivo Nacional para que, a través del organismo que corresponda, informe sobre las irregularidades cometidas en la Colonia entre enero y abril del 2005. El pedido, que tiene fecha del 1º de junio de este año, está firmado por los diputados Héctor Polino, Jorge Rivas, Marta Maffei, Jorge Roselli, Eduardo García, Mario Cafiero, Claudio Lozano, Marcela Rodríguez, Eduardo Di Pollina, Juan Carlos López, Eduardo Macaluse y Marta Brasi. No se conoce hasta el momento que el gobierno haya respondido algo a esta inquietud de los legisladores. Muy obvio si tenemos en cuenta que desde que comenzó el año ya nadie trabajaba en las “altas esferas”, que estaban abocadas con dedicación exclusiva a la campaña electoral para los cruciales comicios de octubre.
¿Final?
El eurodiputado socialista León Schwartzenberg, a quien la Comisión de Medio Ambiente, Salud Pública y Protección al Consumidor del Parlamento Europeo le solicitó un informe el 16 de octubre de 1991, no opinaba que el tráfico de órganos era una ficción, como pretenden instalar en la opinión pública quienes responden a esos intereses mafiosos. En dicho informe Schwartzenberg, que es médico y fue ministro de Sanidad de su país, Francia, concluía: “El tráfico ilegal de órganos existe, lo mismo que el tráfico de drogas, y con frecuencia está organizado por las mismas personas. Este tráfico es tanto más monstruoso puesto que se basa en la condena a muerte de personas vivas para extraer de ellas los órganos que se venden con beneficio”. Más aún, para Schwartzenberg negar su existencia es comparable a admitir que muchos de los horrores padecidos (e incluso fotografiados) por la Humanidad a lo largo del siglo XX jamás hayan existido. El periodista español José Manuel Martín, corresponsal en América Latina, Premio de Periodismo UNICEF y autor de libros que denuncian el tráfico de niños y de sus órganos, recuerda que “después de aquello, el Parlamento Europeo redactó una resolución con una serie de recomendaciones, y ahí quedó todo”. Martín señala además: “Cuando escribí ‘La Guerra contra los Niños’ había expertos que sostenían que no es materialmente posible que puedan trasladarse los órganos a otros países porque no aguantan en buen estado tantas horas de vuelo. Pero no son los órganos los que viajan, sino los niños. Ellos son los que desaparecen”. Quien quiera oír que oiga.
Casa Alianza (Guatemala). BBC (Londres). SEPRIN (Buenos Aires). |
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