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100107 - Amarga
dulzura - Entre las muchas estrellas surgidas en el firmamento de
las multinacionales químicas y farmacéuticas, que en muchos de los casos
cometen un artero ataque contra la salud, aparecieron hace algunos años
cierto tipo de
A mediados de la década de 1970 el laboratorio Searle, mientras experimentaba con una nueva droga para aliviar la úlcera péptica, dio casualmente con otro descubrimiento: a uno de sus investigadores se le ocurrió tocar la muestra con un dedo y llevarse éste a la boca, comprobando que su sabor era extremadamente dulce. Así nació el aspartamo, el cual de inmediato fue puesto a consideración como la nueva maravilla en edulcorantes y a ser solicitada su aprobación por parte de la FDA (Food and Drugs Agency), la agencia gubernamental norteamericana para el control de los fármacos y los productos alimenticios, y así ser comercializado bajo diversos nombres. Los más conocidos a nivel mundial: Nutrasweet y Equalsweet, este último también conocido como Equal a secas, cuyos envases hoy en día adornan las góndolas de todos los supermercados. Sin embargo durante los primeros años Searle no lograba obtener la aprobación de la FDA, debido a diversos estudios negativos que encontraban serias anomalías en el aspartamo. Hasta que apareció Monsanto –una de las compañías líderes en hacer su negocio en desmedro de la salud humana y de la que nos ocupamos en una nota reciente- para hacerse cargo de la situación, como veremos.
En esos primeros años del aspartamo, Searle no conseguía su aprobación porque la FDA prestaba atención a distintos informes circulantes en el sentido de que “el aspartamo puede inducir tumores cerebrales”, lo cual fue confirmado en 1981 por un equipo de investigación de la agencia integrado por tres científicos independientes. Más aún, pruebas realizadas en ratas mostraban que los cerebros de aquellas a las que se les suministraba aspartamo quedaban agujereados en varios puntos; literalmente, como un colador. La FDA revocó entonces la licencia provisoria para comercializar el producto, pero en 1985 Monsanto compró la firma Searle, que pasó a ser su subsidiaria como Searle-Rumsfeld. En rápida aparición del juego de favores oficiales de que disfruta la gigante químico-farmacéutica, el entonces presidente Ronald Reagan despidió al comisionado de la FDA y nombró a otro en su lugar. Como era de esperarse, aquella decisión anterior de revocar la licencia para vender el aspartamo fue a su vez revocada, y el nuevo edulcorante Nutrasweet salió esta vez libremente a ser conocido por el mundo. Y a causar estragos en el común de la gente que lo consume. Cabe destacar que esta sustancia no se quedó en un simple edulcorante que reemplaza al azúcar, ya que fue incorporada también a las bebidas gaseosas tipo “diet”, como “Diet Coca” y “Diet Pepsi”, a gomas de mascar, tabletas, alimentos secos y a varios productos más de consumo masivo de los marcados como “libre de azúcar”.
Dicho sea de paso: ¿quién fue en los años ’70 y ’80 uno de los directores ejecutivos de Searle. Nada menos que Donald Rumsfeld, hoy también implicado en ciertos manejos con un conocido laboratorio respecto de un medicamento para combatir la gripe aviar, algo de lo que nos ocuparemos en otra nota. Como se recordará, este personaje en pocos años escalaría posiciones en los gobiernos republicanos hasta llegar a ser el titular de Defensa en la administración Bush, con los resultados que todos conocemos si hablamos de estragos. El hombre ya venía acostumbrándose.
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Un neurocirujano, el Dr. Russell Blaylock, en su libro “Excitotoxinas: el sabor que mata” (“Excitotoxins: the taste that kills”), afirma que los ingredientes que contiene el Nutrasweet literalmente estimulan las neuronas del cerebro hasta matarlas. Los doctores Roberts y Blaylock elaboraron un documento sobre algunos de los casos que trataron y sus historiales, y lo publicaron en Internet. En tanto, en un artículo para la Revista de Nutrición Aplicada, Volumen 36, Nº 1, 1984, titulado “Aspartamo, Metanol y la Salud Pública” (“Aspartame, Methanol and the Public Health”), el Dr. Woodrow Monte comenta sobre la cantidad de personas que se están quedando ciegas debido a la acción del formaldehído en la retina del ojo. En octubre de 1986, el Instituto Comunitario de Nutrición, con sede en Washington, entregó una petición a la FDA para prohibir el aspartamo debido a los múltiples casos de ceguera. Petición la cual, obviamente tratándose del “proteccionismo” de esa agencia hacia los fabricantes de Nutrasweet, nunca fue tenida en cuenta. Este tema y el del Alzheimer fue publicado por el diario “Sun Times”, de Chicago, en su edición del viernes 17 de octubre de 1986. Una de las víctimas que aparecen en el artículo era Joyce Wilson. En abril de 1984 su esposo había escrito ésto en un periódico de Atlanta: “El aspartamo mató a mi esposa. No existen palabras que puedan expresar la agonía y el horror que Joyce tuvo que soportar. Este veneno destruyó su cerebro, arrasó con todos sus órganos y la dejó ciega. Ella murió a la edad de 46 años. Soy un hombre sin esposa debido a que la Compañía Nutrasweet es un negocio sin conciencia”. Cadena de favores Recordando lo antes mencionado respecto de los “matrimonios por conveniencia” entre los fabricantes del Nutrasweet, la FDA –la citada agencia norteamericana que supuestamente debe velar por la salud de los ciudadanos- y diversos personajes de la política, veremos algunos ejemplos sobre esas complicidades criminales. Así como Donald Rumsfeld, antes de hacerse más conocido llegando a la cima de la Defensa estadounidense con los resultados que todos sabemos –invasión a Irak argumentando existencia de “armas de destrucción masiva” que no existían, reciente inauguración de una base norteamericana en Paraguay, etc.- se había desempeñado como CEO del laboratorio que descubrió el aspartamo, en el que aún mantendría acciones, otros políticos de distintas administraciones también han integrado, o lo siguen haciendo, esta “cadena de favores” entre ellos y ciertas multinacionales químicas y farmacéuticas. Otro que recibió su premio por los “servicios prestados” llegando a CEO, en este caso de Monsanto, es Robert Shapiro, empeñado en lavar la imagen de la compañía presentándola como una institución ilustrada que lucha por alimentar al mundo. Shapiro, al igual que Rumsfeld, comenzó trabajando en los laboratorios Searle en 1979, y en 1982 llegó al cargo de presidente de la División Nutrasweet. De allí saltó hacia áreas del gobierno de su país, pasando a ser miembro del Comité Asesor para las Políticas y Negociaciones Comerciales del Presidente, cumpliendo previamente un período en el Equipo de Revisión de la Política Doméstica de la Casa Blanca. Luego, semejando un boomerang, retornó a lo que le dejaba más dinero: ser ejecutivo de la citada multinacional. Como se había señalado anteriormente, el presidente Ronald Reagan despidió en su momento al comisionado de la FDA que había rechazado la aprobación del Nutrasweet dada la cantidad de estudios que la desaconsejaban. Reagan, considerado un “amigo” del laboratorio Searle –toda una maravilla en esto de reunir amigos-, nombró en su lugar al Dr. Arthur Hayes. Ante tanta oposición a la aprobación del aspartamo, éste debió designar una Junta de investigación, la que a su vez recomendó nuevamente que no se aprobara la sustancia. Entonces, tercamente –de todas maneras para eso había sido puesto en el cargo-, Hayes desconoció la decisión de la Junta y aprobó el uso del aspartamo-Nutrasweet. Al poco tiempo, y mientras muchos se preguntaban de qué manera la cuenta bancaria del Dr. Hayes había engrosado tan rápidamente, éste dejó su cargo para ocupar un alto puesto en la consultora de relaciones públicas Burton-Marsteller, encargada de lavar la cara de Searle, Monsanto y otras compañías por el estilo. A fines de la década de 1980, investigadores del Instituto Tecnológico de Massachussets (el célebre MIT) analizaron a 80 personas que sufrían ataques cerebrales un tiempo después de comer o beber productos que contenían aspartamo. Sobre ello el Instituto Comunitario de Nutrición (CNI) declaró: “Estos 80 casos requieren que la FDA de manera expedita remueva el producto del mercado”. Una utopía, teniendo en cuenta las “relaciones carnales” entre la FDA y las multinacionales químico-farmacétucicas. Por otra parte, es notorio que Monsanto suministra fondos a organizaciones de comercio como la Asociación Diabética Americana, la Asociación Dietética Americana, y otras similares. Con lo cual esas entidades, además de endosar sus nombres en los productos de la empresa, como si los avalara, obviamente se marginan de cualquier comentario que resulte negativo hacia esos productos. Otro dato para nada menor: la facilidad de Monsanto para desparramar dinero a efectos de aceitar convenientemente todos los engranajes necesarios, siempre que sean útiles a sus fines, incluyó un fabuloso aporte monetario para el financiamiento de la campaña a la presidencia del actual mandatario estadounidense, George W. Bush. Se aseguró así una importantísima contraprestación, por supuesto. Y si hablamos de contraprestaciones desde un nivel gubernamental, otros datos al margen (o no tan al margen), nos revelan que varios de los prohombres y mujeres del equipo presidencial, o que pertenecieron a él, están ligados a diversas multinacionales, que si bien no son todas del rubro químico-farmacéutico, igualmente hacen estragos, como corresponde a una multinacional que se precie, en todo el mundo. Tenemos así que el propio presidente norteamericano, además de sus negocios petroleros, es accionista de General Electric; su vicepresidente Dick Cheney, además de su vinculación a Halliburton y otras empresas ligadas a armamentos y construcción, tiene contactos empresariales con Procter & Gamble; Colin Powell y Donald Rumsfeld en General Dynamics; el ex secretario del Tesoro, Paul O’Neill, en Lucent Technologies; y la secretaria de Agricultura, Ann Veneman, tiene contactos empresariales, además de acciones, en Monsanto. Merece su capítulo aparte la titular del Departamento de Estado, Condoleezza Rice, quien antes de asumir su cargo y matizando sus atareadas labores con la ejecución del piano, formó parte del directorio de Chevron-Texaco, compañía de la cual era además accionista y administradora. Su contracción al trabajo allí –el hecho de ser soltera se lo permite- mereció que la empresa la homenajeara dando su nombre a uno de los barcos petroleros de 130.000 toneladas de su flota, en agradecimiento por los servicios prestados. Una gran familia en un círculo perfecto de favores. Volviendo al tema que nos ocupa, la Dra. Virginia Weldon –que dicho sea de paso es pediatra- era a finales de los ’90 uno de los vicepresidentes de Monsanto y, según informó entonces el diario “St. Louis Post Dispacht”, también uno de los candidatos principales a ocupar el cargo de comisionado en la FDA. Una edición de esa época del “Chemical and Engineering News” señalaba: “Si Weldon consigue ser nombrada, Monsanto tendrá a su ex vicepresidente con el poder de bendecir docenas de productos químicos y endulzantes nuevos, biofabricados por Monsanto. Uno de esos productos nuevos es el Nutrasweet 2000, esperando ser aprobado. ¿Es la misión de Monsanto conseguir que su Dra. Weldon sea escogida como comisionada de la FDA para que lo apruebe?”. Ignoramos si la Dra. Weldon accedió finalmente al máximo cargo en la FDA. Lo cierto es que el Nutrasweet, en todas sus versiones, circula tranquilamente por todo el mundo. Un caso parecido es el de Margaret Miller, una investigadora de Monsanto que se trasladó a la FDA y pasó a ocupar un puesto en el que revisa sus propias investigaciones. En esto que algunos llaman “la marcha de Monsanto sobre Washington”, también un abogado de esa multinacional, Michael Taylor, se ubicó en un puesto en la FDA en el que pasó a supervisar los procesos de aprobación. En 1977 dos abogados del Departamento de Justicia, Sam Skinner y William Conlon, fueron designados fiscales en las acusaciones al laboratorio Searle de haber suministrado pruebas fraudulentas en los análisis sobre el Nutrasweet. En muy poco tiempo, ambos fueron debidamente comprados y se pasaron al equipo de la defensa de la empresa. Y David Kessler, otro ex comisionado de la FDA que se retiró cuando comenzaron a hacerle muchas preguntas sobre el rellenado de su cuenta, fue otro de los que dieron aprobación general al Nutrasweet. Cabe agregar que cuando se descubrió que la Stevia, una planta cultivada en Paraguay y mayormente en Brasil, servía como eficaz edulcorante sin tener ningún efecto nocivo por tratarse de un producto natural, la FDA –haciéndose eco de las “sugerencias” de sus amigos de las multinacionales del sector- prohibió su comercialización en Estados Unidos. Finalmente, luego de algunas protestas brasileñas y de consumidores del producto, se le permitió su entrada al país, pero sólo –una incongruencia total- como “producto cosmético”. Estos son sólo algunos ejemplos de lo que constituye, como puede apreciarse, todo un conveniente entramado político-empresario-institucional para proteger a las compañías fabricantes, en este caso, del aspartamo-Nutrasweet, además de otros engendros que atentan contra la salud de los consumidores. Final (por ahora) Al cierre de esta nota hubo oportunidad de verificar que el aspartamo, ya sea por ignorancia sobre sus propiedades –algo difícil de creer- o por complicidad de otras empresas productoras de edulcorantes, ha hecho pie en otras marcas de esos productos. Es así como pudo observarse, en farmacias, estantes conteniendo el edulcorante “Hileret Sweet” con la leyenda bien visible en su frente de que contiene aspartamo. Y de acuerdo a lo que comentan empleados de esos comercios, existen más edulcorantes cuya base es esa sustancia. Por lo cual cabe preguntarse qué productos de ese tipo podrán consumir realmente quienes los necesitan, trátese de obesos, diabéticos, mujeres embarazadas, o adultos y niños que además de utilizar edulcorantes beben gaseosas del tipo “diet” que, sobre todo con las altas temperaturas del verano –que como se dijo liberan más rápidamente los componentes del aspartamo- son consumidas a discreción. De no mediar decisiones de alto nivel para proteger a los consumidores, muy difíciles de tomar por administraciones débiles, cómplices o genuflexas, ¿habrá que resignarse a continuar desprotegidos, quizás esperando pasivamente consecuencias terribles para la salud, abrigadas por la impunidad de las multinacionales que nos envenenan?. La pregunta está hecha. |
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