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La des-desaparición de Julio López

El ilusionista
Carlos Machado
karlos121@gmail.com

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120207 - Acaba de tomar estado público una novedad, en torno a la supuesta desaparición del albañil y testigo en causas contra la represión Julio López, que puede llegar a cambiar todas las imágenes del caso, incluida la del gobierno kirchnerista –que se verá ahora en otro gran brete-, además de brindarle un gran chasco a los grupos que todavía realizan marchas por la aparición de López.

    El director del periódico digital “Tribuna de Periodistas”, Christian Sanz, que venía llevando a cabo investigaciones propias y manteniendo contactos con diversas fuentes respecto de ese caso -como también publicó hace poco detonantes informes sobre el papelón protagonizado por el gobierno “K” en el tema de otra “desaparición” que no fue tal, la de Luis Gerez-, reveló en su sitio el aporte hecho por un testigo que afirma haber visto a López con vida, semanas después de su presunta desaparición, y que estaba custodiado por personas armadas. Testigo que, además, hizo las declaraciones del caso ante la Justicia y aportó datos documentados al respecto.

    El periodista logró ponerse en contacto con el testigo en cuestión, Jorge Scanio, quien tras superar el lógico momento de desconfianza -ya que está preocupado por su seguridad y, protegiendo la de su familia, la envió a residir en otro punto del país- le reveló todos los detalles de lo que vio.

    Todo comenzó a fines del año 2005, cuando un hombre llamado Roberto Montenegro  arrendó un campo denominado “San Genaro”, ubicado en el kilómetro 135 de la Ruta Nacional Nº 3, en la zona de San Miguel del Monte, provincia de Buenos Aires. Cuando visitó el lugar, Montenegro hizo una exhaustiva recorrida por el mismo, incluyendo la vivienda que se encontraba dentro del campo que acababa de alquilar. Allí se llevó la sorpresa de su vida, ya que en el sótano encontró unos diez calabozos con puertas enchapadas, “pasaplatos” y cerramientos con pasadores, pero además vio gran cantidad de municiones y armas de distinto calibre.

    Después de partir rápidamente del lugar, Montenegro volvió al día siguiente para tomar posesión de la finca, pero se encontró con que había varios patrulleros aguardándolo. Uno de ellos, sin agregar una palabra, lo llevó detenido, acusado de “usurpación” del lugar. Tras ello se le inició una causa judicial que finalizó de manera insólita. En la fiscalía interviniente, en la ciudad de Chascomús, le dijeron: “Está todo bien, sus papeles están en regla, pero le aconsejo que no vuelva a ese lugar. Olvídese de ese campo”. Así lo hizo. Volvió a su casa masticando la bronca de haber perdido una buena cantidad de dinero en un fallido alquiler.

    Fueron pasando los meses pero no el enojo de Montenegro, y pensó en una opción para calmar su ansiedad, además de su curiosidad. Llamó a su amigo y gestor, Jorge Scanio, para que averiguara qué secreto tan terrible albergaba ese campo. Este último aceptó sin dudar y partió rumbo al lugar el 1º de octubre del 2006. Simulando un desperfecto en su automóvil, bajó con una botella vacía para pedir agua, con la idea de llegar a conversar con alguna persona de allí y tratar de sacarle detalles sobre ese campo, quién era el dueño y qué actividades se hacían en el mismo.

    Eran las cinco de la tarde y nadie se asomaba, por lo que Scanio comenzó a avanzar hacia la casa, que se encontraba a unos 200 metros de donde él estaba, hasta que de la misma salió un grupo de cuatro personas armadas. Scanio decidió que lo mejor era esconderse, y lo hizo detrás de un árbol. Entonces, en medio de los movimientos del grupo, vio lo que no tendría que haber visto: un hombre mayor, de pelo canoso, custodiado por esos hombres. Se preguntó: “¿A quién se parece?”, y la respuesta acudió pronto a su mente. Claro, si la imagen del anciano había comenzado a ser tan difundida por todos los medios. “¡Es Julio López!”, se dijo. La enorme cantidad de carteles en las calles, además de la difusión de ese rostro en los medios, no dejaba margen para el error.

    Allí estaba el “desaparecido” varias semanas atrás, en medio de cuatro hombres armados que lo custodiaban, vistiendo un jogging negro y con sus manos temblando, ya que padece el Mal de Parkinson. López se sentó en los escalones de la entrada de la casa, con sus manos apoyadas en las rodillas. Evidentemente distendido, había salido un rato a tomar aire puro y “ver verde”, como disfrutando precisamente de un día de campo.

    Habrían pasado unos treinta minutos, y Scanio quería irse de allí cuanto antes. Esperó que todos entraran nuevamente a la casa y se marchó rápidamente del lugar. En poco tiempo le contó a su amigo Roberto Montenegro todo lo que había ocurrido, asegurándole que volvería a ese sitio para indagar más sobre el tema. 

Buenos muchachos

    El 8 de octubre siguiente, Scanio volvió al lugar, aunque no se detuvo, sino que pasó con su auto a baja velocidad. Esta vez pudo observar que había unas tres tranqueras de acceso al lugar, una de las cuales le llamó la atención porque a su lado había máquinas de vialidad junto a sus respectivos empleados. Fue cuando éstos la abrieron para permitir el paso de dos Volkswagen “Bora” negros que salían del campo. Queriendo ver más, Scanio volvió a pasar repetidas veces hasta que se detuvo, sacó fotos y partió rápidamente hacia su casa, en la localidad de Moreno.

    A partir de allí comenzaron los problemas para Scanio. Había hecho unos pocos kilómetros cuando una camioneta se puso detrás de su vehículo. Entonces se abrió hacia un costado para darle paso, pero no era eso lo que quería el otro conductor. La camioneta pasó lentamente rozando el auto de Scanio y de pronto hizo una brusca maniobra, como para encerrarlo, lo que obligó a éste a circular por la banquina. Luego la camioneta se alejó, pero el mensaje parecía claro, y Scanio se preguntó, con miedo, en qué se había metido.

    De todas maneras, tomó los datos de la patente de ese vehículo: DWR308. A las pocas horas averiguó que correspondía al CUIT 30-54669051-9. Faltaba averiguar a quién pertenecía ese código tributario, y con ese dato pidió un informe a la empresa “Fidelitas” –similar a “Veraz”- observando, casi aterrorizado, que el vehículo pertenecía a la Contaduría General del Ejército.

    Ya con más miedo sobre sus espaldas, se preguntó qué debía hacer. Habló con Montenegro y con su familia, y decidió hacer la denuncia correspondiente. Alguien le  dijo que fuera a hablar con el Procurador General de la Nación, y así lo hizo. El 10 de octubre concurrió a la Procuración y habló con un funcionario que escuchó pacientemente todo su relato, tras lo cual comenzó otra historia insólita.

    En su entrevista con el periodista Christian Sanz, un preocupado Scanio relató: “Desde la Procuración llamaron al ministro del Interior, Aníbal Fernández, para repetir lo que yo había dicho minutos antes. Fernández dijo, preocupado, lo siguiente: ‘Este hombre nunca estuvo en la Procuración y este llamado no existió. Díganle que vaya a su casa, que personal de la SIDE lo va a contactar en las próximas horas’. Así lo hice, me fui a mi casa y por la noche me contactaron agentes de la SIDE para que les contara todo lo que sabía. Nos encontramos en una estación de servicio de la zona de Moreno y les dije todo. Me aseguraron que iban a allanar el campo y que verían qué encontraban allí. Me dieron también su número de ‘Nextel’ para que estemos comunicados y prometieron contactarse  al día siguiente conmigo. Pasaron los días y viendo que no pasaba nada, me contacté yo con el ‘Nextel’ que me dejaron, y que aún conservo. Lo que pasó me dejó sin palabras”.

    Scanio continuó su relato: “¿Qué pasó muchachos, se olvidaron de mí?”, le dijo a su ocasional interlocutor, quien le respondió: “¿Qué tal?. Parece que lo que dijo el muchacho es verdad. Lo de abajo también”, le respondieron crípticamente. En el acto, Scanio se dio cuenta de dos cosas: primero, lo estaban confundiendo con alguien más; segundo, lo de “abajo” parecía sonar a lo de los calabozos de la casa de campo.

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Desde ese momento Scanio pasó a dudar de todo y de todos. Supo que debía dirigirse a la Justicia, por su seguridad y la de su familia. A continuación se dirigió a una fiscalía de la provincia de Buenos Aires y declaró lo que sabía. Todo lo dicho fue ratificado días después por Scanio en la causa judicial que investiga la desaparición de Julio López. Fue el agravamiento de algunos de sus problemas y el disparador para enviar a su familia a vivir en otro lugar del país.

    Hoy en día, el gestor no se anima a salir de la zona donde vive y desconfía de todos aquellos que cruza por la calle, ya que teme que algo le suceda, y limita sus contactos a las personas de su más absoluta intimidad. Sabe que ha tocado intereses muy poderosos y cree que el alejamiento de cierta gente de su entorno se debe a este motivo. También se dio el caso de periodistas que lo entrevistaron y que luego fueron presionados por directivos de los medios en que se desempeñan para no hacer público su testimonio, como sucedió por ejemplo con el noticiero de Canal 11-Telefé.

    Por otra parte, el director de “Tribuna de Periodistas” consultó hace pocos días a una fuente judicial de La Plata, quien le dijo: “Scanio es un testigo poco confiable”. Al preguntarle: “¿Por qué dice eso?. ¿Puedo publicar lo que me está diciendo?”, el funcionario no pudo responder la primera pregunta, y a la segunda dio un rotundo “no”. Con ello el periodista tuvo la pauta de que Scanio no mentía. Luego habló con Roberto Montenegro, aquel que había arrendado fallidamente aquel campo, quien no sólo le ratificó lo que le había comentado Scanio y su propia observación del calabozo subterráneo y las armas, sino que también agregó: “Yo hablé con los vecinos de la zona y me dijeron que en ese lugar era usual ver a conocidos políticos kirchneristas. No puedo decirte mucho más por teléfono”.

    Además, la credibilidad de los testimonios de ambos testigos está asegurada también, a juicio del periodista, porque “ninguno de ellos quiere dinero y ambos buscan pasar desapercibidos en este tema. Sólo quieren que se esclarezca el caso López”.

Pases de magia

    Al mismo tiempo –señala Christian Sanz- hay varios testigos en la zona de Atalaya, en el partido bonaerense de Magdalena, que aseguran haber visto a Julio López los últimos días de septiembre del 2006, y según los testimonios no se lo veía nada preocupado, sino todo lo contrario.

    Ello es lo que habría provocado que el kirchnerismo –ya habituado a tejer maniobras destinadas a dar una imagen de intentos de complot contra su gobierno- recluyera finalmente a López en el campo “San Genaro”, donde habría sucedido lo que el periódico digital analizó en una edición anterior y que coincide con lo aportado por un ex comisario en su momento: “A Julio López le habría dado un ataque al corazón, y todas las fuentes consultadas en el marco de esa nota aseguraron que, después de muerto, hubo una ‘orden de arriba’ para cremarlo. Debía desaparecer por completo. Era un escándalo si aparecía muerto”.

    Sea como fuere, no deja de llamar mucho la atención que la Justicia aún no haya allanado el campo denunciado por Scanio y que el testimonio de éste haya sido dejado de lado. Puntas sueltas, sostiene Christian Sanz, de un ovillo que nadie atina todavía a rearmar y que podría esclarecer tan espinoso caso. Un caso que mucho compromete al gobierno de Kirchner y a algunos de sus ministros.

    Es que el  hombre que vino del frío se ha convertido en el gran ilusionista. Así como hace pases de magia para hacer aparecer índices de inflación que no son los reales, ha hecho otros para “desaparecer” y, en el momento que creyó le convenía, hacer aparecer a otro testigo contra represores, el albañil Luis Gerez. Algo que de papelón pasó a convertirse en un verdadero escándalo y que ya obligó al presidente argentino a hacer otro apresurado pase mágico: hacer desaparecer nuevamente a Gerez, pero esta vez de los medios de prensa, habida cuenta de las peligrosas preguntas que lo comprometían y que el hombre no sabía responder, o lo hacía con equivocaciones incómodas.

    Un escándalo que amenaza ser prontamente superado por el caso Julio López, luego de la aparición del testigo Jorge Scanio –un testigo en peligro pero que ya dijo lo suyo y no hay cómo borrarlo-, y de las reacciones que a partir de ahora se sucederán.

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