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Mientras el presidente Kirchner mira de lejos...
Carlos Machado
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En el momento de recibir esta nota, ya los sucesos -siempre vertiginosos en política- indican que la represión ordenada por el gobernador Jorge Sobisch en Neuquén, dejó un saldo de una veintena de heridos.  Además de la muerte del profesor Carlos Alberto Fuentealba, brutalmente asesinado.

. Teresa Rodríguez: A 10 años de su asesinato

050407 - “La casa está en orden”

    Los conflictos -por ahora sólo docentes- que están estallando en el país, van colocando al gobierno pingüinero en una encrucijada en la que ni imaginaban estar hasta hace pocos meses atrás.

    En la provincia de Santa Cruz, los gremios docentes y estatales se hartaron de tantos años de mentiras y de “aprietes” para silenciarlos en cuanto expresaban un mínimo descontento, y ya le dijeron “basta” a su antiguo gobernador Néstor Kirchner, llegado en paracaídas a la presidencia de la Nación únicamente gracias a un exiguo 22% de votos y a la defección de Carlos Menem. Las marchas de protesta, que abarcan cada vez más ciudades de esa provincia austral, continúan sin detenerse, sostenidas por si fuera poco por el propio obispo de Río Gallegos, Juan Carlos Romanín. Algo que acrecienta la furia presidencial y que ya lo hizo iniciar otro entredicho con la Iglesia, que por su parte, a través del reciente documento de la Conferencia Episcopal, había solicitado nuevamente una mayor igualdad social para el pueblo argentino.

    Por si fuera poco, al presidente la única solución que se le ocurrió fue militarizar la provincia, enviando a Gendarmería, Prefectura y la policía a cercar las escuelas, impedir el acceso a las mismas de las autoridades educativas y la realización de actos de protesta en los establecimientos, e incluso, por obra y gracia de sus alcahuetes locales, atacar con bombas “molotov” a algunos grupos que se reunían frente a las escuelas.

    Pero las protestas acaban de tomar un cariz mucho más grave en las últimas horas en Neuquén y Salta. En la primera de ellas la policía provincial -al margen de que en situaciones como las generadas la adrenalina sube y traiciona- actuó con bastante exageración disparando sus balas de goma a centímetros de los manifestantes docentes, con el resultado de una persona, quien además se encontraba dentro de su automóvil, que al cierre de esta nota se encontraba en estado desesperante por impactos recibidos en su cabeza y cuello.

    En Salta la situación no es menos grave. Grupos de manifestantes, también trabajadores docentes y estatales, llegaron a cercar la Legislatura provincial impidiendo la salida de los diputados. El saldo fue casi similar al de Neuquén, con la intervención policial dispersando violentamente a esos grupos, aunque hasta el momento no se conocía de la existencia de heridos. 

Volver a los ‘70

    En una palabra, volvió la represión para acallar las protestas. Pero volvió al revés. Esta vez no son los gobiernos militares los represores, sobre quienes el inquilino de la Casa Rosada gusta tanto de disparar sus dardos y pretende alentar -con la complicidad de los organismos que dicen defender los derechos humanos, su claque izquierdosa y su propaganda- a la población en general a que haga lo mismo. Ahora es un gobierno presuntamente democrático el que reprime a los trabajadores contestatarios, que lo son porque los mueve únicamente la exigüidad de sus sueldos y no algún maligno deseo de subvertir el orden constitucional y tomar el poder por las armas.

    El presidente, que tanto machaca en sus discursos de atril con el recuerdo de los años de plomo, los represores, los uniformados a los que dice no tener miedo y la “sangre inocente” de tantos “jóvenes idealistas”, se está dando finalmente el gran gusto: volver a los ’70. Sólo que, como se dijo antes, volvió al revés. Quien imprime a muchos de sus actos una impronta setentista y se rodea de personajes que sí actuaron en la violencia setentista –no como él que en ese entonces se refugiaba en Santa Cruz para dedicarse a hacer dinero generalmente no muy bien habido- es el que ahora, en pleno 2007 y en un gobierno por muchas de sus acciones cada vez menos democrático –solamente civil y nada más-, está desatando la represión que tantas veces atacó. El pez por la boca muere, dicen las abuelitas.

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    Mientras tanto, refugiado hasta que pase el largo fin de semana pascual en su reducto de El Calafate, bien protegido además por un destacamento de gendarmes –el miedo no es sonso, también dicen las abuelitas- hace igual que los tres monitos: se tapa los ojos, los oídos y la boca para no ver, oír ni hablar sobre lo que se le está viniendo abajo en varios puntos del país. Ya llegará el lunes siguiente para regresar a la rosada pingüinera y, junto a sus alcahuetes más cercanos –no necesariamente todos son ministros sino eso- elucubrar sobre la marcha de los conflictos y considerar los pasos, muy difíciles pasos, a seguir en los prolegómenos, nada menos, de su campaña reelectoral.

    Néstor Carlos Kirchner espera, y también desespera, muy lejos de todo lo que se está incendiando en algunas provincias, además de la suya. Incluso en Santa Fe y Entre Ríos, donde el agua que cubre ciudades y campos parece en realidad nafta, ya que está provocando otros incendios: los generados por tanta gente también harta de la inacción oficial frente a sus desgracias, una inacción de largo arrastre.

    El presidente, al menos por estos días feriados y lejos física y mentalmente de todo, prefiere repetirse una y otra vez, aunque íntimamente no se lo crea, aquello que dijo un antecesor suyo hace exactamente 20 años, al arengar a la ciudadanía luego de una crisis militar: “La casa está en orden”. Obviamente sabe que no lo está y que además la casa amenaza con desordenarse cada vez más. Pero por ahora prefiere, para descansar un poco antes de lo que se viene, el autoengaño.

    Este domingo de Pascua, incluso, hubiera querido desenvolver allá en El Calafate algunos de esos vistosos huevos que se obsequian en esas ocasiones.

    Pero ya no tiene...


050407 - Carlos Alberto Fuentealba - Clarín - Fabián Bergero con la colaboración de Florencia Lazzaletta

40 años, casado, dos hijas de 14 y 10 años, siempre se preocupaba por la situación de sus alumnos y de la educación pública, según comentaban sus compañeros. Era el delegado gremial del colegio secundario del barrio Cuenca XV, una humilde comunidad que se desarrolla en la barda del oeste de la ciudad de Neuquén.

Fuentealba llegó a la ciudad de Neuquén hace unos 20 años. Alto, morocho, robusto, era el típico muchacho de campo. Nació en Junín de los Andes, un pueblo cordillerano ubicado a unos 400 kilómetros al suroeste de la capital, una zona turística importante que además posee un considerable desarrollo ganadero. Su niñez transcurrió en las puertas del Parque Nacional Lanín, un verdadero paraíso de bosques, ríos y lagos de aguas cristalinas.

Allí, Carlos Alberto estudió el primario, pero cuando se decidió por una carrera secundaria técnica, sus padres lo enviaron a la capital de la provincia. Con cierto interés por la física y la química hizo el secundario en el colegio industrial 2 de la ciudad de Neuquén. Se recibió de técnico químico y, empujado por una fuerte vocación docente, comenzó a dar clases en establecimientos de primaria y secundaria, pero "como es demasiado inquieto y comprometido" —según dijeron sus compañeros— decidió perfeccionarse y cursar el magisterio. El título de maestro lo recibió hace poco más de un año con mucho sacrificio y el apoyo de su esposa Sandra, quien también es docente de primaria.

Ella estaba ayer sumergida en una crisis de nervios. La estaban atendiendo psicólogos del hospital y la habían alojado en un hotel cercano, junto a sus dos hijas. En las últimas horas de la tarde llegó su padre de Junín de los Andes, acompañado por dos de sus hermanos.

La familia estaba realmente muy apenada. Cuando algunos amigos le consultaron a Darío, un hermano menor de Carlos Alberto, dijo sin detener su marcha y con lágrimas en los ojos: "Le dieron un golpe que le hizo cagar el cerebro, está muy grave, no saben si se salvará, los que saben que recen y los que no que aprendan".

En el hall central del hospital donde está internado, hacían guardia algunos antiguos dirigentes del viejo MAS, un partido en el que militó hasta 1993, pero fundamentalmente había muchos docentes del colegio secundario de la Cuenca XV.

"Es un tipazo, todos lo queremos, es una persona solidaria que se preocupa por la situación de los maestros y los chicos", dijo Gaspar Silva, uno de los compañeros.

La directora de ese establecimiento, Patricia Varela, comentaba que era uno de los profesores que tenían mejor relación con los alumnos. "Los chicos sufrirán un gran golpe. El año pasado ellos habían elegido a Carlos Alberto como el profesor 'Rey del colegio'", comentó.

A diez años de Teresa Rodríguez

Casualidad o no, hace casi diez años, el 12 de abril de 1997, moría en otra protesta docente en la provincia de Neuquén la joven Teresa Rodríguez. Se la consideró la primera víctima de las protestas que comenzaban a desarrollarse con la modalidad del "piquete" o corte de ruta.

A diferencia del docente Carlos Fuentealba, gravemente herido ayer en las afueras de Neuquén, Rodríguez no participaba de la protesta de Cutral-Có hace diez años sino que se dirigía a su trabajo, cuando recibió en su cabeza un balazo calibre 32. Tenía 24 años y trabajaba como empleada doméstica.

Rodríguez, por cuya muerte no hay condenados, dio nombre a un movimiento de desocupados, al igual que otra víctima en este tipo de protestas, Aníbal Verón, cuyo homicidio también está impune. Este chofer desocupado recibió un balazo el 10 de noviembre de 2000, durante la represión policial a un corte de la ruta 34, en General Mosconi, Salta. Fue a la protesta a ver si conseguía trabajo. Allí también murieron en 2001 Carlos Santillán y José Barrios.

Desde 1983, más de medio centenar de personas murieron en manifestaciones reprimidas por las fuerzas de seguridad.

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