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Mientras
tanto, refugiado hasta que pase el largo fin de semana pascual en su
reducto de El Calafate, bien protegido además por un destacamento de
gendarmes –el miedo no es sonso, también dicen las
abuelitas- hace igual que los tres monitos: se tapa los ojos, los
oídos y la boca para no ver, oír ni hablar sobre lo que se le está
viniendo abajo en varios puntos del país. Ya llegará el lunes
siguiente para regresar a la rosada pingüinera y, junto a sus
alcahuetes más cercanos –no necesariamente todos son ministros sino
eso- elucubrar sobre la marcha de los conflictos y considerar los
pasos, muy difíciles pasos, a seguir en los prolegómenos, nada
menos, de su campaña reelectoral.
Néstor Carlos
Kirchner espera, y también desespera, muy lejos de todo lo que se
está incendiando en algunas provincias, además de la suya. Incluso
en Santa Fe y Entre Ríos, donde el agua que cubre ciudades y campos
parece en realidad nafta, ya que está provocando otros incendios:
los generados por tanta gente también harta de la inacción oficial
frente a sus desgracias, una inacción de largo arrastre.
El
presidente, al menos por estos días feriados y lejos física y
mentalmente de todo, prefiere repetirse una y otra vez, aunque
íntimamente no se lo crea, aquello que dijo un antecesor suyo hace
exactamente 20 años, al arengar a la ciudadanía luego de una crisis
militar: “La casa está en orden”. Obviamente sabe que no lo
está y que además la casa amenaza con desordenarse cada vez más.
Pero por ahora prefiere, para descansar un poco antes de lo que se
viene, el autoengaño.
Este domingo
de Pascua, incluso, hubiera querido desenvolver allá en El Calafate
algunos de esos vistosos huevos que se obsequian en esas ocasiones.
Pero ya no
tiene...
050407 -
Carlos Alberto Fuentealba -
Clarín -
Fabián Bergero con la colaboración de
Florencia Lazzaletta
40 años, casado, dos hijas de 14 y 10 años, siempre se
preocupaba por la situación de sus alumnos y de la educación
pública, según comentaban sus compañeros. Era el delegado gremial
del colegio secundario del barrio Cuenca XV, una humilde
comunidad que se desarrolla en la barda del oeste de la ciudad
de Neuquén.
Fuentealba llegó a la ciudad de Neuquén hace unos 20 años. Alto,
morocho, robusto, era el típico muchacho de campo. Nació en
Junín de los Andes, un pueblo cordillerano ubicado a unos 400
kilómetros al suroeste de la capital, una zona turística importante
que además posee un considerable desarrollo ganadero. Su niñez
transcurrió en las puertas del Parque Nacional Lanín, un verdadero
paraíso de bosques, ríos y lagos de aguas cristalinas.
Allí, Carlos Alberto estudió el primario, pero cuando se decidió por
una carrera secundaria técnica, sus padres lo enviaron a la
capital de la provincia. Con cierto interés por la física y la
química hizo el secundario en el colegio industrial 2 de la ciudad
de Neuquén. Se recibió de técnico químico y, empujado por una fuerte
vocación docente, comenzó a dar clases en establecimientos de
primaria y secundaria, pero "como es demasiado inquieto y
comprometido" —según dijeron sus compañeros— decidió perfeccionarse
y cursar el magisterio. El título de maestro lo recibió hace poco
más de un año con mucho sacrificio y el apoyo de su esposa Sandra,
quien también es docente de primaria.
Ella estaba ayer sumergida en una crisis de nervios. La
estaban atendiendo psicólogos del hospital y la habían alojado en un
hotel cercano, junto a sus dos hijas. En las últimas horas de la
tarde llegó su padre de Junín de los Andes, acompañado por dos de
sus hermanos.
La familia estaba realmente muy apenada. Cuando algunos amigos le
consultaron a Darío, un hermano menor de Carlos Alberto, dijo sin
detener su marcha y con lágrimas en los ojos: "Le dieron un golpe
que le hizo cagar el cerebro, está muy grave, no saben si se
salvará, los que saben que recen y los que no que aprendan".
En el hall central del hospital donde está internado, hacían guardia
algunos antiguos dirigentes del viejo MAS, un partido en el que
militó hasta 1993, pero fundamentalmente había muchos docentes del
colegio secundario de la Cuenca XV.
"Es un tipazo, todos lo queremos, es una persona solidaria que se
preocupa por la situación de los maestros y los chicos", dijo Gaspar
Silva, uno de los compañeros.
La directora de ese establecimiento, Patricia Varela, comentaba que
era uno de los profesores que tenían mejor relación con los alumnos.
"Los chicos sufrirán un gran golpe. El año pasado ellos habían
elegido a Carlos Alberto como el profesor 'Rey del colegio'",
comentó.
A diez años de Teresa Rodríguez
Casualidad o no,
hace casi diez años, el 12 de abril de 1997, moría en otra protesta
docente en la provincia de Neuquén la joven Teresa Rodríguez. Se la
consideró la primera víctima de las protestas que comenzaban a
desarrollarse con la modalidad del "piquete" o corte de ruta.
A diferencia del docente Carlos Fuentealba, gravemente herido ayer
en las afueras de Neuquén, Rodríguez no participaba de la protesta
de Cutral-Có hace diez años sino que se dirigía a su trabajo, cuando
recibió en su cabeza un balazo calibre 32. Tenía 24 años y trabajaba
como empleada doméstica.
Rodríguez, por cuya muerte no hay condenados, dio nombre a un
movimiento de desocupados, al igual que otra víctima en este tipo de
protestas, Aníbal Verón, cuyo homicidio también está impune. Este
chofer desocupado recibió un balazo el 10 de noviembre de 2000,
durante la represión policial a un corte de la ruta 34, en General
Mosconi, Salta. Fue a la protesta a ver si conseguía trabajo. Allí
también murieron en 2001 Carlos Santillán y José Barrios.
Desde 1983, más de medio centenar de personas murieron en
manifestaciones reprimidas por las fuerzas de seguridad. |