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Difícil aniversario para Néstor Kirchner
Carlos Machado
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22052007 - El espejo roto

Estamos a horas de llegar al 25 de mayo, fecha en la que, además de conmemorarse el 197º aniversario de la revolución patriótica que marcaría el camino hacia la independencia, se cumplen cuatro años de la llegada de Néstor Kirchner al poder. Generalmente, en estos casos suele hacerse un balance de la gestión presidencial, y pese a que estos cuatro años no sólo no traen buenos recuerdos sino que en los últimos meses esa gestión fue arrojando resultados cada vez más desastrosos, no escaparemos a esa tradicional evaluación.

    Como se recordará, Kirchner llegó a la presidencia en el 2003 gracias a los “buenos oficios” de su transitorio antecesor en el cargo, Eduardo Duhalde, empecinado en imponer aunque sea a un desconocido como el santacruceño con tal que el otro candidato del justicialismo, Carlos Menem, no llegara a repetirse en el cargo. Y en realidad era así hace cuatro años: el hombre que vino del frío era efectivamente un desconocido. Lo único que se sabía de él era que por varios años se había perpetuado en altos cargos públicos en su provincia, primero como intendente de Río Gallegos y luego como gobernador.

    Para el común de la gente, esa larga permanencia podía deberse a una buena gestión, y como este país gusta “probar” cosas nuevas, había que darle la oportunidad al patagónico. Al menos era representante de lo que muchos reclamaban, un rostro nuevo en la alta política y no “más de lo mismo”. Los únicos que lo conocían muy bien eran los propios ciudadanos santacruceños, que lo habían padecido por largos años. Pero en esos momentos las informaciones desde la provincia austral, sujetas a un férreo control y, más aún, a una estricta censura, no llegaban a Buenos Aires con la fluidez que, pese a esas dificultades, comenzaron a llegar en los últimos meses. Por otra parte, y haciendo una especie de “mea culpa”, para ser sinceros a los ciudadanos de la Capital Federal poco o nada le habían importado hasta ahora lo que ocurría en las provincias, sobre todo en una tan alejada como Santa Cruz.

    Todo ello ayudó a que Néstor Carlos Kirchner, con la inobjetable ayuda de un Duhalde que posteriormente sufrió en carne propia una de las facetas de aquél, la traición, y gracias a la decisión de Menem de renunciar a competir en la segunda vuelta, enfrentando su 24% de votos contra el 22% del santacruceño, descendiera en paracaídas sobre la Casa Rosada y ocupara el mal llamado “sillón de Rivadavia” (ya que jamás lo fue). También se recordará que no bien asumió la presidencia, en medio de un paso de comedia en el que tomó el bastón presidencial al revés y jugó unos momentos con él, Kirchner se lanzó a recorrer los alrededores entre la gente que lo aplaudía y se mostró complaciente con la requisitoria de los medios de prensa.

    Fue una buena maniobra para crearse una imagen de “populista”, ya que a la gente le caía bien que un presidente se sintiera como uno más de ellos y pusiera nerviosos a sus custodios al mezclarse con la marea humana.

    Fue, también, la primera y última vez que el flamante mandatario haría contacto directo con los medios, ya que a poco andar mostró sus verdaderas intenciones: nada de reportajes, entrevistas ni conferencias de prensa. Ya tenía en mente el plan de controlarlos a su gusto, mediante las presiones, las generosas dádivas de la publicidad oficial o la “compra directa” de las voluntades de numerosos periodistas, de lo cual seguimos teniendo hoy lamentables ejemplos.

La fiesta de pocos

    Repasando un poco estos cuatro años de Kirchner en el poder, hemos asistido, por ejemplo, a su conquista de la izquierda vernácula, a la que encontró dispersa y con los ánimos bastante bajos por la pérdida de sus tan declamadas “utopías”. En poco tiempo le dio nuevos motivos para que levantara esos caídos ánimos: representó el papel de que era “uno de ellos”, un luchador social en su juventud universitaria que se había visto obligado a refugiarse en su provincia junto a su flamante pareja, Cristina.

    La misma imagen le brindó a los organismos que dicen defender los derechos humanos: les regaló la fiesta de hacerle quitar al propio jefe del Ejército los cuadros de los generales Videla y Bignone que estaban colgados en el Colegio Militar y la toma de posesión de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), obsequiándoselas para que levantaran allí un “museo de la memoria”. Además de suministrarles, por otra parte,  generosos subsidios.

    Obviamente, fuera de esta actuación queda la verdadera trayectoria de Kirchner desde que se recibió de abogado. En sus “luchas juveniles” no lo vieron tirar siquiera una piedra. El  miedo no es sonso, dicen, y él adolece bastante de esa fobia. Instalado en Río Gallegos con Cristina, trabajó inicialmente para una financiera en la que pronto se destacó como el principal inquisidor: despojó a numerosos pobladores de bienes comprados a crédito que no podían pagar o se demoraban en hacerlo. Luego instaló su propia inmobiliaria, y al amparo de la tristemente célebre Circular 1050 del Banco Central también dejó el tendal de casas quitadas a sus propietarios cuando éstos no pudieron sostener los pagos. Muchas de esas propiedades pasaron a engrosar el hoy abultado patrimonio de la pareja.

    Al mismo tiempo, el “luchador por los derechos humanos” coqueteaba con los militares procesistas que por aquellos tiempos ocupaban la mayoría de los cargos públicos.

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Sus actuales aliados y protegidos de la izquierda y los organismos de derechos humanos conocen muy bien, obviamente, que el presidente jamás fue “uno de ellos”.  Pero por supuesto no habrán de reclamárselo: no es cuestión de perder las bazas ganadas bajo este gobierno ni la ayuda financiera que emana, así que mejor es dejarlo darse el gusto de jugar al revolucionario de los ’70.

    Luego vinieron las peleas, cada vez más mediáticas, con el Fondo Monetario Internacional, que derivaron finalmente en la cancelación de la deuda con ese organismo. La fiesta para la gilada “progre” continuaba. Tras cartón se sucedieron los estrechos lazos anudados con el presidente venezolano Hugo Chávez, hasta terminar haciendo dependiente al país de sus petrodólares a través de la compra de bonos de la deuda externa, de los negocios con la firma petrolera estatal venezolana Petróleos de Venezuela Sociedad Anónima (PDeVSA) y la instalación de algunos surtidores de combustible de la misma, de la entrega de la lechera SANCOR a Chávez y de la reactivación de los Astilleros Río Santiago para reparar barcos del país caribeño, entre otros aspectos de esa sociedad.

    Claro que la generosa amistad y ayuda brindada por el patético bolivariano tuvieron sus contraprestaciones. Parte de las mismas consistieron en el papelón internacional de darle a Chávez amplias posibilidades para que monte en territorio argentino sus shows contra el presidente norteamericano George Bush, la primera vez durante la Cumbre de presidentes americanos realizada en Mar del Plata y la segunda cuando el mandatario estadounidense realizó su visita a Uruguay, entre otros países latinoamericanos, gira en la que soslayó deliberadamente a la Argentina.

    La fiesta kirchnerista en el primer tramo de su administración continuó con planes para lanzar una fabulosa cadena de obras públicas, que incluirían entre otras la construcción de gasoductos –uno de ellos de recorrido tan extenso como para unir Venezuela con la Argentina atravesando todos los países sudamericanos que encontrara  a su paso-, caminos, puentes, y la reactivación de vías férreas caducas y el consecuente resurgimiento del transporte ferroviario, además del desarrollo energético.

    También apareció un proyecto en apariencia muy ambicioso, presuntamente elaborado junto a China, que finalmente terminó resultando el paradigma del surrealismo: el gigante asiático iba a invertir nada menos que 20.000 millones de dólares en el país, histórica suma que contemplaba, además de la inversión en varias de las obras citadas, el pago de gran parte de la deuda externa.

    Pero los delirios fueron dando paso a las crudas realidades, las luces se fueron apagando y, como canta Joan Manuel Serrat, “volvió el rico a sus riquezas y volvió el pobre a sus pobrezas”. Y la fiesta terminó.

Los muertos en la era “K”

    Cuando llegó de Santa Cruz, Néstor Kirchner ya traía en su equipaje algunas señales de actividad corrupta. Entre ellas descollaban negocios poco claros con la empresa pesquera Conarpesa -de capitales españoles pero en la cual, se dice, tendría intereses el presidente a través, obviamente, de testaferros- y el nunca aclarado asesinato por encargo, el 30 de enero de 2003 en Puerto Madryn, del empresario pesquero Raúl “Cacho” Espinosa, propietario de una firma competidora, la Compañía Pesquera San Isidro.

    Respecto de Conarpesa, hay firmes sospechas de que es una importante vía de salida de la cocaína que va hacia Europa. Asimismo, la empresa colaboró financieramente en el 2003 en la campaña presidencial de Kirchner. Lo mismo habría hecho el asesinado Espinosa, a quien convenció para ello el testaferro presidencial en Santa Cruz y “comandante” de las patotas que amenazan y reprimen a los díscolos en esa provincia, Rudy Fernando Ulloa Igor.

    El caso es que las oscuras maniobras de Conarpesa fueron objeto en su momento de una denuncia de la legisladora Elisa Carrió, quien incluso había alcanzado a recibir algunos datos de Espinosa, que quedó en suministrarle otros poco antes de que  fuera asesinado. Pero como suele ocurrir tanto con las impactantes denuncias de la diputada como con cualquier tema que resulte incómodo para la administración kirchnerista, tanto la cuestión sobre Conarpesa como la causa por el asesinato de “Cacho” Espinosa duermen hasta hoy el más profundo de los sueños.

    Lo último que llegó a comentarse entre bambalinas es que el empresario pesquero habría sido asesinado por un miembro de la guerrilla vasca ETA. En tal sentido cabe recordar, casualmente, que varios miembros de esa organización separatista que en los últimos veinte años buscaron refugio en la Argentina abrieron restaurantes especializados en comida vasca o se integraron a empresas pesqueras. Y al parecer Kirchner –al igual que su madre putativa Hebe de Bonafini- muestra simpatías a ese tipo de “refugiados”, como lo demostró el hecho de haber influenciado, en ese momento a través del entonces canciller Bielsa -y en un vergonzoso desplante al juez español Baltasar Garzón, que había solicitado su extradición- la liberación del etarra Jesús Lariz Iriondo, quien se encontraba detenido en Buenos Aires luego de haber sido expulsado de Uruguay, y que hoy dicta una cátedra en la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo. Probablemente una recompensa por sus hazañas en España, donde participó en varios atentados de la ETA contra instituciones bancarias y la Guardia Civil.

    Otro cadáver que Kirchner y sus secuaces tienen guardado en el placard, además del de Raúl “Cacho” Espinosa, es el del periodista Juan Castro. Las sospechas sobre las circunstancias que rodearon su muerte fueron creciendo en la misma medida en que el tema fue siendo evaporado de los medios y del alcance de la opinión pública. Una proporción directa que hizo apuntar aún más hacia el blanco de esas sospechas.

    Cabe recordar que Castro, quien estaba a punto de comenzar otra etapa de su programa televisivo “Kaos en la ciudad”, emitido por Canal 13, en las horas previas a su muerte estuvo en la Casa de Gobierno y luego en el Senado de la Nación, tras un intento de grabar una entrevista con la senadora Cristina Fernández de Kirchner, en la cual pretendía incluir preguntas “picantes” sobre sexo y resaltar la sensualidad de la primera dama. Esta intención de Castro hizo que las personas que se desempeñan en la secretaría privada de la senadora le recriminaran al periodista la tónica del reportaje y a continuación la emprendieran despectivamente con su homosexualidad.

    Lo que sigue es una reconstrucción, realizada por un servicio de inteligencia, sobre los probables hechos que condujeron a la muerte de Juan Castro.

    La discusión entre el periodista y los secretarios privados de la senadora subió de tono hasta que Castro les habló de la existencia de ciertas fotos “comprometedoras” de Cristina Kirchner y que él se encargaría de conseguirlas en el propio Senado. Los funcionarios informaron de este incidente a la senadora y a ésta le habría dado un ataque de histeria, tras lo cual se comunicó con la Casa de Gobierno y realizó luego “tres llamados más”.

    En este punto conviene aclarar que Cristina Kirchner tendría su propio grupo de inteligencia y “aprietes”, y que mantiene amistad con Francisco Larcher, número 2 de la SIDE, a quien elevaría a número 1 del organismo en caso de acceder a la presidencia de la Nación.

    Prosiguiendo con la reconstrucción, pocas horas después del incidente en el Senado Juan Castro se encontraba en su domicilio, donde recibió dos llamados. El primero fue el del presidente Kirchner, que le habló de manera “conciliadora” sabiendo de su visita al despacho de su esposa. El segundo llamado fue el del diputado Miguel Bonasso, quien le reprochó a Castro en forma violenta –como es su costumbre- su presunto “intento de extorsión” a la senadora, amenazándolo con hacerlo echar de Canal 13 y de la productora Endemol, a cargo del citado programa periodístico. Allí Castro le respondió de manera burlona, llamando a Bonasso “cuida presidencial”, y le dijo –muy probablemente para irritarlo más- que tenía en su poder las “fotos de la Primera Ciudadana con un senador”.

    Poco después ingresaban al departamento de Castro tres miembros de la SIDE, preguntando en forma agresiva por las fotos de Cristina Kirchner. Uno de ellos era también uno de los interlocutores del periodista en la secretaría privada de la senadora. Acto seguido, los incursores comenzaron a revolver el inmueble sacando documentación, lo cual enloqueció a Castro que comenzó a forcejear con ellos. Fue cuando el periodista recibió un fuerte golpe en el cráneo con un objeto contundente,  tomado por dos de los agentes y arrojado de cabeza por el balcón.

    De allí que fuera descartada por los forenses –luego silenciados- la hipótesis del suicidio, ya que Castro cayó como un “cuerpo muerto” y todos saben que incluso un suicida que se arroja desde una altura coloca, en un acto reflejo, sus brazos por delante en un intento de protección. Además de que el periodista estaba muy a gusto con la labor que volvería a desempeñar en breve al frente de su programa.

    Consumado el crimen, ingresó otro equipo de la SIDE para terminar en minutos de revolver el departamento y preparar la escena. Se adoctrinó y hasta contrató a vecinos -y a supuestos “vecinos”- para que desfilaran por los medios haciendo de “testigos mediáticos” y plantaran la teoría de un “descontrol” de Castro por su reconocida adicción a las drogas. Posteriormente se desarrolló el operativo de encubrimiento y desinformación a través de la prensa, hasta llegar a lo que siempre ha sabido llegar la administración kirchnerista: la desaparición total de otro tema incómodo, dejando solamente, a tres años de la muerte del periodista, la oscuridad de un manto de silencio y el cajoneo de otra causa que, para el gobierno, no debería volver a ver la luz.

    Otro crimen que, en este caso, puede manchar las manos del presidente, su esposa y el diputado Miguel Bonasso.

    Recordamos que las circunstancias relatadas sobre esta otra muerte en tiempos de Kirchner se basan en la reconstrucción de un servicio de inteligencia, por lo cual no abriremos todavía un juicio definitivo sobre las mismas. Aunque a la vista de la información expuesta, cabe preguntarnos: ¿verdad o consecuencia?.

Cadena de desprolijidades

    Respecto de las fabulosas inversiones chinas, aún las estamos esperando. Todo lo que el gobierno logró a poco de anunciarlas fue que se concretara la visita de un funcionario del gobierno del país asiático, que como buen chino sonreía sin hacer ningún esperado anuncio ni decir una palabra sobre el tema, que se fue diluyendo hasta quedar, como correspondía, en un cuento chino.

    Tampoco nada volvió a hablarse, además, del kilométrico gasoducto que uniría Venezuela con la Argentina y que, haciéndosele agua la boca, anunciara en su momento con bombos y platillos el ministro de Planificación, Julio De Vido.

    Otro mal paso dado por el kirchnerismo fue el de los fondos, estimados en más de 500 millones de dólares, que la provincia de Santa Cruz recibió como regalo del inefable Domingo Cavallo en concepto de regalías mal liquidadas por las ventas de petróleo. Una bonita suma que el entonces aún gobernador se preocupó por “proteger” de los remezones de la economía argentina y de que cayera en lo que después se conoció como “corralito”, enviándola al exterior para ser depositada en un paraíso fiscal que algunos ubican en Suiza, otros en Lichtenstein o Luxemburgo y otros en las islas Cayman.

    Lo cierto es que esos fondos continúan sin aparecer, y como tantas otras cuestiones que incomodan al kirchnerato o de las que la ciudadanía, según su criterio, no tiene por qué enterarse, el tema fue diluido en las habituales nebulosas de la desinformación. La última novedad sobre dichos fondos se tuvo cuando el ex gobernador santacruceño Sergio Acevedo tuvo el atrevimiento de asegurar que iba a encargarse del regreso de los mismos al país, jugada que, tras una agria discusión teléfono de por medio con Kirchner, le costó su rápida eyección del cargo.

    Otro baldón para la administración pingüinera lo constituyó el sonado caso del viaje a España de las valijas conteniendo 60 kilos de cocaína, a través de la compañía aérea Southern Winds. Un tema que trajo aparejada una amplia gama de encubrimientos y el habitual manto de silencio con el que se lo quitó rápidamente de la óptica pública. Ahora acaba de anunciarse que el juicio por este caso se llevará a cabo el próximo año 2008. Otra habitualidad: la excesiva lentitud de la Justicia para actuar y la “esperanza” de algunos de los implicados de que la causa vuelva a archivarse, prescriba o se pierda en los vericuetos de alguna otra maniobra de distracción.

    Prosiguiendo con esta cadena de desprolijidades, y muy probablemente para disimular los crecientes fracasos en temas como los mencionados, además de la ineficacia gubernamental para controlar la disparatada escalada de los precios de productos básicos para la canasta familiar, que hacían aumentar también el descontento ciudadano, sumado a ello la irritación presidencial ante los actos que venían realizando, a metros de la casa Rosada, ex militares y familiares de víctimas de la subversión, la administración Kirchner puso en escena dos obras teatrales.

    Con poco tiempo de diferencia, hizo “desaparecer” a Julio López, un albañil jubilado de 77 años de edad que se había presentado como testigo de cargo en el juicio al ex comisario de la policía bonaerense Miguel Angel Etchecolatz, y al también albañil Luis Gerez, supuestamente secuestrado por haber declarado contra el ex comisario Luis Patti durante una sesión en el Congreso Nacional en la que éste fue impedido de asumir su banca de diputado.

    Con relación a López -cuando acaban de cumplirse ocho meses de su volatilización- se hizo evidente que el caso se le “fue de las manos” al gobierno. La investigación de “Tribuna de Periodistas” en tal sentido arrojó la existencia de un testigo que asegura haberlo visto con vida un mes después haber desaparecido, tomando sol tranquilamente en un campo bonaerense y custodiado por hombres armados.

    La cuestión es que el anciano, que padecía problemas de salud, entre ellos el mal de Parkinson, habría fallecido en medio de su fraguado cautiverio, y lógicamente al gobierno se le presentó con ello la tremenda dificultad de no poder presentar, como carta triunfal, a alguien que hace rato sería cadáver y, encima, incinerado para borrar toda huella. Por lo demás resulta llamativo que dirigentes de organismos de derechos humanos, incluida Hebe de Bonafini, manifestaran también sus sospechas por la real situación de López, y que hasta la familia de éste mantenga sobre el tema un hermético silencio.              

    Mientras tanto el testigo que lo vio con vida padece hoy la angustia de no haber sido escuchado en los organismos en los que presentó la denuncia, entre ellos la Procuración General de la Nación conducida por Esteban Righi –en tanto el ministro de Inseguridad Interior, Aníbal Fernández, pedía a gritos que no registraran sus llamados ni sus visitas- y ahora vive amenazado, prácticamente escondido y obligado a enviar a su familia a residir en otro punto del país.

    Mejor suerte tuvo el “secuestrado” Luis Gerez. En un montaje que derivó en otro verdadero papelón, Kirchner utilizó por única vez hasta ese momento la cadena nacional para emitir un mensaje cargado de diatribas contra los ex militares y familiares de víctimas del terrorismo en los ’70 y en La Tablada, que habían realizado un acto poco antes, y “ordenó” desafiante a los supuestos secuestradores de Gerez que lo entregaran de inmediato. Como por arte de magia, tras la arenga presidencial  el albañil  apareció sano y salvo, siendo “casualmente” la teleemisora oficial Canal 7 el único medio presente que ya estaba aguardando novedades en la casa del “secuestrado”.

    Gerez, como se recuerda, apareció con su torso desnudo –sin apreciarse las marcas de las quemaduras con cigarrillos que afirmaba le habían hecho- rodeado por el ex actor devenido ultra kirchnerista Alberto Fernández de Rosa (hoy desaparecido de los lugares que solía frecuentar) y por emisarios de Emilio Pérsico, el funcionario del gobierno bonaerense y “régisseur” de la puesta en escena del tan mentado secuestro.

    El caso es que el discurso de Kirchner ya había sido grabado con anterioridad, por lo cual él sabía de antemano que Gerez estaba de regreso, luego también de que el otro ministro de Inseguridad, éste de la provincia de Buenos Aires, León Arslanián, le diera el visto bueno de que así era efectivamente.

    Poco después la obra teatral montada caía estrepitosamente por su propio peso. Gerez tuvo que ser quitado rápidamente de la vista y de la requisitoria de los medios de prensa ya que no había aprendido bien la letra que le dictaron Pérsico y sus secuaces. Sólo balbuceaba incoherencias y no sabía describir el lugar ni la zona donde lo tuvieron “cautivo”. Así y todo, milagrosamente ya que decía haber permanecido con los ojos vendados, se las ingenió para garabatear el dibujo de un galpón donde afirmaba haber estado encerrado.

    Este papelón –que como no podía ocurrir de otra manera ya quedó en el olvido- concluyó con la recompensa a Gerez de un cargo en la plantilla de la gobernación bonarerense, el de “ñoqui categoría 18”, obviamente muy bien remunerado, máxime para alguien que en esos momentos no tenía empleo fijo.

    Otra de las descomunales desprolijidades del gobierno fue ponerle punto final a las mediciones del Instituto Nacional de Estadístcas y Censos (INDEC), ya que no había tenido éxito en convencer, mediante todo tipo de presiones, al plantel de buenos profesionales que hacían honestamente su labor, que era simplemente la de traducir la realidad de los índices inflacionarios, para que éstos fueran “achicados”.

    Al kirchnerato, incluidos en este caso sus delegados, una marioneta teledirigida con el rótulo de “ministra de Economía”, como Felisa “Morticia” Miceli y el secretario de Comercio Interior, un patotero Guillermo Moreno, le dolía sumamente la realidad que iban mostrando esos índices. Es que éstos iban elevando la inflación hasta hacerla saltar, en las proyecciones, bastante más allá del tan ansiado 10% anual al que pretendía arribar, como máximo, el gobierno.

    De allí que Kirchner dio su golpe en el INDEC, desplazando a la funcionaria y al equipo a cargo hasta entonces de las mediciones y reemplazándolos por otro más “apropiado” para sus fines.

    A partir de allí, los índices de inflación que se dibujan en ese organismo parecen propios de un país utópico y paradisíaco como Shangri-La. Se ha exagerado la minimización de los nuevos índices a un punto tal que no pueden dejar de generar hilaridad en los analistas económicos. Mientras tanto, los que no se ríen para nada son los ciudadanos de la ya casi extinta clase media y los de menores recursos, que asisten horrorizados a las constantes alzas a diario de precios de productos básicos, cuando éstos directamente no escasean, lo cual rememora los tiempos de Raúl Alfonsín en la presidencia, cuando uno iba a comprar algún artículo por la mañana y a la tarde su precio ya había sido remarcado hacia arriba.

    No debemos olvidar, por supuesto, y como uno de los grandes exponentes de la corruptela oficial, el publicitado “Caso Skanska” –el trueque entre concesiones para construir un gasoducto en el norte del país y las coimas a altos funcionarios del gobierno-, ampliamente comentado por estos días.

    Para culminar con esta larga lista de desaciertos –se ha intentado citar al menos los más notorios o de mayor repercusión- cabe referirse a uno de los aspectos que más está golpeando diariamente a la población en general, sin diferenciación entre ricos, pobres o de medianos recursos: la inseguridad.

    Según los aparentemente descerebrados ministros que deberían velar por una efectiva protección a los ciudadanos –los incombustibles ministros del Interior, Aníbal Fernández, y de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires, León Arslanián-, esta lacra sólo constituye una “sensación” de la gente. Por su parte, los medios de prensa cómplices no reflejan lo que realmente ocurre a diario, quizás también porque habría que agregar varias páginas más a los diarios o un excedente de minutos en los noticieros de radio y televisión para reflejar los hechos en su totalidad.

    El caso es que el ciudadano común ya está prácticamente acostumbrado a padecer atentados contra su seguridad a cualquier hora del día, en cualquier lugar. Sin extendernos demasiado, ya que son una conocida y lamentable moneda corriente, resultan harto habituales los asaltos a bancos; a casas de familia, incluyendo los que hasta poco parecían seguros “countries”; las “salideras” contra personas que retiran cierta cantidad de dinero de bancos o escribanías; los robos a jubilados, al retirar sus magros salarios o en sus propias casas; los asaltos a automovilistas y a viajeros en ómnibus de larga distancia; y los secuestros, tanto los denominados “express” dirigidos a cualquier persona como los más ambiciosos, que hacen sus víctimas entre empresarios o sus familiares.

    Como un trágico matiz de esos delitos, vemos que en muchos casos los mismos se cometen con total saña por parte de los delincuentes, ya que sus víctimas son brutalmente golpeadas –son varios los ancianos que vienen sufriéndolo en el Gran Buenos Aires y La Plata- o directamente asesinadas, a veces sólo porque no tienen dinero encima o en sus domicilios.

    Gracias, entre otros aspectos, a la falta de una legislación apropiada –entre ellas una que contemple, como lo hacen otros países algo más civilizados, la edad de imputabilidad de los menores, que son bien aprovechados por los delincuentes mayores de edad a sabiendas de que salen en libertad a los pocos minutos de ser atrapados- y a la desidia de quienes deben legislar, es que tenemos lo que tenemos hoy en día en materia de inseguridad. Y que da pie, también, a que funcionarios que ya rozan la imbecilidad aseguren, muy sueltos de cuerpo, que esa inseguridad es sólo una “sensación”.

    Algo similar ocurre con la invasión de drogas de diversa índole, con preeminencia de la cocaína y la marihuana.

    Prácticamente todo el país parece haberse constituido en una “zona liberada” en la que transitan alegremente grandes cargamentos dirigidos tanto al consumo interno como al mercado extranjero, principalmente europeo.

    En este último caso merecen destacarse las facilidades con que, gracias a una falta de control fundamentado por “carencias de personal”, aunque más bien radica en no pocas complicidades, desde ministros a jueces y personal de fuerzas de seguridad, disfrutan varios puertos argentinos como los de Campana, Mar del Plata, Necochea, Quequén, y aeropuertos como el de Ezeiza y el Aeroparque Metropolitano, a los que se suman otros del interior del país. Todo en aras de una feliz exportación de esa letal mercadería.

    Una mercadería que actualmente se va cobrando cada vez más vidas -ya sea poniéndole un final o terminando con ellos en estado vegetativo- de miles de jóvenes a los que tienen muy fácil acceso los criminales que explotan este rubro nefasto.

Conclusión

    Este es, en suma, el intento de un balance sobre los cuatro años de gobierno de Néstor Kirchner. Un balance que, aunque seguramente no tendrá fin todavía, cierra por el momento con los hechos sucedidos recientemente en la provincia natal del presidente, Santa Cruz, suficientemente reflejados desde estas páginas y por otros medios independientes.

    Hasta hace alrededor de cuatro meses, el hombre que vino del frío derrochaba un optimismo que lo hacía lanzar expresiones altamente triunfalistas, en especial frente a las elecciones de octubre próximo. Jugaba incluso al suspenso de pesar las posibilidades sobre si el futuro candidato a la presidencia sería un reelecto “pingüino” o una probable “pingüina”, en obvia alusión a su consorte.

    Hoy ese optimismo se ha transformado de golpe en temor, generador éste a su vez de señales de paranoia en el presidente, que en sus delirios comenzó a ver diversas sombras, éstas enancadas en supuestos “atentados” y “ataques” que existen solamente en su febril imaginación.

    Ni él ni su familia pueden ya regresar a Santa Cruz, y sobrados ejemplos se están palpando al respecto. Sus cómodas residencias de Río Gallegos y El Calafate constituyen en estos días mudos testigos del ostracismo que se vio obligado a adoptar. El hombre que vino del frío es hoy un exiliado en su propio país, circunscrito a la Casa Rosada y a la residencia de Olivos.

    Las encuestas le son cada día más desfavorables, y a las que fabrican ciertos comprados encuestadores ya les es muy difícil contener un dibujo apropiado y que a la vez mitigue la paranoia presidencial.

    Por su parte, es cada vez mayor la ciudadanía que se manifiesta harta de tantas falsas promesas –capítulo principal en el manual de los políticos- y de mentiras superpuestas con intentos de disimularlas que no hacen sino en constituirse en más mentiras. Y esa gente ya comenzó a demostrárselo y continuará haciéndolo.

    Dicen que cuando se rompe un espejo sobrevienen siete años de desgracia.

    En la Argentina se rompió un espejo hace cuatro años, pero no hicieron falta tres años más para que el país cayera en desgracia.

    Cuando asesinaron a John Fitzgerald Kennedy, su familia –reunida en la residencia de Massachusetts denominada por ellos “Camelot”- sólo atinó a decir en el primer momento una frase: “Camelot ha caído”.

    Salvando las distancias y, obviamente, sin ningún asesinato de por medio, nos viene a la mente una pregunta: ¿Caerá El Calafate?.

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