130607 -
Armas nucleares en ruta hacia Medio
Oriente
En su edición del pasado domingo 10
de junio, el diario británico “The Observer” reveló que una empresa de ese país fue cerrada luego de haber
sido sorprendida en un aparente intento de vender a
Irán y a Sudán componentes de
armas nucleares, obtenidas en el mercado negro.
El
diario aseguró saber el nombre de la empresa clausurada, pero no lo
divulgó por razones legales, y afirmó que una persona fue acusada de
“dar apoyo a la proliferación de armas de destrucción masiva”.
Por su
parte, agentes de la Unidad Antiterrorista británica y del servicio de
inteligencia MI-6 vienen investigando una presunta asociación ilícita
con base en el Reino Unido
con el objetivo de suministrar material nuclear a Irán.
Tras
una labor de veinte meses, los agentes descubrieron que ciudadanos
británicos compraron armas de origen nuclear en el mercado negro ruso,
señaló “The Observer”, agregando la estimación de los investigadores en
el sentido de que probablemente su intención era exportarlas hacia Irán
y Sudán.
Serían
varios los británicos aparentemente ligados a terroristas islámicos en
el exterior que están siendo vigilados, sostiene el diario. A la vez,
fue descubierta además la primera prueba de que los seguidores de la red
terrorista Al Qaeda estarían intentando desarrollar armas nucleares,
finalizó “The Observer”.
Una
noticia que no ha tenido demasiada difusión en esta parte del
continente, salvo una mención en el diario brasileño “Folha de Sao
Paulo”, pero que ha generado amplia preocupación y los consiguientes
alertas en la Unión Europea y Estados Unidos.
La suma de todos los miedos
A poco
de caído el comunismo en la ex Unión Soviética y de ser derribado el
muro de Berlín, sobrevinieron años muy agitados en la nueva Rusia.
Especialmente al dejarle Mikhail Gorbachov –luego de un golpe interno-
la posta al recientemente fallecido Boris Yeltsin, cundió un desorden
generalizado por la salida de más de 70 años de régimen comunista y la
abrupta entrada en el capitalismo.
Ese
desorden fue aprovechado por la nueva plaga nacida en el ex país de los
soviets: la mafia rusa.
La
misma pasó a ser integrada, en forma progresiva, por delincuentes
surgidos desde los más diversos sectores. Además de hampones de la
propia capital, Moscú, y de otros provenientes de las ex repúblicas
socialistas que se iban independizando –chechenos, azerbaijanos,
georgianos, ucranianos y otros-, la floreciente mafia rusa acunó hasta a
ex miembros de la Nomenklatura, la elite del viejo poder soviético –sin
desdeñar la captación de nuevos reclutas entre los “zolotyié dietky” (la
“juventud dorada”)- y a muchos militares del Ejército Rojo y agentes de
la KGB que habían perdido sus trabajos.
Estos
últimos, ya olvidados sus antiguos esfuerzos de servir a la patria y
sólo ávidos de conseguir dinero, no vacilaron en comerciar armas y hasta
secretos militares sin importarles a qué destino y objetivos iban a
parar, aunque ellos pudieran afectar a su propio país.
Entre
los artículos que llegaron a comerciar apareció uno muy codiciado por
los amos de las sombras y muy especialmente por los grupos terroristas
de diverso origen e ideología: el plutonio.
Desde
hace años, pese al secreto que se intentó mantener sobre esta cuestión,
comenzaron a producirse desapariciones de ese mineral radioactivo tan
primordial para la fabricación de artefactos nucleares.
Fue así
como hace unos tres años los servicios de inteligencia norteamericanos,
alemanes e israelíes alertaron a los españoles, por su cercanía con el
mundo árabe a través del Magreb, acerca del contrabando de plutonio que,
según habían detectado, elementos de la mafia rusa realizaban desde la
turística Costa del Sol.
Incluso
un experto en control de armamentos de la Universidad de Stanford
(Estados Unidos), Friedrich Steinhausler, afirmó: “Sabemos que hubo
intentos concretos de Al Qaeda para procurarse material nuclear a través
de representantes del crimen organizado ruso”.
Las
estimaciones más alarmantes indicaban que desde la mencionada zona
costera española se intentaba vender ese mineral y otros componentes a
organizaciones terroristas islámicas, dispuestas a fabricar bombas
nucleares “sucias”, es decir un alto explosivo convencional compuesto de
material radioactivo.
Algo
que equivale -aunque no se trate de una bomba atómica de varios
megatones como las que tristemente debutaron en las ciudades japonesas
de
Hiroshima y Nagasaki- a hacer igualmente mucho daño, dado que la
expansión radioactiva acabaría con millares de vidas orgánicas y dejaría
a la zona elegida como blanco convertida en un páramo por cientos de
años.
Conclusión
A la
luz de la información del diario británico “The Observer” citada al
comienzo, y del descontrol inicial que en la nueva Rusia dio paso al
auge de la mafia de ese país –la cual, según Interpol, hoy en día
contaría con más de 10.000 grupos criminales y más de 100.000 miembros-
que entre sus muchas actividades delictivas cultiva el contrabando de
material nuclear, las perspectivas no resultan por el momento muy
tranquilizadoras.
Concretamente, hoy en día cualquier grupo terrorista podría estar en
condiciones, haciéndose de un poco de hojalata, algo de plutonio y un
detonante adecuado, de construir un artefacto tremendamente mortal.
El
mismo podría ser transportado fácilmente por un hombrecillo
insignificante, anónimo, al que nadie le prestaría atención y que
utilizaría a ese efecto una simple valija, o un equipo para acampar, o
una bolsa de palos de golf. Y que dejaría en cualquier lugar designado,
olvidado en medio de unos arbustos o en la gaveta de alguna estación
terminal, listo para ser detonado a distancia.
Después... el comienzo del Apocalipsis.