|
270208 -
Introducción
Como es necesario en una democracia, hay una reconsideración
tanto de nuestros objetivos como nación, como de las
instituciones y los roles que ellas cumplen. Esto es
particularmente importante respecto de la investigación
científica y de la tecnológica, su necesidad o conveniencia y el
apoyo relativo que debe recibir cada una. Si bien para los más
jóvenes estas discusiones y los argumentos que en ellas se
esgrimen pueden resultar novedosos, es útil en este momento
recordar que el tema fue ya acalorada y quizás exhaustivamente
discutido en los años 70/76. Si alguna enseñanza social debe
dejarnos el ejercicio de la ciencia o la tecnología, ésta
debiera ser el saber hacer buen uso de los esfuerzos de nuestros
predecesores; por ello estas líneas están dirigidas a recordar
algunos aspectos importantes de las discusiones mencionadas,
dando de paso un marco conceptual y algunas referencias
bibliográficas.
Perspectiva histórica
Para comprender mejor el fenómeno de la investigación científica
y tecnológica conviene primero tomar perspectiva histórica. La
curiosidad y la necesidad espiritual de poner un orden en el
mundo circundante parecen ser características innatas de nuestra
especie, tan arraigadas como nuestra necesidad de expresión
artística, o de ser valorados por nuestros congéneres. Esta
necesidad se manifiesta aún en las sociedades más primitivas
donde se canaliza a través de la magia y la hechicería; todos
los fenómenos inusuales tales como enfermedades, plagas o
catástrofes naturales, son atribuidos a espíritus bien
identificados cuyos favores se trata de conquistar dentro de un
claro esquema causal.1
Si se acepta como innata esta necesidad de conocer las leyes que
rigen el mundo es comprensible la posición de los que afirman
que la ciencia es una actividad natural del hombre, y que por lo
tanto merece ser cultivada como un fin en sí misma , tal como la
música, y no por sus consecuencias prácticas. Esta actitud
llevada al extremo es lo que se puede caracterizar como el
ejercicio de la ciencia como una de las bellas artes, es decir,
por mero placer e independientemente de su utilidad social.
Sabemos que la predominancia de los humanos sobre cualquier otra
forma de vida terrestre (si bien no estamos muy seguros por
cuanto tiempo más) puede atribuirse a su capacidad tecnológica
que le permite la adaptación a todos los climas y ambientes, y
en particular al control de la energía. Esta capacidad
tecnológica, cuya expresión más primitiva es el uso de
herramientas, es también innata y compartida por otros primates
como el chimpancé.2 La lucha por la supervivencia, que es el
origen de su diferenciación de las restantes especies,3 hizo que
el hombre se empeñara en dominar la naturaleza. La observación
de lo que acontecía a su alrededor, accidentes fortuitos, prueba
y error después, le permitieron desarrollar técnicas como la
alfarería, la selección de variedades para cultivo, la
domesticación de animales, el trabajo de los metales.4
Inicialmente todo este conocimiento se conservaba e incrementaba
por transmisión oral, pero al producirse la aparición de las
primeras ciudades, con un poder político y un culto religioso
centralizados, la necesidad de censar los bienes y productos
para fijar y cobrar impuestos, condujeron a la aparición de la
escritura primero y luego de la Matemática. Asimismo, tanto la
necesidad agrícola de determinar la época de siembra como la
aparición de cosmogonías que vinculaban el destino humano al de
los astros, motivaron el estudio de los cielos que fue el
comienzo de la Astronomía.5
Mientras la satisfacción de sus necesidades ocupaba todo su
tiempo, o sea durante el período de economía de subsistencia
característico de los grupos humanos recolectores o cazadores,
el ser humano no pudo dedicarse de manera sistemática a la
especulación intelectual. La creciente división del trabajo y la
concentración de la riqueza y el poder secular y espiritual en
algunos grupos sociales creó una capacidad de ocio que favoreció
la aparición y desarrollo de las ciencias. Recordemos como
ejemplo que la economía de las ciudades griegas estaba basada en
el trabajo esclavo.
Empieza entonces el proceso de organización y sistematización de
los conocimientos acumulados durante el desarrollo de las
técnicas, así como el surgimiento de nuevas formas del
conocimiento puro. Una sobreestimación del poder de la razón
para encontrar por sí sola las leyes a que obedece la
naturaleza, etapa que culminó con Aristóteles, condujo al olvido
del origen empírico y eminentemente práctico del conocimiento
científico. Esta situación se prolongó en el mundo cristiano,
aunque no en el islámico,6 a través de la Edad Media. La
restauración del método experimental, que alcanza su expresión
más clara con Galileo, señala el comienzo del crecimiento
acelerado de la ciencia y la tecnología que se prolonga hasta
nuestros días.
Recién con el advenimiento de la Revolución Industrial en
Inglaterra se pone drásticamente de manifiesto la capacidad del
conocimiento científico y tecnológico de influir en el orden
social. Esta influencia no fue inicialmente demasiado positiva
como puede verse estudiando los problemas creados por las
primeras fábricas en la salud y bienestar de la población de la
época. Es particularmente penoso que los más perjudicados fueran
las mujeres y los niños debido al trabajo insalubre que hacían
en las fábricas de la época.7
Física pura versus Física Aplicada
Si analizamos en particular la Física encontramos que en sus
primeras épocas se daba tanta importancia a los aspectos
puramente teóricos como a los eminentemente prácticos. Así en el
famoso libro de Maxwell, junto con la en ese entonces
terriblemente abstracta y revolucionaria teoría de las ondas
electromagnéticas, se discutía el problema del magnetismo de los
barcos y los métodos de corrección de las lecturas de sus
brújulas.8 Es recién en este siglo cuando, quizás debido a la
creciente complejidad del conocimiento alcanzado en todas las
áreas, se produce el cisma total entre la Física Pura y la
Aplicada.
Discutiremos ante todo las diferencias de objetivos y de
metodologías que hay entre ambos tipos de Física. No hay dudas
de que el objetivo de la Física Aplicada es resolver o
contribuir•a resolver problemas de interés práctico. No es tan
clara en cambio la situación respecto de su metodología que
puede variar desde el encaramiento macroscópico propio de la
Ingeniería, que utiliza intensivamente tablas o funciones
empíricamente ajustadas, hasta el encaramiento microscópico y
más vinculado a leyes básicas que utiliza la Física Pura.
La situación se invierte en el caso de la Física Pura donde la
mayoría de las normas metodológicas tienen el consenso general
resultante de la depuración de años o decenios de experiencia,
cosa que no sucede en cambio con los objetivos. En este momento
de la discusión es oportuno señalar que he evitado
cuidadosamente utilizar la palabra Física Básica porque el
adjetivo está más vinculado a la metodología que a los
objetivos. Personalmente creo que se puede hacer Física Aplicada
con una metodología muy básica, de lo cual es un buen ejemplo el
desarrollo del transistor por Shockley.
Para muchos físicos los únicos objetivos válidos de la Física
Pura son los implícita o explícitamente aceptados por los
llamados países desarrollados, objetivos que están íntimamente
vinculados a la peculiar estructura social y escala de valores
de estos países, aspectos que no resulta apropiado discutir
aquí. En este sentido es interesante leer las consideraciones
hechas sobre el tema por Varsavsky, aún cuando no compartamos el
enfoque marxista del autor.9 Para estos físicos la importancia
de un trabajo en Física Pura se mide a través de la aceptación
que de los mismos hacen las revistas extranjeras con referato, y
especialmente algunas de ellas como Physical Review Letters. A
primera vista parece lógico que así sea ya que, debido al
relativamente escaso número de físicos que hay en el país, es
difícil encontrar muchos especialistas argentinos en un dado
campo. La tarea de evaluación se deja entonces a los referees de
las buenas revistas, en cuya objetividad y buen criterio se
confía adoptando una especie de filosofía del laissezfaire
científico.
Sin entrar en detalles sobre qué proporción de los físicos
activos de esos países desarrollados es esa fracción de
extracción casi exclusivamente universitaria que publica en
tales revistas, notemos que su preocupación fundamental es la de
extender lo más posible las fronteras externas del conocimiento
físico. Con esto quiero decir que su interés está centrado de
manera casi exclusiva en el estudio de aquellos fenómenos para
los cuales no se conocen todavía las leyes o ecuaciones que los
gobiernan.10 Se tiene así en cada campo de la Física uno o
varios temas de moda, que pierden interés tan pronto se
encuentran las formulaciones adecuadas para explicar los
principales resultados experimentales. Muchos de estos problemas
de avanzada tienen de entrada, o pueden llegar a tener,
posibilidad de aplicaciones tecnológicas, pero no es éste el
factor determinante de su elección en países como los nuestros.
Como en toda actividad humana los cultores de cada uno de estos
tipos de Física tienen su propia escala de valores, no
necesariamente compartida por sus colegas, que genera una escala
de importancia y de calidad o
nivel de los trabajos que se hacen. Podemos encontrar así toda
una gama de posiciones que varían casi con continuidad entre dos
extremos que interesa señalar con precisión.
Entre los físicos aplicados una posición bastante difundida es
la que considera importante cualquier actividad que conduzca a
un producto terminado que pueda ser vendido a alto precio,
independientemente de la metodología utilizada para obtenerlo, y
que sustenta que el buen nivel del trabajo está sólo vinculado a
la sofisticación, novedad o complejidad de dicho producto.
Mirado el problema desde este excluyente punto de vista el
trabajo conducente a la fabricación de una bomba de neutrones
sería de gran importancia y muy alto nivel.
Mutatis mutandis muchos físicos puros consideran importantes
solamente los trabajos cuyos objetivos son ampliar las fronteras
externas del conocimiento físico, y de buen nivel aquellos que
se efectúan siguiendo la metodología de tipo exclusivamente
microscópico o básico. Desde este punto de vista se considera
chanta la metodología ingenieril de tipo macroscópico y
esencialmente empírico, donde las propiedades físicas se mezclan
de manera inseparable con otras. Un buen ejemplo de esto último
es el lazo de histéresis magnética de una muestra, que es
función no sólo de la composición y estructura cristalina del
material, sino de su forma, historia térmica y mecánica, estado
de tensión interna, etc. Es justamente esta característica la
que ha conducido a la necesidad de la introducción de normas
(como las del IRAM en nuestro país) que especifiquen
cuidadosamente todas las variables de interés (no todas ellas
físicas o químicas) con el fin de asegurar la repetibilidad de
las mediciones.
La metodología no tiene valor por sí misma sino sólo en relación
a cuán bien adaptada está al fin que se desea conseguir. Nadie
con sentido común insistiría en construir una casa con una
precisión de 0,001 mm. En todo caso el buen nivel de un físico
depende entre otras cosas de su capacidad o habilidad para
utilizar la metodología más apropiada a cada situación.
Mucho más complejo es el problema de los objetivos pues estos
están vinculados a la adopción explícita, o más frecuentemente
implícita, de una escala de valores. La Física, como toda
ciencia, es en sí misma éticamente neutra; los que no debemos
ser éticamente neutros somos los científicos, y especialmente
los que pertenecemos a una sociedad donde los recursos son
escasos y están mal distribuidos.
El valor practico de las ciencias
En la Argentina, como en la totalidad de los países del llamado
Tercer Mundo, las actividades de investigación científica y
tecnológica son financiadas en su casi totalidad por el Estado,
es decir por aportes que en mayor o menor medida hace cada uno
de los ciudadanos. Es necesario entonces preguntarse si esta
inversión está bien orientada y es bien aprovechada. Para esto
no basta analizar si la investigación científica hecha es de
avanzada o si el producto tecnológico es sofisticado, sino que
hay que estudiar cual es su incidencia sobre el bienestar
humano.11
Un error que cometen con frecuencia los científicos, y que se ha
dado en llamar la posición “cientificista”,9 es el de plantear
el problema de la importancia de sus objetivos con referencia
solamente a su disciplina, y en el seno de la correspondiente
comunidad internacional de pares. Como estos pares son
exclusivamente los empeñados en la tarea de ampliación de las
fronteras externas del conocimiento, es entonces evidente cuales
resultan ser los criterios de importancia, y cuales son los
únicos trabajos de
buen nivel.
Si los criterios de importancia se analizan en cambio en el
contexto integral del país, la situación es diferente pues en
este caso resulta generalmente más fructífera la ampliación de
las fronteras internas del conocimiento, es decir la
profundización de problemas subsistentes dentro de las fronteras
conocidas. Para dar un ejemplo, es seguramente mucho más útil
conocer con detalle el hábitat, alimentación, mutaciones,
hábitos, etc., de la vulgar vinchuca —con todo lo que ello puede
contribuir a la erradicación del endémico mal de Chagas que
convierte en inválidos altos porcentajes de la población del
norte argentino— que el estudio de la especie acuática única que
pudiera descubrirse en las aguas sulfurosas de alguna de
nuestras fuentes termales. Este último estudio, si se hiciera,
probablemente sería publicado por Nature o Science, con todo el
prestigio y aporte al curriculum vitae que ello significa,
mientras que el primero es casi seguro que no.
El número de los científicos vivientes supera con largueza al de
los fallecidos a lo largo de toda la historia. La inversión
mundial en investigación, aunque muy desigualmente repartida,
alcanza cifras muy elevadas. Cabe entonces preguntarse si los
frutos de esta tarea están a la altura de las expectativas. Es
indudable que se han producido progresos notables en nuestra
comprensión del universo, su estructura, las leyes
fisicoquímicas de la vida, el control de la energía y de las
propiedades de la materia en sus diversas formas. El promedio de
vida humano, el acceso a la educación y el confort material se
han incrementado en algunos países. Sin embargo, mientras
algunos hombres han pisado la luna, millones de seres humanos
padecen de desnutrición con su secuela de insuficiencia mental,
carecen de atención médica y vivienda adecuada y no tienen
acceso a la educación ni a un trabajo digno.
No son solamente los países del Tercer Mundo los perjudicados.
Los recientes descubrimientos de la Etología muestran que la
organización de la vida en las grandes ciudades es contraria a
la propia estructura biológica del hombre que fuera adquirida a
través de un proceso evolutivo de millones de años.12 La súper
tecnificación de la industria hace que el obrero no sólo no sea
ya dueño de su herramienta de trabajo, sino que ni siquiera
entienda su labor, reducida a acciones mecánicas y limitadas. La
competitividad y la agresividad van en aumento, favorecidas y
hasta estimuladas por todo un sistema irracional de vida donde
la solidaridad social es solo una palabra para demagogos. En
suma, si miramos al pasado remoto podemos estar orgullosos de
los logros de la ciencia y la tecnología, pero una simple ojeada
a nuestro alrededor nos muestra que el resultado de la inversión
efectuada es dramáticamente exiguo frente a nuestras
expectativas.
Una de las causas de este fracaso, por supuesto que no la única,
es la ya señalada fragmentación de la realidad a que ha
conducido el exceso de especialización. El tecnólogo se preocupa
de aumentar el rendimiento de la fábrica, pero no repara en la
contaminación del medio ambiente: el físico fabrica armas
nucleares sin importarle su destino; el arquitecto diseña
departamentos que hagan estéticamente menos penosa una reclusión
antibiológica; el psicoanalista trata de lograr que la víctima
se resigne a la irracionalidad del mundo artificial que lo
rodea.
Para poder llegar a tener algún día una sociedad donde sean
adecuadamente satisfechas tanto nuestras necesidades materiales
como afectivas y biológicas, es necesario no sólo controlar el
medio ambiente de manera no destructiva, sino conocer las
limitaciones intrínsecas de nuestra propia naturaleza y del
ambiente artificial (cultura) que nosotros mismos hemos creado.
Mientras que podemos decir que ya se conocen la mayoría de las
leyes fundamentales que rigen el comportamiento del mundo
físico, es escaso lo que sabemos acerca de nosotros mismos. La
Sociología, la Ecología, la Biología, la Etología, la
Psicología, la Antropología y la ciencia todavía inexistente que
sintetice y armonice todas las demás son las prioridades del
futuro.
¿Cuál es en este marco ético el papel de las ciencias puras? Son
varios los argumentos que se escuchan con frecuencia. El
criterio artístico mencionado al principio se justifica
usualmente invocando el derecho a la libertad individual. Otro
argumento común es decir que la búsqueda de la verdad es digna
de ser fomentada y que además tarde o temprano casi todo
conocimiento científico es útil. Nada tengo en contra de estos
argumentos si se los aplica en la medida de las reales
posibilidades del país y no se los utiliza, como se ha hecho con
frecuencia, para justificar la actitud moralmente frívola de
hacer ciencia como quien practica un deporte, es decir para
obtener tantos, cualquiera sea su naturaleza. Esta actitud ha
sido lamentablemente fomentada, o al menos tolerada, tanto por
las universidades como por los organismos oficiales de promoción
de la investigación, a través de los mecanismos de evaluación
utilizados.
Creo que la necesidad de la investigación pura es otra, la de
tener gente actualizada que conozca con el mayor detalle posible
un campo; que realice actividades docentes de manera de
transferir ese conocimiento tan pronto le sea requerido o se dé
cuenta qué es de interés directo para nuevas aplicaciones; que
pueda asesorar con buena fundamentación sobre caminos
alternativos a seguir. Este último aspecto es el que el
malogrado Jorge Sábato llamaba capacidad de decisión,
calificándolo certeramente como un ingrediente importante de un
sistema tecnológico eficiente.13 En nuestro país una de las
pocas instituciones que ha comprendido estos hechos es la
Comisión Nacional de Energía Atómica, cuya política de formación
de recursos humanos le ha permitido establecer el único sistema
de creación y transferencia de tecnología existente en el país.
Creo que éste es un hecho indiscutible, independientemente de
que uno discrepe con las prioridades fijadas cuando se las
analiza en el contexto de la realidad nacional.
La pregunta clave es entonces cuál es el mecanismo para fijar
las prioridades en cada disciplina. Resulta claro, por lo dicho,
que esto no puede hacerse circunscribiéndose al ámbito de una
disciplina como la Física, sino que se requiere una visión
integral de la realidad nacional y de los aspectos de esa
realidad que se quieren modificar, es decir se necesita tener un
modelo de país. Este modelo de país determinará cuál será el rol
a desempeñar por cada uno de los sectores y por ende el apoyo
relativo que recibirá. En una palabra, se requiere un proyecto
nacional.14 Este proyecto nacional es necesariamente un proyecto
político que debe cumplir por lo menos las siguientes
condiciones: debe ser viable tanto en el contexto naciona1 como
internacional; debe ser revisado periódicamente de manera de
corregirlo de acuerdo con lo que la experiencia aconseje; su
modo de implementación debe ser compatible con su objetivo
fundamental que es el bienestar espiritual y material de los
argentinos, es decir debe ser un proyecto democrático.
Cada partido político tiene su proyecto nacional, formulado
aunque sea por omisión, proyecto que debe ser periódicamente
sometido a la consideración pública en elecciones. No es éste el
lugar, ni es el objetivo de este trabajo el discutir estos
proyectos en lo que hace a la investigación científica y
tecnológica, aunque el tema es de fundamental importancia para
todos nosotros. Lo que es importante señalar aquí es que en la
etapa actual las prioridades resultantes del proyecto nacional
vigente serán implementadas a través de los sistemas nacional y
provinciales de ciencia y tecnología y nuestra responsabilidad
como científicos o tecnólogos es efectuar las críticas, pedir
los cambios necesarios con argumentos bien fundados y de manera
constructiva, reclamando las evaluaciones periódicas y las
rectificaciones que sean necesarias. Al mismo tiempo debemos
prestar nuestro apoyo para que esta común empresa en que estamos
empeñados sea exitosa. Nuestro triunfo como generación depende
de que comprendamos claramente la tarea que la época reclama y
que la iniciemos hoy para que los frutos puedan ser recogidos
algún día por los hijos de nuestros hijos.
Notas:
1) L. LevyBruhl, La mentalidad primitiva, Ediciones Leviatán,
Buenos Aires, 1956; J.G. Frazer, The golden bough, Mentor, Nueva
York, 1959.
2) D.Morris, El mono desnudo, Plaza y Janes, Barcelona, 1975.
3) C.Darwin, The origin of species, Faber and Faber, London,
1979.
4) V. Gordon Childe, Los orígenes de la civilización, Fondo de
Cultura Económica, México,1954.
5) S.N. Kramer, La historia empieza en Sumer, Ayma, Barcelona,
1958; E. Kahler, Historia universal del hombre, Fondo de Cultura
Económica, México, 1943.
6) A.Y. al Hassan, L'Islam et la science, La Recherche 13, 720
(1982).
7) T. K. Derry, C. H. C. Blount y T. L. Jarman, Great Britain.
Its history from earliest times to the present day, Oxford
University Press, Oxford, 1962.
8) J.C. Maxwell, A treatise on electricity and magnetism, Dover,
Nueva York, 1954.
9) O. A. Varsavsky, Ciencia, política y cientificismo, Centro
Editor de América Latina, Buenos Aires, 1969.
10) H. Selye, ¿Qué es lo básico en investigación básica?, en R.
Truelsen y Kobler, Aventuras de la mente, Libros Centenario,
Argentina, 1959.
11) Para una clara y exp1ícita definición de qué es lo que
debemos entender por
bienestar humano”, véase el trabajo de C. A. Mallmann,
Eradication of poverties, Fundación Bariloche, San Carlos de
Bariloche, Río Negro, 1978.
12) K. Lorenz y P. Leyhausen, Biología del comportamiento
(raíces instintivas de la agresión, el miedo y la
libertad),Siglo Veintiuno Editores, México, 1971.
13) J. Sábato, Ciencia Nueva N° 1, 1970, p. 32: Qué
posibilidades tiene el desarrollo científico en la Argentina de
hoy?, Ciencia Nueva N° 12, 1971, p. 3; Ciencia Nueva N°15, 1972,
p. 7.
14) O.Varsavsky, Proyectos nacionales. Planteos y estudios de
viabilidad, Ediciones Periferia, Buenos Aires, 1971.
* Publicado en la Revista de la Asociación Física Argentina, No
2, mayo de 1984, pp. 1216. Parcialmente reproducido en el diario
Tiempo Argentino (Buenos Aires, Argentina) del 20 de agosto de
1984, p. 4, bajo el título Las prioridades en ciencia y técnica:
cuestión clave. Un investigador argentino opina acerca de un
asunto que dio origen a variadas polémicas.
- C. E. Soliverez hizo estudios de
postgrado en Física del Sólido en Berkeley y Uppsala y trabajos
de investigación en Oxford y Grenoble. Fue profesor de las
universidades de La Plata y Jujuy. Actualmente es investigador
del Centro Atómico Bariloche, profesor del Instituto Balseiro y
asesor de la Municipalidad de Bariloche y de la Secretaría de
Ciencia y Técnica de Río Negro.
|